17 #2
Se lo pensó un poco, como si estuviera decidiendo si aceptaba mi desafío.
Luego su mirada recelosa dio paso a una chispa concentrada y supe que había conseguido picarlo. Se apartó un poco a una zona despejada, hasta que el agua le llegó por la cintura en vez de por el pecho, y plantó las manos estiradas sobre la superficie vítrea.
Al principio no pasó nada, pero después el agua empezó a borbotear a su alrededor, cada vez más rápido, como si rompiera a hervir.
O...
Me vino a la cabeza una imagen particularmente infantil que se negaba a desaparecer. No pude evitarlo. Arrugué la nariz.
—¡Max! —le susurré horrorizada—. ¡En Threll, es de muy mala educación hacer eso delante de la gente!
Me miró confundido durante un segundo. Entonces cayó en la cuenta y apretó fuerte los labios, que formaron una línea recta.
—Tisaanah... Que los Ascendidos me asistan, ¿acabas de hacer una broma de pedos?
Me quedé allí plantada, arrugando la nariz, sonriente.
Serel y yo habíamos llegado a dominar ese tipo de humor inmaduro, y hasta aquel instante no había sido consciente de lo mucho que lo echaba de menos. Lo de bromear aunque fuera con torpeza.
Max torció la boca, primero el lado izquierdo y luego el derecho. Después, de pronto, soltó una carcajada descontrolada. Entonces caí en la cuenta de que nunca lo había oído reír, salvo algún que otro resoplido mordaz o un bufido sarcástico.
Y, la verdad, era algo a lo que podía acostumbrarme.
—Perdona, es que no me he podido contener —le dije, aunque fuera mentira.
Meneó la cabeza y su risa fue remitiendo.
—No sé qué me impresiona más, si que hayas hecho un chiste o que sea más propio de una cría de cinco años. Y ahora que te has desahogado, ¿me dejas que me centre? —dijo, y frunció el ceño muy serio.
El borboteo se hizo más intenso. De pronto, emanó de la superficie del agua un muro de vapor que me cegó temporalmente con una cálida luz gris.
Poco a poco, fue disipándose la nube. Me llevó un momento digerir lo que estaba viendo: una serpiente inmensa tallada a partir de la bruma.
La víbora ascendía sin parar y yo, estirando el cuello, seguí, fascinada, su rostro espectral.
Entonces la serpiente se abalanzó sobre mí, envolviéndome con un calor húmedo, para después lanzarse al cielo. Casi la habían absorbido las nubes cuando por fin se diluyó en centenares de maripositas, y yo no pude contener la sonrisa. Debía de verse desde muy lejos.
Cuando volví a mirar a Max, el sudor le brillaba en la piel. Sumergió la cabeza en el agua y salió de golpe, apartándose el pelo de la cara.
—¿Y ya está? —le dije con desenfado—. Es todo como muy... teatral.
Vale, me había impresionado.
—Hoy no paras de hacerme reproches —me contestó, satisfecho de sí mismo aunque intentara disimularlo—. No recuerdo haberte dicho que podías parar.
Conseguí hacer una mariposa con unas alas tan exquisitas que eran transparentes y sonreí para mis adentros.
—Bien —dijo Max con una cabezada de aprobación. Luego se puso un poco más serio—: ¿Te encuentras mejor hoy?
Había conseguido distraerme lo suficiente para olvidar los acontecimientos del día anterior, al menos durante unos minutos. Al pensarlo, me sonrojé de vergüenza.
—Sí.
—Lo estabas pasando mal.
No era una pregunta, claro que no. Debía de haber sido evidente lo mucho que me sobrepasaba todo aquello, la forma en que me ahogaban aquellas emociones.
—Ayer sentí demasiado —dije en voz baja—. Los pensamientos de la gente, del noble, de la reina... Demasiado.
Hasta me costaba reconocer en voz alta mi vulnerabilidad.
Pero Max suavizó el gesto y, con una ternura que me sorprendió, me preguntó:
—¿Sueles tener problemas cuando hay muchas personas?
Pensé en el día en que conocí a Serel, cuando había sentido que me asfixiaban las emociones de los esclavos de aquel foso. Una tortura. Una verdadera tortura.
—A veces —admití.
—Es un problema corriente en los valtainos —me dijo—.
Te he traído aquí por otra razón. Al principio, no tenía claro cómo iba a ayudarte con esto.
A fin de cuentas, es algo que me resulta completamente ajeno —añadió, pasando los dedos por la superficie del agua y produciendo pequeñas olas—.
Pero, como valtaina, eres sensible a lo que liberan al mundo las mentes, a todas esas... ondas.
Viéndolo mover las manos por la superficie del lago, caí de pronto en la cuenta de algo.
—Como el agua...
—Eso es —me dijo con una leve sonrisa—. La naturaleza y el grado en que lo siente e interpreta cada valtaino en particular son muy distintos, como habrás observado ya, pero ahora sabemos cómo te afecta a ti.
—Las emociones —respondí.
—Suelen ser moderadas, en lo que respecta a las habilidades mentales de los valtainos.
Cuando se trata solo de unas cuantas, no hay motivo de preocupación.
—Como para demostrármelo, sumergió las yemas de los dedos en el agua y produjo unos delicados círculos en la superficie—.
Pero cuando te enfrentas a una perturbación grande...
Levanté las manos y las bajé con violencia, salpicándonos de agua a los dos.
Hizo una mueca.
—Justo eso —dijo, señalando la superficie, que de pronto agitaban centenares de ondas entremezcladas.
Claro, era demasiado, todas aquellas olas de sentimiento chocando unas contra otras hasta dejarme la cabeza tan agitada como estaba el agua ahora.
Y esa era precisamente la sensación que tenía: que todo lo que antes eran olas y ondas claras, fluidas y definidas, se había convertido en un amasijo de movimiento.
—En Ara, es una aptitud universal y necesaria saber blindar tus pensamientos todo lo posible —continuó Max—.
Hay mucho valtaino suelto y nadie, sea mago o no, quiere que le hurguen en la cabeza.
Yo siempre lo he visto como levantar un muro o, por seguir con la metáfora del agua, una presa —añadió, señalando al otro lado del embalse, donde se extendía hacia el centro una antigua barrera de piedra, medio derrumbada ya, que quizá en su día (hacía ya mucho, a juzgar por su estado) hubiera sido una especie de dique.
Pensé en la única vez que había intentado rozar siquiera los pensamientos de Max.
Lo que había hecho, fuera lo que fuese, había funcionado—.
Pero seguramente vas a necesitar algo más...
sofisticado —prosiguió—. Debes filtrar lo que entra y lo que sale.
Me vino a la memoria un antiguo recuerdo, de mi madre y yo arrodilladas a la orilla de un arroyo enfangado, con la sed arañándonos la garganta. Ella sostenía en las manos un paño fino y delicado y juntas colábamos el agua por él hasta que salía limpia.
—Como una estameña —murmuré.
Esbozó una sonrisa.
—Como una estameña.
Cerré los ojos y me lo imaginé, imaginé que cubría mis pensamientos con un paño y levantaba una barrera entre el mundo y yo. El tenue eco de la compañía de Max se hizo más lejano, igual que la presencia vibrante de los pajarillos y los peces. Notaba la cabeza más tranquila.
Levanté aquel paño y sentí cómo cobraban vida de nuevo aquellas pequeñas consciencias. Volví a bajarlo.
Noté que asomaba a mis labios una sonrisa.
—Te llevará un tiempo dominarlo, como casi todo —me dijo Max—. Y seguramente nunca vas a poder filtrarlo por completo.
—Mejor —contesté, e iba en serio.
No quería desconectar del todo de esa parte de mí misma aunque me costara.
Por mucho que me doliera sentir el peso abrumador de las emociones de aquellos esclavos en el mercado hacía años, su dolor ya era mío y no quería darle la espalda.
Ni al miedo, la angustia y la rabia que había sentido el día anterior...
Miré entonces una pequeña cascada que había más allá de Max. Los regueros de agua que corrían por las piedras me recordaron tanto a la sangre de la escalinata de palacio que me costaba respirar.
Max me siguió la mirada y palideció un poco. Supe que los dos estábamos pensando en lo mismo.
—Hay muchas cosas que debo saber —le dije en voz baja, y él volvió a mirarme a los ojos con cara de resignación.
Suspiró.
—Supongo que sí.