20
—¿Qué quieres? —preguntó Max con sequedad.
Nura le dedicó una sonrisa gélida.
—¿Puedo pasar?
—Si te digo que no, ¿vas a entrar de todas formas? Porque parece que así es como funcionan las cosas por aquí...
—Sí, probablemente.
—¿Tan decidida estás a sermonearme?
Ella rio por lo bajo.
—No seas tan prepotente, Max. No he venido por ti.
Procuré disimular mi sorpresa. Se volvieron los dos hacia mí: Nura con la boca torcida en una especie de sonrisa indescifrable y Max con una mirada dura que reflejaba su nerviosismo.
—¿A qué has venido, entonces? —bramó él.
—Déjame pasar y así te enteras.
Max vaciló un momento y luego se hizo a un lado.
Nura cruzó la estancia a grandes zancadas y se sentó en la silla de al lado de la mía.
Vestía una variante del uniforme que siempre le había visto, con la chaqueta blanca larga abotonada hasta el cuello y las insignias de la luna en la solapa y en la espalda.
Volvió a sorprenderme lo elegantes y pausados que eran sus movimientos, como si todos sus músculos funcionaran en perfecta sincronía, hasta en las expresiones minúsculas de su semblante.
Lo cierto es que era bastante guapa. Cuando se sentó, las trenzas blancas le cayeron por un hombro, la luz procedente de las ventanas reflejándose en su rostro con una especie de ternura momentánea.
Luego su habitual dureza reemplazó aquel gesto fugaz.
—¿Va bien tu formación?
—Muy bien.
Le habría dicho lo mismo de todas formas, pero no pude evitar mirar de reojo a Max mientras respondía, contenta de no tener que mentir.
—Estupendo. He venido porque las Órdenes requieren tu ayuda.
Parpadeé, negándome a parecer sorprendida, aunque de pronto me asaltó una esperanza desbordante. Aquello tenía que ser bueno, ¿no?
—¿Para qué?
—El hijo de lord Savoi, en Tairn, se resiste a renunciar al poder pese a que su familia ya no tiene el liderazgo.
No es más que una rabieta, pero necesitamos efectivos que asalten la ciudad y lo asusten para que salga de su escondite.
Y nos gustaría que te sumaras. No correrá la sangre, solo hay que amedrentarlo un poco.
—¿Qué pasa? ¿Que a la Guardia no le basta con los soldados que tiene ya? —terció Max—. ¿Una chica fragmentada va a suponer una gran diferencia?
—Una chica fragmentada y un solari más o menos famoso y muy cascarrabias, si estás dispuesto a cooperar.
—La palabra cooperar le salió tan seca que se resquebrajó y se esparció, hecha pedazos, por el suelo—.
Claro que con lo prepotente que eres... —continuó—.
Estamos mandando cartas a muchas personas de la zona, porque la Guardia ahora mismo está ocupada en Vernaya.
—¿Aún no ha empezado siquiera la guerra y ya estáis sobrepasados? —la provocó Max—. Además, ¿qué hay de aquello de que las Órdenes eran políticamente neutrales? ¿O es que ya os habéis quitado la careta, ahora que es uno de los vuestros quien dirige el cotarro?
Dejé que las protestas de Max pasaran a un segundo plano y observé pensativa a Nura. Yo iba a aprovechar cualquier oportunidad que se me presentara, no podía permitirme no hacerlo, pero no iba a renunciar a nada gratuitamente.
—Cuenta conmigo —dije.
Max, que seguía quejándose, cerró la boca de golpe.
—Sabía que aprovecharías la ocasión —me contestó Nura, satisfecha.
—A condición de que Zeryth Aldris se traiga a mi amigo cuando vuelva de Threll —añadí.
Lo dije con soltura, con seguridad, aunque en el fondo me sintiera igual que cuando, de niña, le había exigido a Esmaris mi libertad por cincuenta tristes monedas de plata.
Estaba convencida de que mi presencia en aquella ciudad carecía de valor para ellos, pero, si tenía alguno, no iba a concedérselo sin conseguir nada a cambio, menos aún mientras fueran tantas las cosas que necesitaba.
Evité a propósito la mirada de Max, pero noté que me abrasaba la frente, justo al contrario que la de Nura, de un hielo cristalino con destellos divertidos.
—Los miembros de las Órdenes deben seguir las directrices sin permitirse el lujo de imponer condiciones —me dijo.
—En primer lugar, me da que eso no es cierto —repliqué, señalando a Max—, y en segundo, me habéis dejado clarísimo que no soy miembro de las Órdenes, de momento.
Los ojos de Nura revelaron la carcajada que estaba reprimiendo.
—Vaya, Max, parece que ha aprendido mucho de ti, ¿no?
—Luego se dirigió a mí—: Todos los aquí presentes sabemos que tú nos necesitas más a nosotros que nosotros a ti, y, aun así, si no te he entendido mal, ¿me estás pidiendo que moleste con tus cosas a uno de nuestros miembros más importantes mientras se encuentra en una de nuestras misiones más importantes?
—Tú me has pedido ayuda y yo te la pido a ti —respondí, inclinándome hacia delante.
Las palabras de Max aún resonaban en mis oídos: «Yo nunca lo habría dejado allí».
Pues yo tampoco. Jamás—. Además, esto no es para mí.
Es una cuestión de decencia. Ya habéis negado vuestra ayuda a miles de personas porque, según tú, era demasiado.
Solo te pido ayuda para una. ¿Te sigue pareciendo demasiado?
¿O es que las Órdenes son menos poderosas de lo que dicen ser?
Se hizo el silencio. Casi esperaba que Nura se enfadase, pero no fue así. En cambio, me escudriñó pensativa, con el ceño levemente fruncido y una pequeña sonrisa en los labios.
—Muy bien. Dime cómo se llama y a ver qué puede hacer Zeryth. —Se me alegró el alma—. Y, a cambio —prosiguió Nura—, espero verte mañana a las puertas de Tairn. ¿Trato hecho?
No vacilé.
—Sí.
Max se quedó allí plantado, en un llamativo silencio.
—Tu amigo tiene suerte de contar contigo —dijo Nura, cruzando los brazos y ladeando la cabeza, pensativa—. Pero ándate con cuidado, Tisaanah, porque es muy fácil manipular a una persona que busca una sola cosa por encima de todo.
Asentí con solemnidad, como si aquello fuera una novedad para mí, contenta de que se me subestimara aunque en el fondo lo sabía mejor que nadie, solo que no podía permitirme elegir.
El sol me abrasaba la nuca mientras miraba la cabaña con los ojos entrecerrados.
A mi lado, Miraselle hablaba emocionada de unas peonías, acariciando los pétalos con los dedos.
No tenía ni idea de adónde iba cuando no estaba deambulando por el jardín de Max, pero me daba la impresión de que aparecía siempre cuando yo estaba sola fuera.
Tampoco me importaba: por rara que fuera, me caía bien.
Estaba a gusto con ella y era una de las pocas personas que no me hacían ser terriblemente consciente de mi precario dominio del idioma, porque ella era la única arana que conocía con un vocabulario aún más reducido que el mío.
Tras llegar a un acuerdo con Nura, esta se dirigió a Max, que había estado inusualmente callado, y le pidió hablar a solas con él, señal clara de que yo debía marcharme, así que me retiré a los jardines a practicar por mi cuenta.
Aun con todo, me podía la curiosidad y, según iban pasando los minutos, no paraba de mirar de reojo a la casa.
Al rato salieron. Nura se despidió de mí con la mano desde lejos antes de esfumarse, algo que decidí no encontrar ofensivo. Max apenas la miró antes de caminar decidido hacia mí.
Miraselle se levantó de un brinco.
—¡Buenos días, Max! ¿No te parece que hoy hace un día precioso?
—¿En qué cojones estabas pensando? —me soltó Max entre dientes, furibundo, apretando la mandíbula.
—¿Que en qué estaba pensando? —Casi me dio la risa—. ¿Qué otra cosa iba a hacer?
—Esto no funciona así. ¿Crees que has conseguido algo ahí dentro?
—No, no del todo, pero tenía que intentarlo.
Miraselle se pegó a nosotros, con su hermoso rostro crispado de preocupación. Aquella mujer no sabía respetar el espacio personal.
—Max, ¿por qué estás tan triste?
Él levantó las manos y la apartó con delicadeza.
—Miraselle... —dijo, y luego se contuvo, soltando un suspiro—. Tres pasos, por favor.
Ella retrocedió uno, dos y tres pasos.
—¿Y qué tendría que haber hecho, según tú?
—Decir que no: eso tendrías que haber hecho, según yo.
—No puedo hacer eso.
—No se hacen tratos con las Órdenes. ¡Nunca! Y, encima, ni siquiera es un pacto de sangre ni nada que pueda impedirle incumplir su palabra, palabra que no te ha dado, por cierto. Te ha dicho que lo va a intentar —bufó—. Vamos, no fastidies...
Miré a Max con atención. Mentiría si dijera que su reacción no me puso nerviosa, pero ya no me sorprendía nada de lo que me contase.
Era consciente de que no tenía garantías.
No había reparado en que Nura, en el fondo, no me había prometido nada y sabía que no había hecho más que conseguir, o conseguirle a Serel, una mínima oportunidad, solo eso.
Aun así, algo era algo. No daba para más.
—Mi amigo necesita al menos una oportunidad. No me queda otra. Además, aunque Nura se hubiera negado, yo habría accedido igual.
No fui capaz de descifrar del todo la cara que me puso Max.
—Pues no deberías.
—Necesito impresionarlos, ya lo sabes.
Di un respingo cuando Miraselle empezó a peinarme con los dedos y tuve que contenerme para no apartárselos de un manotazo.
—Miraselle... —le dijo Max, como si estuviera haciendo un esfuerzo supremo por no reprenderla—. Danos un minuto.
Ella pareció ofenderse un instante y luego volvió tranquilamente con los rosales.
—¿Qué es un pacto de sangre? —pregunté en cuanto se fue.
—Un trato sellado con magia, de forma que ninguna de las partes pueda incumplirlo.
—¿Y qué pasa si lo incumplen?
—No pueden.
—Pero ¿y si...?
—Tisaanah, eso no viene al caso. No te puedes fiar de ellos. Te van a utilizar.
Yo también los estaba utilizando a ellos. Además, ¿de qué iba a servir yo a las Órdenes, unas organizaciones formadas por los magos más poderosos del mundo?
—¿Para qué? —pregunté.
—Aún no lo sé.
Max me miró con sus extraños ojos brillantes bajo la sombra de un ceño fruncido, la boca torcida, pensativa, y los hombros tensos. Su preocupación se me alojó en el vientre y se quedó allí, pesada.
—Puedo con esto —le dije en voz baja.
—Eso es lo que me da miedo —contestó, suspirando tan hondo que se le inflaron las aletas de la nariz—. Confiaba en no volver a verme en campo de batalla.
Lo miré extrañada.
—¿Te ha dicho que tienes que ir tú también?
Max soltó una carcajada.
—¿Nura? Que lo intente, a ver qué consigue. Pero, si tú vas, yo también voy.
—Te...
—No te voy a dejar salir ahí fuera sola, Tisaanah —me interrumpió.
Aquella súbita constatación —la de que mi objetivo y lo que había decidido sacrificar por alcanzarlo ya no me pertenecían a mí sola— me cayó tan a plomo que noté que me tambaleaba bajo el peso de esa nueva responsabilidad. Lo miré en silencio un momento, boquiabierta, buscando en vano las palabras.
Hasta entonces, la idea de asaltar Tairn me inquietaba, pero solo de forma resignada, distante. De pronto, algo más nítido me sacudió el corazón al caer en la cuenta de que, intencionadamente o no, iba a volver a arrastrar a Max a todo aquello de lo que él se había esforzado tanto por huir.
—No hace falta —le dije.
—No digas chorradas. Yo no me gradué en la «academia de amigos de mierda» de Zeryth Aldris.
—Max...
—Se acabó la discusión.
Max siguió mirándome como si me sondeara y yo lo miré en silencio, de pronto consciente de dos cosas.
La primera era que no iba a conseguir disuadirlo de que me acompañara.
La segunda, que me sacudió más fuerte, fue la súbita confirmación de que la naturaleza de nuestra relación había cambiado y yo ni siquiera me había dado cuenta.
No obstante, entendí, con una certeza que se me instaló en lo más hondo del pecho, que se me había otorgado algo valiosísimo con aquella amistad tímida y frágil.
—Gracias —le dije, y él se limitó a asentir con la cabeza.
Y solo con ver su mirada perdida supe que Max ya estaba en el campo de batalla.