21
Max se asomó por el borde del puente y se aferró a la barandilla metálica como si fuera a caer a aquellas aguas fangosas en cualquier momento.
Vi cómo se le ponían blancos los nudillos, su tez grisácea revelaba desasosiego.
Me pregunté si a mí se me notaría también.
Procuraba enterrar el miedo todo lo posible en mi interior, de forma que no llegase a la superficie ningún eco, pero, aun así, parecía emanar de todos los poros de mi piel.
El sudor se me acumulaba en la base del cuello, me corría por la espalda y entre los pechos. Quise echarle la culpa al tejido tieso de la chaqueta de la Orden de la Medianoche —brutal en combinación con aquel calor cenagoso— y no a mi propia ansiedad.
Alcé la vista, sobre las filas y filas de hombros alineados en franjas perfectas de color.
Casi todas eran doradas, de los miembros de la Guardia de la Corona, que no eran magos, ni mucho menos.
Luego había unas cuantas columnas de azul, con destellos de insignias lunares en la espalda, y otras verdes, marcadas con soles de color bronce.
Cuando me giré un poco para mirar, reparé en unos ojos que se volvían hacia nosotros y unos cuellos que se estiraban con disimulo.
Miraban a Max, sin duda. Por lo visto, a todo el mundo le sorprendía su presencia.
La ciudad de Tairn se alzaba imponente sobre nosotros, oscura y silenciosa, iluminada de fondo por el sol naciente.
Se hallaba en la confluencia de tres ríos, construida sobre una montaña rocosa.
En consecuencia, era notoriamente inaccesible: tres puentes conducían al núcleo urbano, que estaba dispuesto a su vez alrededor de un edificio circular rematado por una sola aguja de plata: la hacienda de los Savoi y recinto central de Tairn.
Lo miré con los ojos entornados. En aquel edificio, por lo visto, se alojaba Pathyr Savoi, el joven al que habíamos ido a sacar de su escondite, hijo del hombre cuya sangre me había empapado las botas.
Sammerin, que estaba a mi lado, siguió mi mirada. Resulta que también a él le habían pedido, u ordenado, que se sumara al asalto, como miembro de las Órdenes y antiguo miembro del Ejército, aunque, a diferencia de mí, a él no habían ido a buscarlo personalmente, lo que aún me tenía perpleja.
Vimos otra paloma volar por encima de la muralla, con un pergamino sujeto a la pata.
—Quince —observó Sammerin.
Ya iban quince palomas, quince cartas, quince intentos de negociación. Llevábamos horas allí. Max se había pasado casi todo el tiempo inclinado sobre la barandilla, contemplando el agua.
No le pregunté si estaba bien, porque se le daba fatal disimular sus emociones, y era evidente que no. En cambio, hice una mariposita a partir del lago cenagoso que teníamos abajo y la dejé suspendida delante de nosotros.
—¿Qué he hecho mal? —pregunté.
—¿Cómo? —dijo sin mirarme apenas.
—Que qué problema le ves. —Se volvió despacio y miró la mariposa—. ¿Y bien? —insistí.
—Pesa demasiado —gruñó por fin. Con cada palabra se le aclaraba un poco la voz—. Además, has metido la pata con el movimiento. Vuela a trompicones, como...
Pero entonces se oyó un estallido. Nos dimos la vuelta bruscamente.
Yo dejé que la mariposa volviera a caer al agua hedionda.
Nos pusimos todos alerta y vimos retroceder a Nura cuando las figuras vestidas de negro estamparon las lanzas contra la base de las puertas.
Un resplandor anaranjado trepó por la madera y se coló por grietas minúsculas, desgarrándola.
Max se irguió e intercambió con Sammerin una de aquellas miradas cómplices que tenían. El otro consiguió, de algún modo, palidecer aún más.
Se me aceleró el corazón, pero reprimí mi nerviosismo, me obligué a tragármelo.
—Esos soldados sin ojos..., ¿son magos? —grazné, buscando una distracción.
—¿Las syrizen? Sí, son solaris, más o menos —me dijo Max, con una voz que sonaba distante. Luego me preguntó en voz baja—: ¿Te acuerdas de todo lo que te enseñé anoche?
Asentí. La noche anterior había interrumpido mi práctica de magia y me había sacado al jardín.
Tenía dos puñales y me dio uno. «Si te empeñas en hacer una estupidez —me dijo—, más vale que sepas protegerte».
Pasamos el resto de la noche repasando diversas maniobras defensivas, sobre todo movimientos que me pudieran salvar la vida si llegaba a verme en una situación crítica y me fallaba la magia.
Ahora, al ver caer los restos de aquellas puertas, recé para que no me tocara usarlas. Aun así, ensayaba mentalmente los movimientos, por si acaso.
—Supongo que, al final, ni siquiera eso le ha asustado lo suficiente como para que se le pase la rabieta —masculló Max.
Sammerin negó con la cabeza, en silencio.
Yo cerré los ojos, pensé en Serel y me recordé por qué estaba allí.
Y luego empezamos a movernos.
Tras el metal frío del puente, llegaron los adoquines resbaladizos. El sol me daba fuerte en la cara y producía unas sombras húmedas, gracias a las casas altas que abarrotaban las calles estrechas y serpenteantes.
Giré un poco la cabeza para mirar el puente, que enseguida me taparon los soldados que llevaba detrás. Reparé vagamente, como si nada, en que nos encontrábamos, de pronto, atrapados en aquella isla. Max me dio un codazo en el hombro, como si también él se hubiera dado cuenta.
—Estate alerta —me susurró, con la voz tensa de precaución y unas gotas de sudor salpicándole la nariz—. Y no te muevas de aquí.
Las calles de Tairn eran tan angostas y tortuosas que los recodos quedaban bañados por las sombras de los edificios de alrededor.
Max, Sammerin y yo íbamos casi pegados, hombro con hombro.
Nos encontrábamos prácticamente a la vanguardia del grupo, solo que detrás de Nura y las syrizen, pero, aun así, parecía que la ciudad se nos echaba encima.
Por si fuera poco, a medida que avanzábamos nos adentrábamos en una niebla más densa, tanto que cada inhalación era como inspirar algo líquido.
Quienes nos precedían se convirtieron en meras siluetas.
Nura, que iba al frente, levantó los brazos para abrirse paso por aquella bruma cenagosa como una nadadora que apartase el agua, aunque acto seguido la bruma resurgiera.
Se me erizó el vello de los brazos y de la nuca, y unas náuseas frías me revolvieron el estómago.
Algo no iba bien.
—Algo no va bien —murmuró Max.
La ciudad estaba en completo silencio. Los puestos de venta estaban vacíos y en algunos hasta había fruta, con moscas revoloteando por las bayas y las naranjas pochas. Miré las ventanas en penumbra, oscurecidas por la niebla, y fruncí el ceño.
El silencio fue más allá de mis oídos y se me coló en la cabeza. Una quietud poco natural para una ciudad de aquella envergadura. Una quietud peligrosa.
Me acerqué a Max.
—Fíjate en las ventanas vacías.
—Ya lo he visto.
—No oigo a nadie —le dije, llevándome un dedo a la sien y meneando la cabeza—.
Nada. —Luego levanté la vista a la torre central, encaramada en lo alto del monte, que perforaba con su aguja plateada el círculo difuso del sol, apenas visible con la niebla.
Y, al hacerlo, me estalló en la cabeza un amasijo mudo de luz, actividad y miedo férreo.
Vi que la cabeza de Nura se detenía y giraba, como si también hubiera notado lo mismo que yo.
—¡Están todos allí...! —empecé a decir.
Pero entonces, donde antes no había nada, de pronto hubo algo. Se levantó la bruma, se desplazó, cambió, se espesó y se desvaneció a la vez, esculpiendo una figura. Y los vi, los sentí: había personas por todas partes, rodeándonos, personas que surgían de la niebla.
Nura soltó un grito mudo de advertencia.
Levantó las manos y las sombras la envolvieron, nos envolvieron a todos, protegiéndonos bajo una capa de oscuridad.
Lo último que vi antes de que la negrura me robara la visión fueron las lanzas de las syrizen encendiéndose con una cálida luz anaranjada y a los soldados saltando al aire y evaporándose, desapareciendo sin más.
Un estruendo ensordecedor. Las chispas azules apenas penetraron el manto de sombras de Nura. Noté que los adoquines se movían. El humo me inundó los pulmones. Mis ojos tentaban frenéticos el aire, pero solo encontraban oscuridad.
Súbitamente, con algo que iba más allá de la vista, que era más profundo, percibí una presencia a nuestro lado, una espada que se levantaba y atacaba a Max...
Sin pensármelo dos veces, lo agarré de los hombros y empujé, anteponiendo mi cuerpo al suyo, y me puse a lanzar zarpazos a aquella presencia, retorciéndola, tirando de ella y sacudiéndola con todas mis fuerzas.
Un dolor agudo me cortó las manos y se alzó ante mi rostro...
Luego noté que tiraban de mí hacia atrás, el suelo temblaba. Sentí un fuerte impacto en la nuca.
Y después la nada.
Al abrir los ojos, lo primero que vi fue sangre. Sangre que corría por entre los adoquines, que cubría montones de madera rota y mojada. Sangre que me goteaba en los ojos, que me dificultaba la visión periférica, que me manchaba la mejilla pegada al suelo.
Toqué algo blando con los dedos y casi di un respingo, hasta que me lo acerqué y vi que era un perro de peluche destrozado, manchado de carmesí. Yo tenía la mano empapada.
—Ha sido una estupidez —oí que decía a Max con un hilo de voz, casi temblorosa—. No lo vuelvas a hacer. Me las habría apañado.
Intenté incorporarme. Al apoyar las manos en el suelo, vi las estrellas y todo empezó a darme vueltas, pero hice un esfuerzo por mantenerme en pie.
Max me agarró de los hombros para estabilizarme.
Cuando levanté la cabeza, me miró con un miedo absoluto, que me habría pillado por sorpresa de no haber sido porque estaba más pendiente de no vomitar.