Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 16
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Perpleja, miré de pronto a Max. ¿Por qué iba la reina a...?

—Acércate, Maxantarius.

Él masculló una sarta de barbaridades. Luego me soltó el hombro, dio media vuelta y se abrió paso hasta el frente de la multitud. Lo observé con el corazón encogido, incapaz de deshacerme de la sensación de que una sombra peligrosa se cernía sobre nosotros.

Mientras veía cómo se aproximaba a la escalinata, reparé de pronto en Nura, plantada a los pies de los escalones, con las manos a la espalda.

A su lado había varios miembros más de las Órdenes, todos ellos con la correspondiente insignia de la Orden de la Medianoche o de la Orden del Alba.

Solo percibí en el semblante de Nura un levísimo indicio de sorpresa.

La reina sonrió a Max.

—Me acuerdo de ti. Tengo muy buena memoria, ¿sabes?

¡Por los dioses, si es que era una cría!

Max no dijo nada. Le vi la espalda muy tiesa, los hombros muy rectos, las manos cruzadas al frente.

—Lord Savoi, ¿sabes quién es este hombre? —preguntó la reina.

—N-no, mi reina —tartamudeó el interpelado, volviéndose a mirar—. Me resulta familiar el apellido Farlione, pero...

—Maxantarius Farlione es prácticamente el único responsable del final de la Gran Guerra Ryvenai, en especial de nuestra victoria en la ciudad de Sarlazai.

Nadie hizo un solo ruido, pero la respuesta emocional que rasgó el aire fue tan explosiva que, por un instante, se me olvidó respirar, como si me estuvieran partiendo en dos, como si me debatiera entre la admiración estupefacta y la repulsión cáustica.

Contraje todos los músculos para poder mantenerme erguida.

Habría jurado que a Max le temblaban los hombros.

La reina lo contempló fascinada desde arriba unos segundos, y yo reconocí la expresión de su semblante, aquella sonrisa devota que yo misma había ensayado delante del espejo tantísimas veces a su edad. Luego se le agrió el gesto.

—Al terminar la guerra, te invitamos a palacio para honrarte como merecías, pero no viniste.

—Por entonces, solo tenías seis años, mi reina. Pensé que a esas horas ya estarías acostada.

Se produjo un suspiro colectivo, en que yo también participé.

Menudo imbécil. ¡Menudo imbécil! En Threll, una falta de respeto tan descarada podía costarle la vida a un hombre.

Lo que quedaba de la sonrisa de la reina se marchitó en las comisuras de sus labios.

—Dirígete a nuestra reina con respeto —bramó una de las guardias sin ojos, asiendo más fuerte su lanza.

Recordé vivamente el sonido del acero de Serel atravesándole el pecho a Esmaris y se me heló la sangre al imaginar aquel mismo crujido húmedo cuando la lanza atravesara a Max... Me dieron unas ganas irrefrenables de agarrarlo y llevármelo a rastras entre la multitud.

Max giró un poco la cara, lo justo para que le viera el perfil por encima de su hombro.

—Solo pretendía explicarme —le dijo a la reina, que frunció el ceño y después miró al valtaino, quien, a su vez, se quedó mirando a Max con el ceño igualmente fruncido—.

Ni se te ocurra, Tare —susurró furioso Max, pero el valtaino arrugó aún más la frente y Max se llevó a la sien los dedos doblados.

Cuando el valtaino miró de reojo a la reina y asintió con la cabeza, ella soltó un suspiro.

—Cuentas con mi indulgencia solo por todo lo que sacrificaste por mi padre —dijo con voz temblona.

Luego se dirigió a lord Savoi, que seguía arrodillado en la escalinata—: ¿Deseas mirar a los ojos a semejante sacrificio y mentirle a él también, lord Savoi?

Seguro que estás al tanto del destino de los Farlione.

Con todo lo que hizo por esta nación, Maxantarius, igual que yo, perdió a los suyos a manos de traidores como tú.

Tardé un momento en comprender aquellas palabras y, cuando lo hice, se me encogió el corazón.

Lord Savoi miró a Max.

—No miento —declaró suplicante.

La reina Sesri se volvió de nuevo hacia el valtaino, que negó con la cabeza, inmutable.

—¡Claro que mientes! —exclamó ella, cerrando el delicado puño—. ¿Por qué? ¡Con todo lo que me han arrebatado a mí esas mentiras! ¡A héroes como el capitán Farlione...!

—Para empezar, ya no soy el capitán de nada —la interrumpió la voz rabiosa de Max—, porque ya no pertenezco al Ejército. Y en segundo lugar...

La niña se quedó atónita, estupefacta.

—Dirígete a nuestra rein...

—Y en segundo lugar, mi reina —siguió Max—, lo que le ocurrió a mi familia fue una tragedia, no una proclama política.

Y por esto —continuó, haciendo hincapié en esa palabra— no es por lo que murieron los míos ni tu padre.

A él le avergonzaría ver que te sirves de su muerte para justificar semejante circo.

Por una décima de segundo, tuve claro que iba a ser testigo de la muerte de Max, hasta que Nura salió disparada del lugar que se le había asignado a un lado de la reina, se plantó delante de él y se hincó de rodillas.

—Por favor, perdónalo, mi reina. Lo que vivió y perdió durante la guerra aún le afecta y no ha recobrado la cordura. No sabe lo que dice.

Me imaginaba la cara que estaba poniendo Max ante tal insinuación.

—Sé perfectamente lo que digo —terció furibundo.

—Eso es lo que creen todos los locos —le dijo Nura a la reina, ignorando a Max.

—Sé perfectamente lo que digo y haré frente a las consecuencias si es necesario.

No me hacían falta mis dones particulares para detectar la amenaza de aquella afirmación.

Nura miró a Max como si de verdad hubiera perdido el juicio, y lo cierto es que yo también empezaba a planteármelo.

Los cuerpos gráciles de las encapuchadas comenzaron a desplazarse con movimientos minúsculos y letales, como felinos sinuosos.

La reina apretaba los labios con fuerza, le brillaban los ojos como de muñeca, le temblaban los puños a los lados. Su acompañante valtaino se movió por primera vez. Se adelantó y le puso una mano en el hombro, como diciéndole sin palabras: «No». Pero ella solo miraba a Max.

—No me puedes hablar así. Soy la reina. Mi padre se sentiría orgulloso de lo que he hecho para vengarlo.

—Tu padre...

—¡Basta! —lo interrumpió ella furiosa—. ¡Te...!

El valtaino la agarró más fuerte del hombro y se inclinó para susurrarle algo al oído. Luego se retiró y dejó a la reina Sesri allí plantada, con el pecho agitado y una encarnizada batalla interna librándose en su rostro.

—Sé que le salvaste la vida a mi padre —dijo al fin—, así que, en su memoria, te concedo clemencia, ¡por esta vez!

—Solté un suspiro estrangulado. Aunque la reina no había concluido—.

Pero ¡tú! —añadió, señalando a lord Savoi, todavía arrodillado en la escalinata—.

¡Tú eres un mentiroso! ¡Y un traidor! Y no pienso repetir los errores de mi padre.

—Por favor, mi reina —suplicó el noble, apoyando la frente en el suelo de piedra.

Le temblaba el cuerpo entero. Al mirarlo, un pánico que no me pertenecía me inundó las venas y se me empezó a nublar la vista.

—Sé que mientes, que conspiras...

—No mien...

—¡Sé que sí! —Le corrieron las lágrimas por las mejillas—. Soy joven, pero no ingenua ni débil.

—Por favor... —empezó a decir Max, lanzándose hacia delante con una mano tendida.

Pero entonces, tan rápido que pareció que su movimiento había hecho que el tiempo diera un salto, dos de las encapuchadas atravesaron con sus lanzas la espalda del hombre acobardado.

Todo el mundo enmudeció mientras su sangre se derramaba por los escalones dorados del palacio, cayendo en densas cascadas y formando un charco a los pies de Max.

Una de las encapuchadas usó la bota para extraer su lanza del cuerpo convulso de lord Savoi, a quien lanzó escaleras abajo.

—Que esto sirva de prueba —dijo la reina, aunque dudo que la oyera nadie.

Guardamos silencio mientras, acompañada de su guardia y su valtaino, ascendía por la escalinata, con aquel largo vestido rosáceo que arrastraba a su espalda.

En cuanto desaparecieron tras las puertas de palacio, me abalancé sobre Max, que estaba inmóvil, viendo cómo la sangre le empapaba las suelas de las botas. Noté que calaba en las mías también, aún caliente. Como lo había estado la de Esmaris y la mía propia.

Antes de que me diera tiempo a decir nada, Nura se volvió furibunda hacia nosotros, con aquellos ojos incoloros resplandecientes de fuego.

—Si tantas ganas tienes de morir, cuélgate de un árbol como cualquier otro desgraciado, porque yo no pienso volver a ponerme en una tesitura así por salvarte el pellejo.

Me sorprendió lo rápido que me vino a la boca una réplica mordaz. Tuve que morderme la lengua, recordarme que necesitaba el favor de Nura.

Max apenas se alteró.

—Tienes razón, Nura —dijo con desgana—. Debe de ser difícil de cojones ser tan altruista.

Luego se llevó la mano al bolsillo y sacó un trozo de pergamino, que desplegó despacio.

El rostro sin vida de lord Savoi, solo unos escalones más allá, miraba fijamente a algún punto por encima de mi hombro derecho. A nuestra espalda, la multitud empezó a disolverse.

—Max... —empecé, sin saber muy bien qué iba a decir.

Tenía muchas preguntas, pero me encontraba demasiado enferma para desenmarañarlas. Se me iba toda la energía en separar mis pensamientos de la bruma de los ajenos.

Max me miró, torció el gesto y se le formó una arruguita de preocupación en el entrecejo.

—Vámonos a casa.

Trazó con rabia dos líneas en el papel y el mundo empezó a marchitarse y disolverse a nuestro alrededor. Me aferré a su brazo, apretando los dedos al caer en la cuenta, sobresaltada, de que temblaba. O a lo mejor quien temblaba era yo.

Cuando llegamos a la cabaña, el silencio suave y melódico del jardín me resultó casi espeluznante. Max no dijo nada mientras nos dirigíamos a la casa a grandes zancadas. El mundo aún me daba vueltas y debió de notarlo, porque no se zafó de mi brazo.

Quería preguntarle si estaba bien, pero era una pregunta tonta, porque saltaba a la vista que no. Ni siquiera sabía si lo estaba yo.

—Tenías razón —le dije en cambio.

Me miraron aquellos ojos azules cansados.

—¿Qué?

—El hombre del loro... Que tampoco era tan raro.

Max soltó una carcajada furiosa por lo bajo y no volvimos a hablar.

Me había deshecho de las botas ensangrentadas y me había bañado varias veces, pero esa noche seguía sin oler otra cosa que la muerte ni ver más que ese rostro sin vida pegado a los escalones dorados. Además, el ruido había sido exactamente como lo había imaginado: carne y hueso.

La historia de Max en la guerra, en cambio, era más de lo que había supuesto. Y lo de su familia...

Su familia...

De pronto entendía mejor algunas cosas: su ostracismo, su escepticismo, su amargura...

Yo sabía que una tragedia así, fueran cuales fuesen las circunstancias, podía convertirse fácilmente en parte esencial de tu ser.

A mí me había pasado, solo que yo le prendía fuego y dejaba que me alimentara, pero bien podía haberme devorado viva.

Salí de la cama y me paseé nerviosa por mi cuarto, asomándome a la ventana para ver cómo la luz de la luna anidaba en los pliegues delicados de las flores.

Me miré las manos e hice que emanara de las yemas una fría luz de color azul.

Esta se plegó en forma de mariposa antes de que yo se lo indicase, pero una mariposa demasiado delicada, demasiado frágil.

Lo que hubiera pasado en la ciudad de Sarlazai me había conmocionado. En la vida había sentido una repugnancia tan grande ¡ni un odio semejante! Gracias a lo que hubiera hecho Max en la guerra, había ganado la corona, sí, pero a un precio muy alto.

Claro que la guerra era eso, ¿no? Apenas recordaba lo peor de las guerras threllianas, pero sabía que hasta las victorias nyzerenses habían causado muchas pérdidas.

Mi recuerdo más vívido de la época anterior a la caída del senado de Nyzerene era el de asomarme a la alcoba de mis padres por la noche y ver a mi madre llorando en brazos de una tía o algún amigo de la familia al que yo ya había perdido la pista.

Ahora ni siquiera recordaba quién había muerto, pero lo que no olvidaría jamás sería esa clara confusión.

Aquel día estuvo repleto de celebraciones: más comida de la que nos habían permitido en meses y el mismísimo Strategasi subiendo al balcón del capitolio para hablar de nuestra valiente y aplastante victoria sobre los ejércitos threllianos en no sé qué frente de batalla, elogiar nuestro honor y nuestra esperanza, y asegurarnos que el triunfo y la paz eran inminentes.

Yo tenía cinco años y estaba emocionada solo de poder beber leche y comer pastelitos hechos con azúcar de verdad.

No reparé en el silencio de mi madre ni en sus sonrisas forzadas.

Y esa noche, cuando la vi llorar, no lo entendí.

El Strategasi decía que habíamos ganado, ¿no era eso motivo de alegría?

Entonces era demasiado pequeña para saber la verdad: que una victoria implicaba la derrota de otros, y a veces la propia; que ganar conllevaba sacrificios, y a veces unos que nuestro propio pueblo no estaba dispuesto a hacer; que, en la guerra, siempre pagaba alguien.

Pensé en la reina, en todas aquellas armas apiladas en el taller de Via, en la emoción de la multitud.

Si llegaba la guerra a Ara, ¿qué iba a ser de mí? ¿Me iba a quedar otra alternativa que emplearla para consolidar mi posición y utilizar después esa posición para aliviar el prolongado sufrimiento de mi propio pueblo, de los que lo habían sacrificado todo por mí?

Mi mariposa se marchitó, como si la consumieran las llamas.

Confiaba en no tener que tomar esa decisión, quizá porque sabía qué iba a elegir, y me odiaba por ello.

Volví a la cama y me quedé mirando al techo. El sueño me huía, pero cerré los ojos de todas formas. En la oscuridad, vi la escalinata de palacio, a la reina, la espalda de Max.... Me asaltó el recuerdo borroso del llanto de mi madre. Vi caer la sangre por aquella escalinata una y otra vez.