Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 15
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Cuando terminamos de desayunar, Max me llevó afuera y yo lo agarré del brazo mientras él desplegaba un trocito de pergamino.

—¿Un estratagrama? —pregunté.

—Sí. De otro modo, tardaríamos un día entero en llegar.

—¿Cuándo vas a enseñarme a usarlos?

Me miró con una ceja enarcada.

—Estoy empezando a pensar que eres de ideas fijas.

—Tengo todo tipo de ideas —repliqué, como si supiera lo que había querido decirme.

—No lo pongo en duda.

Observé sus manos mientras dibujaba un círculo, luego una línea, después otra...

Se me alborotó el corazón y apreté los dedos en torno a su brazo de forma inconsciente.

—¿Es alucinante? —susurré, casi sin darme cuenta.

—Ah, no, es horrible —replicó Max—. Te va a encantar.

Trazó la última línea del estratagrama y el mundo se hizo mil pedazos.

Aunque esa vez ya me lo esperaba, cuando aterrizamos en la capital me sorprendí aferrada al brazo de Max aún más fuerte que cuando nos habíamos ido.

Perdí el equilibrio y me agarré a su hombro, porque el suelo se elevó de pronto hacia mí.

Durante unos segundos terribles, mis sentidos se diluyeron en tonos grises.

Luego fui recuperándolos uno a uno, primero el oído.

Concretamente, el sonido de Max riéndose de mí.

Me solté.

—¿Estás bien?

—Sí —respondí demasiado rápido.

Nos encontrábamos en un rincón de una bulliciosa plaza adoquinada.

Los edificios punteaban las calles estrechas, pegados unos a otros como baldosines.

Hasta los más pequeños tenían elementos decorativos: leones de piedra vigilando desde los marcos de las puertas o enredaderas labradas con delicadeza por los alféizares.

Y la gente... ¡Había gente por todas partes!

Vestida con todo tipo de atuendos, desde ropa de trabajo desgarrada hasta vaporosos vestidos de gasa.

Personas de todos los colores y edades, tan pegadas unas a otras que se rozaban los hombros.

Si las multitudes incomodaban a alguien, no se notaba.

Miré más allá para ver el palacio, que se alzaba imponente, con esos chapiteles afilados como cuchillos —que impresionaban aún más desde allí abajo—, seccionando la leve bruma del neblinoso cielo de la costa.

Justo detrás, las dos torres se levantaban hasta las nubes en sendas columnas etéreas de oro y plata.

Abrí la boca para hablar, pero había olvidado momentáneamente mi nueva lengua. Las palabras se disolvieron en algún lugar entre la admiración por la magnitud de todo aquello y el pánico que me invadió el pecho ante tanta abundancia. Nunca había estado tan cerca de tanta gente a la vez. Jamás.

—Ya... —protestó Max, leyéndome la expresión—. Por eso no vengo aquí. Por eso y porque, en una ciudad de varios cientos de miles de habitantes, es cuestión de tiempo que termines tropezándote con alguien con quien no te apetece hablar.

Su mirada se perdió entre la multitud y me pregunté si ya se habría topado con esa persona. Seguramente había muchas con las que a Max no le apeteciera hablar.

—No estoy hecho para esto. Vámonos de aquí. Por los Ascendidos, no recordaba que esta plaza fuese tan horrible.

Empezó a abrirse paso entre la muchedumbre.

Mientras avanzábamos por aquel mar de personas, enhebré discretamente el brazo con el suyo.

Lo hice por razones puramente prácticas, pero la cara de sorpresa que puso me pareció tan deliciosa que me arrimé un poco más solo por ver cómo reaccionaba.

Era la primera vez que le veía una expresión que no fuera de fastidio descarado o de autosuficiencia engreída.

—¿Qué? —le dije sonriente—. Como me pierda, ya no me vuelves a encontrar.

Para mi decepción, su cara de asombro se desvaneció tan rápido como había aparecido. Se limitó a decirme con los ojos entornados:

—A veces eres muy poética sin pretenderlo.

—O pretendiéndolo —repliqué con frialdad.

No era cierto, pero él no tenía por qué saberlo.

La muchedumbre fue menguando cuando bordeamos la plaza y nos desviamos por una callejuela tan estrecha que desaparecimos en las sombras de los edificios de ambos lados.

Según avanzábamos, las construcciones eran diferentes, menos impecables y algo menos rectas.

También era distinta la gente con la que nos cruzábamos: cada vez se veían menos vestidos elegantes y más hombres desaliñados, inclinados sobre caballetes, o mujeres vestidas de colores vivos cuidando de sus flores.

Un tipo con el que nos cruzamos llevaba un abrigo verde esmeralda que casi rozaba el suelo y, al hombro, un loro exactamente del mismo color, ¡un loro!

Al verlo, me volví enseguida hacia Max con una sonrisa.

—¿Has visto es...?

—No es lo más raro que vas a ver hoy en esta ciudad —me respondió antes de que terminara la pregunta, y una sonrisa divertida le frunció el rabillo de los ojos.

Se soltó de mi brazo. Cuando bajé las manos a los lados, me sentí rara y me sorprendió lo mucho que lo echaba de menos.

—Es aquí —dijo, dándose la vuelta hacia un escaparate diminuto.

A simple vista, la tienda parecía cerrada. Unas cortinas polvorientas tapaban el ventanal de vidrio, y el soporte del rótulo que había encima estaba vacío. Aun así, no dudó un segundo en abrir la puerta y dejarme pasar primero.

Los tacones de mis botas resonaron en el suelo de madera escasamente iluminado y el eco rebotó hasta acariciar las vigas que cruzaban el techo alto. La luz se colaba por los ventanales sucios, atrapando el polvo suspendido en el aire como niebla.

El establecimiento era espacioso y estaba prácticamente desierto.

Al principio, pensé que estaba desocupado...

, hasta que miré al fondo, donde el vacío y las sombras frías daban paso a un rincón más acogedor.

Allí había unos sofás y sillones ostentosos, salpicados de toques de color y dispuestos en ángulos arbitrarios.

Entre ellos vi una mesa alargada de madera, sucia y llena de resplandecientes piezas metálicas.

Esparcidas por aquellos muebles se veían, además, lienzos y esculturas, rostros, manos y ojos que nos miraban fijamente.

Y en medio de todo aquello, dos personas.

Una de ellas, una mujer bajita que vestía una blusa blanca suelta salpicada de pintura y un pantalón corriente, se volvió hacia nosotros al oírnos entrar.

Me miró primero a mí, y parecía a punto de decirme adónde ir, a ningún sitio bueno.

Luego entró Max y a la mujer se le iluminó el rostro.

—¡Max! Me preguntaba dónde andabas. Empezaba a pensar que más me valía deshacerme de todo lo que te tenía reservado.

—¿Cosas divertidas o cosas de trabajo?

Cuanto más nos adentrábamos Max y yo en aquel saloncito, más me costaba apartar los ojos de las esculturas que nos rodeaban.

Eran grotescas y hermosas al mismo tiempo.

Una de ellas constaba de montones de manos nudosas, sueltas, tendidas hacia un punto invisible.

Algunas de las menos perturbadoras me recordaban a las que forraban las estanterías de la cabaña de Max.

La mujer sonrió, echándose un mechón de pelo largo y cobrizo por encima del hombro.

Todo en ella denotaba pereza, como si se hubiera levantado de la cama con ese mismo aspecto.

Y, aun así, resultaba indudablemente cautivadora.

No era guapa en el sentido convencional, pero tenía unos rasgos fuertes y afilados, casi tan impresionantes como sus esculturas.

Las manos estaban cubiertas de un polvillo blanco, que le manchó el pelo cuando se lo pasó por detrás de la oreja.

—De las dos —contestó ella, y luego me miró—. Tú debes de ser Tisaanah, la famosa aprendiz. —No sé si me gustaba que me describieran en aquellos términos. Max enarcó una ceja, a modo de pregunta velada—. Me lo ha contado Sammerin —añadió la mujer.

—Menudo chismoso —masculló Max—. Tisaanah, te presento a Via.

La saludé, aunque aún estaba visiblemente distraída.

Estudié el trozo de mármol que la mujer tenía al lado, responsable, lo más seguro, del polvillo blanco que le manchaba las manos y la cara.

La mitad inferior era un cuadrado perfecto, mientras que en la superior se había cincelado la cabeza de una mujer que miraba hacia arriba.

—¿Lo has hecho tú?

—Sí, aunque a veces no tengo claro si debería reconocer mi autoría —contestó, contemplando la obra inacabada con desagrado—. Esta no me convence mucho.

—Es ordinaria —terció el hombre que llevaba todo el rato repantingado en uno de los sofás, levantándose de pronto para ponerse al lado de Via y pasarle la mano por el hombro.

Daba la impresión de que se esforzaba una barbaridad por parecer guapísimo y mucho más aún por que no se notara.

Se le daban bien ambas cosas, pero tras ocho años en la hacienda de Esmaris era una experta en detectarlas—.

Puedes hacerlo mejor —añadió—. Algo más... crudo, más conmovedor.

Via hizo un ruidito evasivo y, señalando al hombre, dijo:

—Te presento a Philip. —El hombre le dedicó a Max una sonrisa que fue más como enseñar los dientes y a mí me ignoró por completo—. Bueeeno... —Via se zafó de Philip y se puso en movimiento, haciéndonos una seña para que la siguiéramos—. Vamos a mi taller.

¿Aquel no era su taller?

Nos condujo a un rincón sombrío en el que había una puerta sencilla escondida en la oscuridad.

—Ese tío es un horror —dijo Max por lo bajo mientras Via abría la puerta.

—Ay, Max —contestó ella con una sonrisa pícara al tiempo que se adentraba en una estancia iluminada por una suave luz dorada—. ¡Tampoco vas a juzgar a una ardilla por sus aptitudes natatorias!

—Prefiero no saber adónde nos lleva esa metáfora.

—Lo que digo es que, aunque no sea un gran conversador, se le da de maravilla trepar a los árboles.

Max soltó un gruñido.

No me hizo falta dominar el arano para entender lo que Via insinuaba y me reí, pero solo un segundo, porque entonces crucé la puerta y me quedé pasmada.