Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 33 #2
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—Siempre supe que algún día te vería en una de estas cosas. Y estás tan deslumbrante como te imaginaba.

«Cuatro, cinco, seis...».

Le devolví la sonrisa con otra, que rescataba y desempolvaba por primera vez en mucho tiempo.

—Yo también estoy muy contenta de haber logrado llegar aquí. Es una oportunidad que muchos como yo jamás tienen.

El semblante de Zeryth —siempre la viva imagen del encanto y la simpatía— apenas se alteró, pero yo noté que me apretaba un poco con los dedos la parte inferior de la espalda, como si fuera de pronto más consciente de mis cicatrices.

—Lamento no haber podido darte ayer la respuesta que esperabas. Tu amigo cuenta con toda mi compasión.

—Muy amable de tu parte. Deberíamos estar agradecidos de que el archicomandante nos tenga en su pensamiento.

—«Un, dos, tres...». Dimos vueltas por el salón, moviéndonos tan rápido que la multitud se me emborronaba a la espalda de Zeryth.

Yo, mientras, esbozaba una sonrisa tan falsa que pensé que se me iba a resquebrajar—. ¿Qué más se puede pedir?

Titubeó un instante.

—Bueno... —empezó.

—¿Qué más podía haber pedido, Zeryth?

Se me esfumó la sonrisa, pero la suya solo se agrió un poco.

—Te habría sacado de allí si hubiera podido, Tisaanah —me dijo.

—Dudo que eso sea cierto.

—Yo...

Pero las palabras me brotaron de la boca como lenguas de fuego.

—Yo creo que te agradaba la forma en que te miraba cuando apenas tenía catorce años y eras lo único que conocía del mundo que había más allá de Threll. Creo que eso te hacía sentir bien, y que yo te gustaba. Pero dudo que quisieras sacarme de allí ni que eso te preocupara.

—La situación es complicada.

—Puede ser, pero, en cualquier caso, mi vida no valía lo suficiente para que te tomases tantas molestias. Es lo que hay. Pero no me mientas. Estoy harta de mentiras y de teatro.

Zeryth contrajo una ceja. Sin apenas avisarme, me hizo girar de repente. Logré mantener el equilibrio mientras daba vueltas. Luego me atrajo hacia él e inclinó su cara hacia la mía.

—¿No es eso lo que estamos haciendo ahora?, ¿teatro?

«Cuatro, cinco, seis...».

—El teatro muestra a la gente una mentira agradable —repliqué—. Lo que yo le estoy enseñando esta noche es una realidad desagradable.

El aliento fresco de una carcajada me acarició la mejilla.

—No veo nada desagradable por aquí.

Reí yo también.

—Eso es porque no estás mirando bien, Zeryth.

—Ah, ¿no? —Se apartó lo justo para mirarme a los ojos, con una ceja enarcada—.

Tú y yo somos muy distintos. Muchas de las personas a las que ves por aquí hoy nacieron con privilegios, incluido tu maestro.

Tenían el mundo en sus manos. Tú y yo debemos luchar por alcanzarlo.

Cuando te miro, veo a una vencedora. —Lo siguiente me lo dijo más cerca y me reverberó en el oído—. Y eso es hermosísimo, Tisaanah.

Por primera vez, permití que la expresión de desdén que me bullía por dentro me asomase a la cara.

—Esto no es un juego, Zeryth —le dije—. Llevo en la espalda veintisiete cicatrices de la noche en que quise comprar mi libertad y Esmaris me recompensó intentando matarme a latigazos.

Me pegaron, me violaron, estuve a punto de perder la vida.

Lo llevo escrito en el cuerpo y en el alma, igual que tú llevas escrito el remordimiento en los tuyos aunque no quieras verlo.

Pero no puedes ignorarlo. Ni yo tampoco.

Ni ellos, porque no se lo voy a permitir —dije, levantando una mano para señalar a la multitud que se agolpaba alrededor.

La expresión de Zeryth se mantuvo serena, inalterable, pero algo asomó a su rostro, una especie de chispa de placer que no fui capaz de descifrar ni comprender, cuando dijo:

—Yo nunca te he ignorado.

—No, tú prefieres verme de rodillas.

—Tenía que ponerte a prueba y la superaste.

«Ponerme a prueba, ¿para qué? —me dieron ganas de preguntar—. ¿Qué podía justificar algo así?». En cambio, me limité a decir:

—No me hace falta que te disculpes por el pasado. Solo tengo una pregunta para ti: ¿qué vas a hacer para ayudarme a evitar que otros sufran mi destino?

Y entonces ocurrió: se le quebró la fachada serena e impasible, aunque lo ocultó con un disimulo tan exquisito que casi no lo vi.

—Tisaanah, lo...

Pero antes de que le diera tiempo a terminar la frase me acerqué a su oído y, en un susurro furioso que crepitó en el aire, le dije:

—Me da igual que lo sientas.

«Cuatro, cinco, seis y...».

Y girando escapé de él y me adentré en la multitud. No miré atrás, no me hizo falta para saber que me miraba. Los espectadores me abrieron paso mientras huía de la pista de baile. También ellos me miraban.

Se dibujó en mis labios una leve sonrisa de satisfacción.

Y entonces miré al fondo del salón y vi de inmediato una figura familiar, una que reconocí de inmediato a pesar de la muchedumbre que nos separaba.

Como si notase mi mirada, Max apartó la vista de la persona con quien mantenía una conversación que muy probablemente habría preferido evitar. Y entonces me vio y su cara de hastío contrariado se disolvió en una pequeña sonrisa cómplice que —yo lo sabía bien— era solo para mí.

Y sin pensármelo, se la devolví.