Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 14
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Sammerin tenía razón en una cosa: cuando Max hacía algo, lo hacía de verdad.

Nos volcamos en mi formación con un entusiasmo que solo podía describirse como feroz, y yo disfrutaba de cada segundo.

Me producía cierta euforia el agotamiento que acompañaba a la persecución implacable de mi objetivo, y sabía que a Max le complacía también.

No se le notaba, al menos no tanto como a mí, pero toda una vida de servidumbre me había enseñado a leer entre líneas.

Las de Max eran pocas y estaban muy distanciadas, pero la energía que escapaba por ellas alimentaba la mía.

Nos levantábamos al alba para ponernos a trabajar. Pese a mis protestas, Max se empeñó en que reaprendiera todo lo que ya sabía.

—No puedes dar a esos cabrones ni una oportunidad de tumbarte —me señalaba constantemente—, así que tus conocimientos básicos deben ser impecables.

Y, aunque al principio me había mostrado escéptica, pronto no me quedó otro remedio que reconocer, a regañadientes, que tenía razón. Como me había pasado la vida aprendiendo por mi cuenta, había tomado por costumbre coger atajos de los que ni siquiera era consciente.

De modo que empecé a esculpir una flor tras otra, recortando minutos cada vez. Terminaba todos los días con un dolor de cabeza terrible, los dedos temblones y, por lo general, alguna que otra palabra de elogio de Max, seca y sin excesos.

Sin embargo, aunque yo disfrutara del hecho de que abordase nuestras sesiones de formación con un entusiasmo parejo al mío, nuestra asociación estaba lejos de ser perfecta.

Fuera de las clases, no hablábamos mucho, más que nada porque yo nunca quería hacer otra cosa que no fuera dar clase.

Lo presionaba constantemente: otra hora, y otra, y otra.

Un puñado más de lecciones. Una ronda más de práctica.

A veces, me complacía. Otros días, ponía los ojos en blanco, me soltaba alguna ocurrencia vagamente ofensiva, se servía un vino y se metía en su cuarto. Me daba igual: practicaba por mi cuenta hasta que se me cerraban los ojos de cansancio.

Cuando eso ocurría, todas las noches me venían a la cabeza las mismas imágenes de siempre: el rostro de Esmaris, los ojos de Serel, el chasquido del látigo, mis dedos manchados de sangre..., aunque siempre sabía, no sé cómo, que no era toda mía.

Procuraba no dormir mientras fuera posible.

En el fondo, me decía a mí misma que era una pérdida de tiempo.

Y aunque Max me sermoneara sobre la necesidad de descansar, yo sabía que él tampoco dormía apenas.

Muchas veces, cuando me levantaba con sigilo en plena noche, veía el suave resplandor de la luz titilante por debajo de la puerta de su dormitorio.

Otras, detectaba su silueta en el jardín, podando flores muertas a las tantas de la madrugada.

Seguro que él también me veía, pero, por suerte, nunca se me había acercado. Había ciertas cosas que aún no estaba preparada para dejarle ver y él tampoco parecía muy interesado en ceder a mi curiosidad.

Solo una vez, en todas esas semanas, acusó voluntariamente mi presencia.

Estaba siendo una noche particularmente brutal para mí y me atormentaban unas pesadillas tan vívidas que se me helaba la sangre de las venas.

No era capaz de practicar ni de estudiar, así que me escapé al jardín y empecé a pasearme nerviosa alrededor de la cabaña, desesperada por serenar mi corazón desbocado.

Al final, me angustié y me frustré tanto que me dejé caer de rodillas, a punto de echarme a llorar.

«¿Has olvidado lo que eres?».

Me repetía aquellas palabras sin parar. Lo único que quería era detener mi pensamiento, solo un minuto, un segundo.

Allí me quedé, arrodillada en la tierra mojada, con la cabeza gacha durante horas, o eso me pareció. Y cuando por fin alcé la mirada, vislumbré un par de ojos azules escudriñándome a través de las cortinas.

Se me encendieron las mejillas. Muerta de vergüenza, me obligué a ponerme en pie, me sacudí la ropa y volví adentro. Retomé mis estudios hasta que al final, por suerte, me venció el sueño.

—Vamos a probar algo distinto hoy.

Max se bebía el té, de espaldas a mí y mirando fijamente por la ventana.

Me llevó unos minutos reunir el valor necesario para mirarlo siquiera, avergonzada de haber permitido, sin querer, que me viera en semejante estado, pero, cuando al fin lo conseguí, procuré ser en todo momento la viva imagen de mi yo normal de todos los días.

Hice una pausa, con el tenedor a medio camino de la boca.

—¿Algo distinto? —repetí.

—Tengo que hacer unos recados en la ciudad. Nunca has estado allí, ¿no?

—¿En la ciudad?

—En la capital.

Negué con la cabeza pese a que él seguía dándome la espalda.

—No.

La había visto de lejos, durante mi breve estancia en la Torre de la Medianoche, pero eso casi no contaba.

Había leído cosas sobre la capital de Ara, que en mis libros parecía espléndida y llena de vida.

En el fondo... —vale, y en la superficie también—, estaba deseando comprobar si era tal y como la imaginaba.

Solo que...

—Entonces, ¿cuándo damos las clases de hoy?

Max se dio la vuelta. Bebió otro sorbo de té y me dedicó una mirada larga que yo le devolví con idéntica parsimonia.

—Me parece que ya has tenido clases de sobra últimamente —dijo por fin.

La inseguridad me erizó el vello de la nuca.

—Solo dispongo de cinco meses —repuse—. No puedo malgastar el tiempo.

Soltó un suspiro de desesperación y se pellizcó el puente de la nariz.

—Muy bien. Pues vamos a la capital unas horas por la mañana y esta tarde seguimos con las clases. ¿Satisface eso sus criterios compulsivos de productividad?

Guardé silencio.

Solo una mañana. Una mañana para pensar en algo que no fueran los exámenes. Una mañana para ver la ciudad, y no una cualquiera, ¡la capital de Ara! Un sitio que solo soñaba con poder ver con mis propios ojos algún día.

«Con unas horas bastará. Solo por esta vez».

Asomó a mis labios una sonrisa sin mi permiso.

—Me parece bien, creo.

A regañadientes, Max me dedicó una sonrisita de satisfacción y, levantando la taza de té, dijo:

—La princesa de Threll se ha pronunciado.