15 #2
Aquella sala era lo opuesto a la estancia diáfana y polvorienta de la que veníamos, en todos los sentidos: organizada con meticulosidad, con dos mesas lisas y despejadas en el centro, encaramadas sobre estantes perfectamente ordenados...
Las paredes estaban forradas de armas: espadas, cuchillos, lanzas, cimitarras, puñales...
, y muchas otras que no se parecían a nada que yo hubiera visto en mi vida.
Eran todas de una hermosura innegable y letal, y su oro, su plata y su acero resplandecían a la luz titilante del fuego.
Via cerró la puerta al entrar y empezó a hurgar en un armarito de un rincón. Yo recorrí las paredes, examinando las armas. Observé que algunas parecían extraña e intencionadamente incompletas. Me detuve delante de una espada que tenía el centro hueco y unas delicadas volutas labradas en la hoja.
¿Serían decorativas? ¿O tendrían alguna finalidad?
—¿Por qué son así? —pregunté, señalando una.
Via me dedicó una sonrisa tan afilada como sus armas.
—Para que los magos se diviertan más con ellas.
O sea, que el hueco del centro era para magia... Interesante. Me acerqué un poco más y escudriñé los grabados.
—¿Te gusta?
—Es preciosa. —Una verdad innegable—. Pero no basta con que sea preciosa. Debe ser a la vez bonita y...
No me salía la palabra, pero me la sopló Max:
—Funcional.
—Eso —dije yo—: bonita y funcional.
Via soltó una carcajada, grave y suave.
—Mi obra siempre es funcional, te lo aseguro.
Cuando me di la vuelta de nuevo, Max estaba inclinado sobre uno de los bancos de trabajo, cogiendo el arma a medio fabricar que había en él.
—¿Estás aceptando encargos? —preguntó, sin disimular su desaprobación.
Via salió de la despensa cargada de botellas y cerró la puerta de un codazo.
—No sabes lo que me gusta que vengas aquí a criticar todo lo que hago. Deja eso, anda, que no está acabado.
Max obedeció, pero siguió contemplando el arma con la nariz fruncida de desagrado.
—¿Estas son las que te encargó la Guardia?
—De alguna forma tendré que ganarme la vida...
Posé los ojos en unos cajones de madera apilados en un rincón. La tapa del de más arriba estaba torcida y se veía en su interior un montón de acero refulgente. Habría cerca de un centenar de armas en aquellos cajones, si estaban todos llenos.
Max me siguió la mirada.
—¿Y el negocio va bien?
—El negocio es solo mío. Bueno, ¿quieres esto o no? —le dijo, señalando las botellitas de cristal de la mesa.
Me situé al lado de Max, junto a la mesa. Todos esos frasquitos contenían un líquido negro y, pese a eso, parecían extrañamente coloridos, porque atrapaban destellos de azul, morado o naranja cuando la luz titilaba de la forma adecuada.
Max los observó un momento y luego eligió tres: uno tan negro que parecía engullir la luz por completo, otro que tenía un brillo morado y, por último, uno que producía destellos anaranjados, como si reflejara llamas aunque no fuera así.
—Escoge uno —me dijo entonces.
—¿Qué son?
—Será más divertido si no lo sabes.
—¿Divertido para mí o para ti?
Via rio.
—Buena pregunta.
Max esbozó una sonrisa pícara y le brillaron los ojos.
—Según el que escojas.
Estudié la mesa y clavé los ojos en uno de color burdeos que producía destellos de un rojo más intenso.
Me recordó las salpicaduras de mi sangre en la chaqueta carmesí oscuro de Esmaris, tanto que solo verlo me despertó cierta rabia.
Pero la rabia era buena. Era mejor que el remordimiento.
Para empezar, la rabia era un recordatorio de por qué estaba haciendo todo aquello.
—Este —dije, y le pasé el frasquito a Max, que lo sostuvo en alto para estudiarlo un segundo y frunció el ceño, pero se lo guardó en la chaqueta sin añadir nada.
—Con eso nos basta —le dijo a Via, que recogió los frasquitos y los metió de nuevo en el armario.
Luego nos acompañó a la puerta. Max le puso un puñado de monedas en la mano.
—No valen tanto —dijo ella, guardándoselo de todas formas.
—Así tienes que hacer menos encargos.
—Típico idealismo de rico —repuso ella, guiñándole un ojo. Luego me miró—. Encantada de conocerte, Tisaanah. Seguro que volveremos a vernos.
Y desapareció entre las sombras polvorientas de su casa.
Max y yo enfilamos aprisa la calle por la que habíamos llegado.
Volvimos a cruzarnos con el tipo del abrigo verde y el loro, y esa vez no me pude resistir.
Me detuve en seco, me di la vuelta y retrocedí hasta él.
El hombre me dedicó una mirada serena a través de las gafas y yo le regalé mi sonrisa más encantadora.
—Tengo que preguntarle si se ha comprado el abrigo a juego con el pájaro o el pájaro a juego con el abrigo.
El hombre cabeceó muy serio, como si acabaran de hacerle una pregunta importantísima, y su voz reflejó aquella gravedad cuando se inclinó para susurrarme al oído la respuesta.
Mientras apretaba el paso para dar alcance a Max, me sentí a la vez ilustrada y satisfecha, y una sonrisa me tensó las mejillas.
—¿Qué te ha dicho? —quiso saber Max.
—Es un secreto —le respondí, llevándome un dedo a los labios.
Al llegar a las calles principales, cruzamos la ciudad por una ruta distinta y Max me llevó por avenidas anchas y coloridas.
Ya estábamos muy cerca del palacio. Por los huecos que quedaban entre los edificios, se veía la escalinata dorada que conducía a la entrada.
En las aceras se alineaban los puestos del mercado, desde los que se pregonaba la venta de fruta, de baratijas o de joyas ostentosas.
Había menos gente que cuando habíamos llegado, pero aún me costaba acomodarme a la cantidad de personas que me rodeaban.
—¿Buscas algo? —le pregunté a Max, que se detuvo a observar un libro antiquísimo en uno de los puestos.
—No en particular.
Acaricié con los dedos un puñal adornado de pedrería. Bonito, pero hasta a mí me parecía de juguete. Nada que ver con las herramientas elegantes que tenía Via en su tienda.
—Los frasquitos... —dije, señalando los bolsillos de Max—, ¿son armas?
—No exactamente.
—¿Via está haciendo todas esas armas para la guerra?
—Es preferible que no hablemos de eso aquí —me contestó, mirando nervioso a un lado y a otro.
Pero antes de que me diera tiempo a responder unas cornetas rasgaron el aire, ahogando hasta las voces más bulliciosas. Prácticamente todo el mundo de la abarrotada calle enmudeció de golpe y todas las cabezas se volvieron hacia el palacio con una sincronía rayana en lo espeluznante.
—Mierda —susurró furioso Max.
Me volví para mirar hacia la escalinata que conducía a las puertas del palacio y ver la procesión de figuras que descendían los peldaños. Me pudo la curiosidad y, sin darme cuenta, me dejé llevar.
No sabía nada de la política de Ara, algo que tendría que arreglar, porque fuera lo que fuese lo que estaba ocurriendo allí arriba parecía importante.
—Tisaanah...
Apenas oía a Max mientras me colaba entre la muchedumbre y me abría paso hacia el frente del grupo con los ojos clavados en la escalinata.