Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 11
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Esa noche reuní todos los trozos de papel que había encontrado con aquellos símbolos circulares garabateados. Los extendí fuera y los estudié. No había dos iguales: las marcas los atravesaban por el centro formando distintas figuras y con diferente orientación.

Seguía sin tener ni idea de lo que eran ni de para qué servían, solo sabía que Nura había usado uno para llevarnos hasta allí, y que eran el ejemplo más claro de algo importante que yo no era capaz de hacer.

Así que, sin saber muy bien por qué, o quizá simplemente porque necesitaba un objetivo sólido al que aferrarme, invertí toda mi energía en entenderlos.

Copié hasta el último de ellos, imitando cada trazo con total precisión.

En algunos casos, hasta puse el pergamino encima para calcarlos, trazo a trazo, línea a línea.

Volaron las horas. Se puso el sol. Encendí los farolillos. No quería meterme en la cabaña porque no me fiaba de que no fuera a soltarle un sopapo a Max si se burlaba de mí.

Repetí aquellos símbolos una y otra vez, igual que había ensayado los pasos de baile durante horas y horas, forzándolos, machacándolos, haciéndolos pedazos y haciéndome pedazos yo hasta fundirme con ellos. Iba a hacer lo mismo con aquellos puñeteros símbolos.

No me quedaba otra.

No sé qué hora sería cuando oí abrirse la puerta de la cabaña a mi espalda. Para entonces, ya estaba rodeada de torres de papeles, a modo de parapeto.

—Sé que no es asunto mío, pero ¿te vas a quedar ahí toda la noche? —le oí preguntar a Max.

Ni me molesté en darme la vuelta. Con mano firme, dibujé otro círculo. Serena, metódica. Tenía un sistema: combinar cada símbolo con un tipo de tinta.

—Si hace falta...

—Me agoto solo de verte. —No supe qué responderle, la rabia me bullía bajo la piel—. ¿Sabes siquiera lo que son? —añadió.

Apreté tan fuerte la pluma que estuve a punto de partirla.

—No, y me da que tú no me lo vas a contar —le solté, furibunda.

—No creo que en las Órdenes te examinen de eso.

Casi sin darme cuenta, me levanté de un brinco y me volví bruscamente hacia él, aferrada aún a la pluma.

—¡Ya lo sé! Pero necesito... necesito...

No me salían las palabras en arano y mi frustración iba en aumento. Miré iracunda a Max, recostado contra el marco de la puerta.

Me daban ganas de gritarle, de preguntarle: «¿Quién te ha destrozado tanto la vida que no sabes más que entorpecer el camino de quienes tienen cosas importantes que hacer?

¿A qué viene ese empeño mezquino en castigar con tu mal humor a los miembros de las Órdenes?

¿Y por qué te has propuesto fastidiarme a mí también? ».

En cambio, lo que le dije en arano fue algo así como:

—¿Cuántos odios tienes?

—¿Cómo?

Su cara de perplejidad, aunque comprensible, me enfureció. Tiré con rabia la pluma al suelo y le fui soltando las palabras en arano una por una.

—¿Por qué odias las Órdenes? ¿Por qué me odias a mí? ¿Qué te pasa?

—No te odio —respondió, y eso me dio más rabia aún.

—¡Eso no es verdad! —exclamé, negando con la cabeza—.

¡¡Eso no es verdad!! Me da igual que me odies, que me odies aquí —añadí, señalándome el corazón, porque era la única forma que se me ocurría de transmitirle el mensaje—.

O aquí. —Me llevé los dedos a la sien—. Pero ¡me odias en lo que haces! ¿Por qué? ¿Qué te he hecho yo?

—No tiene nada que ver contigo —contestó Max. El gesto le cambió, se suavizó, solo que yo ya me había cansado de andar buscando migajas de amabilidad.

—¡Claro que tiene que ver conmigo! Esta es mi vida también, no solo la tuya.

—Parpadeé y no vi más que el cadáver de Esmaris, el rostro de Serel, las manos y la piel de todos los hombres para los que había bailado con tal de ganar el dinero para marcharme—.

Fui esclava en Threll, ¿lo sabías? —No contestó.

Se quedó mirándome con el ceño fruncido—. ¿Lo sabías? —le grité.

—No —dijo en voz baja.

—Tuve que hacer muchas cosas para venir aquí.

Maté para venir aquí. Mi amigo... —No tenía vocabulario suficiente para describir lo que Serel había hecho por mí, lo que me había dado—.

He dejado allí a las personas más importantes de mi vida.

Me necesitan. No puedo fallarles. Y para ayudarlos necesito esto —dije, señalando con violencia los montones de dibujos—.

Sin las Órdenes, no tengo nada. Ningún poder. ¡Necesito esto! ¡Ellos lo necesitan!

No me había convertido en todas aquellas cosas terribles, en furcia, asesina y traidora, para que me ignoraran y se deshicieran de mí sin darme una oportunidad.

Max apretó los labios. No me veía capaz de descifrar su expresión, pero tampoco me lo propuse.

Hacía tiempo que me daba igual lo que pensara.

En aquellos momentos, me daba igual lo que pensara cualquiera de ellos, todas aquellas personas que, toda mi vida, me habían usado como a un personaje de su historia, que habían dado por sentado que yo era parte inamovible de su vida.

Como lo había hecho Esmaris, como cualquiera de los señores a los que había seducido.

Como Nura, que me había utilizado para fastidiar a Max.

Y ahora el propio Max, que me veía como la personificación de algún resentimiento mezquino ¡y no como a un ser humano de verdad!

—¡Esto no es solo tuyo, así que dime cómo prepararme para el puto examen!

Se hizo el silencio.

Mi rabia remitió como se retira la ola después de romper en la orilla. En ese breve respiro, me maldije por perder los nervios y me pregunté si habría fastidiado para siempre mis posibilidades de encauzar la relación con Max al mostrarle esa parte de mí tan cruda e impulsiva.

Se quedó allí plantado, mirándome fijamente.

—Fuiste esclava —repitió.

Me lo pensé un poco, de pronto desconcertada por su cara y exhalando aún los restos de mi furia.

—Sí —contesté al fin.

—Y lo que pretendes es entrar en las Órdenes y luego servirte de su influencia para ayudar a los otros esclavos de Threll...

—Sí.

Se metió los pulgares en los bolsillos y soltó una respiración demasiado larga y lenta para ser un suspiro. La dureza implacable de sus rasgos se quebró, cambió muy ligeramente.

—No te va a salir bien.

—Conseguiré que salga bien.

—Las cosas no son así. No es tan sencillo.

—Me da igual.

—No te lo van a poner fácil.

Resoplé. Eso lo tenía claro.

—Ya lo sé.

—Las Órdenes son... —Hizo una breve pausa y meneó la cabeza—. No son buenas. Puede que, en su día, se usaran para conseguir grandes logros, pero ahora son un instrumento dirigido y empleado por gente con muchos defectos.

Aquellos ojos luminosos se fueron muy lejos, como si se hubieran perdido en el pasado.

Aunque me costara aceptarlo, estaba convencida de que, en cierto sentido, él tenía razón. Puede que las Órdenes ya no fueran el organismo benéfico que habían sido, pero ¡yo las necesitaba!

Y a lo mejor, de algún modo, ellas podían necesitarme a mí también. Quizá pudiera convertirme en algo valioso para ellas.

—Tal vez vuelvan a hacer cosas extraordinarias —dije.

Se le escapó una risa amarga entre los dientes.

—Tal vez —contestó con escasa convicción.

—No tengo más opciones.

Max, con las manos metidas en los bolsillos, se miró los pies. Se hizo un silencio larguísimo.

Cuando volvió a levantar la cabeza, sus ojos me miraron con mayor determinación, frágil pero fiera, como una lámina de vidrio resquebrajado.

—Te has propuesto conseguirlo, ¿no? Obligar a las Órdenes a hacer algo que merezca la pena...

—Sí —respondí sin dudarlo.

—No sé por qué, pero te creo. —Vi en su cara, en aquella esperanza incipiente, en el movimiento casi invisible de su nuez al tragar saliva, que era cierto—.

Bueno... —dijo, meneando la cabeza, y luego se volvió hacia las pilas de papeles—.

Eso son estratagramas. Se usan para dirigir la magia en conjuros más complejos, como si fueran una especie de instrucciones.

Los miré, agitados por la brisa, alrededor de mis pies.

—Solo los había visto una vez. En una esclava valtaina, valtaina del todo, no como yo.

En los brazos —le expliqué, y estiré el antebrazo para enseñarle dónde llevaba la mujer aquellas marcas tatuadas.

Quise hablar con ella, emocionada de conocer a alguien más como yo, pero ella se limitó a clavar en mí su mirada perdida.

Max arrugó la nariz.

—Si era esclava, seguramente se los habían hecho para anular su poder, para evitar que se sirviera de su magia.

Algo así como atarle a una vaca el rabo a la cabeza.

Pero, como herramienta, suelen usarlos los solaris, porque nuestra magia es mucho más externa que la vuestra.

—Cuando volvimos a mirarnos, se había dibujado en sus labios una sonrisa de satisfacción, como si aquel amago fugaz de vulnerabilidad jamás hubiera existido—.

Pero estos son muy avanzados. No vamos a empezar por aquí.

«No vamos a empezar por aquí».

Me dio un brinco el corazón. Asentí entusiasmada, tan agradecida de contar con un aliado, el que fuera, que ni siquiera me importó que me estuviera rehaciendo los planes.

—Entra, anda, y descansa un poco, si es que ya has terminado de ensuciarme el jardín, claro. —Abrió la puerta y me dejó pasar—. Mañana nos espera un día muy largo.

Me acerqué a la puerta, pero me detuve antes de entrar y, volviéndome hacia Max, lo estudié en silencio.

Las sombras bañaban los rasgos afilados de su rostro, pero sus facciones eran tan marcadas que se abrían paso en la oscuridad de la noche y escudriñaban las mías con idéntica determinación y curiosidad recelosa.

Estábamos muy cerca, lo que nos permitía asomarnos a aquella franqueza inusual y protegida del otro.

Las ganas de darle las gracias se me quedaron en la punta de la lengua durante unos segundos. «No le muestres agradecimiento por hacer lo que debería haber hecho desde el principio», me susurró furioso mi yo más frío y mordaz.

«No sé por qué, pero te creo», me había dicho. Pero yo sí que lo sabía: me creía porque quería creerme, porque quería creer en la posibilidad de algo mejor, por improbable que fuera.

Y eso... eso fue algo que me caló en el alma como agua tras horas de desierto desesperante y reseco.

—Gracias —le dije, y entré en la cabaña.