Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 7 #3
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—¿De qué conoces a Nura? —le pregunté con un estudiado desenfado—. ¿Sois amigos?

Max soltó un resoplido.

—Es el segundo miembro de mayor rango de las Órdenes. ¡La conoce todo el mundo!

Uy, cuánta amargura había ahí.

—Tú la conoces de otra cosa, me parece a mí —le dije con una sonrisa pícara.

—Luchamos juntos en la guerra, por si te interesa. —Max se irguió y entornó los ojos—. De todos modos, para ser alguien que se ha plantado en mi casa y se niega a marcharse, le estás echando mucha cara.

—No me puedo ir. ¿Qué guerra? —pregunté, porque sabía muy poco de la historia reciente de Ara.

Max ignoró mi pregunta.

—Pero te puedes ir. Puedes hacer lo que quieras.

Lo medité. De pronto caí en la cuenta de que, por primera vez en mi vida, aquella afirmación ¡era cierta!

Pero luego esa comprensión quedó enterrada bajo una avalancha de imágenes: el rostro moribundo de Esmaris, la mirada de despedida de Serel, la quemazón incriminatoria del beso que me había dado en la mejilla al marcharse...

El remordimiento me encogió el estómago. No, no era libre. En el fondo, no. Aún no.

—Necesito entrar en las Órdenes —dije—. Según Nura, para eso debo estar aquí. Así que no, no me puedo ir.

—Mal propósito, por dos razones —contestó Max, y levantó un dedo—. Uno, porque no deberías entrar en las Órdenes. Ojalá no hubiese entrado yo. —Luego levantó otro dedo—. Y dos, porque yo no te voy a formar. No es nada personal, solo es una cuestión de principios.

Apreté las manos bajo la mesa hasta clavarme las uñas.

—Te puedo ayudar de otras formas: limpiando, haciendo la comida...

Max soltó una carcajada contenida, con el ceño fruncido.

—¿Insinúas que me hace falta una chacha?

Eché un vistazo a la casa abarrotada y me abstuve de seguir la conversación por ahí.

—Algo habrá que yo pueda...

—No necesito que me acosen en mi propia casa —me interrumpió, y, tras ponerse en pie, se estiró y luego cogió el cuenco y la taza de té—. Puedes pasar aquí la noche. Pero solo esta noche. Mañana ya veremos qué hacer contigo.

Me levanté yo también. El agotamiento me calaba los párpados, los huesos, los músculos. Lo que me hubiera hecho Willa para sanarme había sido milagroso, pero ella estaba en lo cierto: aún no me había recuperado del todo.

—¿El aseo? —pregunté, y el brazo de Max me señaló el pasillo desde la cocina.

Al menos eso era un alivio. No tenía ni idea de lo corrientes que eran esas cosas en Ara y, durante el viaje, ya había cubierto para toda la vida el cupo de sitios asquerosos y vergonzosos donde hacer mis necesidades.

En el baño, me refresqué la cara con agua y luego me miré en el espejo.

Era una pieza poco corriente, sin duda muy antigua, con un marco de oro deslustrado con criaturitas varias: escarabajos, libélulas, lagartijas, culebras...

Mi rostro se reflejaba perfectamente en el centro, como si fuera parte de aquella colección de animalillos rastreros.

Me agarré un puñado de pelo enmarañado, que aún no había conseguido desenredarme del todo, pero, al hacerlo, lo único que noté fueron las manos de Esmaris tirando de él, arrastrándome al suelo con él.

Aquel recuerdo me puso enferma de pronto.

Me asomé al pasillo y vi a Max pululando por el salón.

—¿No tendrás un...? —Me devané la agotada sesera en busca de la palabra correcta en arano—. Eeeh..., eso que hace... —continué, enseñándole dos dedos y juntándolos después a la vez que chascaba la lengua—. ¿Eso?

Max me miró desconcertado.

—¿Cómo?

—Esa cosa que hace chaschás —insistí, frustrada, volviendo a juntar los dedos.

Seguía sin entenderme.

La palabra en thereni, claro, me resonaba en los oídos aunque no consiguiera dar con la arana.

—¡Aaaaaah! —cayó en la cuenta por fin, repitiendo el gesto—. Tijeras. —Abrió un cajón y sacó unas doradas.

Procuraría recordarlo, para evitarme la humillación la próxima vez.

Las cogí y volví al espejo. No vacilé, ni siquiera un segundo: me corté el pelo a puñados entre la barbilla y los hombros.

A fin de cuentas, me lo había dejado tan largo porque a Esmaris le gustaba así.

Ya no tenía que preocuparme de eso. Además, al cortármelo, me libraba de aquel último contacto suyo, me deshacía del último sitio del que me había agarrado.

Sonreí satisfecha. Noté que Max me miraba, recostado contra el marco de la puerta.

—Te vas a arrepentir de habértelo cortado tanto.

Otro puñado. Hice caso omiso de sus palabras. Era agradable poder prescindir de la opinión de un hombre.

Sacudí la cabeza y, notándome ligera, vi como el pelo corto me botaba por encima de los hombros.

—Así está mejor —dije, y le devolví las tijeras.

Se encogió de hombros.

—Te vas a hartar de quitártelo de la cara. Largo, vale; corto, vale. Lo que es una pesadez es el estado intermedio. Pero tú sabrás... Mientras limpies todo eso —dijo, guardándose las tijeras en el bolsillo y señalando con la cabeza hacia la jofaina.

Hice lo que me pedía. En la vida había visto nada más hermoso que las llamas de la chimenea apoderándose de aquellos mechones negros y plateados, encogiéndolos, reduciéndolos a cenizas.