Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 7 #2
12%

7 #2

—Putos valtainos —masculló—. Cabrones escurridizos. —Se acercó con unas zancadas a la puerta de la pequeña cabaña de piedra. Me dispuse a seguirlo, pero, al llegar a la entrada, se dio la vuelta de pronto y se interpuso en mi camino—. No voy a participar en esto.

Y, antes de que me diera tiempo a reaccionar, cerró de un portazo tan fuerte que noté la vibración de la madera en la punta de la nariz.

Temblaba.

Me dolía mucho la espalda.

Maxantarius no volvió a abrir la puerta después de cerrármela en las narices. Yo me pasé un rato dando vueltas por el jardín, rumiando mis opciones. Tal y como pintaba la cosa desde mi punto de vista, no tenía muchas.

Al principio, me había costado dominar la rabia, que aumentaba con cada minuto que pasaba.

Había cruzado con gran esfuerzo los llanos y el mar para llegar hasta allí.

Había cazado, había hecho trueques y me había escondido.

¡Había estado a punto de morir! Y había matado, me dije, un recuerdo que aún me encogía el pecho de remordimiento.

Todo eso para quedarme tirada ante la puerta cerrada a cal y canto de un instructor cascarrabias que se negaba a formarme.

¡Por los dioses, si ni siquiera era valtaino! No sabía mucho de los magos solaris, pero tenía claro que, aunque en teoría podían hacer las mismas cosas que los valtainos, la forma en que obraban su magia era muy distinta de como usaba yo la mía.

Pero...

Me tragué la rabia y exhalé determinación.

Si esa era la situación en que querían ponerme, estupendo. Iba a sacarle todo el provecho posible.

No sé qué esperaba Maxantarius de mí, pero no me fui. Me senté a la puerta de la cabaña, crucé las piernas y aguardé pacientemente. En algún momento tendría que salir y, cuando lo hiciera, yo estaría allí. Además, tampoco es que tuviera otro sitio adonde ir.

Pasaron los minutos, treinta, cuarenta, cincuenta..., luego las horas. Vi los pétalos de las flores adquirir tonos cada vez más intensos bajo la luz menguante del sol, reflejar después los colores cálidos del ocaso y, a continuación, curvarse y plegarse sobre sí mismos al anochecer.

Tenía frío. En Threll nunca hacía frío y no me agradaba mucho aquella sensación desconocida.

Las hojas de las flores se abarquillaron ligeramente, como cuando los animales se preparan para dormir. ¿Les habría echado algún conjuro para protegerlas del frío? Empezaron a castañetearme los dientes.

Y entonces, por fin, se abrió la puerta. Di tal respingo que la espalda se me resintió.

Maxantarius se quedó plantado en el umbral.

—Estás muerta de frío —dijo sin más.

—Sí —contesté, para qué iba a negarlo.

—¿Tienes pensado ir a alguna parte?

—No tengo adonde ir —respondí, procurando dar mucha pena.

Suspiró.

—Y va y te deja aquí en la noche de primavera más fría que hemos tenido en años —protestó. Después se apartó de la puerta y me miró de reojo, hastiado—. Te invito a que pases, pero solo porque, si dejo que te congeles ahí fuera, perderé mi superioridad moral.

No entendí nada de lo que me había dicho, salvo lo importante. Me puse en pie, poniendo cara de dolor al estirar la espalda, y le dediqué a Maxantarius la más encantadora y agradecida de mis sonrisas.

—Gracias, Ma-xan-ta-rius —dije, y me sentí muy orgullosa de haber logrado pronunciar toda esa retahíla de sílabas.

Él se hizo a un lado, con cara de resignación, y me sostuvo la puerta.

—Max, por favor, que, si no, se nos va a ir la vida diciendo esa ridiculez de nombre.

¡Loados fueran los dioses!

En la vida había visto tantísimas cosas en un espacio tan pequeño.

Crucé la puerta y enseguida me detuve en seco. Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para que no se me descolgase la mandíbula. No sabía ni dónde poner los ojos primero.

La casa de Max era minúscula, pero absolutamente todas las paredes, ¡to-das!

, estaban forradas de estantes con todo tipo de cachivaches, herramientas, obras de arte, esculturas y unas cositas metálicas rarísimas que vibraban.

Una de las estanterías estaba ocupada con lo que parecía una colección de botellas de vino de todos los tamaños, formas, colores y tipos.

Cubrían el suelo cuatro alfombras diferentes, solapadas unas con otras en diversos ángulos, y cada una de un color y una textura.

Una chimenea bañaba todo el espacio de una luz anaranjada y titilante que se reflejaba en pequeños péndulos metálicos y en artilugios que daban vueltas.

Cerca del fuego había un sofá y dos sillones y, en el centro de la estancia, varias sillas de diversos estilos.

A la vuelta de la esquina, vi una cocinita y un pasillo estrecho con unas cuantas puertas cerradas.

—Todas estas cosas son muy útiles e importantes —me dijo Max, un poco a la defensiva, como si me hubiera visto los ojos como platos al entrar.

Asentí como diciendo: «Claro, claro».

No podía haber nada más opuesto a la hacienda inmensa y minimalista de Esmaris. Por lo menos, la cabaña estaba limpia. Abarrotada de cosas, pero limpia.

—¿Tienes hambre? —me preguntó, metiéndose en la cocina. A mí me rugió el estómago a modo de respuesta.

—Sí —confirmé.

Apareció entonces con un cuenco de sopa y una taza de té, los puso en la mesa y me hizo una seña para que me sentara. Obedecí y él se dejó caer en la silla de enfrente. Luego se rellenó un vaso que estaba casi vacío con lo poco que quedaba de una botella de vino y se recostó en la silla.

Olfateé la sopa que me había servido. No se parecía a nada que hubiera comido antes: era densa y olía muchísimo a mar, algo con lo que yo aún no estaba familiarizada. Me la habría tragado aunque hubiese estado asquerosa, pero sabía rica. Rematadamente picante, pero rica.

—Gracias —dije, porque con el hambre que tenía se me había olvidado agradecérselo antes.

Max estaba inclinado sobre la mesa, con la barbilla apoyada en los nudillos, observándome en silencio. Por corresponderle, lo escudriñé también entre cucharada y cucharada.

Era más joven de lo que esperaba. Tendría veintimuchos, solo que aquella forma suya de mirar tan penetrante le hacía parecer mayor.

Los pómulos, prominentes, estaban bañados por la luz titilante del hogar.

La nariz, chata y recta; los ojos, rasgados y delicados bajo unos párpados perfectos que no hacían más que resaltar sus inquietantes iris de color azul nublado.

De cerca, parecían aún más raros. Yo conocía a un anciano en Threll que tenía cataratas y sus ojos se asemejaban un poco a los de Max, pero no eran de un azul tan impresionante, desde luego.

Además, dudaba mucho que el solaris tuviese problemas de visión.

Su mirada era demasiado pausada, demasiado intensa.

—O sea, que eres de... —dijo al fin.

—Threll.

—¿Y cuántos años tienes?

—Veinte y... —reparé tarde en mi error y me corregí—. Veintiuno.

—Veintiuno —repitió por lo bajo, meneando la cabeza, como si la respuesta le pareciese un disparate—.

Los aprendices completan su formación a los dieciocho.

¿Te das cuenta de lo inusitada que es esta situación?

—Procuré que Max no viera que no lo había entendido, pero, por lo visto, fue en vano, porque añadió—: Extraña. Inusual.

—Bastante.

—Lo cierto es que todo esto es rarísimo.

—Nura dice que no puedo entrar en las Órdenes sin instrucción previa aunque sea demasiado mayor —repliqué, sin molestarme en disimular mi frustración.

Asomó a sus labios una sonrisa de satisfacción.

—Me alegra que tengas suficiente sentido común como para que te frustre semejante necedad burocrática.

—No he venido aquí para que me manden de vuelta a casa.

—¿ Aquí a Ara, o aquí a mi casa?

—Ambas cosas.

Soltó una pequeña carcajada, como si mi respuesta no fuese más que un chiste divertido, y apuró el vino que quedaba en el vaso. Luego se sirvió más.

—Perdona mis modales —dijo, levantando la botella—. ¿Te apetece un poco?

—No, gracias.

Miré un instante las paredes y las botellas de vino vacías que abarrotaban uno de los estantes. Tomé nota mental. Sin embargo, para entender lo que pretendía aquel hombre, necesitaba más datos sobre él. De lo contrario, no iba a poder resultarle valiosísima.

Solté la cuchara y di un sorbo al té. Hasta el té estaba picante y me ardió la nariz.