Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 33
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Me encontraba a la entrada de las torres, preparada para la batalla, viendo cómo refulgía el perfil de la capital con la luz tenue y endeble del crepúsculo. Traté de convencerme de que no estaba nerviosa aunque fuera mentira.

Estaba sola, de momento. Max me había dejado un estratagrama para llegar a las torres, pero me había dicho que tenía que hacer unos recados y que nos veríamos allí más tarde.

Casi lo prefería. Me costaba menos prepararme sola.

A lo mejor lo había hecho por eso, aunque dudaba que supiera exactamente lo que me proponía.

Me di la vuelta y recorrí con la vista el esplendor deslumbrante de las torres.

Estaban tan bien iluminadas que atravesaban el cielo como dos columnas de luz infinitas, con el cristal centelleando en el ocaso.

Cada nivel estaba decorado ahora con racimos de flores desbordantes y tiras exuberantes de gasa reluciente.

Un poco excesivo, para mi gusto. Aun así, era asombroso todo lo que habían conseguido decorar desde el día anterior.

Oí una voz familiar que me llamaba y, al volverme, vi a Moth dirigiéndose hacia mí, seguido de cerca por Sammerin.

Ambos iban impecablemente vestidos; incluso Moth, para sorpresa mía, llevaba una chaqueta cruzada de un brocado naranja muy llamativo y los rizos rubios repeinados, aunque fuera temporalmente, de una forma que quizá podía considerarse pulcra.

Según se acercaba, vi que se había desgarrado el puño de una de las mangas.

Estaba convencida de que al final de la velada la prenda acabaría destrozada.

—¡Qué guapo vas, Moth!

Agachó la mirada.

—Gracias. Tú también.

Miré a Sammerin, que le estaba dando alcance.

Ciertamente podía impactar cuando se lo proponía.

Siempre iba muy peripuesto, sí, pero esa noche, con el abrigo ceñido de seda ambarina y una capa de terciopelo negro cayéndole por un hombro, estaba absolutamente impresionante.

Confiaba en poder ser testigo de sus célebres coqueteos. Desde luego, vestía para la ocasión.

—Y tú, Sammerin.

—Gracias. —Hizo una pausa para escudriñarme y me pregunté si debía ofenderme la leve sorpresa que asomó a su rostro. Decidí que no cuando dijo sin más, en voz baja y suave—: Tú estás preciosa.

Me miré el atuendo, la seda rojo sangre que me abrazaba todo el cuerpo hasta el suelo, con una falda lo bastante liviana y vaporosa como para que flotara alrededor de los pies cuando me movía.

Un tejido ligero se deslizaba por mis hombros y caía en forma de escote pronunciado de carmesí fluido, todo ello sujeto con una cadena abrochada al cuello.

El colgante que Max me había regalado lo llevaba anidado en la clavícula.

Dediqué a Sammerin una pequeña sonrisa de agradecimiento y luego di una vuelta en círculo, despacio. Cuando volví a tenerlos de frente, vi su cara de asombro, y eso me hizo sentir muy satisfecha.

A fin de cuentas, ese era mi objetivo.

Llevaba la espalda al descubierto, exhibiendo la topografía completa de mis cicatrices sobre la piel manchada.

El tejido caía tan abajo que, cuando soplaba el aire, se me erizaba el vello de los hoyuelos de la zona lumbar, pero la decencia me daba un poco igual.

Quería que lo vieran todos los que se negaban a escuchar.

Por eso había escogido el vestido más sencillo que había encontrado y lo había ido recortando hasta conseguir que se vieran todas y cada una de mis heridas: había retirado la parte inferior de las mangas para enseñar las cicatrices de los antebrazos y había bajado los hombros para resaltar los picotazos de la base del cuello...

Hasta me había recogido el pelo para no tapar nada de todo aquello.

¿Que me querían ignorar? Genial, ya les enseñaba yo lo que estaban ignorando, lo que implicaba su complacencia.

—¿Qué te ha pasado... en... en la espalda? —preguntó por fin Moth con la voz quebrada.

—Era esclava antes de venir a Ara. ¿No lo sabías?

—No... lo sabía —contestó espantado.

—Y esto me lo hicieron cuando intenté comprar mi libertad.

Cerró la boca y frunció un poco los labios, como pensativo a la vez que de pronto consciente de lo que eso significaba, como si nunca se le hubiera ocurrido que pudieran existir cosas así en el mundo.

Me pregunté cómo sería eso: vivir una vida tan resguardada de semejante fealdad que solo el concepto te sobresaltara.

—Yo creo que estás muy bien de todas formas —dijo en voz baja.

—Gracias, Moth.

Sammerin me estudió en silencio.

—Yo también lo pienso —terció, y me pareció ver un destello de satisfacción en su rostro—. ¿Vamos? —propuso después, señalando con la cabeza hacia las torres.

Mientras nos dirigíamos a las fatídicas puertas de oro y plata, me recoloqué la azucena blanca que me había puesto en el pelo. Era un adorno de última hora que había robado del jardín antes de salir. Supuse que a Max no le importaría. Además, sin la flor me faltaba algo.

Qué poético, después de todo: llevar el sello de Esmaris al tiempo que exponía todas las cosas terribles que me había hecho. Como si lo llevara conmigo, susurrándole furiosa al oído: «Mira, mira todo lo que no has conseguido destruir. Mira lo que ha generado tu crueldad».

Notaba que me miraban. Lo notaba como si me rozaran la piel con los dedos, me acariciaran la cara, me pasaran las manos por aquellas cicatrices feísimas.

«Bien».

El vestíbulo de las torres se había transformado por completo.

Todas las superficies estaban forradas de tapices y flores, y la luz de cientos y cientos de velas danzaba en ellas.

Ambos lados de la entrada se unían en un salón inmenso: el oro de la Torre del Alba, a un lado, se fundía con la plata de la Torre de la Medianoche, al otro.

Impregnaba el aire una música que venía de todas partes y de ninguna a la vez, y se mezclaba con las voces y con las carcajadas algo ebrias.

El mural de Rosira y Araich se alzaba imponente sobre todo ello, con los rostros mirando hacia abajo, como si observaran con desenfado las celebraciones.

Habría varios centenares de personas allí, todas impecablemente vestidas, aunque la mayoría de forma más recatada que yo. Pero mejor para mí: con mi piel de fragmentada, mi vestido rojo y mis cicatrices destacaba tanto como quería.

Moth se perdió entre la multitud casi de inmediato y empezó a deambular por allí, explorándolo todo fascinado, con los ojos como platos. Sammerin ni se molestó en detenerlo.

—Sé que va a terminar metiéndose en algún lío —me dijo, encogiéndose un poco de hombros—. ¿Para qué resistirse a lo inevitable?

Reí, porque, en efecto, así era.

—¿Están aquí todos los miembros de las Órdenes? —pregunté.

—¡Qué va! Hay muchos que han preferido no venir. Estas cosas se hacen un poco tediosas, año tras año.

A veces era fácil olvidar cuántos magos había en el mundo.

Cuando volví a mirar a Sammerin, vi que había clavado los ojos al otro lado de la multitud. Seguí su mirada hasta una mujer que estaba cerca de la pared, sosteniendo una copa con sus dedos finos, y que de vez en cuando lo miraba entre ondas de color castaño.

—Ve, no te preocupes por mí —le dije, dándole un empujoncito en el hombro.

—¿Que vaya adónde?

Enarqué una ceja.

—Ve.

Se lo pensó un poco, reprimiendo una sonrisita.

—Los eventos de las Órdenes son particularmente peligrosos.

—Yo también —respondí sonriente—. No me asusta.

—Has venido vestida para matar. —Se adentró en la multitud, luego titubeó y se volvió hacia mí—. Seguro que Max no tarda en llegar —añadió, levantando la voz por encima del murmullo de la fiesta.

—¿Tú crees?

Max me había dicho, un poco a regañadientes, que asistiría a la fiesta si yo lo hacía, pero, una vez allí, no me lo imaginaba existiendo en semejante entorno.

—Uy, no se lo va a perder —replicó Sammerin, y vislumbré en sus ojos aquel brillo indescifrable que ya conocía bien, antes de que se disolviera entre la muchedumbre.

Cuando me quedé sola, exploré de nuevo el salón.

Ahora que miraba, no me costó localizar a Zeryth: toda la estancia parecía inclinarse hacia él, como si fuera el centro de gravedad en torno al cual giraba aquel asunto.

Se encontraba cerca del inmenso mural, charlando con entusiasmo.

Emanaba esa luz de quien está en su elemento y, vestido con una chaqueta de corte impecable forrada de seda blanca e hilo de plata, que centelleaba a la luz de las velas, lo parecía, desde luego.

Nura, en cambio, estaba sola y apartada, tomando una copa. Su vestido era una adaptación casi cómicamente fiel del atuendo que llevaba a diario: blanco, de cuello alto y mangas largas que ceñían sus brazos esbeltos, y una falda que le llegaba hasta los pies.

Me adentré en la multitud. La gente se volvía hacia mí y sus miradas iban seguidas de inmediato por aspavientos de horror al verme la espalda.

—¿Has visto eso? —oí a un hombre susurrarle a su acompañante. Yo contuve una sonrisa furiosa de satisfacción.

«Miradme», les ordené. Todos obedecieron. Percibí cada uno de aquellos ojos.

Pero sobre todo los de Zeryth.

Y cuando me di la vuelta y fingí sorprenderme al ver que me miraba a los ojos, le dediqué una sonrisa maligna y deslumbrante.

—Zeryth —ronroneé, a modo de saludo—. Baila conmigo.

Puse en marcha mentalmente mi metrónomo maltrecho y empolvado, y confié en recordar los pasos de baile después de tantos meses.

—Encantado —me contestó.

Yo ya me había colgado de su cuello antes de que terminara de decirlo.

Él llevó la mano a mi cintura. Con un movimiento suave, me sacó a la pista de baile.

Me sorprendió lo rápido y fluido que fue todo, como si fuéramos dos estrellas que chocaran y salieran disparadas.

Y si antes la gente se me quedaba mirando...

Bueno, ¡ahora estaban boquiabiertos! Perfecto.

«Un, dos, tres...».

Zeryth llevaba la melena blanca recogida en una coleta a la altura del cogote, con unos mechones sueltos que le danzaban por la cara cuando se movía. Me sonrió.