Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 18
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Háblame de la guerra —le dije al ver que no sabía ni por dónde empezar.

—Pero tú sigue con las mariposas —me contestó, señalándome las manos con la cabeza.

Obedecí. Y él a mí.

—Hay una zona en el norte de Ara —empezó—, una región montañosa que se conoce como el territorio ryvenai.

Esa región siempre ha tenido cierta tensión con el resto de Ara, incluso hace siglos.

Siempre han sido un poco separatistas. A lo largo de la historia de la isla, han luchado por su independencia al menos en cinco ocasiones, pero la guerra de hace ocho años fue, con mucho, la peor, porque era el conflicto más grande desde el surgimiento de la magia y la creación de las Órdenes.

—¿Por qué la peor?

—Porque una cantidad desproporcionada de solaris son ryvenais. De hecho, muchos creen que todos los solaris son ryvenais de alguna forma aunque su ascendencia se remonte a muchos siglos atrás.

—¿Tú lo eres?

Soltó una carcajada.

—Lo bastante como para tener que cargar con uno de esos nombres espantosamente largos.

—O sea, que luchaste por la ind...

—Luché contra los ryvenais, no a favor de su causa. Eso no me hizo muy popular.

Cuanto más hablaba, más se le tensaba la voz, como una cuerda tirante. Se notaba que le costaba hablar de ese asunto.

—¿Por qué?

—Llevaba en el Ejército desde los doce años. Ni siquiera pude elegir. Además, jamás habría tirado por la borda todo lo que había construido.

«¿Desde los doce?».

Al verme parpadear de sorpresa, añadió:

—Entonces no era soldado. Me entrenaron los militares, en vez de hacer una instrucción tradicional como aprendiz.

La verdad es que me encantaba aquello, claro que era distinto en tiempos de paz.

—Un leve vapor de agua se elevaba de la superficie del agua que lo rodeaba—.

En cualquier caso, esto no va de mí —dijo con un resoplido.

—Ah, ¿no? —insistí.

—No —contestó, mirándome—. Esas mariposas, por favor.

Obedecí aunque tenía la cabeza en otra cosa.

—¿Sammerin también sirvió?

—Sí.

—¿Como sanador?

Hizo una pausa.

—No.

—Entonces...

—Había formas más útiles de aprovechar a alguien con su dominio de la carne y los huesos.

No entendí a qué se refería, no del todo, pero la oscuridad que impregnó su voz me hizo pensar en la expresión serena y observadora de Sammerin, que parecía incompatible con cualquier cosa que pudiera describirse en semejante tono.

Max meneó la cabeza como si quisiera deshacerse de una imagen mental propia.

—El caso es que fue espantoso. Ejércitos de magos lanzándose unos a otros todo tipo de magia terrible a diestro y siniestro, sin preocuparse de a quién alcanzaran en el fuego cruzado. Nadie había visto jamás una destrucción de esa envergadura, y nadie sabía cómo manejarla.

Pensé en lo que yo le había hecho a Esmaris. Yo, una cría fragmentada y sin experiencia, con solo tocarlo. No quería ni imaginarme de lo que eran capaces unas manos entrenadas, y en semejante cantidad.

Max se aclaró la garganta.

—Mariposas, por favor —me dijo, agradecido de cambiar de tema aunque solo fuera un momento.

Contemplé el agua quieta, cuya superficie vítrea me devolvía mi reflejo. Hice otra mariposa.

—¿Cuánto duró?

—Dos años —respondió amargamente—. Ha habido guerras muchísimo más largas, pero ninguna tan sangrienta.

—Y la reina...

—Era una niña por entonces. La guerra ya casi estaba terminando, o eso pensábamos, cuando al rey lo asesinó su mejor amigo, la persona en la que más confiaba. Y se fue todo a la mierda otra vez. Por lo visto... —dijo con voz apagada—, ella estaba presente cuando sucedió.

No era de extrañar que estuviera paranoica.

—Pero ¿ganaste de todas formas?

—Al final ganó la corona, sí —me corrigió, tenso y rotundo. La corona, ¡no él!

Recordé aquellas palabras: «Maxantarius Farlione es prácticamente el único responsable del final de la Gran Guerra Ryvenai, en especial de nuestra victoria en la ciudad de Sarlazai».

—¿Por Sarlazai? —susurré.

Max se estremeció, tan levemente que yo no lo habría detectado de no haber estado mirándolo con tanta atención, estudiando la tensión de los músculos del contorno de sus ojos y de su mandíbula.

—Sí —contestó, sin ahondar más.

Una victoria —o una masacre— lo bastante potente como para otorgar el triunfo a un país que ya ni siquiera tenía rey. Debió de ser increíble.

Me miraba como si esperara que fuera a pedirle más datos y temiera el momento. Es cierto que se me ocurrían muchas preguntas, pero... Algo hizo que me lo pensara, algo que subyacía a los rasgos acerados de su rostro, una parte vulnerable que me suplicaba que no insistiera.

Identifiqué enseguida esa vulnerabilidad oculta, porque yo misma la albergaba en lo más hondo de mi ser, así que la respeté. Por esa vez.

—Y ahora la niña se dedica a asesinar hombres en la calle —dije, en cambio.

—Hace menos de un año que los asesores que gobernaban en su nombre durante su infancia le cedieron el control. Y a las pocas semanas de hacerse con el mando ya empezó a portarse como una tirana.

Lo dijo con tal desdén que, aunque yo no conocía aquella palabra, supe enseguida a qué se refería, sobre todo al recordar la sangre derramada por la escalinata que terminó empapándole los pies a Max.

Aun así, algo me descuadraba.

—¿Qué busca? —pregunté.

Max resopló.

—¿Y qué más da? Poder, venganza, ¡vete a saber!

Meneé la cabeza.

Yo había desempeñado de maravilla mi papel en la hacienda de Esmaris, y no porque fuera la más hermosa ni la más talentosa ni la mejor bailarina, sino porque, cada vez que prestaba atención a un hombre, me preguntaba: «¿Qué busca?».

—Siempre es más complicado y más sencillo que eso —dije—. Siempre.

Los hombres con los que me prostituía no buscaban sexo. En el fondo, no. Buscaban ser poderosos. Concretamente, más que Esmaris. Y en cuanto lo entendí fueron como arcilla en mis manos. «Uy, no, no podría, porque él se enfadaría mucho, jamás me lo permitiría». Y así subía y subía el precio.

—Ahora que ya ha empezado a asesinar gente en la calle, me da igual lo que busque. Me da igual que sea una niña. Eso no hace que esa gente esté menos muerta por ello.

Recordé el miedo que surcó el aire cuando vi al hombre de la escalinata.

—Ayer sentí un miedo terrible al mirar a aquel hombre —dije—.

Luego pensé que ese miedo era suyo, no mío, y puede que, en parte, lo fuera, pero...

—Me imaginé a la niña viendo morir a su padre, viendo cómo perdía la vida a manos de alguien al que seguramente ella llamaba «tito»—. Quizá el miedo fuera de ella.

Max lo meditó un instante.

—La gente hace todo tipo de cosas por miedo. No cambia nada. Sé perfectamente adónde lleva ese tipo de comportamiento.

Ya no estaba mirando mis mariposas. En cambio, su mirada se volvió hacia mí.

Yo también lo miré.

—Y tu familia...

—Murieron en la guerra.

Lo dijo con tal rotundidad que supe que no había más que rascar, aunque tampoco habría querido hacerlo de haber podido.

Que siguiera guardándose sus secretos un poco más.

Yo era consciente de lo difícil que podía resultar reconocer siquiera un recuerdo así, ¡como para obligarlo a que le subiera por la garganta, abrasándola a su paso!

—Todos tenemos historias tristes que contar —murmuré, y él se limitó a asentir.

El silencio que siguió me pesó tanto que me costaba respirar. Continué haciendo mariposas mientras pasaban los minutos sin mediar palabra.

Al cabo de un rato, me estremecí.

—Tengo frío —dije, aprovechando cualquier excusa para romper la tensión, y me dirigí a la orilla. En ese momento, agradecí el calor implacable que hacía, que evaporó de inmediato el agua de mi piel.

Salí del lago sin ningún pudor, hasta que, al volverme, vi a Max inmóvil en el agua. Parecía que ni respiraba, y su mirada abrasadora era como una flecha que me atravesaba el pecho y me paralizaba con su intensidad.

«¿Qué?», me dieron ganas de decirle, pero la fuerza de su mirada era tal que la pregunta se marchitó antes de que llegara a los labios.

—Confío en que quien te hiciera eso sufriera una muerte terrible y dolorosa —dijo por fin, y sus palabras sisearon como el vapor—, y que, si hay un inframundo, se quede en él para siempre.

Me sonrojé.

Las cicatrices. Había conseguido olvidarme de ellas, al menos durante unas horas.

¿Deseaba yo lo mismo? No siempre lo tenía claro. «Habría terminado matándote», me susurró una voz. Pero cada vez que pensaba en Esmaris, recordaba más la forma en que la vida se le iba escapando del cuerpo que la rabia de sus ojos mientras me fustigaba.

—Todos tenemos historias tristes que contar —dije, contenta de no haberme abrasado la garganta, y me eché la chaqueta por los hombros.

Esa noche me senté delante de la chimenea y, con las piernas cruzadas, repasé los apuntes de mis clases. Max se dejó caer en uno de los sillones con un libro en las manos y unas gafas de leer sobre el puente de la nariz.

Fue un momento extrañamente tranquilo, en la medida en que un momento podía ser tranquilo en una cabeza como la mía, que no paraba quieta, siempre pensando en Threll, en Serel, en mi familia.

Todo eso seguía ahí, pero una parte desapareció con el crepitar del fuego, con la carcajada que había soltado al oír a Max refunfuñar para sí mientras encendía la chimenea con un chasquido de los dedos: «Típico de la puta Ara, todo el día como un horno y un frío de cojones por la noche».

Levanté la vista de los libros y vi cómo la luz titilante de las llamas vibraba sobre sus rasgos, iluminando las líneas de expresión de su rostro con su luz intermitente.

—Max...

No movió más que los ojos, que se volvieron hacia mí.

—¿Ajá...?

—¿Qué es lo que buscas tú? En la vida, digo.

Se lo pensó un segundo y luego masculló:

—Sobre todo, que me dejen en paz.

Justo lo que pensaba que me iba a decir.

Pero luego recordé cómo había accedido a formarme tras saber por qué había ido allí, la extraña urgencia de su voz al preguntarme qué hacía Zeryth Aldris en Threll o la manera en que había presionado a Via para que le contase quién le había encargado las armas.

Cómo se había plantado ante la reina, lo que le había dicho y cómo se había abalanzado hacia delante en el preciso momento en que esas dos lanzas caían sobre la espalda de ese hombre.

—Creo que no —dije despacio.

Me escudriñó por encima de las gafas, con las cejas enarcadas.

—Que crees que no...

—Creo que eres mejor que eso.

Tardó un poco en reaccionar, con una risa discreta, por lo bajo. Volvió a centrarse en el libro y, mientras pasaba la página, dijo:

—Pues gracias, porque no es algo que piense mucha gente.

Y después volvimos a sumirnos en un silencio sereno y cómodo.