23
Esa noche ni me molesté en dormir. Lo que había visto en las sombras de Nura se me había grabado a fuego en la memoria, en las entrañas, de forma que aún subyacían a cada aliento los restos de aquel pánico.
Pero eran todavía peores las imágenes que veía al cerrar los ojos: heridas ensangrentadas, fruto de la batalla y de sus consecuencias.
Estaba tan agotada que me dolía hasta el alma, pero no podía quedarme allí tumbada más tiempo.
Al final, me levanté de la cama y salí al jardín, donde me alivió sentir en los pies la frescura de la tierra mojada.
Con la primavera, habían brotado las flores, que crecían preciosas en medio de aquel calor húmedo que nos asolaba desde hacía unas semanas.
Seguí los senderos, dejando que las ramas y las hojas me hicieran cosquillas en los tobillos.
Clic, clic, clic.
Al girar la cabeza, vi una figura acuclillada en el jardín. Una suave luz anaranjada iluminaba el rostro de Max, concentradísimo en el rosal que estaba podando.
Crucé el sendero y me puse a su lado. Me dolían las extremidades con cada movimiento, y sabía que también Max notaba aún los golpes.
Le miré de reojo el hombro. A la luz de la luna, pude ver la sangre vieja, ya oscurecida, que aún le calaba la camisa.
No había querido que Sammerin lo curara, empeñado en que se guardara las fuerzas para pacientes más graves.
Clic.
—Tú también, ¿eh?
Cortó otra flor muerta, reunió los pétalos marchitos en la palma de la mano, los consumió con un estallido de fuego y tiró las cenizas a la tierra.
—Sí.
Estudié el perfil de Max: la luz de la luna y el fuego intermitente alumbraban el contorno de su nariz recta y su boca, todavía quieta y seria.
Como ya había tenido ocasión de observar, la boca de Max rara vez estaba relajada.
Siempre la tenía prieta de concentración, torcida de desdén o fruncida en una sonrisita sarcástica.
Pero ahora no. Ahora parecía cansado, vacío, como si los acontecimientos de los últimos días lo hubieran desprovisto de los músculos que se alojaban bajo su piel.
Y encima había ido allí por mí.
Me llevé las rodillas al pecho y apoyé en ellas una mejilla.
—Sé que ha sido difícil para ti —le susurré, sin necesidad de especificar a qué me refería.
—Es difícil para cualquiera. Así son las cosas. —Posó en mí sus ojos, brillantes aun en la oscuridad—. ¿Cómo estás tú?
—Bien —mentí.
No me creyó ni por un segundo.
—Nura sí que te golpeó bien.
Al oír su nombre, sentí que una punzada de pánico me recorría las venas, vi a Esmaris, a Serel, a Vos. Muy a mi pesar, me estremecí.
—Y eso que no nos pilló de pleno, ni de lejos —dijo, meneando la cabeza y riendo sin ganas—. Pathyr Savoi tiene suerte de que lo hayan matado, porque yo la he visto encerrar así a otros indefinidamente.
La sola idea me erizó el vello de los brazos.
—¿Qué ha sido eso?
—Nura ahoga a la gente en sus peores miedos o, mejor dicho, en sus peores recuerdos. Es como vivir una pesadilla, pero más real. Un horror...
Clic.
Recordé lo que había visto cuando Max me tocó la mano: la serpiente, la niña de pelo largo y negro, y la intensidad paralizante del terror que él sentía.
—Ha sido bidireccional, ¿sabes? —me dijo, como si supiera en qué estaba pensando. Y, después de una pausa, añadió—: Yo he visto a tu señor, con el látigo.
¡Zas!
«Veintisiete».
Me estremecí, justo cuando Max arrugaba la nariz con cara de asco.
—Por favor, dime que ese tío ha muerto.
Clic.
Apretó en el puño los pétalos muertos, las llamas que surgieron después me parecieron algo más brillantes, algo más fieras que en otras ocasiones.
—Así es —contesté con crudeza.
—Confío en que lo hicieras tú y espero que le doliese. —El estómago me dio una voltereta. Y Max volvió a mirarme a los ojos con una complicidad que me hizo preguntarme qué más habría visto, si sabría lo que había hecho—. Y espero también —añadió en voz baja— que no te arrepientas ni un segundo.
Lo sabía. Tenía que saberlo.
—Habría terminado matándome —susurré.
—En efecto. —Clic. Fuego—. Puto monstruo.
—No siempre. Era... —No terminé la frase.
¿Cómo describir lo que Esmaris era para mí, todas las sombras retorcidas e incómodas de nuestra relación?
—. A veces era amable. Pensaba que me apreciaba, a su manera.
—Pero aquel mismo hombre que me miraba con profundo afecto fue el que luego me desolló la espalda, latigazo a latigazo, con la clara intención de seguir hasta que no fuera más que un trozo de carne inerte—.
Pero al final me di cuenta de que me quería como una pertenencia, no como una persona.
Verbalizarlo me dolió más de lo que pensaba.
Max apretaba tanto la mandíbula que lo veía tensar los músculos incluso a la luz de la luna.
—Se lo merecía —dijo, mirándome de reojo—. ¿Y el rubio?
¡Por todos los dioses! Pero ¿cuánto había visto? Debió de notarme la sorpresa en la cara, porque me sonrió un poco.
—No estabas muy preparada mentalmente y yo aún te tenía en mi cabeza. Me has sentado en primera fila.
—Ahora me toca preguntar a mí —dije, en vez de responder—. La chica del pelo negro, ¿quién era?
Max endureció el gesto. Guardó silencio un buen rato.
—Mi hermana —contestó. Clic. Y, mirando a otro lado, continuó con frases secas y cortantes—. Y, sí. Murió con los demás.
«Murieron en la guerra», me había dicho en el mismo tono cortante.
—¿Tenías más?
—¿Hermanos? Sí. Éramos siete. Y mis padres. —Clic, más rápido y agudo—. Había mucho jaleo en casa.
Siete. Qué horrible y espantoso debía de haber sido pasar de una familia de ese tamaño a... nada.
—Háblame de ellos —le pedí en voz baja.
—¿De mi familia?
—Sí, ¿cómo eran?
Lo vi detener la mano, esbozar una sonrisa y perder la mirada en el horizonte, como si se metiera de puntillas en sus recuerdos.
—Demasiado que contar. Mi padre era bullicioso y simpático; mi madre, tímida y reservada. —Cliiic, más despacio—. Tenía tres hermanos, Brayan, Variaslus y Atraclius, y tres hermanas: las gemelas, Shaila y Marisca, y luego Kira.
Seis hermanos. Me imaginé a un Max joven escondiéndose en los rincones para huir del alboroto o peleándose con sus hermanos por trivialidades. No era de extrañar que fuese tan suyo con sus cosas: seguramente había crecido teniendo que defenderlas a todas horas en una casa repleta de gente.
—Y tú serías... el segundo o así —conjeturé.
Lo bastante mayor como para afinar el celo protector que le había detectado alguna que otra vez y lo bastante joven como para tener que demostrarlo entrando en el Ejército.
Me miró de reojo, algo sorprendido.
—Buen ojo.
—Es que te tengo calado, Max —le dije, llevándome un dedo debajo del ojo, complacida conmigo misma—. No eres ningún misterio para mí.
Era verdad solo a medias. Me gustaba pensar que sí, pero, por supuesto, aún tenía muchas preguntas.
Me sonrió de una forma que dejó claro que él también lo pensaba.
—En ese caso, listilla, ya no hace falta que conteste a tus preguntas.
—Háblame de la hermana a la que vi. —La sonrisa se esfumó—. No de su muerte —añadí enseguida—. Cuéntame cómo era en vida.
—Esa era Kira, la más pequeña. —Clic. En vez de quemar la flor muerta, la sostuvo en las manos mientras las cruzaba en el regazo—.
Era una persona rarísima. Le gustaban...
A ver cómo te lo digo... Le gustaban unas cosas asquerosas, como las arañas y similares.
Era más lista que el hambre. Y aún estaba empezando, porque tenía doce años cuando murió.
No tuvimos ocasión de ver en qué se convertiría ni qué...
Le costaba encontrar las palabras, así que se rindió y guardó silencio.
Como de costumbre, los pensamientos de Max estaban encerrados tras una cortina que yo no podía descorrer, pero sí podía percibir el dolor que teñía el aire que respirábamos, ecos de lo que yo había sentido cuando estaba dentro de su cabeza, de lo que yo misma sentía en el alma. Conocía bien esa pérdida.
—Cuando los esclavistas llegaron a mi pueblo —le conté—, yo dejé atrás a todas las personas a las que conocía, a mis amigos, a mi familia, a mi madre. Los mandaron a las minas. Solo a mí me vendieron a los señores.
Todavía los recordaba, con la espalda tiesa como una vara, mientras se perdían en la noche, todos dignos en aquellas líneas rectas bañadas de plata. Yo me los quedé mirando desde el carro desvencijado al tiempo que me mentalizaba para comenzar una nueva vida.
—Lo siento —murmuró, y me pareció que era sincero, que se solidarizaba conmigo.
—Seguro que ya han muerto todos. Las minas matan rápido. O igual se quitaron la vida antes.
Los adultos hablaban mucho de eso, de lo que harían si se vieran a la entrada de aquellos ataúdes en forma de túneles.
No era raro oír hablar de pueblos enteros que se habían tragado el veneno que llevaban escondido debajo de la lengua antes de tener que enfrentarse a una muerte degradante e inevitable.
Imaginé aquellas filas de personas recortadas bajo la luz de la luna derrumbándose, una a una.
Parpadeé para deshacerme de la idea. Tragué saliva.
—Lo peor de todo —continué despacio— es pensar que estarán todos enterrados en alguna fosa común, con muchos otros. Y me fastidia que hayan muerto, pero me fastidia aún más que no quede nadie que recuerde su vida.
Nadie más que yo.
Mi madre era sabia y poderosa, el centro del mundo para mí y para quienes formaban nuestra comunidad, y había quedado reducida a poco más que un puñado de recuerdos a los que me aferraba.
Una brisa cálida me alborotó el pelo e hizo que se estremecieran las hojas. Notaba el calor del hombro de Max junto al mío aunque estuviéramos los dos completamente inmóviles.
—¿Y quién coño somos nosotros para llevar encima algo tan valioso? —dijo al fin, en voz baja y pastosa.
Una de las muchas incertidumbres que yo no me dignaba a verbalizar, pero que asolaban mi pensamiento a diario. No tenía respuesta.
Oí el sonido seco de las tijeras de podar al caer al suelo. Max ni se inmutó. Nos quedamos allí sentados un buen rato, en silencio, dejando que el dolor y los recuerdos se enredaran en los fantasmas que nos rodeaban.
No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que volvió a hablar.
—¿Cómo conseguiste llegar a Ara?
—No recuerdo casi nada. Me encontraba en un estado lamentable.
—¿Cruzaste el océano con esas heridas?
—Sí —contesté, y me tumbé bocarriba en la hierba—. Mi amigo me ayudó a escapar.
—El rubio.
La vergüenza me desgarró el pecho y los restos del adiós de Serel me ardieron en la mejilla.
—Lo dejé allí —susurré—. Él me ayudó y yo lo dejé allí.
—Vas a ir a buscarlo.
—Por supuesto. Debo hacerlo.
—Tiene suerte de que estés librando esta lucha.
A lo mejor. O a lo mejor no. Yo era solo una, pero había muchos Serels.
Se me emborronaron las estrellas. ¡Por los dioses, qué cansada estaba!
—Gracias por ir conmigo a Tairn —murmuré—. Y por confiar en mí.
Con el rabillo del ojo, vi que se tumbaba bocarriba también, a mi lado. Su calor me resultaba extrañamente reconfortante, emanaba de su cuerpo aunque no nos rozáramos siquiera.
Ese mismo calor impregnó sus palabras cuando dijo:
—Hacemos buen equipo.
Y ya no volvimos a hablar mientras seguíamos allí tumbados, al abrigo de la hierba y la tierra y del susurro de la brisa nocturna, con los párpados al fin tentados por el sueño mientras el sol se perdía despacio por el horizonte.