26
Ocho semanas.
Eso era lo que nos quedaba para mis pruebas.
Max y yo, armados con aquella nueva y extraña complicidad que Tairn y sus consecuencias habían creado en nosotros, íbamos directos a nuestra meta con una concentración renovada.
Nuestros entrenamientos duraban diez, doce, dieciséis, dieciocho horas, o lo que fuera necesario hasta que uno de los dos o los dos nos desplomábamos en el sillón, exhaustos.
Algo había hecho «clic» y ninguno parecía saber el qué, pero ambos lo notábamos en el otro, en que cada vez nos resultaba más fácil conversar, en el entendimiento silencioso en los entrenamientos, en la seguridad y la comodidad de nuestras noches en casa.
Nuestra vida se acomodó a un pulso, a un latido, a un conjunto de respiraciones.
En los silencios intermedios, yo memorizaba la cadencia de los pasos de Max cuando recorría los pasillos descalzo por las noches, la forma en que se le contraía un músculo del cuello cuando se agobiaba, el susurro de una risa que siempre llegaba después de una de mis ocurrencias aunque no tuviera ninguna gracia.
Descubrí que sus sonrisas empezaban siempre por el mismo lado de la boca —el izquierdo, que se curvaba una milésima de segundo antes que el derecho—, que le encantaban las infusiones de jengibre por encima de todas las demás, y la lista de cosas para las que no estaba hecho.
Y él, a su vez, me memorizaba a mí también.
Yo lo sabía porque un día me percaté de que hacía tiempo que no me preguntaba cómo tomaba el té y misteriosamente siempre había frambuesas aunque a él no le gustaran.
Además me preguntaba, como quien no quiere la cosa, por mi vida, siempre al final del día, cuando ya estábamos medio dormidos: «Háblame de Serel.
Cuéntame cosas de tu madre. Dime algo de Nyzerene».
Yo, en cambio, hacía lo contrario: me andaba con pies de plomo cuando la pregunta era difícil, procurando no meter el dedo en la llaga.
El pasado de Max seguía siendo un misterio para mí, pero, por mucho que me picara la curiosidad, cuando le veía aquellas muecas veladas, entendía el valor del alivio que le suponía, de la clemencia que significaba para él que no preguntara.
En ese mutuo entendimiento, nos convertimos en la estabilidad del otro. Las noches en que las pesadillas me despertaban y me instaban a salir al aire fresco del jardín, casualmente él también estaba inquieto y daba un paseo conmigo en la oscuridad, acompañándome en silencio.
Mi arano mejoró muchísimo. Aun así, de cuando en cuando se me escapaba alguna que otra ristra de palabras sin sentido alguno que destrozaban todas las normas gramaticales posibles.
Un día que estaba especialmente cansada y quería preguntarle dónde estaba la tinta de los estratagramas, le solté uno de esos disparates: «¿Dónde ha ido el agua negra?
», le dije. Sin pensárselo mucho, Max abrió un cajón y sacó la tinta.
Al ver la cara de espanto de Sammerin, se encogió de hombros y le dijo: «Con el tiempo, terminas dominando el tisaanés», y luego nos miramos y nos sonreímos orgullosos con disimulo.
Fueron pasando los días, uno tras otro, fundiéndose en un todo.
Se hicieron más largos y después más cortos.
Empezó a refrescar, un presagio del otoño que estaba por llegar.
El jardín tenía un aspecto salvaje y descontrolado: las plantas trepaban unas por encima de otras y las flores se curvaban sobre los senderos empedrados con una codicia feroz y hermosa.
Una mañana fría, a una semana de mis pruebas, mientras entrenábamos entre las flores, hice un chiste malísimo y Max torció el gesto y negó con la cabeza.
—Terrible. Sencillamente terrible.
—Eso lo dices ahora —repliqué, retorciendo el aire con las manos—, pero ¿qué vas a hacer cuando me vaya?
Pretendía hacerme la graciosa, pero en cuanto las palabras salieron de mi boca fueron como un ladrillazo, contundente y despiadado, para los dos.
A Max se le heló la sonrisa, que luego se esfumó, y se le formó una arruga en el entrecejo. Nos miramos en silencio, espantados, y cuando fuimos conscientes de lo que aquello significaba, algo palpable e indescifrable se hizo presente en la escasa distancia que nos separaba.
Nos habíamos hecho mutuamente un huequito íntimo en nuestra vida y, por algún milagro de la negación humana, ninguno de los dos se había planteado lo que conllevaba inevitablemente.
Ahora, por primera vez, reparaba en la magnitud del inmenso vacío que íbamos a dejar el uno en el otro. O, por lo menos, él en mí.
—Supongo que, por fin, conseguiré adecentar este jardín —contestó, apartando con la punta del pie unas ramas enredadas.
Cerré la boca y fingí un súbito interés en algo del suelo, combatiendo un extraño vacío que se me hizo de pronto en el pecho. Me había centrado tanto en mi destino que no me había parado a pensar en lo que iba a dejar atrás. La sola idea me llenaba de palabras que no estaba preparada para decir.