Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 22
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Poner orden era casi peor que la propia batalla.

En el fragor de la lucha, la adrenalina me había blindado e insensibilizado, pero luego la brutalidad de lo que había quedado resultaba muy dura a la luz del sol del mediodía.

Cada imagen y cada olor, cada gemido roto, cada sollozo de los supervivientes incrédulos me arañaba la piel.

Aun así, me recompuse, como si me cosiera con trocitos de cordel, y trabajé con diligencia pese a que, cuando fui a levantarme del suelo por primera vez, pensé que iba a perder el equilibrio.

Max y yo nos habíamos mirado un instante, todavía de pie en aquella sala llena de cadáveres.

Me pregunté si se encontraba tan mal como parecía indicar su aspecto.

Estaba convencida de que iba a sacarnos de allí de inmediato, porque me daba la impresión de que estaba deseando marcharse, pero entonces se asomó al ventanal, soltó un suspiro hondo y dijo:

—Si vamos a ser responsables de esto, aunque sea indirectamente, lo decente es que ayudemos a recoger.

Asentí. Además, desde un punto de vista egoísta, tampoco quería dar motivos a las Órdenes para echarse atrás en su compromiso, así que nos entregamos a la limpieza de la ciudad, incluso cuando yo pensaba que ya no me quedaba nada que ofrecer.

—Y todo esto, ¿para qué? —preguntó Max, resoplando mientras apartaba una viga. Empujó, con una rabia visceral, un montón de ropa tirada—. ¿Para soltarle un «que te den» descomunal a Sesri? ¿Todo esto por una venganza personal?

Yo tampoco lo entendía y, cada vez que veía los pedazos rotos de la vida de alguna familia, la furia me inundaba el estómago.

Pero entonces pensaba en la mentira de Nura, en la angustia del rostro de Pathyr Savoi cuando ella se aseguró de que muriese creyendo que había matado a los suyos.

¿De verdad era un hombre al que no le importaba su propia ciudad?

¿O era que el dolor y la ira le habían nublado tanto el entendimiento que creía estar haciendo lo correcto?

Eran increíbles los juegos malabares que podían hacer una cabeza o un corazón para justificar sus actos en nombre del amor.

Cuando por fin nos despidieron, fue como si los últimos días no hubieran ocurrido.

La ciudad seguía en ruinas; aún no se habían quemado los cadáveres o, peor aún, ni siquiera se habían sacado de entre los escombros, y los habitantes de Tairn seguían siendo espectros que deambulaban perdidos por la ciudad.

Pero yo ya no aguantaba más y sabía que Max tampoco. Hasta Sammerin, que siempre rebosaba una estabilidad inquebrantable, parecía a punto de derrumbarse.

Nunca había agradecido tanto poder oler el aroma de aquellas flores frescas ni abandonarme al calor asfixiante de aquella cabaña tan recargada.

Esperé a que Max se metiera en su cuarto para ir a la jofaina a vomitar.