10
Pasaron dos semanas y Max seguía negándose a formarme.
A mí me frustraba especialmente porque tampoco le pedía gran cosa.
Solo quería que me dijera en qué iban a consistir las evaluaciones de las Órdenes.
Aquellas pruebas, suponía yo, eran la mejor ocasión de demostrar a Nura y al resto de los miembros que era digna de pertenecer a las Órdenes, y no solo eso, sino convencerlos, además, de que apoyasen mi causa.
Y para eso tenía que hacer algo más que aprobar, ¡debía destacar!
Los libros de Max, como él mismo parecía sospechar, me resultaron inútiles.
El lenguaje era demasiado arcaico para que yo lo entendiera, y más filosófico que pedagógico, así que hacía lo que podía.
Me propuse recuperar la forma física y me levantaba al alba para correr mientras me aguantaban las piernas, forzando los pulmones hasta que me faltaba el aliento.
Estaba muy débil. Antes era capaz de bailar durante horas y horas sin perder la sonrisa coqueta.
Ahora el cuerpo me fallaba con una parte minúscula de aquel esfuerzo.
Max se me quedaba mirando cuando volvía ahogada y jadeando, por lo general repantingado en alguna silla o acuclillado entre las flores.
—Parece que te cuesta —me decía.
Yo le lanzaba una mirada asesina y, entre resuellos, me plantaba otra horquilla en el pelo. Porque, aunque me fastidiara, tenía razón en lo de habérmelo dejado ni corto ni largo.
—Me costaría menos si supiera por dónde tirar —le replicaba yo entre jadeos.
—Dudo que correr en círculos sea una de las pruebas de las Órdenes.
Ensayaba toda la magia que sabía: conjuros, controlar la brisa con las manos, absorber gotas de agua de la tierra...
Hasta probé a dibujar algún círculo de aquellos en el suelo, imitando los que había encontrado en el despacho de Max.
No tenía ni idea de para qué servían, pero a mí no me funcionaban, y menos mal, porque la cosa podría haber terminado en desastre.
Una vez, mientras copiaba el enésimo círculo, Max se plantó detrás de mí y se asomó por encima de mi hombro.
—Ajá... —observó, ladeando la cabeza, y luego se fue.
Me dieron ganas de partirle la cara.
¡Por lo menos yo hacía algo! No como él, que parecía decidido a no hacer nada de nada nunca.
Un día que hacía más frío de lo habitual, salió de la cabaña, tembló, levantó la vista al cielo, sentenció: «No estoy hecho para esto» y volvió a meterse en casa.
No tardé en descubrir que Max solo «estaba hecho» para un conjunto reducido de entornos, temperaturas, actividades e interacciones.
Ansié el regreso de Sammerin. Quizá él me ayudaría más.
Sin embargo, pasaban las semanas y solo estábamos Max y yo, pasando el uno del otro.
No le dejaba ver más que a la Tisaanah resuelta y de seguridad inquebrantable, pero, por las noches, hecha un ovillo en mi camita de aquel cuarto disparatadamente sobrecargado, el sueño me huía.
En cuanto cerraba los ojos, veía la traición en el rostro moribundo de Esmaris; recordaba el cariño de la despedida de Serel; notaba su beso en la mejilla; oía la voz de Nura leyendo la carta de Zeryth.
Y tenía el mismo sueño una y otra vez.
En cierto sentido, por terrible que fuera, resultaba gracioso.
Cuando Esmaris me azotaba, yo le había jurado que lo perseguiría, lo había amenazado con que vería mis ojos cada vez que cerrara los suyos.
Y ahora era yo la que lo veía a él en cada sombra.
«Has olvidado lo que eres», me había dicho.
Ya no, porque, cuando estaba a punto de conseguirlo, aparecía él y me recordaba todo lo que había dejado atrás y todo lo que llevaría siempre conmigo.
Fueron transcurriendo los días.
Y entonces, una mañana, volvió Willa a examinarme las heridas. Cariñosa y optimista, me comunicó que todo se estaba curando muy bien. Me gustó pasar un rato con alguien que por lo menos era agradable.
—¿Tienes alguna carta nueva de Zeryth?, ¿algo de Threll? —le pregunté.
El silencio de Willa hizo que se me cayese el alma a los pies.
—Dice que la cosa está un poco... —empezó, en un tono nada cantarín—. La cosa está un poco complicada por allí.
Me así con fuerza a las sábanas.
—¿Complicada?
—Supongo que, tras la muerte de Esmaris, ha habido algún problema... —Willa tosió. Me daban ganas de sacarle las palabras a la fuerza—. Pero no es más que un periodo de transición. Todo se calmará.
No me atrevía a abrir la boca.
No podía pensar más que en los ojos tiernos de Serel y en el ruido de su espada al atravesar el pecho de Esmaris, un chasquido, un chapoteo, un recuerdo de lo frágil y quebradizo que era en realidad el cuerpo humano, tanto el del hombre más poderoso de Threll como el de un joven esclavo de sonrisa amable y cariñosa.