Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 28
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No podía echar el cuello tan atrás como para ver el final de las Torres de las Órdenes, que ascendían, ascendían y ascendían como dos muros de oro y plata y se perdían entre las nubes esponjosas.

La última vez que había estado a las puertas de las torres iba medio inconsciente, o al menos no lo bastante consciente para que me asombrara su pasmosa altura, su pasmosa presencia, su pasmoso ¡todo! Nunca me había sentido tan pequeña.

Casi a modo de tic nervioso, me dibujé un círculo en la palma de la mano, como si tratara de atrapar los estratagramas que aún se me resistían. Estábamos Sammerin, Moth, Max y yo, los cuatro plantados a la sombra de las torres, con una especie de nerviosismo pululando entre nosotros.

—Hace muchísimo tiempo que no cruzo esas puertas —masculló Max, mirándolas. Luego le dijo a Moth—: ¿Nervioso?

El aprendiz se revolvió inquieto.

—Bueno —contestó con una falsa seguridad en sí mismo—, me ha costado, pero creo que por fin controlo la distorsión de energía, así que seguro que no tengo ningún accidente.

Max y Sammerin intercambiaron una mirada, una de aquellas con las que se hablaban sin mediar palabra.

—Moth lleva una semana entera sin romper nada —terció Sammerin—. Estamos todos muy orgullosos de él.

—Salvo la jarra —lo corrigió Moth—, pero eso, en el fondo, no fue culpa mía.

—Salvo la jarra —confirmó Sammerin con una mueca.

—Dudo que tengan muchas jarras en las pruebas, con lo que no habrá problema —señaló Max—. ¿Y tú? —me preguntó.

—Bien.

La angustia no se me notó en la voz, pero seguro que Max sabía lo nerviosa que estaba.

Normalmente encontraba a Moth divertidísimo, pero ese día sus destrozos involuntarios no conseguían ni arrancarme una sonrisa.

Al menos para él era solo uno de los seis exámenes anuales que haría.

Si suspendía, podía resarcirse al año siguiente. Yo no iba a tener esa suerte.

Sammerin y Moth se dirigieron a las puertas, y yo me disponía a seguirlos cuando Max me agarró con delicadeza por la muñeca. Me di la vuelta de golpe.

—Quiero que sepas, Tisaanah, que tengo una fe total y absoluta en tus posibilidades de superar esto —me dijo—. Y ahora vamos a demostrarles a esos cabrones de lo que eres capaz.

Aunque temblaba de miedo, sonreí.

—Sí, me gusta ese plan —le dije.

Y abrimos las puertas.

De no haber estado tan nerviosa, la primera fase de las pruebas me habría parecido irrisoria.

Max y yo no podíamos desentonar más. Él era el único solari, una mancha de color desarreglada en medio de una larga hilera de maestros valtainos de piel pálida y pelo blanco.

Además, por si la sola peculiaridad de que un solari formara a una valtaina fuera poco, su reputación convertía lo que podría no haber sido más que algo mínimamente incómodo en algo del todo absurdo.

Nadie sabía bien qué hacer con él. Todas las interacciones eran un montón de apretones de mano atropellados y torpes, caras de confusión y saludos sorprendidos y vacilantes.

Mi favorito fue cuando un valtaino le dijo: «Pensaba que ya no te dedicabas a esto», y Max contestó sin alterarse: «¿A qué, a las chorradas de las Órdenes?

». Entonces el valtaino negó con la cabeza y, agitando un poco las manos, replicó: «No, a esto de... ¡del mundo!».

Yo me reía por lo bajo, agradecida de poder tener al menos una parte del cerebro ocupada disfrutando de lo poco que le gustaba a Max socializar, algo tan evidente y divertido, en vez de dejarme devorar por los nervios. Él se dio cuenta y, dándome un codazo en las costillas, me soltó:

—No te relajes tanto, que ya verás ahora.

Pero, mira, no le pareció tan mal que sonriera cuando comenzaron las pruebas y me vi rodeada de una veintena de aprendices que a lo sumo tenían doce años.

Huelga decir que, entre que casi les doblaba la edad a mis compañeros y que era fragmentada —aunque, para mi tranquilidad, vi un par de fragmentados más en el grupo—, me llevé tantas miradas de asombro como Max.

Solo que, a diferencia de él —que con aquellas interacciones se revolvía furioso como un gato con correa—, yo me empapaba de toda aquella atención.

A fin de cuentas, tenía que impresionar; si los ojos ya estaban puestos en mí, era mucho más fácil.

Y, en efecto, impresioné.

Nos hicieron pasar en grupo por una serie de ejercicios estructurados que nos obligaban a demostrar un control exquisito de nuestras habilidades.

¡Y, por los dioses, qué fácil! Aquellas pruebas eran más sencillas, y más aburridas, que cualquiera de las que había hecho a diario durante la formación con Max.

Así que les demostré de lo que era capaz.

Cuando me pidieron que manipulara el agua, mientras los demás se limitaban a mantener a duras penas una esfera uniforme, yo hice con ella unas mariposas perfectas.

Cuando me pidieron que lanzase algún conjuro, generé dos, tres, cuatro ilusiones ópticas a la vez, haciéndolas bailar unas alrededor de las otras, perfectamente controladas, como destacaría después Max.

Cuando nos pidieron que blindáramos la mente para protegernos de la habilidad de nuestros compañeros para colarse en nuestro pensamiento, eché a mi compañero de un empujón y, volviéndome hacia él, le devolví el eco de sus propios pensamientos.

Afronté cada petición con una sonrisa fácil y un «¿Y ahora qué?».

Cuando acabó la primera parte de las pruebas, me sentía muy satisfecha de mí misma.

—Me asquea tanto como me impresiona el entusiasmo con que alardeas de tu superioridad sobre un puñado de críos —me dijo Max cuando me reuní con él entre etapas—. Al menos disimula un poco lo bien que te lo estás pasando.

—¿Por qué?

—Porque a alguien podría parecerle de mal gusto.

—Pero a ti no —le dije con una sonrisita pícara.

—No, a mí no —reconoció, sonriendo él también.

Yo sabía que le estaba encantando hasta el último segundo de aquello tanto como a mí y era inútil que lo negara, como lo era también negar que su apoyo se me enroscaba en el corazón y me lo estrujaba.

Aun así, estaba inquieta ante lo que me esperaba y no pude comer gran cosa; en su lugar, Max y yo aprovechamos el descanso para cruzar a hurtadillas el vestíbulo de la Torre del Alba y asomarnos a las pruebas de los solaris.

Me bastó con ver a Sammerin sentado en la zona de los espectadores, repantingado en el asiento, mirando por los ventanales con cara de algo que yo solo habría podido describir como espanto resignado, para saber cómo iban las pruebas de Moth.

—Pobre Moth —dije con una mueca.

Max rio.

—¡Pobre Sammerin!

Oímos el eco lejano de un estrépito, un alboroto en la sala contigua. Lo que fuera que Sammerin estaba viendo le hizo agarrarse la cabeza con las manos y soltar un suspiro hondo.

Decidimos marcharnos.

Cuando volvimos a la Torre de la Medianoche, al final del descanso para comer, Willa nos estaba esperando. Se le iluminó el rostro al vernos llegar.

—¡Aquí estáis! Quería felicitarte, Tisaanah, por las pruebas grupales. Has estado espectacular.

—Es pronto para felicitaciones —dije yo, pero me sorprendí reprimiendo una sonrisa.

—Aun así —dijo ella, encogiéndose de hombros, feliz—. Creo que es indiscutible. Ya solo te quedan las pruebas individuales. Por eso he venido a buscarte, en realidad.

Se me hizo un nudo en la garganta. Esa parte me ponía especialmente nerviosa, más que nada porque no tenía ni idea de qué me iba a encontrar. Vi entonces a otro grupo de aprendices enfilando un pasillo y asentí con la cabeza.

—Estoy preparada.

Empecé a caminar en esa dirección, pero Willa me detuvo.

—Ay, no, cielo, tu examen es en otro sitio —me dijo con una leve sonrisa—. Ven conmigo.

Titubeé. Miré nerviosa a Max.

A lo mejor no era mal presagio, me dije. El mío era un caso especial, claro. Mi examen tenía que ser distinto.

—Muy bien —contesté, y la seguí.