24
—¡Míralos, qué monos!
Abrí los ojos a un sol intenso y cegador que parecía un insulto personal a mi tremendo dolor de cabeza. Parpadeé de nuevo y tomó forma una figura a contraluz, con las trenzas platino iluminadas y los brazos cruzados.
—¿Os dieron las tantas anoche? —preguntó Nura.
—Justo la persona a la que más me apetece ver a primera hora de la mañana —oí decir a Max a mi lado, con la voz aún ronca de sueño.
Lo miré apenas un instante mientras nos levantábamos del suelo. Ni nos habíamos rozado, pero nos habíamos quedado dormidos el uno muy cerca del otro. Aun así, todo aquello me producía una sensación de intimidad que, pese a que no me desagradaba, me incomodaba.
—¿Todavía? Me halagas, Max. Aunque me parezca un poco triste.
—Se quedó mirándonos mientras nos poníamos en pie, sin moverse.
Bromeaba, pero en un tono más plano de lo habitual.
Ya levantada, cuando pude mirarla bien, por las ojeras y el rostro macilento me quedó claro que estaba derrengada.
Siempre la había visto ágil y poderosa, pero ese día su cuerpo me parecía de una delgadez extrema, rayana en la fragilidad—.
Además —añadió, escudriñándonos—, es casi mediodía.
—Max masculló algo ininteligible—. Claro que tampoco puedo reprocharos que hagáis lo que sea por conciliar el sueño después de todo lo ocurrido.
Os lo merecéis. No tuve ocasión de deciros lo bien que lo hicisteis.
—Me miró, miró a Max y luego otra vez a mí—. Una idea genial.
—A alguien tenía que ocurrírsele una solución que no implicase matar a miles de personas aplastándolas. —Max se frotó el ojo izquierdo con el dorso de la mano y lanzó una mirada asesina a Nura con el derecho—. Pero, oye, como les gusta tirar piedras contra su propio tejado...
Nura se estremeció.
—No llegó la cosa a tanto, gracias a vosotros.
—Gracias a ella —corrigió Max, señalándome con la cabeza—. Pero, dinos, ¿en qué podemos ayudarte, Nura?
—He venido a hablar con Tisaanah —contestó, mirándome de arriba abajo. Yo crucé los brazos, porque de pronto fui muy consciente de mi camisón de algodón.
Max reparó en ello y se retiró refunfuñando. Mientras se dirigía despacio a la cabaña, se volvió un segundo para mirarme a los ojos por primera vez desde que nos habíamos despertado, y detecté algo crudo y sincero en la mirada que intercambiamos.
—¿Qué tal con él?
Al darme la vuelta, vi que Nura lo seguía con la mirada también, con el ceño algo fruncido y las comisuras de los labios hacia abajo. Su voz sonaba muy distinta, con un tono de preocupación velada, claro que, en el fondo, la veía distinta en todo. Casi no la reconocía.
—Bien —contesté.
No era del todo cierto, al menos no todo el tiempo, pero sabía que eso era lo que él habría querido que dijera.
—¿Es buen maestro?
—Sí.
Le asomó a los labios una sonrisa leve y fugaz.
—Sabía que lo sería. —Nura volvió a mirarme y percibí una distancia aún mayor en sus ojos—. Lo hiciste muy bien en Tairn, mejor de lo que pensaba, lo confieso. Aparte de eso, te estoy agradecida personalmente, igual que los habitantes de Tairn.
Recordé las ruinas, el perro de peluche, las caras de desolación de los vecinos de la ciudad al salir de la torre...
—Aun así, han perdido mucho.
—Sí —coincidió Nura con solemnidad—. Siento que tuvieras que ser testigo de aquello.
Supe de inmediato, a pesar de lo vagamente que había formulado la afirmación, que se refería a sí misma, a su despliegue de violencia y brutalidad en la torre. Aun ahora, me resultaba imposible mirarla y no recordarlo, aquella figura de un blanco puro esparciendo terror en una estancia a oscuras.
—¿Por qué mentiste a Pathyr Savoi? Antes de que muriera...
Se puso muy seria.
—Era prácticamente cierto. Por venganza personal, estaba dispuesto a hacer sacrificios que no le correspondían.
Entiendo bien su pérdida y su dolor, pero no puedo con un egoísmo tan terrible y peligroso.
—En aquellos instantes, parecía que no podía realmente con nada, como si la coraza que había levantado entre el mundo y ella se hubiera desmontado—.
Pero siento que lo que hice te afectara a ti también —añadió, más tierna—. No estabas preparada para eso.
—Nadie lo está, nunca.
Soltó una carcajada mordaz, desganada, que me recordó espeluznantemente a la de Max.
—Cierto —dijo. Luego añadió—: Tú has cumplido tu parte del trato y nosotros vamos a cumplir la nuestra. Zeryth me ha pedido que te dé esto.
Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta y sacó una carta arrugada, lacrada con el sello de plata en forma de luna. Por fuera solo había escrita una palabra, con una caligrafía perfecta: «TISAANAH» .
La manoseé un poco. A pesar de haberla llevado en el bolsillo, el papel estaba tan frío al tacto que casi me estremecí.
—Gracias —le dije, pero no respondió, y, cuando levanté de nuevo la vista, me la encontré mirando a la cabaña.
Max había vuelto a salir y estaba reorganizando la leña que había cerca de la puerta.
No fui capaz de descifrar la expresión de Nura.
Me enorgullecía de saber calar a la gente, pero Nura continuaba siendo un misterio para mí, alguien a quien solo veía a grandes rasgos, como una figura tras un vidrio esmerilado.
—Él fue allí por ti, ¿sabes? —añadió—. Para que no fueras sola.
—Lo sé —contesté, porque sentía el peso de aquella responsabilidad, por extrañamente cálido y reconfortante que me resultara.
Nura me miró de nuevo y le vi un brillo tenue en los ojos medio entornados, signo inequívoco de una sonrisa pequeña y lejana.
—Sabía que lo haría —dijo.
Luego, antes de que me diera tiempo a decir nada más, levantó la mano, se despidió como desganada y se desvaneció en el aire.
Entré en la cabaña para leer la carta en voz alta mientras paseaba nerviosa por el salón. Max me observaba con una taza de té en una mano y la otra metida en el bolsillo.
Tisaanah...
Me alegró muchísimo que Nura me hablara de ti. Por lo visto, has estado intentando ponerte en contacto conmigo. Te ofrezco mis más sinceras disculpas por mi ausencia y mi silencio.
Regreso a Ara en breve y no volveré sin hacer todo lo posible por atender tu noble y justa petición. Cuenta con mi garantía personal y mi más profundo respeto.
Siempre supe que eras especial.
Z.
Alcé la vista al terminar y pillé por los pelos a Max poniendo los ojos en blanco, exasperado. Le di la vuelta al papel, lo doblé, lo desdoblé.
¿Y ya? ¿Solo unas frases con una vaga promesa de... algo?
—Zeryth y sus garantías personales. Seguro que eso era lo que esperabas.
—Max apuró el té de un último sorbo ruidoso, mirando socarrón la carta que yo sostenía entre las manos—.
Pero al menos te suelta esa frasecita tierna y condescendiente del final.
Fijo que te ha merecido la pena saber que el deslumbrante archicomandante siempre ha creído en ti...
Ni siquiera reparé en su amargo sarcasmo. Casi se me cae la carta de las manos.
—¿Archicomandante? —chillé incrédula.
Max me miró extrañado.
—¿Qué?
—¿Zeryth es el archicomandante?
—¿No lo sabías?
—¿Cómo venía a saberlo?
—«¿Cómo iba a saberlo?» —me replicó.
—¿Cómo ibas a saber qué?
—Te estaba corrigiendo tu arano —dijo, ladeando la cabeza—. ¿En serio no lo sabías?
Volví a mirar la carta con el ceño fruncido. Jamás habría imaginado que el hombre con el que había pasado tanto tiempo podía ser el miembro de mayor rango de una de las organizaciones más poderosas del mundo.
—Nunca me lo dijo.
—Me sorprende. Pensaba que empezaría a derretirse si pasaba más de una hora sin mencionarlo.
Guardé silencio, pensativa, mientras le daba vueltas a aquel nuevo dato.
Por un lado, era bueno. Que te conociera por tu nombre de pila el archicomandante tenía que ser bueno, no cabía duda.
Pero por otra...
Noté una amargura, una acidez que me calaba las entrañas. En su momento, había restado importancia a la rabia que mi situación había provocado en Max, pero, de pronto, pensar que el puñetero archicomandante se había hecho amigo mío mientras estaba esclavizada ¡y me había dejado allí...!
Apreté los dientes y dejé que la tensión de la mandíbula cortara de golpe el resto de ese pensamiento. Luego deposité la carta en la mesa, bien dobladita.
—No cambia nada —dije con sequedad—. Se nos hace tarde para entrenar.