27
Una gota de sudor me colgaba de la punta de la nariz, negándose a caer.
Max daba vueltas a mi alrededor, sin quitarme el ojo de encima, con una concentración inquebrantable mientras me lanzaba una orden tras otra.
Con las manos abiertas, yo hacía malabares con el aire, el agua, las chispas, las ilusiones ópticas y, por supuesto, aquellas mariposas plateadas que saltaban hacia el cielo en grandes estallidos desesperados.
«Empieza. Para. Mantente. Más alto, más rápido, más pequeño, más lento... ¡Controla!».
Yo me anticipaba a cada una de sus palabras antes de que las dijera, acercando o alejando las ilusiones ópticas, esculpiendo en el agua figuras idénticas a sus modelos.
—¿Y esto qué es? —me chilló Max, sacudiéndome el codo suelto y descolgado.
—Es intencionado —jadeé entre dientes.
—Bien. Pregunta trampa. No te bloquees. Enséñame esas mariposas. —Y acto seguido, antes de que me diera tiempo a moverme siquiera—: Todo seguido, por favor. Controla.
La bola de agua que se hallaba suspendida entre mis manos era una esfera perfecta de la que no escapaba una sola gota, aunque mantenerla ahí requiriera toda mi concentración.
El agua corría en círculos, fluyendo por el interior de la esfera sin llegar a sobrepasar sus límites.
Con absoluta suavidad, extraje de ella las mariposas, primero una, luego dos, después cinco, seguidamente la esfera reventó y salieron muchísimas más.
Al principio, mojadas, batiendo las alas, para después transformarse en una luz azul traslúcida que se elevaba al cielo.
—Hazlas volver.
Y eso hice, atrayendo las mariposas de nuevo hacia mis manos, obligándolas a volar alrededor de mi cuerpo. El pelo se me levantó con la brisa que levantaban sus giros, nublándome la visión. Aun así, la puñetera gota de sudor no caía.
—A tus manos.
Se me amontonaron en las palmas, empujándose unas a otras.
—Ahora sorpréndeme.
Sonreí. Cerré las manos y, al abrirlas, el puñado de mariposas estaba hecho de un metal refulgente.
Max se asomó a mis manos, con una sonrisa de medio lado.
—¿Qué es eso? ¿Acero?
—Sí.
—Más resistente que el cristal. Todo un poema.
Me encogí de hombros, reprimiendo una sonrisa de satisfacción.
Eso pensaba yo también. Pero Max se irguió, enterrando su sonrisa bajo un semblante pétreo, y cruzó las manos a la espalda.
Me estudió con la intensidad de un halcón, algo que me pareció tan impropio de él que me habría hecho reír de no haber estado tan concentrada.
Así debía de ser Max el soldado, me dije: el capitán de espalda recta, lengua afilada y rostro impasible.
Pasaron los segundos y se me encogió el estómago.
Y entonces, justo cuando empezaba a ponerme nerviosa, esbozó una sonrisa.
—Perfecto —dijo, levantando las manos con las palmas abiertas, como si me otorgara su bendición—. Tisaanah, estás lista.
El nerviosismo me hormigueaba bajo la piel. La sonrisa que llegó después me duró poco.
—Aun sin...
—No necesitas los estratagramas. No te los van a pedir.
—Pero...
—Soy demasiado pesimista para decirte que vas bien si no vas bien. Es imposible que vean semejante despliegue de habilidades y te digan que no sabes lo que haces. ¡Estás lista!
—Ya sé que estoy lista —dije, jugueteando con los dedos—, pero igual tendría que pasar la noche practicando...
—No, no está permitido. Esa es la regla primordial: la víspera de las pruebas hay que descansar.
—¿Y tú la cumpliste?
—No, pero tampoco tenía un maestro tan bueno como yo.
—Alargó la mano y me limpió con el pulgar la gota de sudor de la nariz; luego se miró el dedo e hizo una mueca—.
Llevaba quince minutos esperando a que cayera; no me he podido resistir.
—Entonces dio media vuelta y volvió a grandes zancadas hacia la cabaña, haciéndome una seña para que lo siguiera—.
Date un baño, anda, que estás hecha un asco.
Y juro por los Ascendidos que, como te vea haciendo estratagramas a escondidas como si fueras una adicta de las más aburridas, te retuerzo el cuello.
Me pasé los dedos por el pelo mojado, me lo eché por encima de un hombro y me enrosqué las puntas en los dedos. Me había crecido bastante desde la noche en que llegué y me lo corté en el aseo de Max. Era curioso que, hasta ahora, no me hubiera percatado de cuánto. Así de rápido pasaba el tiempo.
Con la otra mano, trazaba distraída círculos en la madera de la mesa, luego una línea, dos...
—¡Tisaanah!
Di un respingo. Max estaba plantado a mi lado, cruzado de brazos.
—¡Qué decepcionantemente predecible!
—Si en realidad no estaba...
—«En realidad no estaba, en realidad no estaba...» —me imitó—. Por favor —bufó, y luego me puso un vaso de vino tinto en la mesa—. Toma, una forma mucho mejor de controlar los nervios.
—No estoy nerviosa —le dije, pero bebí un trago de todas formas, disfrutando de la distracción de aquel regusto amargo en la lengua.
—Los dos sabemos que estamos por encima de estas chorradas. Que te veo, Tisaanah —me dijo, llevándose un dedo debajo del ojo y mirándome con las cejas enarcadas—. No es tan difícil.
Solté una carcajada suave, incómoda, sin saber muy bien cómo reaccionar a la forma en que se me encogía el pecho y se me paralizaban las manos.
—¿Debería..., no sé, llevarte al pueblo o algo así?
—preguntó, instalándose en la silla de enfrente para recostarse en ella, meciendo con los dedos el vaso de vino que sostenía en la mano—.
Tengo la sensación de que deberíamos celebrarlo y se me ha ocurrido que a lo mejor tu idea de diversión no es quedarte en casa con un ermitaño cascarrabias como yo.
—Es demasiado pronto para celebrar. Igual podemos hacer algo cuando apruebe.
Lo cierto era que nada me apetecía más que estar allí, bebiéndome aquellos últimos momentos de agradable compañía. Tenía la sensación de que fuera como fuese, tanto si aprobaba como si suspendía, al día siguiente a esas horas todo sería distinto, y había muchas cosas que no quería cambiar.
Max levantó su vaso.
—Mañana, entonces, que tendremos algo que celebrar de verdad.
De todas formas, seguro que será mucho más divertido salir contigo que estar sentado en un rincón viendo cómo las damas se tropiezan unas con otras y pierden la cabeza por Sammerin.
—La imagen me hizo reír—. Es algo digno de ver, en serio —dijo Max inclinado sobre la mesa, mirándome fijamente y bajando la voz para imitar la forma arrastrada, zalamera y suave de hablar de Sammerin—.
«Ah, ¿que eres sombrerera? ¡Qué apasionante!
Nada más verte me ha parecido que tenías una vena artística».
—Meneó la cabeza—. Resulta asqueroso a la par que cautivador.
Me lo podía imaginar. Y también a Max enfurruñado en un rincón, observándolo todo de mal humor.
—Y tú, ¿qué?
—Yo no estoy hecho para eso. —Se llevó el vaso a los labios e hizo una pausa—. Me refiero a las habilidades sociales.
—Pero para lo de después..., ¿para eso sí estás hecho?
La réplica me salió así sin más, en un tono de voz que no usaba desde mis días de bailarina en la corte de Esmaris. Bebí otro sorbo de vino para ahogar mi propia sorpresa y vi que Max torcía un poquitín la boca.
—Nadie se me ha quejado —contestó con naturalidad.
Un estremecimiento me asomó a la piel. Aparté los ojos de su cara y seguí el dibujo de la veta de la madera.
Callamos los dos un buen rato y el aire se volvió tenso, como si contuviéramos la respiración.
—Tengo algo para ti —me dijo entonces Max, con un desenfado que diluyó aquella tensión y me permitió exhalar.
Se levantó, se perdió por el pasillo y apareció poco después con una cajita modesta en las manos. Me la puso delante. Después se recostó en el marco de la puerta como si nada y, aun así, extrañamente tenso.
Miré el estuche. Sería del tamaño de mi mano abierta, plano, de piel marrón y exquisita fabricación artesana. Desvié la mirada hacia él sin poder evitarlo, con un nudo en la garganta.
Max soltó una carcajada áspera.
—Pero no me mires así antes de abrirlo, que igual es un regalo horrendo.
Lo abrí y lo que vi me dejó pasmada, absolutamente atónita.
Dentro había un colgante dorado sobre un lecho de seda negra.
Una elegante cadenita de oro se ensanchaba hasta formar un precioso amasijo de mariposas resplandecientes, de alas tan perfectas que habría jurado que se movían y de un metal tan delicado que parecía que la luz las atravesara.
Se entretejían con las mariposas tallos, espinos y flores refulgentes que yo conocía bien y que convertían el conjunto en un paisaje silvestre.
Al examinarlo más de cerca, vi que entre todo aquello anidaba una culebra, pequeña y discreta, enroscada hacia un lado.
Había encargado que me lo hicieran expresamente. No podía ser de otro modo, con todos aquellos detalles tan concretos.
Se me encogió el pecho.
—Dale la vuelta —dijo con suavidad.
Obedecí. Y allí, donde el metal descansaría sobre mi piel, había tres diminutos estratagramas.
No me di cuenta de que se había movido hasta que noté su aliento cerca de la cara mientras se inclinaba sobre mi hombro.
—Este te ayudará a sanar —me indicó—. No mucho, pero bastará para pequeños cortes y magulladuras.
Sammerin me ha ayudado con él. —Aquello me conmovió tanto que pensé que me iba a estallar el corazón.
Luego me señaló el siguiente círculo—. Este te dará calor, te ayudará a encender fuegos.
También de forma limitada, claro, pero...
—Hizo una pausa y soltó una risa áspera e incómoda—.
Me pareció que, si ibas a viajar por todo Threll, igual podías necesitar algo así.
Cabeceé afirmativamente, porque no me veía capaz de hablar.
Se hizo un silencio largo, con la mano de Max suspendida en el aire.
—¿Y este? —pregunté al fin, señalando el tercer estratagrama.
Max se irguió. Cuando volvió a hablar, lo hizo en voz más baja, más ronca, como si contuviera algo.
—Ese te traerá aquí. —Hizo una pausa, se aclaró la garganta—. Si... si alguna vez quieres volver. Solo funcionará a una distancia prudencial, pero...
No terminó la frase.
¡Por todos los dioses! Lo entendí de pronto.
Aquello no era solo un colgante, por hermoso y exquisito que fuera.
Max no me estaba regalando una baratija preciosa.
No, Max, el hombre que tanto se había esforzado por buscarse su propio rincón solitario en el mundo, me estaba regalando lo que yo nunca había tenido.
El verdadero regalo no era la joya, sino un hogar al que volver.
—Solo si... si quieres —insistió en voz baja, incómodo.
Me ardían los ojos.
«Pues claro que quiero volver —me dieron ganas de decirle—.
Si ni siquiera me quiero ir». Pero no me atreví ni a sonreír, porque no sabía qué saldría de mi boca si la abría.
En su lugar, le puse el colgante en la mano, me levanté el pelo y dejé al descubierto el cuello.
Mientras me lo abrochaba, cada roce de sus dedos iba dejándome pequeños rastros de fuego por la piel, que ardía con la proximidad de sus manos a mi nuca.
—Gracias —dije por fin—. Es perfecto.
Me solté el pelo. Sus dedos se deslizaron por mis hombros.
—Pensé que debías tener algo que fuera a la vez bonito y funcional, como tú.
Lo dijo tan rápido que casi ni lo registré. Giré la cabeza enseguida para mirarlo.
—Ay, Max... —le susurré, llevándome la mano al pecho con un asombro exagerado—, ¿en serio me consideras funcional?
Le brilló una sonrisa en los ojos.
—Te considero arrebatadoramente funcional —contestó.
Acaricié las mariposas a la vez que lo miraba y repasaba el músculo tenso de su cuello, el leve gesto en las comisuras de su boca, la onda revoltosa del mechón que le caía por la frente.
La verdad era que a mí él también me parecía arrebatadoramente funcional. Era lo más arrebatadoramente funcional que había visto en mi vida.