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Después de eso, ni siquiera me atreví a abrir la boca, por miedo a lo que se me pudiera escapar.
Me contuve, moderada, al volver con Max al vestíbulo, al asentir educadamente cuando Willa me invitó a no sé qué baile, fiesta o cualquier otra frivolidad —no estaba prestando atención—, y cuando Max y yo salimos de aquellas torres opresivas al aire fresco casi otoñal.
—Ahora que ya he batido mi récord de tiempo dedicado a socializar de los últimos cinco años, si quieres podríamos seguir la racha y hacer esa salida para celebrar de la que hablamos —me dijo Max, señalando con la cabeza la ciudad y la actividad que bullía monte abajo—.
Tomarnos una copa o tres, hablar de las múltiples razones por las que esa prueba ha sido una chorrada...
Lo dijo con una ternura velada, un aire de súplica en la voz que me dejó claro que sabía que algo no iba bien.
—No, gracias.
—¿Quieres que...?
—No —lo interrumpí, más bruscamente de lo que pretendía—. Solo quiero volver a casa. Por favor.
«Volver a casa».
Ni siquiera sabía de qué casa hablaba, si de la casa de Max, de mi cuarto en la hacienda de Esmaris, de mi casita en el pueblo, al abrigo de la seguridad de mi madre, a la casa de la ciudad nyzerense que apenas recordaba... A todas ellas. A ninguna.
Solo sabía que, cuando me derrumbara, no quería estar allí, a la sombra reprobadora de las torres.
—Claro —murmuró Max.
Cerré los ojos, oí el crujido agradable de la pluma sobre el papel y, al abrirlos, encontré flores. Solo ver aquellas plantas silvestres y retorcidas bastó para hacer reventar de golpe todos los nudos prietos que llevaba dentro.
Me hinqué de rodillas en la tierra.
Max escuchó en silencio las palabras que brotaron de mí. Con cada una, apretaba más la boca, se le endurecía más la mirada, se le arrugaba más el puente de la nariz.
—Te están tomando el pelo, joder —dijo sereno cuando terminé—. No se lo consientas.
Me llevé las rodillas al pecho y las agarré con dedos temblorosos. Aún tenía todos los músculos tensos, como si retuviera algo desagradable que no pudiese dejar aflorar a la superficie.
¿Me estaban tomando el pelo? ¿O es que simplemente no pensaban en mí ni en nadie como yo en absoluto?
—¿Y por qué iban a hacer algo así?
—No sé, pero ¿eso? ¿Lo que te han hecho durante el examen...? —dijo, meneando la cabeza con una rotundidad que valía más que una sarta de improperios.
—Tenían que ponerme a prueba —contesté tranquila—. Y lo he conseguido.
—Da igual. Ha sobrepasado con creces los límites de un examen normal. Fuiste mejor de lo que esperaban, pero eso no quita que hayan intentado perjudicarte.
—No me preocupa.
Max soltó un fuerte resoplido.
—O sea, que a ti ¿todo esto te parece bien?
¿Te parece bien que te humillen de ese modo?
¿Que Zeryth te abandonase cuando eras esclava pese a que no le habría costado nada sacarte de allí?
¿Te parece bien que te manipulen con un juego estúpido?
Ha intentado, literalmente, ponerte de rodillas.
Eso es degradante de cojones. ¿Y a ti te parece bien?
No, no me parecía bien. Me tragué la oleada de ira.
Pero...
—No puedo cambiar lo que hacen ellos, solo lo que piensan de mí.
—Ya, porque hasta ahora la amistad de Zeryth Aldris te ha servido de mucho.
Me dolía la cabeza. Me dolía el corazón. Apoyé las manos en el suelo y me empapé del frescor de la tierra mojada.
—Necesito su favor, ya lo sabes.
Max se me quedó mirando un buen rato, y un fuego frío le brotó de los ojos. Se levantó, se paseó, cruzó los brazos. Y luego se volvió hacia mí.
—¿Sabes lo que no entiendo de ti a veces, Tisaanah? ¿Cómo es que no estás cabreadísima?
Me dieron ganas de reír. ¿Que cómo no estaba cabreada? No estaba cabreada porque dedicaba buena parte de mi ser a convertir esa energía en otra cosa, y me la metía tan al fondo que me forraba el interior de la piel.
—Solo puedo controlarme a mí misma, nada más. Nadie me debe nada.
—No, ¡no! ¡Claro que te deben algo! Te deben un poco de decencia humana —dijo resoplando, con los dientes apretados—.
A veces... a veces te miro y me alucina lo mucho que te ha fallado la gente, joder.
¡Te han fallado por completo! Es que me enferma, pero ¿a ti?
¿Cómo puedes mirarlos y no querer arrancarles los ojos?
—Esto no va de mí —repliqué—. Quiero que cambien las cosas. Y para eso debo servirme de las herramientas que tenga.
—De las herramientas que tengas...
—Sí.
—¿Y qué herramientas son esas? ¿Qué herramienta estás usando? Tú eres más que el valor que tengas para los hombres poderosos, Tisaanah, y esas personas te van a usar y luego te van a tirar.
Inspiré tan hondo que el aire me cortó desde la barbilla al ombligo.
Lo noté. Noté que me estaba criticando. Conocía bien esa sensación, de los cuchicheos en los pasillos y en los rincones, del tono empalagoso de todos los hombres para los que había bailado. La conocía tan bien que detectaba su olor en cuanto asomaba la cabeza a leguas de distancia.
Me levanté de un brinco, con los puños apretados.
—¡Eso no es cierto! —exclamé—. ¡No tenía otra cosa, Max! El valor que me atribuían los hombres poderosos es la única razón por la que sigo viva. ¡Así que no te atrevas a hablar así de mí!
Le cambió enseguida la cara y quiso rectificar.
—No, yo...
—Tú no eres quién para decirme cómo debo sentirme con lo que me ha pasado. Además, ¿de qué me sirve cabrearme? ¿Para qué me vale la rabia? ¿Para ahogarme en ella? ¿Para tener una excusa para no hacer nada con mi vida?
Cerró la boca. Apretó los labios. Lo había ofendido, se lo noté en la cara, fugazmente, y luego sentí el eco en mi pecho.
—Deduzco que estás pensando en alguien en concreto —me dijo muy seco.
Se hizo el silencio. Nos miramos, deseando los dos poder tragarnos nuestras palabras. La sangre empezó a bombearme en los oídos, ahogando mi voz.
Así que me alivió que fuese Max quien hablara primero.
—Yo nunca, jamás, te criticaría. Lo que he dicho ha sido una sandez. —La mayoría de la gente miraba a otro lado cuando se disculpaba, pero Max no. Me miró directamente a los ojos, inquebrantable, esbozando una sonrisa—. Perdóname.
La vergüenza era una expresión poco corriente en su rostro, una que le suavizaba sus rasgos afilados. Lo vi... triste. Tan agotado como yo.
Lo observé, me bullía dentro una pregunta.
Una vez, en Threll, iba paseando por las lindes de la hacienda de Esmaris y me topé con un pájaro muerto en la calle.
Le había pasado por encima una carreta, justo por el centro, y las lustrosas alas negras con las puntas de un rojo fuego habían quedado incrustadas en el adoquinado blanco.
Me arrodillé a su lado y examiné la belleza macabra de aquella sangre del día anterior sobre las plumas negras y resplandecientes, la grotesca simetría de su cuerpo aplastado contra la calzada.
Lo imaginé allí plantado cuando la rueda le había pasado por encima y me pregunté: «¿Cómo llegaste aquí, pajarillo? ¿Por qué no saliste volando?».
A veces me sorprendía mirando a Max, a las secuelas de todas las cicatrices ocultas que le poblaban el cuerpo y la mente, y me preguntaba algo parecido: «¿Qué pasó? ¿Por qué no saliste volando?».
—Tú quieres que odie las Órdenes tanto como tú —mascullé—, pero no quieres contarme por qué. ¿Qué te han hecho?
Suspiró por lo bajo.
—No te puedo contestar a eso.
—No quieres.
Me miró un buen rato, pensativo, con el ceño fruncido.
—Tienes razón: soy un desastre. Lo sé. No te lo discuto. —Se encogió de hombros. Su desenfado forzado no hacía más que subrayar el peso áspero de su voz, que no era precisamente desenfadada—. No hago nada porque ya lo hice todo y fracasé. Y no podía más. No podía seguir haciéndolo.
«No podía seguir haciéndolo». Notaba algo así en mis propios huesos.
El peso aplastante de la desesperanza. Miré hacia abajo y contemplé las hojas que me tapaban los pies.
El musgo de las piedras me recordó a las quemaduras en el rostro a Vos; los huecos de entre las hojas, los que le había dejado a él la pérdida de la nariz.
Noté unos dedos que me levantaban la cabeza por la barbilla, que me elevaban la vista. Max me miró con una grave determinación.
—Pero creo que tú eres mejor y más fuerte que yo en todos los sentidos. Esa es la verdad. —Se me hizo un nudo en la garganta. Esperé a que me soltara la barbilla, pero no lo hizo—. No dejes que te ignoren, Tisaanah. Eres mejor que ellos. Deberían tenerte pánico. Asústalos. ¡Cabréate!
Parpadeé y lo vi todo, ¡todo!, en aquellos segundos de oscuridad: todos los sombreros de ala ancha de los esclavistas, todos los latigazos de Esmaris, todas las sonrisas condescendientes de Zeryth, todas las heridas que desgarraban el cuerpo de Vos.
Me clavaban sus garras, me arañaban el corazón como fantasmas desesperados.
Respondí con el aliento entrecortado.
—No puedo. No puedo.
—¿Por qué?
«Porque es demasiado».
«Porque la furia me paraliza».
«Porque la última vez que me cabreé sentí cómo la vida de un hombre se marchitaba en mis manos».
Abrí los ojos y miré los de Max, empañados y azules, un reflejo de los míos.
—Porque, como me permita cabrearme, no voy a parar nunca.
Se me acercó, tanto que su nariz rozó la mía, tanto que podía contarle las pestañas, tanto que sentí su aliento cálido en mi rostro cuando sonrió y dijo, con la ferocidad del humo y del acero:
—¡Genial!