Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 34
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Max abandonó a su interlocutora tan bruscamente que me pareció que ni siquiera se despedía y enseguida caminó hacia mí, abriéndose paso entre la multitud.

Cuando se puso en pie, incluso a aquella distancia me dejó algo atónita su aspecto.

Vestía una chaqueta de seda morada que parecía carísima, meticulosamente adaptada a su figura, con botonadura dorada y adornos de hilo de oro que resplandecían a la luz azul titilante de la fiesta.

Llevaba el pelo inusualmente domesticado, repeinado y con raya.

Al principio, me impresionó tanto que casi no reconocí en él a mi amigo cascarrabias y algo desaliñado, pero, cuando nos acercamos, reparé en una serie de pequeñas extravagancias: se había desabrochado un botón de más en la chaqueta y llevaba el cuello retorcido por un lado, un mechón de pelo rebelde se le había escapado ya de los afeites que lo mantenían en su sitio, la camisa blanca estaba algo arrugada...

Me encantaban aquellas pequeñas peculiaridades.

Me encantaba todo.

—Gracias por darme un motivo para escapar, lo estaba necesitando —me dijo en cuanto nos refugiamos en un rincón tranquilo.

Estábamos más o menos apartados, aunque todavía nos perseguían algunas miradas, no sé si por mis cicatrices o por su reputación. Quizá por las dos cosas.

—Llegas muy tarde. No estaba segura de que fueras a venir.

—Pues claro que iba a venir.

Vi que se le fruncían los ojos, solo un poco. Y que luego me sostenía la mirada un momento, antes de fijar la vista en otro lado.

«Uy, no se lo va a perder», me había dicho Sammerin con aquel brillo misterioso en la mirada.

Entonces volví a pasear la vista por el cuello de Max, por los hombros, por las mangas, arrugadas como si se las hubiera subido hasta los codos y después se las hubiera estirado precipitadamente.

Y luego alargué el cuello para escudriñar a su contertulia, que se había quedado sentada sola, incómoda.

—Era guapa —le dije.

—No me he fijado.

Yo sí.

Y también había observado cómo Max recorría mi cuerpo con la mirada, de arriba abajo, de abajo arriba.

—Muy inteligente —me dijo, con exagerado desenfado—. Lo del vestido, digo.

Batí las pestañas.

—Ah, ¿sí? ¿Eso es lo único que se te ocurre?

—No finjas que necesitas que te adule —contestó—.

Sabes de sobra que estás guapa. Por lo visto, lo sabe todo el mundo —añadió, mirando por encima de mi hombro y enarcando las cejas.

Me di la vuelta y vi a un grupito que nos miraba demasiado para que fuese accidental y después apartaba la vista apresuradamente—.

Me parece que estás causando sensación —dijo.

Y entonces se volvió hacia el hervidero de personas que rodeaban a Zeryth y, quizá fueran imaginaciones mías, creí notar un cambio en su tono de voz cuando señaló—: Lo del baile también ha sido muy inteligente. Menudo numerito habéis montado los dos.

—No sé si habrá funcionado, si me hará caso.

—Como poco, has conseguido llamar bastante la atención. No se puede contar con que Zeryth demuestre de pronto un poco de decencia moral, pero, si lo que te proponías era concienciar, estás haciendo progresos.

Progresos. ¿Bastaba con eso?

—Aún no he terminado —murmuré.

Un amago de sonrisa asomó a los labios de Max.

—No esperaba menos.

Pasamos un buen rato así, allí de pie, hombro con hombro, estudiando la fiesta. El bullicio era cada vez mayor; la música, más agresiva; el olor a perfume y a piel, más penetrante.

Vi una cara conocida en un extremo de la pista de baile y sonreí.

—Mira —dije, dándole a Max un empujoncito con el hombro.

Al fondo del salón se paseaba nervioso Moth, con las manos cogidas de forma extraña a la espalda, lanzando miraditas a una valtaina guapa con un vestido rosa atroz.

—¡Por todos los Ascendidos! —gruñó Max—. No lo hagas, Moth, que las valtainas dan muchos problemas.

Reí.

—¿Yo también?

—Sobre todo tú.

Vimos a Moth acercarse a la chica y, tras una breve conversación —tan incómoda que hizo que me encogiera—, se dirigieron juntos a la pista de baile.

—Algún día —sentenció Max como si nada—, recordará este momento como el principio de su perdición.

Resoplé.

—Lo que pasa es que te da envidia porque nadie bailó contigo a su edad.

—Solo una pobre ingenua —contestó, y yo busqué sin darme cuenta a Nura, al fondo del salón—. Pero lo cierto es que, por entonces, estaba un poco rechoncho y no era ni la mitad de arrebatadoramente guapo que ahora.

Pronunció aquellas palabras con una capa pegajosa de sarcasmo, pero, cuando me miró un segundo, se me hizo un nudo en la garganta, un nudo que no acababa de entender.

Hubo algo en su forma de mirarme, cargada de interrogantes no dichos, con las luces azules danzándole por la cara y el calor irradiando de su piel aun a cierta distancia, que me encendió las entrañas.

—Hay mucho ruido aquí —le dije—. Ven afuera conmigo —añadí, señalando con la cabeza las puertas abiertas que conducían a los jardines y los acantilados.

Nos colamos entre la multitud y salimos.

Con la puesta de sol, se había levantado una niebla densa; aquella bofetada de aire fresco y húmedo fue como meterse en una nube.

Paseamos en silencio por los caminos serpentinos, cruzándonos cada vez con menos invitados.

Hasta que al final nos quedamos solos, en un patio de piedra que se abría a los acantilados y al mar.

La bruma era tan espesa que difuminaba la luna y la convertía en un manchurrón y desdibujaba la línea que separaba el cielo del mar.

Las torres se alzaban tristes a nuestra espalda, con las cintas de gasa ondeando agitadas por la suave brisa marina.

La música se colaba por la niebla en forma de ecos lejanos.

Seguíamos a la sombra de las torres, pero la fiesta parecía muy lejana. Y, sin embargo, incluso en aquella absoluta soledad, en aquella noche fresca, el calor se mantenía.

Contemplé el mar, evitando a propósito los ojos de Max, a sabiendas de que él me estaba mirando.

—Bailo fatal —le dije—. ¿Lo sabías?

—En Threll eras bailarina, ¿no?

—Sí, pero solo de memoria. Contaba los pasos. Es fácil si practicas lo suficiente. Ni siquiera me hacía falta música.

Rio.

—Por la fuerza bruta. Debí de haberlo supuesto. —Y al cabo de un segundo añadió—: Creo que es la primera vez que te oigo reconocer una debilidad en voz alta.

¡Por los dioses! Probablemente sí.

—Guárdame el secreto —le dije, mirándolo a los ojos y llevándome un dedo a los labios—. Y solo te lo cuento porque no quiero ponerme en ridículo cuando te pida que bailes conmigo.

Se hizo el silencio. Un silencio tan hondo que los vestigios lejanos de la música se fundieron con el latido de pronto ensordecedor de mi corazón. Max se quedó allí, muy tieso, con las manos cogidas a la espalda. Por una vez, no fui capaz de interpretar su expresión.

—O igual con los años esto te parece el principio de tu perdición... —le dije con ligereza.

—Mi... —Soltó un suspiro, una risa, y se metió las manos en los bolsillos para volver a sacarlas enseguida—. Mi respuesta depende de una condición.

—¿Cuál?

Dio un paso adelante y luego otro. Yo hice lo mismo, hasta que quedamos frente a frente y me cogió con su mano caliente la mía.

—Que no vale contar —me dijo.

—Solo por esta vez.

—Solo por esta vez.

Y de pronto tenía su brazo alrededor de la cintura, mis manos en sus hombros, mientras susurraba:

—Trato hecho.

Nos mecimos juntos, con cierta torpeza, al ritmo de la música lejana. Rocé un poco su mejilla con la mía. Olía a ceniza y a lilas, y al leve aroma de un mar remoto.

—No pensaba que me fueras a decir que sí —murmuré—. Creía que no estabas hecho para las habilidades sociales.

Rio por lo bajo, pero estábamos tan cerca que noté cómo reverberaba en sus músculos.

—Primero, estamos solos —replicó—, así que lo de sociales no procede. —Cierto—. Y segundo... —continuó, intentando hacerme girar suavemente, solo que no nos sincronizamos, tropezamos y su discurso quedó interrumpido por las carcajadas—, no hay nada de habilidoso en lo que estamos haciendo.

Muy cierto.

Me miró con las cejas enarcadas, como pidiéndome permiso para volver a intentarlo.

Asentí y casi, ¡casi!, conseguimos un giro de verdad.

Solo que resbalé con el suelo mojado y, al distraerme, me arrojé contra su pecho.

Los dos soltamos un aspaviento por el impacto y aún no se había extinguido mi risa nerviosa cuando de pronto fui perfectamente consciente de la calidez que desprendía su cuerpo pegado al mío, de lo mucho que me gustaba ese calor, de cuánto me apetecía envolverme en él.

Me colgué de su cuello, Max me hizo bajar de espaldas y yo me acurruqué contra él. Me ardían todos los nervios del cuerpo, incendiados por el roce de su boca en mi mejilla, el más leve de los susurros en mi piel mientras avanzaba hasta mi oído.

—A lo mejor resulta que sí estoy hecho para esto —me susurró.

A lo mejor yo también. Hecha o deshecha. En aquellos momentos me daba un poco igual.

Al final, volvimos a la fiesta a regañadientes aunque ninguno de los dos lo reconociera en voz alta.

Yo continué con mi teatro, reuniendo miradas de espanto y de horror del mismo modo que, en su día, había reunido moneditas de plata.

Le contaba la verdad a cualquiera que tuviese la osadía de preguntarme, sin escatimar brutalidad, fealdad ni responsabilidades.

«No es suficiente. Nunca es suficiente».

Esas palabras me latían por dentro cuando Max y yo finalmente nos fuimos de la fiesta, mucho después de que las luces empezaran a apagarse, mucho después de que Sammerin y Moth y la mayoría de los invitados se retiraran.

Desde nuestro baile de ensueño apenas habíamos hablado, hasta que volvimos a entrar al calor de aquel salón recargado.

En aquel entorno, vestida con mis mejores galas, de pronto me sentí ridícula. A Max debió de pasarle lo mismo, porque enseguida se remangó, se desabrochó otro botón y soltó un suspiro.