21 #2
Las sombras de Nura habían desaparecido y la cruda mañana lanzaba grotescos parches dorados sobre las vigas y la piedra destrozadas.
Me hallaba en lo que parecía la casa de alguien, o al menos lo había sido.
El edificio se había derrumbado y solo quedaban, esparcidos por la arena manchada, los restos espeluznantes de la vida de alguna familia pobre.
Max y Sammerin estaban arrodillados delante de mí.
Sammerin frotaba un polvo azul entre los dedos.
—Polvo de rayos —me dijo, con el ceño fruncido.
Giré la cabeza y reprimí un grito. De debajo de una viga inmensa, sobresalían dos manos extendidas. El resto del cuerpo, o lo que quedara de él, estaba enterrado entre los escombros y un río de sangre manaba de esas vigas rotas.
Max dijo algo, pero no lo oí. Me movió la cabeza con un dedo para que lo mirara y me preguntó:
—¿Estás herida, Tisaanah?
Negué con un gesto aun sin tener del todo claro que aquella fuera la respuesta correcta. Me miré las palmas, cuyos cortes eran tan profundos que a ratos se veía el hueso.
Sin mediar palabra, Sammerin me cogió las manos con las suyas. Contuve un alarido cuando la piel me empezó a arder.
—¿Ese tío ha volado por los aires su propia ciudad? —dijo Max, acuclillado en el suelo, escudriñando el polvo azul—. ¡Por todos los Ascendidos! ¡Menuda atrocidad!
—Igual ha preferido eso a que la recupere Sesri —repuso Sammerin.
Observé, embelesada, cómo se agitaba la piel de las manos, igual que si la recorrieran centenares de arañas minúsculas que cruzaran con su tela el abismo de mis heridas y uniendo la carne con la carne.
Me dolía una barbaridad, y ver aquella carnicería me daba náuseas, pero, cuando Sammerin por fin me soltó las manos, donde antes había tajos, de pronto encontré una piel tersa.
Se puso en pie y me ayudó a levantarme. Los escombros que nos rodeaban estaban lo bastante enteros como para formar un refugio improvisado aunque pareciera que iba a derrumbarse en cualquier momento.
Fuera había vuelto aquella niebla densa que reducía las ruinas a meras siluetas, pero yo seguía oyendo la lucha seca y contundente, los berridos, los gruñidos y los gemidos, los gritos de auxilio.
Pese a todo, más calmados de lo que era lógico esperar.
Igual que la noche en que los esclavos llegaron a mi pueblo.
«¿Ese tío ha volado por los aires su propia ciudad?».
O sea, que por eso estaba desierta. Solo que no lograba imaginar qué se proponía, cómo iba a terminar bien aquello para su pueblo.
Me asomé entre los cascotes.
Unas figuras espectrales adoptaron forma física para luego volver a convertirse en niebla, como si no fueran nada en absoluto, tras asestar a nuestros soldados golpes letales y silenciosos.
Me sentía asqueada. Max me miró un segundo y vi que él también.
—Tienen a algún valtaino allí arriba —susurró—. Quizá a varios. De los buenos, además, para haber sido capaces de lanzar un conjuro semejante sobre tantos de sus soldados.
—Todo el mundo está en esa torre —dije, señalándola—. Hay que...
Un estruendo me impidió terminar la frase.
Una amalgama de sombra y niebla que luchaba con un soldado joven se estrelló contra nuestro montón de escombros.
Max tiró de mí y me apartó de la zona abierta, y los tres contuvimos la respiración en la oscuridad hasta que el soldado tairniano quedó retorciéndose en el suelo.
Entonces apareció Nura, que surgió de las sombras, con una mejilla manchada de sangre.
—Estáis vivos —susurró entre jadeos—. Bien.
No me puedo creer que ese cabronazo haya...
haya... —Soltó un suspiro fuerte, entrecortado, y luego meneó la cabeza—.
Id a las puertas de la hacienda. Ese tío y los traidores que lo acompañan se esconden en el palacio.
Cuando lo echemos abajo, a ver si les sigue pareciendo tan divertido jugar con explosivos.
Se me paró el corazón. Confiaba en haberla oído mal.
—¡No podéis hacer eso! La ciudad entera está...
—Son instrucciones de las syrizen, no mías. Además, no hay tiempo que perder.
—Nura, no pensarás...
Pero ella no dejó que Max terminara la frase.
—No tengo tiempo para tus críticas. O entramos ahí y acabamos con esas ratas o las syrizen derriban este condenado lugar.
—Unos mechones de pelo plateado se le escapaban de las trenzas y reflejaban el blanco de sus ojos.
Entonces vi flaquear un segundo la gélida determinación de su rostro—.
He intentado decírselo... No sabéis cuántos cadáveres he sacado de estos edificios.
—Tragó saliva—. Id a las puertas. Es una orden.
Y desapareció, y su pelo, su piel y su chaqueta blancos se fundieron con la niebla como si ella fuera uno de aquellos soldados malditos.
No me percaté de que se iba ni la vi marcharse.
Tenía toda la atención puesta en aquella maraña de corazones que me latían en la cabeza, miles de personas amontonadas unas sobre otras bajo aquel edificio.
Contemplé el peluche destrozado.
El pánico se me endureció en las venas y se convirtió en algo más afilado, más fuerte. Cuando miré a Max, él ya me estaba mirando a mí, y vi reflejada en él mi determinación.
—Si entramos primero... —empecé, desesperada, y él me respondió con un asentimiento rotundo.
—A las syrizen solo les importa su objetivo. Si ya lo tienen decidido, no podemos hacer otra cosa. Además —dijo, resoplando entre dientes—, es una forma tan buena de morir como cualquier otra, supongo.
Nos volvimos hacia Sammerin, que nos miró con resignación.
—Ya sabemos todos —dijo— que estoy en esto al cien por cien. —Luego se plantó junto al boquete de los escombros—. Si vamos a ir, vámonos ya. ¿Listos?
—Sí —mentí confiada.
La respuesta de Max no fue, ni mucho menos, tan alentadora.
—Todo lo listo que se puede estar.
Y entonces, antes de que nos diera tiempo a dudar o pensárnoslo mejor, salimos a la masa de niebla, sangre y sudor, y nos abrimos paso, luchando, hasta la torre.
De las manos de Max brotaba fuego, que se le enroscaba por los antebrazos y arrojaba al interior de la niebla una grotesca luz roja, iluminando unas siluetas llamativas apenas unas décimas de segundo antes de que se abalanzaran sobre nosotros.
Yo me aferraba con frenesí a la mente de esas sombras, tensando los hilos invisibles que nos conectaban, retorciéndolos, reventándolos.
La mitad de las veces se me escapaban antes de que pudiera atraparlas; otras veces daban tumbos el rato suficiente como para que el fuego de Max les prendiera la ropa o el pelo, reptara a su alrededor, las devolviera a su frágil existencia física y las hiciera caer al suelo.
Pero nunca asestaba ningún golpe mortal. Y en cuanto los tenía en el suelo, fuera de nuestro camino, se llevaba las llamas consigo y seguía adelante.
Con el rabillo del ojo, vi unos intensos destellos dorados que me alertaron de que las syrizen estaban saltando al aire, titilando y desapareciendo en pleno salto, para luego reaparecer más arriba, en el cielo, como si volaran.
—Estate atenta —me regañó Max, iluminándome la cara con su fuego a la vez que apartaba de mí a una de aquellas figuras brumosas—. Levanta las armas, Tisaanah.
Si hubiera podido recobrar el resuello, me habría reído. Mis pequeños puñales resultaban ridículos en una batalla como aquella. ¿Qué iban a hacer aquellos trocitos de acero frente a ilusiones ópticas, humo y llamas?
Seguimos avanzando sin dejar de luchar, Max rodeado de fuego y Sammerin blandiendo unos cuchillos como los míos.
Ninguno de los dos me había dicho expresamente que hubieran combatido juntos en la guerra, pero ya no me cabía duda.
Sus movimientos se coordinaban en silencio, incluso sin mirarse entre ellos, como si uno estuviera siempre en contacto con el pulso del otro.
No podía ni imaginar de lo que habrían sido capaces los dos de no haber tenido que cargar conmigo.
Aun con todo, casi volábamos, deslizándonos entre cuerpos y batallas, atacando solo cuando era necesario.
Las palabras de Nura me resonaban en la cabeza y estaba pendiente, en todo momento, de los destellos de los movimientos de las syrizen.
Con cada latido potente, oía la llamada constante de aquellas personas tirando de mí hacia delante.
Al llegar por fin a las puertas macizas de latón de la torre, había ya tantos soldados escondidos en la niebla que chocábamos cada pocos pasos.
Nuestros efectivos habían quedado muy atrás.
Avanzamos más despacio cuando la elegancia ensayada de Max y Sammerin empezó a dar paso a algo más entrecortado y desesperado.
Di un tropezón cuando Max me empujó a un lado y algo caliente me salpicó la mejilla. Demasiado tarde, vi a una figura rasgar el aire, espada en ristre. Max se tambaleó y lanzó una ráfaga de fuego antes de que me diera tiempo a reaccionar.
No vi el cuerpo hasta que cayó al suelo. Max lo agarró del hombro.
—Estoy bien —dijo con voz ronca mientras le brotaba sangre entre los dedos, pero mirando únicamente el cuerpo sin vida de mi atacante.
No estaba bien, solo que no había tiempo para que Sammerin hiciera nada. Nos tenían rodeados, con la espalda pegada a las puertas metálicas. Yo veía tan poco con la mente como con los ojos y apenas vislumbraba figuras de algunas personas, de las que el fuego solo nos proporcionaba trazos generales.
Abrumada, parpadeé, cerré los ojos con fuerza para despejar la mente...
Y en ese momento lo vi todo: puntos de luz en la oscuridad, como si estuviera mirando una versión invertida del mundo en la que cada soldado, cada vida, cada esfera de pensamiento se iluminaba claramente.
Delante de mí, los soldados invisibles; a mi espalda, la gente hacinada en los bajos de la torre; y las syrizen. Todos.