9
Empecé asaltando las estanterías de Max, esparciendo los tomos por el suelo y descifrando palabras que apenas comprendía.
Allí tenía que haber algo que me sirviera, o que al menos me diera una pista sobre lo que podía impresionar a las Órdenes.
Pero leer aquellos libros era como caminar por el fango.
El texto en arano se emborronaba ante mis ojos, convertido en una maraña de letras.
Entre las páginas había trozos de pergamino donde se habían garabateado círculos, parecidos a los que le había visto dibujar a Nura, solo que no tenía ni idea de para qué servían.
En los libros tampoco encontré nada al respecto.
Max me observaba mientras tanto, ignorándome, salvo para recordarme que no tocara esto o lo otro o que recogiera lo que había descolocado —yo me mordía la lengua para no decirle que recoger era un término muy relativo en aquella casa—.
Al final, se metió en la cocina y el aire se llenó de unos aromas que hicieron que me rugiese el estómago.
Luego salió con dos platos y me hizo una seña para que me sentara.
Me dejé caer en una silla, sin molestarme en mirar lo que me iba a comer antes de engullirlo. Así de muerta de hambre estaba.
Max miró de reojo la pila de libros que yo había dejado en el centro del salón.
—¿Te han servido de algo? No son precisamente fáciles de leer...
Moví el arroz por el plato. Antes de que me diera tiempo a decirle que no me habían servido de nada, se abrió de golpe la puerta de la cabaña.
Al levantar la vista, vi a un hombre plantado en el umbral, alto y tieso, con las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta de color bronce que le quedaba perfecta.
Sería de la edad de Max, de piel oscura, pelo negro muy corto y una mirada tranquila que se dirigía a Max y a mí alternativamente.
Mi anfitrión se volvió un poco para hablarle.
—Ya podías llamar primero. Un día de estos te vas a encontrar con algo que no te apetezca ver.
El recién llegado enarcó un poco las cejas.
—¿Es eso lo que me acabo de encontrar?
—No es esa clase de escándalo, lamentablemente.
Miró a Max, inquisitivo, y luego se adelantó, se inclinó sobre la mesa y me tendió la mano.
—Sammerin. ¿A quién tengo el placer de saludar? —dijo con una voz grave y suave, profunda pero tentadora y agradable.
Tardé lo bastante como para sentirme incómoda y darme cuenta de que esperaba que le estrechara la mano. No acostumbrábamos a saludar así en Threll.
—Tisaanah...
—Es mi aprendiz —terció Max, que no había dejado de comer en todo el rato—. O eso es lo que dicen.
Sammerin se irguió, sorprendido.
—¿Es tu aprendiz?
Hizo énfasis en cada una de las palabras de aquella frase corta, lo que transmitía a la vez varios significados diferentes.
«¿Es tu aprendiz?», con énfasis en es . Traducción: «Es valtaina, y fragmentada, encima».
«¿Es tu aprendiz?», con énfasis en aprendiz.
Traducción: «Es muy mayor para eso». «¿Es tu aprendiz?
», con énfasis en tu. Traducción: «¿Te han convencido para que cojas a una aprendiz? ».
Resultaba extrañamente reconfortante que aquellas cosas trascendieran el idioma y que yo pudiera percibir esos pequeños matices en arano, igual que los detectaba en thereni.
Max suspiró.
—Por lo visto, sí.
Sammerin se quedó atónito y frunció el ceño pensativo, pero pronto suavizó el gesto y me dedicó una pequeña sonrisa.
—Encantado de conocerte, Tisaanah. Lamento que te hayan encasquetado a un mentor tan desagradable.
Me caía bien aquel tío.
Max se irguió de pronto y se inclinó para mirar más allá del umbral de la puerta, que tapaba Sammerin.
—¿Qué te he dicho? ¡Que no se aceptan aprendices en esta casa!
—¡Si acabas de decir que ella es tu aprendiz! —se oyó una voz temblona y ceceante.
Al estirar el cuello vi plantado detrás de Sammerin a un chico de unos doce años, regordete y con una buena mata de pelo rubio rizado.
—Esta no se quiere ir, así que parece que no me voy a librar de ella, pero, como me rompa tantas cosas como tú, la echo también.
—Siento lo del catalejo... Fue un...
Sammerin miró al chiquillo.
—¿Por qué no practicas la lección de hoy ahí fuera? Termino enseguida.
—Pero...
—Moth... —insistió Sammerin, al límite de su paciencia.
El crío suspiró.
—Vaaale —dijo, y se retiró al jardín.
Sammerin entró y cerró la puerta; luego se dejó caer en una silla con un resoplido de exasperación.
—Ese chico... No te haces una idea...
Yo sí me la hacía.
—Me la hago —contestó Max.
—Y aún le quedan cinco años y medio —añadió Sammerin, mirando de reojo la botella de vino.
Max le sirvió un vaso y se lo pasó deslizándolo por la mesa. Sammerin se irguió y se volvió de nuevo hacia mí, como si quisiera deshacerse de la frustración.
—Bueno, Tisaanah, háblame de ti...
Hablaba tan bajito que me sorprendí inclinándome más para poder oírlo. Me pregunté si sería intencionado.
—Nura me la dejó aquí ayer —protestó Max.
—No te he preguntado a ti —repuso Sammerin, lanzándole una mirada fulminante. Luego me dedicó una mucho más agradable y esperó educadamente mi respuesta.
Sí, aquel tío me caía muy bien.
—Necesito formación para entrar en las Órdenes. Max es el único que puede hacerlo. Y por eso estoy aquí.
—Ajá. —Una expresión que no me dio tiempo a identificar cruzó fugazmente su rostro—. Tú no eres de Ara, ¿verdad?
Ay, quería hacerme creer que no se me notaba tanto el acento. ¡Qué majo!
—Vengo de Threll.
—Eso queda muy lejos.
Asentí.
Sammerin se llevó los dedos a la barbilla y se acarició pensativo la barba recortada.
—¿Y solo has venido por las Órdenes?
Volví a asentir.
—Conocí a un valtaino, Zeryth, que me habló de ellas. Me dijo que me presentaría, pero...
Sammerin y Max se miraron. Max se puso muy tieso, de pronto atento.
—¿Zeryth Aldris? —preguntó sorprendido.
—Sí —contesté, estudiando alternativamente a los dos hombres que tenía enfrente, porque su interés había despertado el mío—. ¿Lo conocéis?
—¿Y qué hacía Zeryth en Threll? —quiso saber Max.
—Me dijo que estaba allí por... asuntos de las Órdenes —respondí, procurando no parecer demasiado interesada—. ¿Por?
Se hizo un silencio más largo de lo normal.
—Por curiosidad —dijo Sammerin.
—¿De qué lo conocéis vosotros?
—Es largo de contar. Nos...
—Perdona que te interrumpa, Sammerin, pero... —terció Max, levantándose para asomarse por la ventana—. Tu aprendiz acaba de prender fuego a mis rosales.
Sammerin se puso en pie de un brinco y masculló una palabra que no entendí, pero que pronunció con el entusiasmo vehemente de una maldición.
—Ese chico... Es que no te haces a la idea...
«Yo sí me hago a la idea», me dije para mis adentros.
—Cinco años, cuatro meses y veintiséis días —añadió Sammerin, y, deteniéndose junto a la puerta, suavizó la voz hasta convertirla en un tono dulzón que, sospechaba yo, era el que reservaba a las jóvenes atractivas—. Me ha encantado conocerte, Tisaanah.
—Lo mismo digo —respondí, desatando mi sonrisa más ensayada y encantadora.
¿No aceptaría Sammerin a un segundo aprendiz? Parecía mucho más agradable que Max.
—¿Y a mí qué, Sammerin? —dijo Max—. ¿No te ha encantado verme?
—Siempre, Max —contestó el otro, llevándose la mano al pecho con sarcasmo.
Luego salió y dejó que la puerta se cerrara de golpe.
—¡Moth! —le oímos decir a lo lejos—. ¡Por los Ascendidos! ¿Qué estás haciendo?
—Es que...
—No puedes andar soltando chispas por ahí...
Las voces cesaron de pronto y me pregunté si habrían desaparecido como Nura cuando me había llevado allí.
Max y yo nos quedamos sentados en silencio un rato, mirándonos.
—Te podía haber tocado ese aprendiz —dije por fin.
Se dibujó en sus labios una sonrisa, por mucho que se resistiera.
—Cierto —contestó.
Y entonces reímos los dos a la vez.