19
Esa noche tuve uno de los sueños más vívidos de mi vida. Desperté jadeando, empapada en sudor, con la imagen de la cara de desprecio de Esmaris y los ojos de Serel grabados a fuego en la penumbra previa al alba.
Me levanté de la cama, salí de mi cuarto y luego de la cabaña, y estuve practicando mi magia hasta que el sol coronó el horizonte. No había tiempo para dormir.
—Me gustaría escribirle una carta a Zeryth —le dije a Max por la mañana—. ¿Cómo podría hacérsela llegar?
Dejó la taza de té con cuidado encima de la mesa.
—Entiendo que te refieres a Zeryth Aldris...
—Sí, está en Threll.
—Ya, recuerdo ese detalle interesante. —Frunció los ojos, pero solo un poco—. Bueno, si sabes exactamente dónde está, podrías intentar mandársela con un estratagrama. O enviársela con un halcón y confiar en que el bicho lo encuentre antes de desplomarse en los llanos.
Vamos, que prácticamente me estaba diciendo que iba a necesitar que algún miembro de las Órdenes enviase la carta por mí, dado que eran los únicos que, a mi juicio, podían saber en qué parte de Threll estaba Zeryth.
—¿Para qué le quieres escribir? —me preguntó, removiendo el té con exagerada despreocupación.
—Necesito saber qué está pasando en Threll, con mi... —No sabía cómo calificar a Esmaris ni su hacienda, ahora que ya no era mi señor ni su hogar era el mío—. Con mis amigos.
—Habla con Willa, a ver si te puede echar una mano. —Aunque la respuesta me resultó útil, el tono denotaba sin duda desaprobación—. ¿Cómo conociste exactamente a Zeryth?
—Se alojaba en la casa de mi... —Me costaba, pero no había otra forma de decirlo—. En la casa de mi señor, cuando viajaba. Nos hicimos amigos entonces.
—Tu señor —repitió Max—. ¿Fue él quien te regaló esas cicatrices?
—¿Eso importa?
—Me parece que sí.
Me lo pensé un momento. No sé a quién estaba protegiendo, ni por qué me dolía confirmarlo.
—Sí, fue él —contesté, y vi a Max rascar las vetas de la madera de la mesa, con los labios muy apretados—. Zeryth no te cae bien —afirmé, no pregunté, porque Max era quizá la persona menos sutil que yo había conocido jamás.
—Nunca nos hemos llevado bien. Además... —Vaciló un instante—. Disponía de recursos para sacarte de allí y decidió no hacerlo.
—No era su competencia. No podía ir liberando a todos los esclavos que conocía en Threll.
Lo dije como si nada, pero lo cierto era que las dos primeras veces que Zeryth había ido a Threll de visita yo había soñado con que me llevara con él cuando se fuese.
Tardé años en decidir que mi libertad debía ser responsabilidad mía y de nadie más.
No podía reprocharle a Zeryth que no la asumiera, y menos aún con todo el tiempo que dedicaba a enseñarme y la paciencia que tenía con mis preguntas.
Prender aquel fuego en mis entrañas fue su forma de liberarme. Al menos eso era lo que yo me decía.
Max meneó la cabeza.
—No es esa mi idea de un amigo.
—Tú no tienes amigos.
Lo había dicho en tono de broma, pero él me replicó con vehemencia:
—Tengo un amigo excelente que es mucho más de lo que merezco. Y si Sammerin estuviera en esa tesitura, nunca, ¡jamás!, lo habría dejado allí.
Sus palabras se me colaron entre las costillas y me retorcieron las tripas. En aquel instante, mi pensamiento estaba muy lejos de Zeryth; rondaba solo en torno a Serel, a mi madre. Me ardían la frente y la mejilla, las cicatrices que me habían dejado todos aquellos a los que había abandonado.
—No es tan sencillo —le repliqué demasiado rápido y demasiado alto. Puede que la intensidad de mi respuesta le indicara, de algún modo, que habíamos empezado a hablar de otra cosa, porque su rostro empezó a revelar de pronto cierta preocupación.
Me alivió oír que llamaban a la puerta. Max titubeó un instante y luego se puso en pie para ir a abrir, mascullando:
—No sé ni qué es ese ruido. Como nadie se molesta nunca en llamar...
Abrió de golpe y se encontró con Nura.
—¡Qué maravilla verte! —dijo Max, con una sonrisa de oreja a oreja.