Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 31
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Me había mentalizado de tal forma que tardé un momento en darme cuenta de que aquel cuerpo exangüe tendido en la cama que tenía delante no era el de Serel.

No, la cabeza que descansaba en aquella almohada, de espaldas a mí, tenía una mata de pelo de intenso color cobrizo, y los brazos que se extendían sobre las capas de mantas eran largos y desgarbados, no fibrosos, bien torneados y bronceados como los de mi amigo.

Me quedé pensativa, sin saber si me desilusionaba o me aliviaba, pero las elucubraciones que empezaban a materializarse en mi interior se congelaron cuando la figura de la cama volvió la cara para mirarme.

Cerré la boca de golpe, espantada.

Por una décima de segundo, no pensé siquiera que el rostro que me saludaba fuera humano.

Pero lo era. Era un viejo amigo.

Me tragué la sorpresa. Suavicé la voz hasta convertirla en algo tan sereno y melódico que creí que pertenecía a otra persona.

—Vos —susurré en thereni—. Cuánto me alegro de verte.

Solo vi un destello de sorpresa en sus ojos.

Hasta eso pasaba fácilmente desapercibido, más que nada porque era imposible no distraerse con los dos boquetes triangulares que ocupaban el lugar donde en su día había tenido la nariz, ni con la quemadura que marchitaba la piel pecosa de su mejilla derecha, ni con la cicatriz que le cruzaba la boca y le partía en dos el labio superior.

No. Los ojos. Tenía que mirarlo a los ojos. Y esos seguían igual.

Igual que la última vez que lo vi, cuando le mentí sobre mi huida, en los establos de Esmaris, y lo engañé para que me dejara marchar.

Vos se me quedó mirando fijamente y no reaccionó cuando crucé la estancia y me hinqué de rodillas junto a su cama.

Alargué la mano para acceder a su mente, acariciando con los dedos sus pensamientos, y me encontré con un muro de dolor y de rabia tan fuerte que casi —casi— dejé que se me cayera la máscara de complacencia.

Se le aceleró la respiración, manifiesta en ráfagas de sibilancias procedentes de los boquetes que le habían quedado al perder la nariz. Se endureció su gesto.

—Vos... —le dije, poniendo la mano encima de la suya y sin mostrarme sorprendida cuando noté que en ella solo había dos dedos.

—¿Qué haces aquí? —terció con una voz quebrada como una rama, violenta y entrecortada—. Parece que lo conseguiste, ¿no?

—Y tú. Estás en Ara. Ya eres libre.

Guardó silencio un momento. Luego la ira descendió sobre su cara como un manto de fuego y los músculos de alrededor de la nariz perdida se contrajeron para formar lo que habría sido una cara de desdén, con aquel labio partido fruncido.

Siempre había apreciado a Vos por su descarado entusiasmo, por la forma en que todas las emociones danzaban por su rostro, iluminadas de colores.

Ahora, la oscuridad de su rabia y de su angustia le cruzaba el semblante con idéntica intensidad.

—¿Libre? —me espetó—. ¿A esto lo llamas ser libre?

—Estás en el territorio de los magos más poderosos del mundo. Ellos te pueden ayudar. —Le acaricié la mano, la mente—. No te vas a quedar así. Te lo prometo.

Confiaba en no estar mintiéndole... otra vez.

—¡Esto me ha pasado por tu culpa! —me soltó, zafándose de mí—. ¿Se te ocurrió pensarlo siquiera cuando me mentiste aquel día? ¿Pensaste en lo que me harían al descubrir que no estabas?

«Sí, lo pensé». La respuesta se me agrió en la garganta. ¿Eso hacía que fuera mejor o peor? ¿Importaba acaso?

Se me empañaron los ojos.

—Cuéntame qué pasó.

—¿Qué crees tú que pasó?

Un interrogatorio, cuando Ahzeen se dio cuenta de que Vos había sido testigo de lo ocurrido y era un elemento esencial de la historia sangrienta que quisiera contar.

Un castigo, por la incompetencia de Vos y su posible traición.

Seguramente una mezcla de ambos. En lo tocante a la vida de los esclavos, los threllianos no se lo pensaban dos veces.

—Lo siento muchísimo, Vos —le susurré—, lo siento muchísimo. —Entonces me incliné hacia delante y miré tan fijamente sus ojos ambarinos que nuestros rostros casi se tocaron, aquellas terribles cicatrices de su cara dolorosamente cerca de mí—. Por favor, Vos, dime qué ha sido de Serel. ¿Dónde está?

No creía posible que la rabia se incrustara aún más en las facciones de Vos, pero así fue.

—Lo mandaron a luchar en la mierda de guerras de Ahzeen.

Antes de detenerme a mí. Antes de interrogarme.

Así que no vi cómo se lo llevaban a rastras después de que lo delatara.

—Estaba anonadada. Sus ojos se clavaron en los míos—.

Fuiste tú, ¿a que sí? —susurró furioso—.

O tú o él. Sé que lo hicisteis vosotros.

—Dejó caer la cabeza en la almohada, como si toda la energía lo hubiera abandonado de pronto y le hubiese dejado solo un residuo de furia—.

Se lo conté todo. Tampoco eso los detuvo.

La verdad les daba igual. No buscaban un enemigo inútil como un pobre muchacho esclavo.

Aspiraban a más. Pero lo delaté de todas formas.

Y espero que, esté donde esté Serel ahora mismo, su nariz se esté pudriendo al lado de la mía.

Me miré las manos y, cuando volví a mirar a Vos, durante unos segundos, fue el rostro desfigurado de Serel el que me devolvió la mirada, furibundo.

—¡Vete! —me dijo Vos. Se dio la vuelta y me dejó mirándole el pelo cobrizo del cogote—. No quiero verte.

—¿Lo podéis curar?

En cuanto Zeryth salió conmigo y cerró la puerta, me puse a buscar una solución. Era lo único que podía hacer para no diluirme en un charco de dolor y pánico. Pero aún estaba aturdida y me temblaban las manos mientras las entrelazaba.

—Willa ha estado trabajando en ello, pero no es un caso fácil. Las cicatrices puede, pero lo de la nariz va a ser complicado, y los dedos los ha perdido.

—Tengo amigo solari, sanador, igual ayudará...

El arano se me resistía de pronto. Era como si aquella breve conversación en thereni hubiera devuelto mi conocimiento del léxico de Ara a su estado de hacía meses. O quizá fuera porque no podía pensar con claridad, porque no era capaz de pensar en absoluto.

—Podría venirnos bien —dijo Zeryth.

—De algo servirá. No voy a dejarlo en ese estado.

—Haremos todo lo posible, por supuesto.

«Todo lo posible». ¿Cuántas veces me habían dicho eso? ¿Lo decían en serio? ¿Significaban algo esas palabras?

Me detuve en seco y me volví hacia Zeryth.

—¿Cuándo vamos a Threll? —Zeryth enarcó sus cejas blancas—. Esto no es solo por Vos —le dije—. Hay muchísimos esclavos heridos, como él. Tú lo has visto, ¿no?

—Por desgracia.

—No lo pienso tolerar —sentencié, negando rotundamente con la cabeza.

—Puedo mandar aviso a través de nuestras redes para que localicen a tu amigo y lo saquen de allí cuanto antes...

—¡No se trata solo de él! —repliqué, más bruscamente de lo que pretendía, pero se me amontonaban dentro los nombres y los rostros, y me afilaban las palabras.

Aquello era mucho más que Serel, que Vos, que yo.

Por cada uno de nosotros había muchísimas almas igual de rotas, miles que sufrían, amaban y padecían tanto como nosotros.

Y por cada Esmaris, por cada Ahzeen, había centenares de señores de Threll que enviaban a otros a la guerra, abusaban de ellos o los azotaban como si no fueran más que trozos de carne.

Me sacudió de pronto una oleada que amenazó con tumbarme.

—Hay muchísimos más. No podemos permitirlo. No tienen recursos. —Miré a Zeryth y suavicé la voz—. Pero nosotros sí.

Él frunció el ceño.

—¿Cómo que nosotros?

—Eres lo bastante fuerte para hacerlo.

Con la de cosas que eran capaces de hacer los hombres por su ego... Si podían destrozar países, a lo mejor también podían usarlo para algo bueno.

—No es tan fácil, me temo —contestó, meneando la cabeza.

Lo dijo sin darle importancia, como el que rechaza una invitación a una cena en vez de justificar la muerte de miles de inocentes.

—¿Y qué hacemos, entonces?

—Tisaanah...

—¿No vamos a hacer nada? ¿No vas a hacer NADA?

«Nada —me susurró una voz—. ¿Como cuando conociste a una hermosa adolescente esclavizada por un hombre perverso que le cuadruplicaba la edad y la dejaste allí?».

Zeryth se puso muy serio.

—Ahora mismo estás aquí, en la Torre de la Medianoche —me dijo con sequedad—. Eso no es nada .

¿Qué quería decirme con eso? Yo había llegado hasta allí arrastrándome, me había sometido a sus exigencias. ¿Qué había hecho él por ayudar? ¿Mandarle una carta aduladora a Nura? ¿Traerse a un esclavo herido que, de todas formas, a Ahzeen ya no le servía de nada?

Pero solo con mirarle una vez la cara me bastó para controlar la rabia. Demasiado lejos. Estaba yendo demasiado lejos.

—P-perdona... Tienes razón —dije, dedicándole una pequeña sonrisa tierna, femenina—. Has hecho muchísimo por mí. No se me olvida.

Durante un segundo, me miró con frialdad por encima del hombro y se me encogió el corazón de pensar que, por mi incapacidad de controlar la rabia, hubiera echado a perder una de mis mayores ventajas. Luego su expresión se ablandó y yo suspiré tranquila.

—Te hemos sacado de allí —me dijo, poniéndome una mano fuerte en el hombro—. Es un comienzo. Ten paciencia, Tisaanah.

«¿Te hemos sacado?». Me saqué yo sola. Me sacó Serel. Y Vos ha pagado por ello con algo más valioso que su vida.

«No es suficiente —estuve a punto de decirle—. Nunca es suficiente».

Pero, en cambio, lo miré con los ojos muy abiertos.

—Paciencia —repetí.

Y la palabra me supo a sangre y a traición.