21 #3
La imagen era tan vívida que abrí los ojos de golpe y, entre jadeos, recobré mis sentidos normales, adormecidos. Sin pensarlo, levanté los brazos hacia delante. Una fuerza invisible brotó de ellos e hizo retroceder a los soldados, lo que nos permitió ganar unos segundos muy valiosos.
—Bien —oí decir a Max con voz lastimera.
Tenía el brazo derecho empapado en sangre, pero con el izquierdo, todavía envuelto en fuego, levantaba un muro a nuestro alrededor al tiempo que se volvía para mirar la puerta.
Enseguida supe lo que estaba pensando: no íbamos a conseguir cruzarla. Al menos no por la fuerza bruta. Noté el leve pulso mágico de alguien que la sujetaba desde dentro. El hierro no era lo único que la mantenía cerrada.
Tembló el suelo. Las syrizen habían empezado a comprometer la base de la torre, para poder tumbarla después.
«No —pensé—. No, no, no».
Con una mueca de dolor, cerré fuerte los ojos y, nada más hacerlo, el mundo volvió a iluminarse como un mapa en la oscuridad. Todas aquellas almas, tan cerca y a la vez tan distanciadas de nosotros.
Tan cerca, ¡tan cerca!
De pronto, se me ocurrió una idea.
Me di la vuelta bruscamente hacia Max.
—¿Tú podrías lanzar fuego adentro sin ver? —le pregunté, haciendo un esfuerzo por levantar la voz en medio de aquel caos.
Me miró como si fuera imbécil.
—Demasiado peligroso. No puedo ir a ciegas.
—Yo sí veo —le dije, llevándome un dedo a la sien. Como se quedó pasmado, repetí con mayor insistencia—: ¡Que yo sí veo! Déjame entrar ahí —añadí, señalándole la frente— y te digo por dónde ir. Así los podemos echar.
Max se puso muy serio.
— ¡ No! ¡Ni de coña!
El suelo volvió a temblar, esa vez acompañado de un estruendo atronador.
Se nos agotaba el tiempo.
—No tenemos otras ideas —insistí, desesperada, y Max puso cara de dolor, como si la veracidad de aquella afirmación le doliera físicamente.
Sin embargo, negó de nuevo con la cabeza.
—No puedo —me dijo, menos alterado—. No puedo.
En lo afilado de su voz, en la tensión de sus rasgos, detecté lo que ocultaba en realidad. Sin pensármelo mucho, le cogí la mano ensangrentada, haciendo caso omiso de su intento de zafarse. Su temor era tan intenso que yo notaba cómo le vibraba en la piel.
—Confía en mí —le susurré.
Una súplica, una petición, una orden, no tenía claro qué, tal vez las tres. Me pareció que tampoco él lo sabía.
Se lo pensó un poco, haciendo una mueca, mientras seguía brotándole fuego de la otra mano.
Miró el campo de batalla, luego a mí, y después alzó la vista a las syrizen, apostadas en la base del edificio.
Entonces volvió a mirarme y, antes siquiera de que abriera la boca, ya supe en qué momento exacto había tomado la decisión.
—Sammerin... —empezó.
Su amigo dio una cabezada afirmativa. No sé cómo, el hombre conseguía permanecer inmutable.
—Yo te cubro —dijo.
Se enfundó los cuchillos en el cinto y levantó las manos.
Lo que vi entonces me dejó pasmada, horrorizada.
Los cadáveres amontonados a nuestro alrededor empezaron a moverse, no como si hubieran resucitado, sino con sacudidas grotescas y espeluznantes, arrastrando las extremidades en ángulos imposibles y repulsivos, con la cabeza colgando, trepando unos por encima de los otros hasta la base del puente que conducía a la torre.
Estaban levantando un muro de carne humana, deslizándose para quedar amontonados en una amalgama espasmódica.
«Había formas más útiles de aprovechar a alguien con su dominio de la carne y los huesos», me había dicho Max. ¡Y por los dioses que era cierto!
—¡Tisaanah! —bramó, sacándome de mis pensamientos.
Abrió las manos y una espiral de fuego se alargó y se ensanchó entre ellas hasta formar una esfera, luego una torre y después algo más grande, más orgánico: una serpiente, como la que había creado con la bruma aquel día en el embalse, solo que ahora hecha de pura llama.
Rodeó nuestros cuerpos, tan cerca de la piel que podría haberme abrasado el vello de los brazos.
Siguió creciendo hasta hacerse mayor que cualquiera de nosotros.
El fuego tiñó la niebla de rojo, de tal forma que las siluetas que se entreveían parecían nadar en sangre.
Los cuerpos humanos del muro creciente de Sammerin quedaron reducidos a marionetas rotas de sombra escarlata.
—Tienes que indicarme hacia dónde ir —me dijo Max, con los brazos temblorosos, como si controlar la serpiente requiriera de todas sus fuerzas—. Te he abierto la puerta, pero ni se te ocurra husmear por ahí.
Que me había abierto la puerta de su mente, quería decir. Asentí como si supiera de sobra lo que hacía aunque aquello no pudiera estar más lejos de la verdad. Yo también me quité la coraza y cerré los ojos con fuerza.
Se iluminó el mundo, formando un mapa de almas y llamas. Un par de ojos azules de serpiente se abrieron en la oscuridad. Me metí en ellos, dejándome envolver por la presencia de Max, y me colé en un rincón de su mente que él había hecho para mí.
— Voy a ciegas —oí resonar su voz—. Ten mucho cuidado. Por los dos. Y por todos los que están dentro .
El pánico silenciado de sus nervios al descubierto se enredó con el mío. Traté de transmitirle cierta tranquilidad.
Los civiles estaban bajo la torre, apiñados en una gigantesca masa subterránea, pero había un grupo pequeño cerca de la parte más alta. Aquellos, me dije, debían de ser Pathyr Savoi y sus comandantes, que estarían siguiendo la batalla desde el punto de observación más elevado.
Si les cortáramos el paso..., los obligaríamos a rendirse.
— Adelante —susurré.
Y la víbora, Max, me hizo caso.
La lengua de llamas arrasaba los recovecos de los pasillos, cruzaba con bravura las puertas y doblaba las esquinas, calcinando tapices y pinturas. Yo la engullía y me convertía en ella. El humo me inundaba los pulmones, el estómago, los ojos.
Fui guiando a Max con precisión muda, impecable. Su poder era mío y notaba cómo iba abriéndonos camino. Caí en la cuenta de que le temblaban los músculos, no por el esfuerzo, sino porque se estaba conteniendo. Con cada giro seguro, con cada arranque furioso, su poder se iba desbocando.
— Cuidado —me susurró.
Noté que le sobrevenía el recuerdo de acontecimientos pasados y que eso le hacía recular. Cada uno de sus latidos se sostenía en precario equilibrio entre un poder embriagador y un miedo angustioso.
— Vamos bien.
— Para.
— Aún no —lo tranquilicé—. Un poco más .
La sangre bombeando me retumbaba en los oídos. Las luces estaban cada vez más cerca, el humo se hacía más denso. Las puertas cerradas, una a una, quedaban atrás rápidamente.
La tensión de Max seguía aumentando, como cuando tensas y tensas la cuerda del arco. Parecía que fuera a perder el control. Sin embargo, esperó, depositando aún en mis manos aquella tímida confianza.
— Aún no —le susurré de nuevo.
Puertas. Humo.
— Ahora. ¡Arriba!