Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 25
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Sentada en el jardín con las piernas cruzadas, observé cómo Max trazaba un círculo en la tierra con un palo y luego remataba el dibujo con tres líneas que pasaban por el centro en diversos ángulos.

Contuve una sonrisa de emoción.

Había transcurrido una semana de tímida y frágil normalidad, y Max y yo habíamos tardado todo ese tiempo en volver a centrarnos.

Llegados a ese punto, fue como si, de pronto, hubiéramos mirado el calendario a la vez y nos hubiéramos dado cuenta, sobresaltados, de que mis pruebas eran dentro de solo dos meses.

Pensándolo bien, no era mucho tiempo. Por eso me emocionaba que Max, por fin, hubiera decidido enseñarme a usar los...

—Estratagramas —anunció.

Soltó el palo y abrió la mano. Aparecieron en ella diversos pétalos de flores, como si estuviesen sujetos a su piel por alguna clase de magnetismo.

Se me esfumó la sonrisa. Lo miré, en absoluto impresionada.

—¿Solo eso?

—¡Solo eso! Vamos, no fastidies. —Estiró los dedos y hurgó entre los pétalos.

Había uno de azucena, otro de hortensia, otro de violeta...

y muchos más, pero solo uno de cada flor—.

Lo que acabo de hacer es darte instrucciones.

Quiero un solo pétalo de cada tipo de flor de este jardín.

Eso requiere que la magia vaya en múltiples direcciones distintas a la vez, ¡y que tenga que pensar!

—¿Pensar?

—Tengo que indicarle que quiero un pétalo de cada especie, y la magia tiene que entenderlo.

Parece simple, y en muchos sentidos lo es, pero hace que la magia tenga que ir a muchos sitios diferentes a la vez.

Aunque no hacen falta estratagramas para eso, vienen muy bien para controlarlo, por eso casi todos los magos los usan para viajar, por ejemplo.

Así le pueden decir a la magia adónde tiene que llevarlos, dónde dejarlos y cómo trasladarlos allí, algo complicado de hacer solo con la mente.

Se llevó la mano al bolsillo y sacó un taco pequeño de papel; después extrajo del otro bolsillo el frasquito de líquido oscuro que yo había elegido en la tienda de Via.

—Es tinta —dije, cayendo de pronto en la cuenta.

—Más o menos. Tinta con un extra incorporado. —Le brillaron los ojos y me dio la impresión de que estaba a punto de ser víctima de una broma—. A ver, quiero que hagas lo mismo que he hecho yo: un pétalo de cada flor. Con lo poco que te ha impresionado, seguro que te resultará fácil.

Abrí la tinta y Max me pasó una pluma. Observé el círculo que él había dibujado en la tierra y me dispuse a hacer uno igual...

Y con un grito, retrocedí dando tumbos. En cuanto planté la pluma en el papel, una corriente me subió por la mano, liberando un montón de chispas y de humo, y abofeteándome en la cara con una fuerza que no me esperaba en absoluto.

Cuando conseguí recomponerme, lo primero que oí fueron las carcajadas de Max.

Le lancé una mirada asesina.

—Gracias —dije con sarcasmo.

—No las merece —me dijo, recomponiéndose él también aunque la risa seguía rondándole los ojos mucho después de esfumársele de la boca—. Lo cierto es que has elegido uno bastante violento. Lógico, supongo. Esta vez, prepárate.

Volví a arrodillarme y me mentalicé antes de posar la pluma en el pergamino. Como estaba preparada, apenas me sacudí un poco, pero enseguida logré manejar la magia que me fluía de los dedos, como si llevara las riendas de un caballo revoltoso.

—Bien —le oí decir, pero estaba demasiado concentrada en mirar su círculo y luego el mío con el ceño fruncido de atención.

Lo copié trazo por trazo y luego abrí la mano para ver los pétalos...

Pero no pasó nada.

Miré un segundo a Max, que se lo estaba pasando en grande.

—No sé por qué no te sale —dijo—. A ver, que te lo enseño otra vez —añadió, y, con el palo, dibujó otro círculo en la tierra con otra serie de líneas. Igual que antes, le brotó de las manos un montón de pétalos.

Lo miré extrañada. Aquel círculo era completamente distinto del primero. Ni siquiera tenían el mismo número de líneas dentro y la posición de las que coincidían era muy diferente.

—No lo entiendo.

—La magia es un ser tan vivo como tú o como yo, así que tienes que cambiar la manera de gestionarla. Ese estratagrama es la forma en que debía controlarla hace cinco minutos, pero este otro es como debía hacerlo hace treinta segundos. Y si lo hiciera otra vez sería distinto también.

Apreté los labios. Tracé un círculo y luego hice una pausa.

—Pero... ¿qué significan las líneas? ¿Cómo las interpreto?

—¿Sabes lo que oigo cuando me preguntas eso? —me dijo con los ojos entornados—. Oigo: «Max, ¿cómo meto la cabeza en esto por la fuerza bruta, implacable y metódica?».

—No es eso lo que he querido decir.

Un poco sí, la verdad.

—Es que esto no se puede forzar —me dijo con suficiencia—. Lo tienes que sentir.

Probé a dibujar otro círculo y luego otro. Nada.

—A los valtainos os suele costar más —señaló después de varios intentos fallidos—. Tu magia es más nebulosa que la mía.

—¿Nura los emplea?

—Sí, le he visto hacer cosas increíbles con ellos. A pesar de todos sus defectos, es una maga con un talento extraordinario.

Al hablar de Nura, me vino a la cabeza la extraña conversación que habíamos tenido en el jardín.

Muchas veces me quedaba con las ganas de hacerle a Max ciertas preguntas, pero nunca me parecía buen momento, y menos aún ahora, cuando todavía nos estábamos recuperando de lo ocurrido en Tairn.

Pero en ese momento la frustración me volvió audaz.

—Entonces... —dije mientras dibujaba otro círculo—. Nura fue tu amante, ¿no?

—¿Peeerdona? —Max soltó una carcajada contenida—. ¡Menudo cambio de tema!

—Pero es verdad, ¿a que sí?

Otro círculo. Otro montón de líneas. Ninguna reacción.

—Sí —contestó por fin—. Hace mucho.

No me sorprendía nada que Nura y Max hubieran estado juntos, pero seguía sin verlos del todo como pareja, como si fueran dos piezas de un puzle que no acababan de encajar. Claro que igual era porque ella seguía siendo un enigma para mí.

—Os veo muy distintos —confesé.

Se hizo un silencio largo. Yo seguí a lo mío, sin apartar la vista del papel, repitiendo círculos.

—Aunque me pese reconocerlo —respondió al fin—, Nura seguramente me conoce mejor que ningún otro ser humano vivo. Somos amigos desde niños, pero, cuando estábamos juntos, éramos personas muy diferentes y estábamos mucho más... compenetrados.

Compenetrados. Ajá.

—¿Qué pasó?

—Nuestras opiniones se habían vuelto totalmente incompatibles, y eso se hizo evidente de la forma más violenta posible. —Lo miré un segundo y él arrugó la nariz—. No me mires así, como si tuviera que contarte todos los detalles escabrosos.

Le sonreí provocadora. Él puso los ojos en blanco.

—¿Y luego? ¿Otras amantes?

—¡Chismosa!

Dejé de dibujar y lo miré extrañada.

—¿Chismosa? —repetí en arano. Aquella lengua me parecía cada vez más rara.

—Es la palabra que suele usarse cuando alguien mete la nariz en los asuntos de los demás.

En la definición, debería ir tu nombre. —Reí mientras dibujaba otro círculo.

A él se le iluminó el semblante—. Mira —dijo, señalando, y al volverme un poco, vi a mi espalda un montón de pétalos de flor esparcidos por el suelo—. Algo es algo.

—No es lo que buscaba —contesté fastidiada.

—Es mejor que nada. Te saldrá cuando menos te lo esperes.

Vi cómo se le esfumaba la sonrisa aunque todavía se le adivinara en las comisuras de los labios.

Lo reconocía: era guapo, con aquellos pómulos prominentes, y, por supuesto, esos ojos delicados e impresionantes que asomaban bajo su frente perpetuamente fruncida de concentración.

Recorrí con la mirada el contorno sólido de su hombro, continué por el brazo y aterricé en la musculatura fibrosa de su antebrazo.

No debía de ser difícil para él encontrar compañera si quería, pero nunca llevaba a nadie a casa. Claro que, para volver acompañado, primero tenía que salir él, cosa que no hacía. Jamás.

Agachó la mirada y me pregunté si tal vez lo estaba mirando muy fijamente. Volví la vista al pergamino.

—No me has contestado —le dije.

—Hace mucho que no tengo nada que vaya más allá de lo... físico. Aunque tampoco es asunto tuyo.

—¿De lo físico? —repetí.

—Bueno, ya sabes. He tenido más bien interacciones románticas superficiales.

—¿Superficiales? —Me incliné hacia delante, con los ojos muy abiertos—. ¿Cómo de superficiales?

—Vale, igual no he acertado con la palabra —dijo, y un rubor leve pero evidente le encendió las mejillas—.

No eran superficiales, no, sino... —Calló de pronto y yo me esforcé por contener la carcajada, hasta que se dio cuenta y me miró con los ojos fruncidos—.

¡Qué capulla! —Meneé la cabeza, riendo aún como una boba, y probé con otro estratagrama.

Con el rabillo del ojo, vislumbré un revoltijo de pétalos sin dirección.

No acababa de conseguirlo—. ¿Por qué soy yo el interrogado?

—soltó entonces, cruzando los brazos—. Y tú, ¿qué? ¿Cuánto tiempo llevas con tu amante?

Dijo la palabra amante como imitando mi fuerte acento, supuse.

—Yo no tengo amante.

—¿Y el rubio?

—¿Serel? —Reí, negando con la cabeza—. No, a él le molarías más tú que yo.

—Ah, vale. —Max guardó silencio un momento—. Entonces, ¿no hay nadie?

No contesté. Una realidad muy distinta se me pasó por la cabeza, una en la que yo era una arana normal que llevaba una vida arana sin sobresaltos y podía contarle la historia de un primer amor inocente o de un exnovio un poco lerdo.

Y aquella falsa realidad me pareció tan...

atractiva, tan sencilla... en comparación con mi realidad, mi realidad dolorosa y complicada.

Y, aun así, no sé por qué, tuve la impresión de que él era perfectamente consciente de lo que me preguntaba. Se lo noté en el tono amable de su voz, como si fuera una puerta abierta.

—Bueno..., estaba Esmaris. Y los hombres para los que... actuaba. —Procuré decirlo con toda la naturalidad posible, aunque las palabras de pronto se volvieran densas, como miel rancia—. Pero eso era supervivencia, no amor. Yo sabía lo que valía y me vi obligada a utilizarlo.

Lo miré de reojo y vi cómo apretaba los labios.

—Eso no tendría que haberte pasado.

—Muchos tuvieron peor suerte —dije mientras me encogía de hombros, aunque el gesto me pareciera forzado, antinatural.

«¿No eres consciente de lo bien que te trato?», me había preguntado Esmaris minutos antes de intentar asesinarme.

—Eso no cambia nada —replicó Max, meneando la cabeza con vehemencia—. Lo que te hizo no es menos terrible por eso, Tisaanah.

Sus palabras me tocaron por dentro, una herida que yo había ocultado en lo más hondo de mi pecho. Me había dicho tantas veces que era afortunada... A fin de cuentas, había sobrevivido, cuando las personas a las que había dejado allí no.

Y, sin embargo, también sabía que Max tenía razón.

Lo sabía desde el día en que Esmaris quiso matarme a latigazos.

Había visto cosas tan horribles y había vivido cosas tan terribles que había confundido el cuidado exhaustivo de Esmaris con amor.

Aunque me cuidara igual que uno cuida a un caballo ganador: mimándolo, aseándolo, domándolo y montándolo, y deshaciéndose de él en cuanto empezaba a dar coces.

A fin de cuentas, yo era la afortunada.

—El día que intenté comprar mi libertad —le conté en voz baja— me dijo que yo olvidaba lo que era.

—Cuando volví a mirar a Max, tenía la mandíbula apretada y la mirada triste, contemplativa.

No dijo nada—. Igual tenía razón, en parte; pero también había olvidado lo que era él.

Se me olvidó que él era alguien que jamás me iba a ver más que como otra de sus pertenencias.

Solo era una niña cuando lo conocí. Solo una niña, y él me había acogido, me había dicho que debía agradecerle que solo me pegara de vez en cuando, que hubiera esperado años para violarme, que no me hubiera mandado a una muerte segura como había hecho con muchas otras.

«¿No ves la suerte que tienes, Tisaanah? ¿No te trato bien?».

Apreté la pluma con fuerza. Cuando dibujé con violencia, distraída, otro trazo en el papel, los puños se me llenaron de pronto de pétalos de flores.

Me pasé la noche dibujando estratagramas, aunque sin éxito, salvo por esa única victoria en el jardín.

Max y yo habíamos adquirido una rutina cómoda.

Yo estaba en mi sitio de siempre junto al fuego, acuclillada en el suelo, rodeada de papeles, y Max, como de costumbre, repantingado en un sillón con un libro en las manos.

Avanzaba la noche y, a la luz titilante de las llamas, la tinta empezaba a desdibujarse y emborronarse ante mis ojos. A veces nos quedábamos dormidos así y, cuando nos despertaban los rayos de sol, nos dábamos los buenos días con cara de sueño.

—Tisaanah... —me dijo Max con voz ronca de recién levantado, tan bajito que casi ni lo oí, con mi propio agotamiento y el chisporroteo del fuego.

Cuando alcé la vista, me miró desde detrás de sus gafas de leer, algo torcidas, con el rostro tenso y pensativo—.

Tal y como yo lo veo —añadió muy solemne y tan bajo que sus palabras se diluyeron en el aire como el vapor—, no te has olvidado de lo que eres.

A mí me parece que te acuerdas. Y confío en que nadie tenga jamás el puto cuajo de decirte lo contrario.

Me lo quedé mirando un rato, en silencio. Y noté en el pecho una sensación extraña y fugaz, como si me hubiese tragado un puñado de mis mariposas plateadas.

—Ya —dije al fin, como si nada—. Soy maravillosa.

Max meneó la cabeza y puso los ojos en blanco. Y cuando remitió su carcajada, nos instalamos de nuevo en aquel silencio sereno y agradable.