8
Cuando abrí los ojos, el sol intenso de mediodía se colaba por las cortinas e inundaba la estancia. Me había vuelto a despertar aquel parloteo musical, solo que esa vez reconocí al instante la voz de Willa.
Eso me hizo levantarme de inmediato.
Me puse de nuevo el vestido informe —muy a mi pesar, había dormido desnuda por la sencilla razón de que no tenía otra ropa— y fui corriendo al salón, donde estaban Willa y Max, algo incómodos. Detecté en la voz de ella un matiz nuevo, nervioso.
—... y ya sabes cómo va esto. La cosa está muy tensa, con la invasión de Tairn y las hostilidades de Vernaya. Quieran los Ascendidos que no termine en guerra... ¡Anda! —exclamó Willa, interrumpiéndose de pronto, y dos pares de ojos se volvieron hacia mí—. Buenos días, Tisaanah.
—Más bien buenas tardes —repuso Max.
—¿Cómo te encuentras? Ay, te has corta...
No terminó la frase y yo me pregunté si sería bueno o malo que mi corte de pelo hubiera bastado para silenciar a Willa.
—Buenos días —contesté—. Estoy mucho mejor, gracias.
—Pensaba venir anoche, pero con todo lo que ha pasado... —dijo con un suspiro, y se afinaron sus labios carnosos.
Algo pasaba.
—¿Qué? —pregunté.
—Las paranoias de nuestra gran reina Sesri les costaron la vida a montones de personas anoche —respondió Max.
—¿Paranoias? —repitió Willa con el ceño fruncido—. Son tiempos difíciles, Max. No podemos considerarlo simples paranoias. Lo está haciendo lo mejor posible, dadas las circunstancias.
Paranoia.
Hasta entonces, no sabía nada de la reina de Ara, ni siquiera su nombre. La historia más reciente recogida en mis libros era de hacía ya más de veinte años. Aun así, entendí de qué estaba hablando Willa cuando yo entré en el salón: de guerra. La guerra podía acabar con todos mis planes.
O... bien podía ser una oportunidad de avanzar más rápido de lo que habría ido en otras circunstancias.
Se me hizo un nudo en el estómago de pensarlo y me fastidió haber considerado siquiera la posibilidad.
Yo era muy pequeña cuando los señores de Threll conquistaron Nyzerene, pero aún recordaba vagamente el olor a quemado de la capital, el frío de la noche cuando mi madre y yo huimos.
La guerra nos había dejado sin hogar, había desperdigado a mi pueblo por los llanos, me había conducido a la esclavitud.
Claro que también suponía una oportunidad que no me convenía ignorar.
Antes de que me diera tiempo a indagar más, Willa meneó la cabeza, como para deshacerse de aquellos pensamientos desagradables, y volvió a hablar.
—De todas formas, no he venido por eso. Quería traerte ropa y echar otro vistazo a esas heridas. Como os fuisteis tan de repente... No esperaba que te llevara con ella de inmediato, allí mismo y en aquel preciso instante, la verdad. No es así como suelen hacerse las cosas.
—Tranquila, no se va a quedar —terció Max, sin darme tiempo a responder—. De hecho, este es el momento perfecto para que te la lleves de vuelta a las torres.
Pero ¿por qué era tan imbécil? No lo acababa de entender.
Willa no paraba de toquetearse los dedos. Max la ponía nerviosa, estaba claro. Interesante.
Él la miró impasible.
—Va en serio, Willa.
—Pues tenemos un problema...
—Aquí el único problema es que ya le dije a Nura que no. ¿Cómo es que de eso no se habla?
—Me da igual quién me instruya —tercié yo, cada vez más irritada con aquella discusión—. Me formaré con quien sea. Lo único que quiero es entrar en las Órdenes.
—¿Ves? Lo puede hacer cualquiera.
Willa se toqueteó las uñas con mayor ímpetu.
—Los aprendices se asignaron hace seis meses, Max, y con todo lo que está pasando ahora mismo no hay nadie más disponible...
—¡No me lo creo!
Willa se mostró tan espantada de que la acusaran descaradamente de mentir que me sentí mal por ella.
—Es así. Lo he comprobado.
«Mierda». Aún albergaba la esperanza de que Max no fuera, de verdad, mi única opción.
—Si no lo haces tú —prosiguió—, no va a poder hacerlo nadie, al menos hasta dentro de cinco meses, cuando la hornada de aprendices más avanzados...
—Pues que espere cinco meses.
Negué rotundamente con la cabeza.
—¡No puedo esperar cinco meses!
—Calmaos los dos —dijo Willa, como quien pretende poner fin a una pataleta infantil—.
He hablado de esto con Nura antes de venir.
Tisaanah, debido a lo inusual de tu situación, estamos dispuestos a dejarte hacer tu primera ronda de pruebas anticipadamente.
Los demás aprendices tienen las evaluaciones dentro de cinco meses.
Te examinas con ellos y, a partir de entonces, vemos si eres apta para seguir avanzando más rápido.
Si aquello pretendía ser una buena noticia, a mí no me lo parecía.
Asentí y procuré que no se me notara lo tensa que tenía la mandíbula ni cómo me estaba clavando las uñas en las palmas de las manos.
¡A saber dónde andaría Serel dentro de cinco meses!
¡A saber dónde estaría cualquiera de mis amigos para entonces! Y eso era solo el comienzo...
«Cálmate —me dije—. Les demostrarás tu valía. Encontrarás el modo. Siempre lo haces».
—Eso no cambia el hecho de que me niego a formarla.
¡Por los dioses, me daban ganas de estrangularlo!
—Dentro de cinco meses —dijo Willa, casi suplicando— vemos cómo arreglamos las cosas.
—Ya le dije a Nura que no.
—A ver, Maxantarius, como bien sabes... —Continuaba toqueteándose las manos, pero se interrumpió de pronto, como si temiera soltar lo que estaba a punto de decir—.
Aún tienes obligaciones con las Órdenes y eres consciente de cuáles son las penas por incumplir tus deberes, sobre todo teniendo en cuenta tu...
Max levantó una mano. La rabia inundaba todo su rostro, dibujando líneas de tensión alrededor de cada rasgo.
—Vale, ya veo por dónde vas. Me estás diciendo que no me queda otra.
—Todos tenemos obligaciones —contestó Willa, como disculpándose.
Max resopló y posó sus inhumanos ojos en mí.
—Parece que están decididos a apostar por ti, ¿no?
—Voy a ser una aprendiz excelente —repliqué, respondiendo a su mirada de odio con una sonrisa tierna y complaciente.
Max cruzó los brazos y salió de la cabaña sin mediar palabra. Willa y yo nos quedamos mirándonos. Cogí la bolsa que me había llevado.
—Gracias —le dije—. Ya tenía ganas de librarme de esta cosa —añadí, agarrándome la falda del vestido informe.
Algo que celebrar, al menos.
Willa se quedó un rato más para ayudarme a guardar la ropa, o sea, a buscar una superficie despejada donde ponerla.
Tampoco me importaba; me ilusionaba poder quitarme por fin aquel vestido horrendo.
En su lugar, me puse unos pantalones ajustados y una blusa que me envolvía el cuerpo y se ataba a la cintura, ambas prendas de un color azul oscuro.
Muy sencillas, pero muchísimo mejores que aquella cosa espantosa.
Antes de marcharse, Willa me examinó las heridas y, por lo visto, le satisfizo cómo iban sanando.
Me hizo tumbarme bocabajo mientras posaba las manos sobre mi cuerpo, mascullando.
Lo que fuera que me estaba haciendo me escocía, pero no me dolía, ni siquiera cuando me tocaba directamente las heridas abiertas.
—¿Todos los valtainos saben hacer eso? —le pregunté.
—No, solo lo hacemos algunos —respondió jovial—. Los dones de cada cual se manifiestan de forma algo distinta. Desde luego, es una habilidad muy útil.
Luego, antes de marcharse, me cogió de la muñeca y me quitó el apósito que yo me había visto al llegar, dejando al descubierto una herida minúscula y limpia.
—Perdona, cielo. Esto te va a picar.
Hice una mueca al ver que sacaba un cuchillito y me abría la herida lo justo para sacarme unas gotas de sangre, que recogió en un frasquito de cristal. Resistí la tentación de apartar la mano.
—¿Qué haces?
—Es para analizarla —dijo sin darle importancia, y volvió a ponerme el apósito—. ¡Hala! Ya solo queda...
Max no volvió a entrar en todo aquel rato. Antes de irse, Willa me estrechó en un abrazo inesperado.
—No te preocupes —me susurró contra el pelo—. Todo se arreglará.
—Lo sé —respondí, aunque solo fuera porque me negaba a contemplar otra posibilidad.
Willa se fue y volvió a dejarme sola en aquella casa donde estaba claro que no era bien recibida. Claro que había cosas peores. Por lo menos ya tenía un objetivo, un plan. Y un instructor que, como poco, no podía echarme a patadas.
Encontré a Max en el jardín, podando las flores muertas de un arbusto. Ni siquiera me miró cuando me acerqué.
Habría sido mucho más fácil si hubiera podido percibir sus pensamientos. Aunque tampoco me hacía falta magia para notar la rabia que lo envolvía como una nube que lo impregnaba todo.
—¿Por qué odias las Órdenes? —le pregunté.
—Porque son arcaicas y controladoras, y están ávidas de poder —contestó sin levantar la vista. Clic. Una flor cayó al suelo.
—Me basta con que me cuentes lo que tenga que saber para la prueba. Solo eso.
Clic.
Max rio.
—¡Solo eso! —repitió, meneando la cabeza.
—Por favor —dije con una vocecilla dulce—. Necesito tu ayuda. —A los hombres les encantaba aquella voz, minúscula y desamparada, una voz que durante los últimos ocho años yo había conseguido afinar a la perfección.
Me miró solo un instante, con una frialdad absoluta que me dejó claro que mi interpretación ni lo había convencido ni le había conmovido.
—Me costó mucho conseguir que las Órdenes me devolvieran mi libertad. No voy a deshacer todo eso ahora para renunciar a ella de nuevo. Como tampoco quiero que me metan en Ilyzath, no te voy a echar, pero no te equivoques, porque no pienso ponérselo tan fácil.
—¿Ilyzath?
—Es una... cárcel. Pero eso da igual.
Clic.
Recogió un puñado de flores marchitas y ennegrecidas. Ni siquiera se miró la mano cuando brotó de su piel un fuego que las consumió por completo.
Tardé unos segundos en encontrar el equivalente en thereni de la palabra cárcel , almacenado en mi cabeza, pero, cuando lo hice, me pregunté qué habría hecho Max para encontrarse en una tesitura tan precaria como para que pudieran volver a encerrarlo, ahora por mi culpa.
—Tú haz lo que quieras, pero no cuentes conmigo —me dijo.
Me puse en pie y crucé los brazos.
—Genial.
—Me alegro de que nos entendamos.
Ni me miró.
Me las apañaría sin él.
Disponía de cinco meses, más que suficiente.