29
Me llevaron a una sala grande y circular que quizá, en ocasiones especiales, fuera un salón de baile o una suerte de espacio para celebraciones.
Ese día estaba completamente vacía, desprovista de decoración, salvo por las lunas grabadas en las paredes y la belleza resplandeciente de los suelos de mármol.
Solo había cuatro objetos en ella: tres pedestales, cada uno con una sencilla esfera plateada, y en el centro de la sala un pilón grande y liso.
Nura estaba de pie al lado, con los brazos cruzados por delante, esperándome.
Su presencia me revolvió el estómago, de sorpresa y de nerviosismo. No esperaba encontrarme allí a alguien tan importante.
Miré por encima del hombro hacia la galería curva que recorría media sala. Max estaba asomado por la barandilla, observando, con los dedos entrelazados. Cuando lo miré, me sonrió inquieto. Sospeché que estaba pensando lo mismo que yo.
Nura se aclaró la garganta y yo me volví enseguida hacia ella.
—Este va a ser tu examen más avanzado —me dijo—.
Habrás observado que hay tres esferas en la estancia —añadió, y señaló tres pedestales, dispuestos formando un triángulo contra las paredes de la sala—.
Tu objetivo es coger cada una de esas esferas y depositarlas en el pilón del centro —me indicó, posando la mano en el borde curvado del receptáculo.
Miré enseguida las tres esferas, luego el pilón. Parecía demasiado fácil, como una especie de... juego. Me pregunté si aquello sería normal, una parte habitual de todos los exámenes, o se trataría de una tarea ideada especialmente para mí.
—¿Entendido? —me dijo, inexpugnable como de costumbre.
—Entendido —contesté asintiendo. Cuando ella hizo lo propio, vi que asomaba a sus labios una sonrisa.
—Bien. En ese caso, empezamos... —Levantó un dedo, luego dos, después tres—. ¡Ya!
A continuación, alzó las manos y me vi sumida en una oscuridad absoluta.
La negrura me engulló como si me sumergiera en una cuba de tinta, burbujeándome en los pulmones. Se me aceleró el pulso y empezaron a vibrarme los límites de la visión.
«Respira, Tisaanah. Tienes otras formas de ver».
Cerré los ojos por costumbre, porque la estancia estaba tan oscura que, de todas formas, no veía nada, y, alargando los brazos, palpé los bordes de la sala con manos invisibles, en busca de las esferas. En mi cabeza, empezaron a latir con una suave luz plateada. Atrapé su hilo y suspiré aliviada.
«Ya está. Esto es pan comido».
Empecé a atraer hacia mí una de las esferas, pero cayó en cuanto la levanté del pedestal, y una fuerza potente la lanzó rodando con violencia por el suelo de mármol. Me abalancé sobre ella...
Y algo me apartó bruscamente, arrojándome contra un muro de frío, un frío que me envolvió, me tragó, me caló los huesos y las entrañas. Parpadeé y, al volver a abrir los ojos, la oscuridad se fundió con una hierba infinita y ondulante y unas estrellas emborronadas.
Noté que me corría un líquido por la espalda, por la parte posterior de los muslos, un líquido abrasador, en comparación con el aire gélido.
Mi sangre.
Estaba en los llanos, en Threll. Llevaba puesto aquel abrigo sucio. Me acompañaba mi caballo moribundo.
Un estremecimiento de frío, de miedo y de pánico me recorrió la espalda. Una ilusión, me dije. Cosa de Nura. No era real.
«¿No lo es?».
Volví a cerrar los ojos. Y seguí viendo la misma escena, los llanos que tenía grabados a fuego en la memoria. Mi mente tanteó el entorno en busca de algún hilo de realidad que me devolviera a la torre, a la sala, a aquellos pedestales...
Los llanos titilaron, se disolvieron como arena en el viento.
Volvieron a refulgir las esferas delante de mí. Una de ellas rodaba despacio por el suelo.
Me serví de la magia para atraerla hacia mí y la atrapé con los dedos. La sentí agradablemente fresca en las manos, firme, sólida, ¡real! Me volví para dejarla en el pilón y sonreí satisfecha al contacto del metal contra el metal.
Y entonces, de pronto, me sacudió una fuerza, un muro de aire tan potente que me zarandeó como si me hubiera golpeado un bloque de cemento.
Antes de que pudiera entender lo que estaba pasando, noté que volaba por la estancia y que mi espalda se estampaba contra una pared curva.
Se me escapó un grito ahogado, silencioso.
De nuevo oscuridad y, mientras me escurría por la pared, volví a sumergirme en aquella ilusión asfixiante. El mármol en el que apoyaba las manos y las rodillas era el mármol del despacho de Esmaris.
¡Zas!
«Veinticuatro. Veinticinco».
El rostro de Esmaris asomó intermitente entre las sombras, desde debajo de un sombrero negro de ala ancha. El pánico me ahogaba.
«Has olvidado lo que eres».
No era real. No era real. No era real.
«¡Sí que es real!».
N O. ¡ NO !
Yo era más fuerte que todo aquello. Me abrí paso por el rostro de Esmaris, buscando a tientas la realidad.
Me levanté como pude, pero enseguida noté que volvía a faltarme el aire, solo que ahora, al menos, estaba preparada: alcé las manos hacia delante, como había hecho en el puente de Tairn, y me blindé.
El cuerpo entero me vibró del impacto, pero me mantuve en pie.
En mi mente, corté el resto de los hilos de las ilusiones de Nura y los convertí en un tapiz hecho trizas.
Me corría el sudor por la nuca. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para blindarme por dentro y por fuera, pero, no sé cómo, lo estaba consiguiendo.
Avancé hacia la segunda esfera, alargué la mano, posé los dedos en la superficie fresca.
Estaba a punto de levantarla del pedestal cuando noté que cambiaba algo.
Alcé los ojos y vi un resplandor tenue que se filtraba por la oscuridad.
Y, cuando las sombras se apartaron danzarinas, como una cortina flotante, apareció Zeryth Aldris.