Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 30
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Zeryth cruzó los brazos ante su pecho ancho.

—Hola, Tisaanah.

Me quedé de piedra, asaltada por una confusión que terminó diluyendo la calidez embriagadora de su sonrisa. Verlo me trasladó a aquellas noches que habíamos pasado juntos en mi pequeño cuarto de la hacienda Mikov, al que estaban asociados algunos de mis recuerdos más queridos.

Aparte de eso, era prácticamente imposible que no te tumbase la sonrisa de Zeryth.

No sé cómo, había conseguido olvidar lo mucho que me impactaba.

Era uno de aquellos guapos que casi ofendían, de esos que impregnaban de magnetismo el aire que los rodeaba.

Llevaba una chaqueta blanca ceñida, similar a la de Nura; con la ropa blanca, la piel blanca y el pelo blanco por los hombros, resaltaba tanto entre las sombras sinuosas que me sorprendí mirándolo con los ojos entrecerrados.

—Zeryth —dije, en un tono que no dejaba claro si estaba complacida, confundida o molesta.

Volví a mirar la esfera que tenía entre los dedos. ¿Ya habíamos terminado? No había completado la tarea.

—Tisaanah, ven aquí —me pidió.

Aparté las manos de la esfera. Me miré los dedos mientras se retiraban del metal. Avancé hacia Zeryth, dejando atrás el pedestal.

Me observó detenidamente, empezando por los pies y recorriendo despacio mi figura hasta llegar a los ojos.

—Te veo distinta de la última vez que coincidimos —dijo sonriente—. Dime: ¿cuánto hace de eso?

—Año y medio, creo —contesté, y se ensanchó su sonrisa.

—Tu arano ha mejorado mucho también. ¡Qué maravilla, poder comunicarme tan claramente contigo ahora! —Se metió las manos en los bolsillos—. ¿Te gusta esto? ¿Estás bien en Ara?

—Sí.

—¿Has disfrutado de la formación?

—Sí.

—A tu maestro debe de complacerle mucho oírlo —dijo, señalando con la cabeza a la galería—. Vuélvete a saludarlo.

Me di la vuelta, levanté la mano, miré a la galería y posé los ojos en Max. Su cara de rabia absoluta enganchó mis pensamientos escurridizos en algo afilado.

Un momento.

¡Qué raro!

Me miré la mano levantada, apreté el puño.

Yo había ido a hacer algo, algo importante. Estaba allí por una razón y de algún modo lo había olvidado...

Mis pensamientos se consolidaron cuando miré a la derecha, a la esfera que descansaba aún en su pedestal. Me disponía a dar media vuelta, a dirigirme hacia ella, cuando Zeryth me dijo:

—Detente. —Mis pies dejaron de moverse—. Mírame. —Me volví hacia Zeryth y él ladeó la cabeza—. ¿Por qué te quieres ir?

Buena pregunta.

«No quiero —me dije para mis adentros—. No me quiero ir. No quiero ir a ninguna parte».

Pero me obligué a contestar:

—Hay algo que debo hacer.

—Nada importante.

Nada importante.

—Ven aquí. —Y fui—. Arrodíllate.

«Arrodíllate», me había dicho Esmaris.

Me estremecí.

—No.

—Sí.

«Sí», empezó a decir mi boca, pero en el último instante...

—No.

No. No, no, no.

Entendí entonces lo que estaba pasando. Caí en la cuenta de que nunca había visto a Zeryth usar la magia, que ejercía una especie de presión en mis pensamientos, como un envoltorio edulcorado que lo diluía todo en un pegote amorfo y pegajoso.

Aquello era parte de la prueba, la prueba que debía terminar.

—Arrodíllate —me repitió.

El cuerpo se me paralizó a medio camino. Los pensamientos se me escapaban entre los dedos como puñados de gusanos, pero yo me aferré con dolorosa vehemencia al hilo frágil de mi consciencia.

Miré a Zeryth directamente a aquellos ojos blancos y expectantes.

—No —le dije.

«Aún no he terminado».

Zeryth lanzó una mirada a Nura, que estaba a escasa distancia.

Y entonces todo se volvió negro otra vez.

Negro y frío. Una amalgama de mis mayores miedos, de mis peores recuerdos.

¡Por los dioses, no, no podía! Me sumí en tal pánico que lo que había vivido en Tairn parecía un juego de niños.

Me vi arrastrada por todos los temores que había sufrido en mi vida, todo aquello de lo que había conseguido desprenderme, todos los rostros que había visto en la oscuridad de la noche, todos ellos envueltos en negrura, en sangre, en el chasquido del látigo, en el calor abrasador de los labios de Serel al contacto con mi mejilla.

—Siéntate —resonó la voz de Zeryth.

—Siéntate, mariposa bonita. Descansa. Sé que estás agotada.

Estaba agotada, agotada, pero...

«Aún. No. He. Terminado».

No sabía si lo había dicho en alto, pero me lo había gritado por dentro lo bastante fuerte como para que ahogase todo lo demás.

Me levanté con dificultad, tambaleándome como un potro recién nacido.

«Aún no he terminado».

Vinculé aquella frase a los latidos de mi corazón.

Con la mano, sacudí un hilo de magia para atraer hacia mí la esfera más próxima, pero, al hacerlo, otro muro de viento me azotó tan fuerte que salí volando por la sala. Sentí una punzada de dolor en el cráneo.

—Vuelve, Tisaanah —ronroneó Zeryth, ofreciéndome alivio, seguridad.

No.

Me toqué la cabeza y noté la sangre caliente en los dedos. Mis piernas ya empezaban a obedecer, arrastrándose hacia él, pero entonces lo encontré, el único vestigio de lucidez de mi cerebro, y me aferré a él.

Me froté la sangre de los dedos.

—Ven aquí, Tisaanah.

—Descansa, mariposilla.

Dibujé un círculo. Aún se me movían las piernas, solo los dedos seguían aferrados al suelo.

Una línea.

Cerré los ojos y lo vi todo, iluminado como un mapa: a mí, las esferas, a los tres valtainos.

«Aún no he terminado».

Otra línea.

—No te lo voy a repetir...

«No —pensé—. No me lo vas a repetir».

Tracé la última línea de mi estratagrama.

Y entonces, de pronto, se produjo un estruendo, de metal contra metal y de gruñidos de sorpresa, a lo que se sumó un muro de luz, todo ello convergiendo en un alboroto hermoso y caótico.

Abrí los ojos justo a tiempo para ver que las dos últimas esferas caían rebotando en el pilón, para ver a Zeryth, a Nura y al tercer valtaino levantarse del suelo para mirar hacia abajo y ver mi estratagrama dibujado con mi sangre a mis pies.

Y para oír una voz que conocía bien gritar desde la galería:

—Pero ¿qué cojones ha sido eso?

Me desplomé en el suelo.

Cuando volví a abrir los ojos, Max estaba inclinado sobre mí, con las manos apoyadas en las rodillas. Lo veía mover los labios, pero no registraba sus palabras.

Lo sucedido en los últimos minutos me venía a la cabeza como a ráfagas.

Nura, Zeryth, las sombras.

«Arrodíllate».

Y el estratagrama... ¡que me había funcionado!

Max volvió a hablar de nuevo, pronunciando cada palabra con contundencia.

—¿Te encuentras bien?

Lo había conseguido.

¡Lo había conseguido!

Me toqué la sien, aún caliente y húmeda, y al apartar los dedos me vi el rojo. No reparé en que estaba sonriendo hasta que empecé a preguntarme por qué me dolían las mejillas.

Max me apartó el pelo y me examinó la herida. Apenas la sentía.

—De esto se puede ocupar Sammerin —me dijo, pero a mí aquel corte me daba exactamente igual.

¡Porque lo había conseguido!

—Tisaanah, necesito confirmación verbal de que estás bien y de que nada de lo ocurrido te ha hecho papilla el cerebro.

No podía dejar de sonreír.

—Estoy muy bien —contesté con voz ronca—. Muy muy bien.

Max agachó la cabeza y soltó un suspiro que empezó con alivio y terminó en exasperación.

—¡Por todos los Ascendidos! Levanta, anda, que parece que hayas perdido el norte.

—¿Perder el norte? ¿Te refieres a si estoy enfadada?

Giré de golpe la cabeza mientras Max me ayudaba a ponerme en pie.

—No, perder el norte es «perder la cabeza». O igual te la has espachurrado, como sería de temer, por ejemplo, cuando se ve a una mujer cubierta de sangre, rodando por el suelo y sonriendo para sí.

«Perder el norte».

Me gustaba.

Una mano firme me agarró por el hombro e hizo que me temblaran las piernas.

—Excelente trabajo, Tisaanah. Verdaderamente impresionante.

Zeryth estaba a mi lado, saludándome con una sonrisa amable. No me soltaba el hombro, pero aquel magnetismo sobrenatural había desaparecido, reemplazado por una cordialidad mucho más humana y agradable. Aun así, tuve que resistir la tentación inmediata de zafarme de él.

«Arrodíllate».

Pero me limité a sonreír: le dediqué una sonrisa propia de la adolescente tierna que era cuando lo había conocido. No me convenía ofender al archicomandante.

—Me alegra verte después de tanto tiempo, Zeryth —le dije.

Vi a Max arrugar la nariz de aquella forma tan característica y supe enseguida lo que iba a pasar.

—¿Qué cojones ha sido eso? ¿Tres valtainos de alto rango contra una aprendiz? ¿En qué mundo es eso razonable?

Le lancé a Max una mirada de advertencia. Por mucho que me conmoviera que se enfadase tanto por mí, no me hacía falta que minara mi éxito, aunque sus intenciones fueran buenas. Además, no temía que me pusieran al límite, menos aún cuando eso me concedía una mayor oportunidad de demostrar mi valía.

Que era lo que había hecho. Y eso era lo que importaba.

—¡Maxantarius, qué sorpresa! —exclamó Zeryth, sin soltarme el brazo y endureciendo la sonrisa—. ¿Por fin has decidido volver a la sociedad?

—Es un periodo de prueba. Aún no lo tengo claro.

—¿En serio? ¿Una persona tan alegre y despreocupada como tú?

Max lo miró casi con rabia.

—No me has contestado. ¿Podrías explicarme por qué os ha parecido aceptable...?

«Cierra el pico».

—Max es un maestro muy leal —le dije a Zeryth, impregnando mi voz de un tono de buen humor demasiado agradable, empalagoso.

Max detectó mi mirada asesina y cerró la boca, aunque hacerlo parecía que le provocaba un dolor físico.

—Somos viejos amigos —terció Zeryth, dando un manotazo al aire, como quitándole importancia—.

Estoy muy familiarizado con sus encantos y peculiaridades, créeme.

—Luego se volvió hacia mí y su sonrisa se ablandó un poco—.

No sabes la ilusión que me hizo saber que habías conseguido llegar aquí, Tisaanah.

Claro que si alguien podía conseguirlo...

Sonreí feliz.

—Gracias.

Casi oía la respuesta que Max estaba pensando y que contenía a duras penas entre dientes: «Pues habría conseguido llegar mucho antes si tú...».

Le lancé una miradita de advertencia antes de que se le escapara y él agachó la cabeza, ceñudo.

A continuación, volviendo a posar mi mirada más brillante en el rostro hermoso de Zeryth, le hice por fin la pregunta que importaba de verdad.

—¿Tienes noticias de Threll?

Su expresión se congeló de un modo que me revolvió el estómago.

—Sí, tenemos que hablar —contestó, y me señaló una puertecita que había en la sala principal. Luego, dirigiéndose a Max, dijo—: Si nos disculpas, Maxantarius... Prometo devolvértela de una pieza.

—No me preocupa: ya te ha tumbado una vez hoy.

«¡Por los dioses, Max!».

Pero Zeryth rio por lo bajo.

—Eso es irrefutable, ¿verdad? —Entonces se volvió hacia mí—: Sígueme, Tisaanah. Vamos a hablar.

Recorrimos unos pasillos blancos, angostos y desiertos. Zeryth era bastante más alto que yo, y tenía que estirar el cuello para mirarlo mientras avanzábamos.

—Perdona que haya tardado tanto en responder a tus peticiones —me dijo como si nada—. Como ves, andaba entretenido con varios viajes.

—Claro.

—Me sorprendió mucho, al hacer la primera parada en la hacienda de Esmaris, descubrir que... —Soltó un suspiro—. Bueno...

Se me tensaron todos los músculos del cuerpo.

—Dime —lo insté, porque mi fachada edulcorada empezaba a disolverse.

—Que las cosas por allí estaban... bastante desorganizadas. Esmaris, como ya sabrás, había muerto. —Me miró de reojo y me pregunté si sabría o sospecharía lo que yo había hecho. Si era así, no lo manifestó—. Su hijo iba a ocupar su lugar.

—Ahzeen —dije.

Solo lo había visto dos veces y me desagradaba muchísimo. Se parecía a Esmaris y había heredado la crueldad de su padre, pero sin su encanto.

—Sí. Resulta que no es muy amable. —Negué con la cabeza. Aquello era quedarse corto—. Mientras yo estuve allí, andaba a la caza despiadada del asesino de su padre. Y cuando digo despiadada ..., es que en mi vida he visto nada semejante.

Me lo podía imaginar. Nadie organizaba cacerías humanas como las de los señores de Threll, con aquellos atuendos de un blanco inmaculado teñidos de rojo sangre.

La violencia era para ellos una especie de ritual que abrazaban y respiraban.

Y encima Ahzeen tenía motivos de sobra para lanzarse de cabeza por el camino más sangriento posible.

Esmaris prácticamente lo había repudiado.

La última vez que había ido a la hacienda, padre e hijo habían tenido una discusión muy escandalosa y muy pública, que se había acalorado de tal forma que al final Ahzeen terminó tirado a las puertas de la hacienda sin un ojo.

La reputación de Ahzeen siempre se iba a ver perjudicada por la aversión que su padre sentía por él, de todos conocida.

Sin embargo, con la muerte de Esmaris, se le presentaba la ocasión de recuperar el respeto asociado al apellido familiar, sin los inconvenientes de la presencia del propio Esmaris, claro está, siempre que demostrara la fortaleza y el compromiso suficientes.

—He estado allí dos veces —continuó Zeryth—: una a la ida, llegué poco después de la muerte de Esmaris; y otra a la vuelta, la última vez que te escribí.

—Doblamos una esquina—. La primera vez, Ahzeen y sus hombres aún andaban abriéndose paso con frenesí entre los enemigos de su padre, masacrando a cualquiera que pudiese estar relacionado con su muerte.

—Se me erizó el vello de la nuca. Una ocasión perfecta, una excusa, en realidad, para demostrar su predominio sobre las familias rivales, un juego muy peligroso—.

Pero luego —continuó—, cuando volví unos meses después, no fue eso lo que más me preocupó.

La hacienda era víctima de graves represalias por parte de los otros señores. Se hablaba de ello por todo Threll.

Me temblaban las manos. Con cada detalle que me contaba, me venía a la cabeza una forma más en que Serel podía haber muerto: en la masacre inicial, hallado culpable en aquella cacería humana, o enviado a morir en un campo de batalla impersonal y sangriento en nombre de un tipo al que despreciaba.

Llegamos a una puerta y nos detuvimos. Agarré a Zeryth del brazo, al principio para hacer hincapié en lo que quería decirle, pero luego porque necesitaba estabilidad.

—Dime: ¿lo encontraste? Al hombre que te pedí que buscaras...

Zeryth me dedicó una mirada seria, indescifrable. Asió el pomo de la puerta, pero no lo giró aún.

—He hecho todo lo que he podido. Sé que esto es importante para ti.

«¿Importante para mí? —me dieron ganas de gritarle—. ¿Importante para mí? ¿Te parece que esto es importante para mí?».

Como si aquello no me superara por completo, como si no fuese un peligro inminente que se cernía sobre la cabeza de miles y miles de personas.

Apreté los dedos hasta que me noté el músculo de su antebrazo bajo las uñas.

—¡Demuéstramelo!

Zeryth abrió la puerta.