Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 13
18%

13

El pescado me abrasaba la garganta.

En el fondo, nunca había tenido un hogar, así que, quizá ingenuamente, había pensado que sería inmune a la nostalgia.

Resultó que no era así. Echaba de menos muchas cosas de Threll, hasta de la hacienda Mikov, el único hogar que había conocido siendo adulta.

Casi en lo más alto de aquella lista, estaba la comida que no dolía al comerla.

Los aranos, por lo visto, confundían sabor con dolor , o por lo menos Max sí.

Mientras yo comía, él seguía dándole vueltas y vueltas en la mano a aquella flor de cristal. Para deleite mío, no tenía nada malo que decir de ella.

—Ya solo te queda aprender a hacerlo en segundos en vez de en horas.

—Lo conseguiré —respondí, aunque semejante perspectiva se me hiciera angustiosamente abrumadora—. Seguimos después de comer.

Lo dije con mucho desenfado, pero se me encogió el estómago solo de pensarlo. Me parecía que el suelo se movía bajo mis pies, como si estuviera de nuevo en aquel condenado barco con la espalda infectada.

—Ni de coña —espetó Max con un resoplido—. Tienes que descansar al menos unas horas.

—Estoy bien.

No era cierto, pero no disponía de tiempo para descansos. Además, la idea de tumbarme allí sin otra cosa en la que ocuparme que mis pensamientos me intimidaba más que la de esforzarme hasta el agotamiento.

Max me dedicó una mirada inquisitiva con la que atravesó mi mentira.

—Te has excedido. La magia consume mucha energía y tú llevas haciéndola veinticuatro horas seguidas.

—Y ha funcionado.

—Esta vez, pero no siempre vas a tener tanta suerte.

Se revolvió en el asiento e iba a seguir hablando, pero se abrió de golpe la puerta de la cabaña y vimos a Sammerin plantado en el umbral.

—Gracias, como de costumbre, por llamar, muy educado por tu parte —dijo Max, volviéndose un poco a mirarlo, pero el otro se limitó a esbozar una sonrisa pícara y a encogerse de hombros con delicadeza—.

¿Has traído a nuestro tornado favorito en forma de aprendiz?

Porque, si es así, le prohíbo que entre en la cabaña o en el jardín.

Supongo que podría quedarse sentadito, muy quieto, en cualquier rincón, sin tocar nada.

—Moth ha ido a ver a su madre —contestó Sammerin, instalándose en una silla al lado de Max—. Gracias a los Ascendidos.

—¿Y tú has decidido disfrutar de tu valiosa libertad en nuestra compañía? Qué detalle.

—Libertad relativa, tengo un cliente en breve —dijo Sammerin, y posó sus ojos en mí un momento. Me pregunté si él también lo había oído, aquel «en nuestra compañía»—. ¿Qué tal, Tisaanah? Te veo un poco...

—Estoy estupendamente.

—Se ha pasado toda la noche haciendo esto... —dijo Max al mismo tiempo que yo contestaba.

Y le dio mi flor de cristal a Sammerin, que la examinó pensativo y luego nos miró a Max y a mí.

—Buen trabajo.

—Gracias.

—No está mal —dijo Max, de nuevo hablando a la vez que yo.

—Ajá —soltó Sammerin, y me miró, luego miró a Max y después volvió a mirarme a mí. No solía sentirme cohibida, pero tuve que resistir la tentación de moverme, incómoda, bajo el peso de su mirada escrutadora.

—¿Un cliente? —pregunté.

—Sammerin es sanador —me explicó Max.

La verdad es que me alivió comprobar que lo de responder por los demás no era algo que solo hiciera conmigo.

—¿Como Willa?

—No exactamente —respondió Sammerin—. El resultado es el mismo, pero el proceso es distinto.

—La sanación de los valtainos es interna; la de los solaris, externa —intervino Max, como si eso lo explicara todo, pero yo me quedé dando vueltas en la boca a aquellas palabras en arano: interna , externa.

—¿Y eso qué significa? —pregunté al fin, fastidiada por el regusto de cada palabra, de pronto consciente del acento tan fuerte que tenía.

—Los valtainos son... —Max masticó, pensativo—.

Cuando Willa te sana, de algún modo está hablando con tu cuerpo, instándolo a mejorar y curarse, alimentando tu fuerza vital desde dentro.

Sammerin, en cambio —añadió, señalándolo con el tenedor—, manipula físicamente la carne y la funde a un nivel muy muy pequeño.

El resultado es similar, pero el planteamiento es completamente distinto. Lo de este duele mucho más.

—Pero es mucho mejor para casos graves como huesos rotos —añadió Sammerin, un poco a la defensiva—. Y es más rápido.

—Cuando la cosa se pone muy fea, es preferible tenerlos a los dos —señaló Max.

Me pregunté si lo sabría por experiencia.

—Entiendo —dije, porque lo entendía más o menos.

Sin duda, los límites me quedarían más claros cuando llevara más tiempo en Ara.

Solo había conocido a una solari, una mujer hermosa de pelo azabache que había asistido a una de las fiestas de Esmaris.

Era la esposa de un noble, pero se mostró inusualmente amable conmigo para ser noble; mejoró mis actuaciones con conjuros de lucecitas bailonas e hizo ondularse las estatuas de oro como si se movieran conmigo.

Comprendí entonces que usaba la magia de forma distinta a como lo hacía yo, pero no supe descifrar cómo.

—Y después de esta pequeña lección...

Max se levantó y enfiló el pasillo en dirección al baño, dejándonos a Sammerin y a mí en un silencio incómodo. Yo me comí el último bocado de ese pescado que ardía en la boca.

Sammerin habló primero.

—Parece que ha cambiado de actitud desde la última vez que vine...

—No le quedaba otra: estábamos solos él y yo.

Lo dije con naturalidad, como si no supiéramos ya ambos que con eso no bastaba, ni mucho menos, para hacer cambiar de opinión a Max.

—Cuesta mucho convencerlo de que haga algo —dijo Sammerin, acariciándose la barba—.

Pero cuando lo hace, lo hace de verdad. Por ejemplo...

—añadió, señalando la ventana. Yo seguí su mano con la vista y caí en la cuenta de que se refería a los jardines, que se extendían desde la cabaña en todas las direcciones.

—¿Es todo obra suya?

—Plantó hasta la última flor de forma obsesiva, pero es que Max nunca hace nada a medias.

—Podría ser un buen maestro —dije, e hice una pausa para luego añadir, por pura mezquindad—: A lo mejor.

Sammerin meneó despacio la cabeza y sus ojos se fruncieron con una sonrisa intrigada.

—De podría nada. Max va a ser el mejor maestro que puedas encontrar en Ara —me corrigió, y después echó la cabeza hacia atrás, pensativo—. Qué curioso.

—¡Max! ¿Sabías que hay una mujer guapa dormida en tu cabaña?

Abrí de pronto los ojos y vi una mata de pelo dorado y ensortijado flotando sobre mi cara, y unos dedos que me apartaban el mío de la frente.

Solté un grito mudo y me levanté de un brinco de la cama.

Una joven despampanante, de rostro luminoso enmarcado por unos rizos alborotados, estaba sentada al borde de mi cama.

Me sonreía con una admiración desmedida.

¡Por todos los dioses! ¿Estaba soñando?

Por la ventana se adivinaba un cielo apenas teñido de morado y la tenue luz que anunciaba el alba iluminaba discretamente mi cuarto.

Me había metido en la cama temprano esa noche y me había sumido en un sueño tan profundo que casi se asemejaba a la muerte.

Tampoco descartaba la posibilidad de estar teniendo una especie de extraña ensoñación despierta.

—Hola —dijo la mujer, recorriéndome con los dedos la mejilla, siguiendo el contorno de la mancha bronceada de mi piel.

Tenía en la punta de la lengua aturdida un saludo en thereni, enredado en la palabra hola , pero estaba demasiado conmocionada y desorientada para pronunciar ninguno de los dos.

—Pensaba que, viviendo en medio de la nada, no iba a tener que echar el cerrojo a las puertas —oí decir a Max, con voz de sueño, mientras se acercaba por el pasillo—. ¿Qué diantres he hecho yo para que mi casa resulte tan acogedora? Y mira que procuro ser lo más desagradable posible...

Apareció en el umbral. Yo lo miré un segundo y enseguida miré a otro lado.

Estaba allí plantado, recostado contra el marco de la puerta, intentando aplastarse el pelo tieso de la nuca.

Llevaba unos pantalones de lino arrugados, descolgados sobre la cadera, y el torso al descubierto.

Los músculos fibrosos de su vientre y su pecho se tensaron cuando bostezó.

Lo encontré... distinto de lo que esperaba, teniendo en cuenta que sus principales entretenimientos parecían ser beber vino y poner mucho entusiasmo en no hacer nada.

Reparé en aquello y, de inmediato, quise quitármelo de la cabeza.

—Max... —dijo la joven con un aspaviento de sorpresa, y, levantándose de mi cama, se acercó a la puerta y le acarició el pelo. Su sencillo vestido blanco flotaba alrededor de sus tobillos. Iba descalza—. ¡Qué guapo estás!

¿Una amante, quizá? No sé por qué no me cuadraba del todo.

—Gracias, Miraselle —dijo él sin entusiasmo, y, con una mueca, le apartó las manos—. Hacía tiempo que no te veía por aquí.

Miraselle ni siquiera pareció oírlo. En cambio, se volvió a mirarme con el asombro de una niña y las palmas de las manos juntas.

—Mírala. ¿No es preciosa? ¡Fíjate en ese ojo! ¡Es del color del sol que atraviesa las hojas! ¿Te has dado cuenta de que es de dos colores?

Max y yo nos miramos de reojo. Me llevé las rodillas al pecho y me pregunté si debía alarmarme que él no se alarmara en absoluto.

—Pues sí, ya me había fijado —contestó él, suspirando y frotándose los ojos—. ¿Dónde has estado?

—He recorrido toda la costa hasta la capital.

—Ya te dije que no era buena idea.

—¡Me dejé llevar por el viento, Max! —respondió Miraselle, extendiendo los brazos.

Cada palabra que decía era como una canción, entrecortada y llena de estupor. La encontraba... rara. Y cuanto más la miraba, más rara veía su mirada escrutadora, como si me atravesara, atravesara a Max, atravesara todo lo que tocaban aquellos ojos encantados.

Max suspiró. Después le puso una mano en el hombro y, con delicadeza, la apartó de la puerta.

—Aún no ha amanecido siquiera. Vamos.

Enfilaron el pasillo. Yo me bajé de la cama y los seguí, demasiado intrigada para quedarme en mi cuarto.

Cuando llegué al salón, la puerta de la cabaña ya estaba abierta, y Miraselle, recostada en ella, con la cara ladeada hacia el jardín.

—¡Ay, cómo he echado de menos estas flores!

—Normal, son mucho mejores que esos jardines encorsetados que habrás visto en la capital.

Una sonrisa preciosa iluminó el rostro de la joven.

—Te he echado de menos, Max. Eres tan majo... Siempre me ha encantado que fueras tan buena persona.

De no haberme dejado tan perpleja, aquellas palabras me habrían hecho reír.

—Gracias, Miraselle —contestó él, inmutable.

Y entonces la chica se volvió de pronto a mirarme.

—Y tú... Tú eres sencillamente preciosa, Tisaanah. Verdaderamente hermosa.

—Gracias —respondí, porque no sabía muy bien qué decir.

Tardé un segundo en caer en la cuenta de que no le había dicho mi nombre.

—No te metas en líos —le dijo Max, pero, para entonces, Miraselle ya había salido feliz por la puerta, hipnotizada por las flores.

Max cerró y soltó un suspiro de exasperación.

—Por los Ascendidos, ¡vaya forma de despertar!

—¿Qué... le pasa?

—¿Qué te hace pensar que le pasa algo? —Le lancé una mirada con la que lo reprendí en silencio por tener el descaro de considerarme una estúpida—. Es inofensiva. Se limita a ir deambulando por ahí. Es un poco rara, pero supongo que es lógico, dado que no ha sido siempre humana.

¿No había sido siempre humana?

—¿Y qué era antes? —pregunté, fascinada de inmediato.

—Un colibrí. —Lo miré pasmada. Cogió una de las múltiples figuritas que adornaban la repisa de la chimenea y me la tiró—. Como este.

Lo cogí y contemplé el pajarillo, con aquellas alas puntiagudas y aquel pico largo. También los había en Threll, solo que la palabra en thereni era distinta, claro.

—Un colibrí —repetí, ensayando la palabra.

Me daba la impresión de que me estaba tomando el pelo.

—Sí —dijo Max, demasiado despreocupado—. Quería ser una persona y yo la convertí en una.

—Tú la convertiste...

—Sí.

—¿Puedes...?

—Sí.

Miré la figurita y luego a Max, que parecía la mar de satisfecho de sí mismo.

—Me estás mintiendo. Me tomas el pelo.

—¿Yo? Jamás. Carezco de sentido del humor. —Bostezó—. De todas formas, seguro que la vemos más por aquí. Le gustan las flores. Comprensible, supongo.

Unas tres cuartas partes de mi ser estaban convencidas de que me estaba vacilando; la otra cuarta parte pensaba que, como poco, exageraba una barbaridad.

—Es demasiado temprano, no estoy hecho para esto —dijo Max, y se dispuso a volver a su cuarto—. Con un poco de suerte, aún podré dormir unas horas más sin que se cuele nadie en mi casa, que parece que está de moda últimamente.

Me quedé en el salón unos minutos, con la figurita del pajarillo aún en la mano, pensando en la vacuidad de los rasgos de Miraselle.

Luego alcé la mirada para seguir la espalda desnuda de Max mientras avanzaba despacio por el pasillo.

Una cicatriz larga y rabiosa se la cruzaba: empezaba en el hombro derecho y descendía hasta la cadera izquierda para perderse después por debajo de la cinturilla del pantalón.

Interesante. Verdaderamente interesante.