Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 21 #4
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El fuego obedeció y la serpiente se coló, furiosa, por todos los resquicios del suelo, por las puertas, por las ventanas y entre las piedras.

Y allí estaban: un puñado de figuras bien vestidas, apiñadas. Se sobresaltaron, aterradas, cuando el fuego asaltó la estancia, cercándolas dentro de un anillo de llamas.

El hechizo se partió en dos.

Y luego...

Un aspaviento entrecortado, mi rostro pegado a la piedra, los ojos abiertos de pronto a la oscuridad, débiles, sombríos y apagados. Mis propios ojos. De nuevo en el puente, de nuevo en mi cuerpo.

Botas negras y chispas doradas revoloteaban por mi visión borrosa. Seguidamente, un destello de blanco.

Unas manos oscuras me ayudaron a ponerme en pie. Mi frágil vista se posó en Sammerin y después en Max, que se levantaba despacio del suelo, y por último en la puerta de latón, en la que el fuego producía reflejos.

¡Abierta!

Nura y las syrizen corrían por el pasillo, o más bien volaban, porque los ágiles cuerpos de aquellas soldados se alzaban dando brincos, se volvían intermitentes, desaparecían y volvían a aparecer mucho más allá, como cuando una piedra lanzada al agua recorre la superficie dando saltitos.

A mi espalda, sentí el calor de las llamas. Me volví un momento y vi arder la ciudad; luego salí disparada detrás de ellas, adentrándome en aquellos pasadizos mal iluminados y trepando por las escaleras de la torre.

No me hizo falta pensar ni respirar. Sabía perfectamente adónde iba.

Pathyr Savoi y sus compañeros estaban en lo más alto de la torre, en una sala rodeada de ventanales.

Lo primero que vi fue la espalda de Nura, blanca y perfectamente definida.

Aun con el cielo despejado y las ventanas abiertas, la estancia iba oscureciéndose poco a poco, como si ella atrajera hacia sí las sombras.

Delante tenía a un hombre joven, con las manos extendidas, protegiendo a un pequeño grupo que estaba a su espalda, y entre esas personas había dos valtainos.

—Vuestra reina ha asesinado a un hombre inocente —le recriminó él con rabia—. Mi padre no era ningún traidor. Ella es una tirana.

La oscuridad se filtraba por los rincones, empañando los ventanales, llenando de bruma el aire, formando una capa negra alrededor de los hombros de Nura. Se me aceleró la respiración.

Al parpadear, me pareció ver el rostro de Esmaris salpicado de sangre, el cadáver de Vos colgando de la horca.

—No me preocupa en absoluto tu padre —contestó Nura, cuya voz se propagaba como la tinta por el agua.

Las sombras se espesaron. El corazón se me aceleró aún más, escapando de mi control.

Desde lejos, vi que aquello no era algo natural, que la oscuridad que reptaba desde las sombras y serpenteaba a nuestro alrededor no era una ilusión óptica, que el pánico que me invadía no era del todo mío, que una magia terrible, nacida de los dedos de Nura, lo estaba sacando todo a la superficie.

Pero me atacó demasiado rápido para que aquella súbita certeza me sirviera de algo.

Mis rodillas golpearon el suelo de mármol con la fuerza de un peso muerto. Noté fría la piedra blanca, tan blanca como el suelo de Esmaris.

¡Zas!

«Veintiséis».

Un terror absoluto se apoderó de mí.

—No es real —oí con dificultad la voz de Max—. No es real, Tisaanah.

Sentí los latigazos de Esmaris, uno tras otro, y cómo se me abrían las carnes de la espalda. Noté cómo se agrietaba su vida y cómo se me escapaban poco a poco las manos de Serel.

—Me da igual que tu padre fuera inocente, porque tú, desde luego, no lo eres —le dijo Nura, una silueta blanca en la oscuridad, levantando las manos.

El hijo de lord Savoi estaba de rodillas delante de ella, agarrándose la cabeza—.

Tu gente ha muerto a consecuencia de tus actos, ¿lo sabías?

Hasta el último de ellos. Espero que estés satisfecho de haberte manchado las manos con su sangre.

Volví las palmas de las manos hacia arriba y vi que estaban rojas.

Puede que gritara. El pánico me atenazaba los sentidos.

Max me cogió de la mano. Al contacto con su piel, vislumbré por un instante unos ojos de serpiente y una larga melena negra, con ecos de un rostro familiar asomando por ella. Y un dolor tan agudo que me partió en dos.

¡Zas!

Cayeron los cuerpos al suelo y se produjo un silencio ensordecedor.

De pronto, desapareció la oscuridad y también aquel miedo irracional, y en su lugar quedó solo un agotamiento feroz. La luz cegadora del mediodía me abofeteó la cara.

Levanté la cabeza del suelo y vi como las lanzas de las syrizen se enterraban en la carne frágil de Pathyr. Fue rápido. Las personas que se refugiaban en aquella estancia fueron ejecutadas en cuestión de segundos.

El sonido, caí de pronto en la cuenta, era siempre el mismo.

Nura observaba en silencio, con los brazos cruzados. Cuando por fin se volvió, solo dijo: «Buen trabajo», y pasó de largo. A mi lado, Max soltó un gruñido ronco y un suspiro entrecortado.

Me dejé caer contra la pared, tan extenuada que apenas podía moverme. Los fantasmas reverberaron ante mis ojos mientras la oscuridad iba apoderándose de mí.