15 #3
Llegué justo a tiempo para ver bajar a las primeras figuras.
Eran ocho, vestidas completamente de negro, con pantalones ajustados, chaqueta larga y capucha que les tapaba el pelo.
Toda esa oscuridad quedaba resaltada por los detalles dorados de la botonadura de los uniformes, los fajines anchos que les envolvían la cintura y, sobre todo, las lanzas largas y afiladas que llevaban cruzadas frente al cuerpo. Eran todo mujeres, observé de pronto.
—¡Por los Ascendidos, Tisaanah! —Di un respingo, sobresaltada, cuando Max apareció a mi lado—. ¿No decías que «Como me pierda, ya no me vuelves a encontrar»?
Tenía suerte de pillarme demasiado distraída para que me ofendiera con su imitación de mi acento.
—Pero me has encontrado, ¿no? —repuse con desdén.
—Me ha costado. Este sitio es un caos. Vámonos.
Uno de aquellos rostros encapuchados se volvió de repente hacia mí. Se movía como un pájaro, dando saltitos raros y abruptos. Tuve que contener un aspaviento.
Al principio, la sombra de la capucha les oscurecía tanto la cara que no me había dado cuenta, pero luego...
—No tienen ojos —dije con voz áspera.
En las cuencas había solo un par de cicatrices perfectas y sonrosadas. Y, aun así, nos miraba directamente...
—Hemos visto esas... —No me salía la palabra en arano para lanza —. Esas cosas con punta. En el taller de Via. ¿Las ha hecho ella? —Cuando me volví a mirarlo, lo vi tan espantosamente pálido que me detuve en seco—. ¿Te encuentras bien?
—Vamos a...
Un suave murmullo recorrió la multitud y sentí que su emoción y su miedo me calaban los huesos, se propagaban por mi interior e inundaban mis pensamientos, ahogándome momentáneamente.
Tuve que hacer un esfuerzo por salir a la superficie de mi propia mente y obligarme a observar hasta el último detalle de aquella procesión.
Una mancha de oro y coral descendió los escalones: un pelo largo decolorado por el sol y un vestido rosa que arrastraba tras su portadora.
La incredulidad me dejó pasmada, pero no cabía duda de a quién tenía delante.
Si me hubiera quedado alguna, la delicada corona que presidía aquella cascada de pelo la habría disipado.
—¿Esa es la reina? —jadeé.
—Sí.
—Pero ¡si es una cría!
—Así es —masculló Max.
La reina Sesri no debía de tener más de trece años, como mucho.
Sus mejillas rechonchas permanecían inmóviles y sus inmensos ojos no pestañeaban, todo ello le daba el aspecto de una muñeca de porcelana.
El vestido engullía su minúscula figura, envolviéndola en capas y más capas de gasa y tul.
A su lado iba un hombre valtaino vestido con un traje blanco sencillo pero exquisito.
Se detuvo justo detrás de ella y, pasándose una trenza de perfecto pelo plateado por encima del hombro, estudió a la muchedumbre con absoluto estoicismo.
Las ocho soldados encapuchadas se retiraron y se obligó a arrodillarse en la escalinata a un hombre corpulento y muy bien vestido.
—¡Mierda! —masculló Max—. ¿Ahora hace estas cosas en público?
Aumentó la tensión entre los presentes y, durante un instante terrible, olvidé quién era, arrollada por las emociones desbordantes de los demás. Estuve a punto de doblarme de dolor, pero volví tan pronto y de repente a mi propio pensamiento que fue como si me hubiera dado de bruces contra un muro.
«Céntrate, Tisaanah. Céntrate».
La reina abrió la boca y el silencio cayó sobre la multitud, como si un manto la ahogara.
—Lord Savoi, has venido a dar testimonio ante tu pueblo. Aun mirando a los ojos de aquellos a quienes traicionas, ¿sostienes tu inocencia?
—No albergo intenciones traicioneras, mi reina —contestó el hombre.
Solo la leve vacilación al final de la frase puso de manifiesto su miedo, pero yo lo podía saborear, me lo notaba en la piel, fundiéndose con la tensión vibrante de la multitud.
La reina se volvió a mirar al valtaino que tenía al lado, que negó discretamente con la cabeza.
—Mientes —le dijo al reo—. Sigues mintiendo.
—No miento, mi reina. No.
«Voy a morir, voy a morir, voy a morir».
Me llevé los dedos a las sienes y exhalé con brusquedad entre los dientes.
—¿Todo bien?
El aliento de Max en el oído me sacó del trance. Asentí con la cabeza, aunque era consciente de que me estaba apoyando en él más de la cuenta.
—¡Mientes! —bramó la reina—. Nos mientes a todos.
Esas intenciones traicioneras han matado a muchos, no solo a mi padre.
Seguro que los tuyos lo recuerdan —añadió, señalando a los congregados.
Yo noté cómo les recorrían los recuerdos, cómo me recorrían a mí: destellos de sangre y acero, el sabor a hierro del pánico...
El rostro sin ojos de la encapuchada se volvió de nuevo hacia nosotros. Max me agarró suavemente del hombro con la otra mano.
—Vámonos de aquí.
El guardia se dobló por la cintura y susurró algo al oído a la reina.
Asentí, di media vuelta con Max y empezamos a abrirnos paso entre la muchedumbre...
Pero entonces resonó la voz de la reina.
—Maxantarius Farlione.
Max se detuvo en seco.
—Joooder...