12
—¿Y ya está? ¿Eso es todo lo que sabes hacer?
Max estaba sentado con las piernas cruzadas en medio de la hierba alta y ondulante, viendo cómo se alzaban al cielo mis mariposas plateadas.
—¿Cómo que si ya está?
—O sea, que si no hay más...
Era imposible no ofenderse con su reacción.
—No ha sido solo esto —respondí, señalando las mariposas—. También ha habido fuego y...
—Chispas, más bien. Es todo como muy... teatral.
—También leo el pensamiento.
—Ya... Eso no hace falta que me lo demuestres, lo he vivido en mis propias carnes —dijo, mordisqueando el extremo de la pluma y hurgando en la pila de papeles que llevaba consigo—. Y, cuando haces eso, ¿qué sueles hacer exactamente?
—¿Qué suelo hacer?
—¿Hablas o solo escuchas? —Me dejó desconcertada. Entonces levantó la vista de los pergaminos para mirarme un segundo—. Es decir, ¿hasta qué punto entiendes lo que piensa la gente? ¿Son palabras o solo sentimientos? ¿Y en qué medida los controlas?
—¿Controlarlos? —pregunté casi espantada. ¿Los valtainos podían hacer eso?
Max rio sin ganas.
—Por los Ascendidos, pues sí que sabes poco de Ara, ¿eh? Por eso debes tener cuidado.
Meneé la cabeza y dejé esa parte del interrogatorio para después.
—Oigo lo que sienten —contesté—. No son palabras, solo... —Como no sabía explicarlo en arano, me llevé la mano al corazón—. Las cosas grandes que llevan dentro.
Asintió, como si lo hubiera entendido perfectamente.
Me sobrevino el recuerdo de Esmaris, de la sensación de que su mente se marchitaba y se asfixiaba bajo la mía, de la expresión de su rostro al caer al suelo, pero no le conté a Max nada de eso.
—Vale, muy bien —dijo él. Dejó el montón de papeles en el suelo y se quedó mirándolos fijamente.
Estaba casi segura de que no había pegado ojo.
Cuando me fui a la cama, lo dejé sentado a la mesa, garabateando frenéticamente, y apenas me miró para darme las buenas noches.
Por la mañana, me lo había encontrado exactamente en el mismo sitio, solo que rodeado de muchos más papeles y con los ojos ensombrecidos por las ojeras.
Aun así, me había saludado pletórico de energía y no había tardado en sacarme de la cabaña para que empezáramos.
Nada que objetar por mi parte. De hecho, hacía semanas que no estaba tan animada.
—Nadie me ha enseñado. He aprendido lo que debía para... —No me salía la palabra, así que me conformé con otra—: Para bailar.
—¿Para bailar?
—Sí —dije, y chasqué los dedos cuando de pronto me vino lo que buscaba—. ¡Actuar! En Threll.
Max tardó unos segundos en entenderlo y parte del entusiasmo que revelaba su semblante se vio eclipsado por la sombra de algo que no supe identificar.
—Entiendo. Tiene sentido que hayas aprendido por tu cuenta.
—Se levantó del suelo con un gruñido. Yo me puse en pie también, más que nada porque no me apetecía que me mirara desde arriba—.
A las Órdenes les importa sobre todo el control.
Para eso las fundaron, para asegurarse de que los magos no fueran sembrando la destrucción sin querer porque no tuvieran ni puñetera idea de lo que hacían.
Y debo decir en su favor que ese papel lo desempeñan muy bien.
Si un mago siembra la destrucción, suele ser porque eso es lo que pretende.
Salvo en el caso de Moth y mis rosas —añadió, mirando furioso las flores carbonizadas antes de volverse de nuevo hacia mí—.
Parece que te gustan los conjuros, así que empecemos por ahí.
Veo potencial por esa parte. Eso que haces de convertir en cristal las mariposas...
es impresionante para una valtaina. A los valtainos les cuestan las cosas físicas de ese tipo.
—Debió de parecerle que estaba orgullosa de mí misma, porque enseguida me advirtió, con un dedo en alto—: Tampoco te lo creas demasiado: tu precisión sigue siendo desastrosa.
—Escogió una flor amarilla con capas y capas de minúsculos pétalos alargados—.
Empecemos por esta. Quiero que me hagas una copia de esta flor.
«Fácil». Esbocé una sonrisa, pero una vez más me levantó el dedo.
—No, borra de tu cara esa sonrisa de suficiencia. No te estoy pidiendo que reproduzcas el aspecto que crees que tiene esta flor, sino que hagas una copia de esta en concreto, con todos los detalles idénticos.
Miré a Max, su mano en alto, la pequeña flor amarilla con todas aquellas capas de pétalos.
Estaba convencida de que podía hacerlo, pero ¿en serio impresionaba eso más que mis propios trucos?
A la gente le gustaban los numeritos, que los deslumbraran, y desde luego iba a tener que hacerlo con los miembros de las Órdenes si quería avanzar rápido.
—¿Seguro que con esto voy a impresionar en las pruebas? —pregunté, escéptica.
—¿Insinúas que te estoy engañando? —Por la cara que puse, debió de deducir que no había entendido casi ninguna de sus palabras.
Soltó un resoplido—. Mira, muchos piensan que los valtainos fragmentados son menos capaces.
Se cree que la magia valtaina vuelve blancos el pelo y la piel, con lo que, por lógica, alguien como tú...
Alguien como yo sería, por naturaleza, menos poderoso. Asentí, mirándome la mano y los dos dedos dorados. Aquellas manchas me habían restado valor como esclava y ahora me lo restaban también como valtaina.
—No está demostrado —dijo—. El caso es que muchos, sobre todo los que son completamente valtainos, van a esperar que fracases.
Buscarán el modo de demostrar que no eres capaz de hacer esto.
Vamos a asegurarnos de que los dejas con los ojos como platos.
Pero, cuando lo hagas, la técnica tiene que ser perfecta.
«Vamos a asegurarnos». Por lo visto, ya éramos un equipo.
Debía reconocer que me había sorprendido agradablemente, aun dejándome algo perpleja, lo rápido que Max había pasado de instarme a que me largara de su casa a implicarse tanto en mi éxito.
—Lo será —contesté.
—Más te vale. Yo podría estar haciendo otras cosas. No hagas que me arrepienta. —Me pasó la flor—. Recuerda: ¡exacta!
Resulta que mi pequeña tarea era más complicada de lo que yo pensaba.
La primera flor me brotó fácilmente, suspendida entre mis manos, plateada y traslúcida, pero Max le echó un vistazo y negó con la cabeza.
—¿Qué te he dicho? Eso es una flor, ¡no esta flor! O, peor aún, lo que tú crees que debe ser una flor. No tiene nada de real.
Me bastó con mirarla un poco mejor para darme cuenta de que Max tenía razón. Mi creación era demasiado perfecta, formada por filas de pétalos idénticos en forma de lágrima que parecían reales de lejos, pero se veían espeluznantemente falsos de cerca.
Asentí y dejé que la flor se disolviera en el aire. Luego volví a probar.
Y otra vez.
¡Y otra!
Demasiado grande. Demasiado pequeña. Demasiado imperfecta. Demasiado simétrica.
—Estás duplicando los pétalos —me señaló Max.
—Lo sé —mascullé.
No era mi intención duplicar, pero me costaba no hacerlo. Me notaba demasiado espesa y torpe para crear todo aquel detalle. Me reventaba la cabeza. Aun con todo, no rechisté, no dije ni mu.
Pasaron las horas. Mis conjuros cada vez tardaban más, vibraban y se retorcían en el aire como humo. Max y yo pronto empezamos a entornar los ojos para protegernos de la luz cegadora del atardecer.
—Podemos dejarlo por hoy —me dijo, poniéndose en pie—. Hasta a un mago con experiencia le costaría hacer esto. No hace falta que lo consigas hoy.
—No —respondí, sin dejar de mirar mi flor traslúcida.
—¿Qué?
—Que no, que no vamos a parar.
Se detuvo a medio camino, perplejo.
—Este no suele ser el contexto en el que me gustaría oír eso, pero mi respuesta es la misma de todas formas —dijo, y, tras dar media vuelta, se sentó en el suelo otra vez y me miró con una ceja enarcada, en una especie de desafío escéptico—. Si tú puedes, yo también.
Uy, yo podía, ya te digo.
Así que reanudamos la tarea, yo creando una flor tras otra y Max buscando defectos.
A esas alturas, antes de que abriera la boca, yo ya sabía exactamente lo que estaba mal, y antes de que terminara de decírmelo la estaba deshaciendo.
Para entonces, la luz del sol había desaparecido hacía rato tras el horizonte y nos había dejado a oscuras.
Max hizo fuego con las manos y lo puso en el suelo, donde quedó suspendido en una inquietante esfera autosuficiente.
—¿Yo podría hacer eso? —pregunté, sin dejar de mirar mi enésima flor.
—No sé, ¿podrías?
Miré de reojo la esfera de fuego. El fuego siempre me había costado, como hablar un idioma que no acababa de entender. «Chispas, más bien», había dicho Max. Y no se equivocaba.
—Estoy segura de que sí —respondí como si nada.
Rio.
Flores y más flores se desvanecieron en la noche. Las respuestas de Max cada vez eran más lentas y menos entusiastas. Al final, se puso en pie y se estiró.
—Bueno, estoy roto, a dormir —dijo, como si ya no tuviera energía ni para construir frases enteras.
—Ve tú. Yo me quedo.
Un silencio de sorpresa.
—¿Seguro?
—Sí.
—Darte de cabezazos contra la pared terminará restándote eficacia.
—No sé qué significa eso.
—Significa que no te mates. Claro que tampoco soy quién para juzgarte, supongo. —Le oí abrir la puerta, pero mantuve la mirada implacablemente pegada al pétalo que estaba esculpiendo—. Buena suerte.
Sonreí con amargura.
—Hago esto para no necesitar suerte.
—No sabría decirte si esa respuesta me parece encantadora o aterradora.
Y dicho eso cerró la puerta y me dejó en silencio, concentrada en mi trabajo.
En cierto sentido, resultaba reconfortante tener algo por lo que luchar, superar la sombra del talento y forjar mi éxito a partir de algo más sólido.
Había algo de meditación en aquel empeño mío en darme de bruces con un muro de piedra una y otra vez, hasta desportillarlo.
Notaba cómo se agrietaba bajo mis dedos aunque me agrietara a mí también.
Al final, solo iba a quedar uno de los dos, y yo no me iba a dejar romper.
Terminé por conjurar cada pétalo de forma individual, buscando un modo de retener los otros en la cabeza mientras pasaba de uno al siguiente y al siguiente y al siguiente.
Y luego, después de eso, me obligué a ir un paso más allá: encontrar la forma de convertirlo en cristal sin que todos los pétalos sueltos se me escaparan de la mente.
Los sonidos de los insectos y otras criaturas nocturnas se esfumaron. El cielo se puso morado. Veía borroso, tenía la cabeza muy cargada y me dolía detrás de los ojos, de las orejas, de las sienes...
«Tisaanah...».
Al principio, era la voz de Esmaris, acusándome y suplicándome, todo a la vez.
«Tisaanah...».
La oscuridad fue desapareciendo, dejando al descubierto el recuerdo del rostro de mi antiguo señor, su sentimiento de traición.
Abrí los ojos y vi un cielo luminoso, ramas de árboles y hojas verdes asaltando los límites de mi visión. Y un par de ojos rasgados, de un azul intenso, que me miraban desde debajo de unas cejas perplejas.
Me había quedado dormida.
—Ya te dije que darte de cabezazos contra la pared no te iba a funcionar —dijo Max.
Desde luego, tenía la cabeza como si hubiera estado aporreando algo con ella. Me dolía tanto que veía los colores más o menos intensos con cada punzada rítmica de dolor. Me llevé la mano al costado, palpé el suelo y cerré el puño alrededor de algo duro.
—¿Que no me iba a funcionar? —le dije sonriente mientras abría la mano para enseñarle la flor de cristal con todos los pétalos distintos, perfectamente imperfecta, una réplica exacta.
Jamás había degustado nada más dulce que el asombro del semblante de Max cuando cogió la flor de mi mano y empezó a examinarla.
—Bien —dijo al fin, pero con cierta duda, como si no tuviera del todo claro qué opinar de aquello.
Dejé caer la cabeza dolorida sobre la hierba, permitiendo que las flores me taparan la sonrisa. Por los dioses, ya había olvidado lo bien que sentaba superar las expectativas.