Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 17
24%

17

Las ojeras de Max a la mañana siguiente me indicaron que había dormido casi tan bien como yo, y su absoluto silencio, que no tenía interés alguno en hablar de lo sucedido el día anterior.

Yo tenía muchísimas preguntas, sobre la guerra, sobre su familia, sobre el padre de la reina, pero había pasado tiempo suficiente leyendo el pensamiento a los demás y aprendiendo a gestionar mis interacciones con ellos como para saber que preguntar directamente no era la mejor forma de averiguar lo que me intrigaba.

Así que, satisfaciendo su petición velada, me quedé sentada en silencio y contemplé por la ventana, con los ojos cansados, cómo se alzaba el sol por encima del horizonte.

Tampoco me costó. Me sentía como si me hubiera pisoteado una veintena de caballos.

Estábamos en pleno desayuno cuando se abrió de golpe la puerta y apareció por ella un Sammerin nada contento.

—Ya me han contado que ayer tuviste un día de lo más emocionante —dijo con calma a modo de saludo. Max masculló algo ininteligible—. Tienes suerte de seguir vivo.

—Sí, una suerte que no veas.

Sammerin le dedicó una mirada fría y dura, una de esas que se lanzan los amigos que se conocen lo bastante bien como para hablarse sin palabras.

Max se encogió de hombros.

—Es una cría —continuó Sammerin—. Tendrías que haberte controlado.

Al oír aquello, me subió la bilis, asaltada por el recuerdo de la sangre cayendo por la escalinata.

—¿Una cría? —solté, con la voz áspera de agotamiento, como si el dolor de cabeza se me estuviera traspasando a la garganta—. ¡Mató a un hombre!

—Tampoco es el primero —replicó Max con desdén—. Alguien tenía que decirle algo.

—Muy noble por tu parte —terció Sammerin, y dejó escapar un suspiro imperceptible salvo por la forma en que descargó los hombros—. Si Tare le llega a indicar otra cosa, habría sido tu cadáver el que habría hecho rodar de un puntapié por esa escalinata.

Max rio con amargura.

—Tienes razón. ¿Quién habría dicho, hace años, que Tare iba a tener tantísimas vidas en sus manos? ¡Tare! —Meneó la cabeza—. ¡Por los Ascendidos a los cielos! ¡Qué tiempos estos!

—¿El valtaino que la acompañaba? —pregunté. También Max lo había llamado por su nombre el día anterior, recordé de pronto—. ¿Lo conocéis?

—Las Órdenes son incestuosas —contestó—. Ahí todo el mundo se conoce, más que nada porque todos han follado con todos o han intentado joderles la vida. En ocasiones las dos cosas, incluso a la vez.

—¿Incestu...?

—Me refiero a que... —Frunció el ceño y luego negó con la cabeza—. Da igual.

Sammerin suspiró.

—Ándate con cuidado, Max. No tendrás muchas más oportunidades como esa.

Max suavizó un poco el gesto.

—Lo sé. —Luego se puso en pie y se volvió hacia mí—. ¿Estás lista?

Lo miré extrañada, intentando aclararme las ideas.

—Estás hecho un asco, pero no te parece motivo para hacer un descanso, ¿no? —Había dado por sentado, a la vista del mal humor de Max, que iba a practicar sola ese día, pero aquello fue una sorpresa agradable—. Si tú puedes, yo también.

Una sonrisa de satisfacción le frunció el rabillo de sus ojos.

—Así me gusta. Discúlpanos, Sammerin, pero tenemos trabajo. Además, seguro que Moth está destrozando algo mientras hablamos.

—Probablemente —masculló Sammerin, y miró al horizonte, como imaginando lo que se encontraría al llegar a casa.

Pobre Moth. Confiaba en que no hablaran de mí en esos términos.

Sammerin se acercó a la puerta, se detuvo un momento y se volvió hacia Max.

—Por cierto, ¿qué hacías tú en la ciudad?

—Recoger unas cosas en el taller de Via.

—¿Y después te quedaste por allí? Qué impropio de ti, Max.

El otro se encogió de hombros.

—Y mira lo caro que me ha salido. Lección aprendida.

—Ajá —dijo Sammerin, dedicándonos una de aquellas miradas suyas silenciosas e indescifrables, y salió por la puerta.

—¡Esto es horrible! —protestó Max, pasándose el brazo por la frente y poniendo cara de asco.

A mí también me lo parecía.

Daba la sensación de que el verano había llegado en cuestión de días. Yo estaba acostumbrada al calor, pero el de Ara era muy distinto, tan húmedo y pegajoso que no habría sabido decir si el pringue que me cubría la piel procedía de mí o del aire.

Con el cuello estirado, observé a Max, plantado en lo alto de un discreto montón de piedras, limpiándose el sudor de la cara y contemplando el lago que tenía a sus pies. El agua me azotaba los pies descalzos.

Al salir de la cabaña, nos había dado un bofetón de calor húmedo y Max había sentenciado de inmediato: «No estoy hecho en absoluto para esto».

Luego, tras meditarlo un momento, nos habíamos adentrado en el bosque bastante más de lo habitual.

Yo estaba chorreando y medio devorada por los insectos cuando llegamos a aquel punto: un claro del bosque en el que había un lago precioso de aspecto idílico.

Con una sola mano, Max se sacó por la cabeza la camisa empapada en sudor.

Mientras estiraba la espalda, las hojas de los árboles produjeron luces y sombras en los músculos de sus hombros.

Luego se agachó a darle una patada a la prenda, hecha un higo, para apartarla de su camino, y la brutal cicatriz que le cruzaba la espalda de extremo a extremo hizo pedazos aquellas delicadas sombras.

Lo miré más fijamente de lo que pretendía y me vinieron a la cabeza las palabras de la reina: «Maxantarius Farlione es prácticamente el único responsable del final de la Gran Guerra Ryvenai».

Aquel era un cuerpo capaz de hacer cosas lo bastante potentes como para poner fin a una guerra, para cometer actos que inspiraran reacciones tan intensas y dispares en las masas, la reverencia y la repugnancia que me habían recorrido como un rayo.

¡Por los dioses, me desbordaban las preguntas!

Max miró abajo unos segundos y se tiró desde las piedras en un salto fluido y elegante. Un segundo después, asomó la cabeza y la sacudió para apartarse el pelo mojado de la cara.

—Mucho mejor. Ahora, tú.

Miré al agua desde las piedras y reprimí el suspiro de incertidumbre que me brotaba de la boca del estómago.

Hice el mismo recorrido que él por el acantilado.

Luego me quité la blusa y el pantalón y me quedé en camisola y pololos, con los que enseñaba bastante menos que con muchas de las prendas que llevaba a diario cuando servía a Esmaris, y ya entonces me daba un poco igual exponer mi cuerpo.

No es que ahora me diese vergüenza, solo que era muy consciente de la mirada escrutadora de Max.

Sin embargo, no era eso lo que me distraía mientras aguardaba al borde de la roca, mirando abajo.

Pasaron unos segundos.

—¿Te da miedo? —me preguntó por fin.

—No —mentí. —La roca no estaba muy alta—. Hay... muy poca agua en Threll —añadí vacilante.

—¿No sabes nadar?

Cuando por fin me atreví a mirar a Max, vi que estaba reprimiendo una sonrisa risueña.

—Te prometo que no voy a dejar que te ahogues. Salvo que prefieras no saltar, claro.

—Pues claro que voy a saltar —contesté, como si insinuar cualquier otra cosa fuera un auténtico disparate.

Y entonces, sabiendo que aquel tonillo implicaba que debía seguir adelante...

Cerré fuerte los ojos y un segundo después estaba cayendo y cayendo, hasta que el agua me abofeteó. Luego me hundí, rodeada de frío y oscuridad.

El miedo se apoderó de mí mientras agitaba las extremidades. «¡Me has dicho que no ibas a dejar que me ahogara, capullo!», me dieron ganas de chillar, solo que no podía hablar, ni respirar, ni ver...

Hasta que sentí una fuerza que se materializaba debajo de mí, como si el agua misma me impulsara hacia arriba.

Asomé la cara por la superficie y espurreé tosiendo. Las manos se me dispararon al frente de forma instintiva, desesperada, e intenté agarrarme a Max o a cualquier cosa que me mantuviera a flote.

—Relájate, Tisaanah. Deja de moverte lo justo para sentirlo.

¿Sentirlo?

Y entonces lo noté: flotaba sola. El agua me empujaba por debajo, atrapándome y soportando mi peso. Doblé los dedos de los pies mientras la corriente me los acariciaba.

Me volví bruscamente hacia Max.

—¿Esto es cosa tuya?

—No —contestó satisfecho mientras se movía en el agua que ondeaba alrededor de sus hombros—. Es cosa tuya.

«¿Mía?».

Y justo entonces se agitó la corriente y caí. Esa vez Max alargó las manos para atraparme y me llevó hacia la orilla, hasta que sentí el alivio de la tierra mullida bajo los pies. Cuando saqué la cabeza del agua, me dio la tos.

Desagradable. Tremendamente desagradable.

—¿Estás bien? —me preguntó sin soltarme el brazo, como si temiera que fuese a alejarme flotando. Cuando asentí, dijo—: Mejorarás, o por lo menos lo controlarás mejor, seguro.

Removí el agua con la mano, observando mi piel moteada a través de la superficie pulsante. Quería que se moviera conmigo, y lo hizo, describiendo círculos alrededor de mis dedos. Sonreí complacida.

Ya había hecho truquitos con agua antes, en mis actuaciones, pero nada así.

—Te veo demasiado satisfecha contigo misma —me provocó Max—. Insisto: no controlas. Enséñame esas mariposas que tanto te gustan, a ver si te mereces esa sonrisita de suficiencia.

Le hice caso. Las primeras me salieron fatal, pesadas y chorreantes, pero enseguida empezaron a ser más delicadas, más controladas.

—Mejor —dijo—. Es como hablar otro idioma. En cuanto aprendes a pronunciarlo, te sale solo. Me intrigaba hasta dónde serías capaz de llegar.

—¿Tú sabes hacer esto?

—El agua no es un idioma que se me dé bien. Por norma general, el agua y el aire son los dominios de los valtainos, mientras que los solaris sintonizan más con elementos físicos como el fuego y la tierra.

Lo miré extrañada.

—¿En serio? ¿Nada con agua? —le dije como desafiándolo, porque, en todo el tiempo que Max llevaba instruyéndome, jamás lo había visto hacer magia propia y, después de lo del día anterior, sentía más curiosidad que nunca.

—Alguna cosa —contestó, mirándome como si supiera perfectamente qué me proponía yo. Siempre la misma mirada escéptica: aquellos ojos rasgados algo entornados y la boca fruncida de medio lado.

—¿Como qué?