Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 7
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Tembló la tierra y se deslizó bajo mis pies, y tuve que hacer un esfuerzo por no caerme. Tardé demasiado en darme cuenta de que aún iba, para bochorno mío, agarrada del brazo de Nura.

—Tisaanah, te presento a Maxantarius.

Me obligué a apartar los ojos del sol intenso y contemplé, parpadeando, el entorno.

De pronto, estábamos en uno de los jardines más grandes que yo había visto en mi vida.

Se extendía en todas las direcciones, invadido de flores y césped.

En el centro, había una pequeña cabaña de piedra.

Y allí, acuclillado entre rosales silvestres de flores blancas, había un hombre que se puso en pie para recibirnos.

Tenía unos rasgos afilados, fruncidos bajo la sombra de una mata de pelo negro revuelto.

¡Pelo negro!

No era valtaino.

Aquello debía de ser un error. Entonces entendí el gesto de perplejidad de Willa.

—¿Maxantarius? ¿En serio? —bufó el hombre con los ojos en blanco.

Su chaqueta de seda de color morado —una prenda, a mi parecer, de lo menos adecuada para la jardinería— formó ondas bajo el sol cuando cruzó los brazos.

Clavó en mí sus ojos, que eran del azul más frío y luminoso que yo había conocido, y tan inquietantemente puros que casi rayaban en lo inhumano.

—¿Podrías explicarme por qué traes a crías en camisón a que me pisoteen los lirios?

Me miré a mí misma, procurando no avergonzarme de aquella cosa informe de algodón, y luego miré un poco más abajo, a las florecillas azules que estaba aplastando con los dedos de los pies.

Lo cierto es que habría sido imposible no aplastar nada.

Nura se limitó a responder con frialdad:

—No te has presentado a ninguna de las comparecencias obligatorias en las torres.

—Primero —respondió Maxantarius, levantando uno de sus largos dedos—, eso no es asunto tuyo, ¿no? Y segundo —añadió, levantando otro—, como bien sabes, estoy jubilado.

—Sigues siendo miembro de las Órdenes.

El hombre descruzó los brazos, se remangó bruscamente y se examinó, en un gesto exagerado, el interior de la muñeca derecha, donde vislumbré un pequeño tatuaje de color dorado: el sol.

—Hace tiempo que quiero deshacerme de esta cosa.

Nura no reaccionó, excepto por una ligera tensión de los músculos del contorno de los ojos, tan leve que me habría pasado inadvertida de no ser porque buscaba desesperadamente algún indicio de comunicación, algún asidero que no fuesen las palabras en arano, que tanto me costaba entender.

—Se llama Tisaanah —dijo, señalándome—. Te la han asignado como aprendiz.

Me armé con la sonrisa más deslumbrante y luminosa de mi arsenal e incliné la cabeza a modo de saludo.

Los ojos de Maxantarius saltaron de mí a Nura y luego de vuelta a mí, sus cejas negras ligeramente elevadas, dejando en el aire, sin pronunciar, unas palabras punzantes.

Después soltó una carcajada.

—¡Qué disparate!

—No cogiste aprendiz hace seis meses, así que...

—Estoy jubilado. Eso fue lo que acordamos. Además... —Bajó los brazos, me señaló y luego hizo ademán de encogerse de hombros—. A ver..., ¿en serio? ¿Me vas a obligar a decirlo? ¿Por dónde empiezo?

Mientras hacía esta pregunta me dio un repaso de arriba abajo con una mezcla de repugnancia e incredulidad que me hizo rechinar los dientes.

—¿Qué objeciones tienes? —repuso Nura.

—¿Que qué objeciones tengo? ¿Me traes a una valtaina fragmentada que es casi geriátrica y me preguntas que qué objeciones tengo?

Geriátrica.

No tenía ni idea de lo que significaba esa palabra, pero estaba convencida de que era un insulto.

Me armé de valor y puse una cara de amabilidad sincera y encantadora.

—Sería un honor para mí entrenarme contigo, eeeh... —Y, como no tenía ni idea de cómo pronunciar su nombre, me detuve y, en su lugar, sonreí como una boba. Luego me volví hacia Nura—. Pero ¿no será preferible que me busque un valtaino?

El hombre enarcó una ceja, en absoluto cautivado por mis ensayados encantos.

—¡Y encima es forastera! ¿Qué habla?, ¿thereni?

—Ahora mismo no hay en la Orden de la Medianoche ningún valtaino que pueda aceptar un aprendiz. Eres la única opción de Tisaanah.

¡Por los dioses! Aquello era sencillamente genial, si es que era cierto.

Maxantarius y yo nos miramos y, en ese instante, me quedó claro que los dos estábamos pensando lo mismo.

Él soltó un bufido.

—Por mucha ilusión que me haga ser su último recurso, esto es absurdo.

¿Cuántos años tienes? —Antes de que me diera tiempo a contestar, negó con la cabeza y se volvió hacia Nura—.

Ni me molesto. Esto no merece siquiera una respuesta.

Lo sé yo, lo sabes tú y probablemente también ella.

No hace falta que te recuerde cuál es mi grado de implicación con las Órdenes ahora mismo.

Observé a Maxantarius y a Nura alternativamente y detecté en la postura de ambos una firme hostilidad, la dureza con la que se miraban. También pude percibir en el aire la tensión que aún había entre ellos, que parecía generada por algo más profundo que aquella simple conversación.

Había historia entre ambos.

Quizá fueran antiguos rivales o...

Estudié sus miradas fijas, inquebrantables, cargadas de una inconfundible mezcla de familiaridad y resentimiento.

«O...».

Puede que hubieran sido amantes. Me guardé aquella teoría. Saber ese tipo de cosas sobre la gente siempre resultaba útil, de una forma u otra.

Detalles aparte, de una cosa estaba segura: tenía la fuerte sospecha de que aquella discusión no era solo sobre mí.

—Han pasado ocho años, Max. Ya va siendo hora de que hagas algo con tu vida.

—Me conmueve tu preocupación, pero ya te he dado una respuesta.

—Eres miembro de las Órdenes, te guste o no. No te estaba pidiendo opinión.

—Claro, tú, en tu línea.

Se hizo el silencio. Nura y Maxantarius se dedicaron una mirada fija, combativa, rayana en el odio descarado. El sonido de los pájaros que revoloteaban por los árboles me resultó de pronto ensordecedor.

—No voy a hacer lo que me pides —respondió por fin—. Seguro que andabas buscando cualquier excusa para ponerme en mi sitio, pero me parece fatal que te sirvas de ella para hacerlo.

—No es eso... Ya te lo he dicho. —Nura se irguió y, exasperada, resopló por la nariz. Luego se volvió hacia mí—. Se está portando como un crío. Es más que capaz de instruirte.

—No lo soy —replicó él—. No mientas a la pobre chiquilla.

Estudié la mirada fija y testaruda de Maxantarius; luego, la mandíbula tensa y los ojos gélidos de Nura, igual de inamovible. No tenía claro dónde me había metido, pero sabía que si sugería que me buscaran otro instructor Nura no iba a ceder, menos aún después de aquella discusión.

Me dije que yo lo podía convencer. Era experta en conseguir que los hombres más tozudos hicieran cosas que ni siquiera sabían que querían hacer. Había sometido a los señores de Threll a mi voluntad como si fueran corderillos. ¿Tan distinto podía ser aquel solari petulante?

Además, en realidad yo no necesitaba instrucción. Podía aprender por mi cuenta cualquier cosa que necesitara saber. Bastaba con que satisficiera los formalismos de las Órdenes, me obligara a cumplir sus requisitos cuanto antes y después los convenciera de que me ayudaran a volver a Threll.

Con suerte antes de que Serel...

No quise alimentar aquel pensamiento.

—Terminará cediendo —me dijo Nura por lo bajo. Luego se volvió hacia Maxantarius, que había vuelto a acuclillarse para examinar sus rosales.

—Ni se te ocurra dejármela aquí —amenazó sin levantar la vista.

Y yo deseé que Nura se fuera, porque cada minuto que pasaba discutiendo me dificultaba aún más la labor.

—Va siendo hora de que hagas algo, Max, eres demasiado joven para esto —le dijo con cierta calidez en la voz, lo suficientemente perceptible para que él alzara la vista y suavizara un poco el ceño fruncido.

Uf, habían sido amantes, ¡seguro! Mi sospecha se convirtió en certidumbre.

—Buena suerte —se despidió de mí Nura—. Seguro que nos vemos pronto.

Y antes de que me diera tiempo a detenerla, antes de que pudiera hacerle cualquiera de las preguntas que se me amontonaban en el pecho, hizo dos garabatos irregulares en el trocito de pergamino y desapareció sin más.

Y me dejó allí.

—¡Maldita sea! —protestó Maxantarius—. ¡Mira que le he dicho que no hiciera eso!

Azotó el jardín una brisa que hizo vibrar los pétalos de las flores como si fueran alas de mariposa y me adhirió a la espalda la tela de aquel vestido absurdo, regalándome un doloroso y desagradable recordatorio de mis heridas.

Lo que fuera que Willa me había dado para el dolor empezaba a perder su efecto.

Al menos la punzada me afiló los pensamientos.

Observé a Maxantarius, que me ignoraba con diligencia.

Seguramente la sumisión no era el mejor planteamiento.

Ya tenía claro que, por ahí, ni iba a conseguir que se encariñase conmigo ni iba a hacer progreso alguno.

En circunstancias normales, habría optado por el coqueteo, pero eso me parecía arriesgado también.

Antes ya había rechazado con desdén mis encantos.

La táctica de la pupila entusiasta podría funcionarme. Tal vez.

Bastaba con que averiguara de qué herramientas disponía.

Observé la espalda de Maxantarius, accediendo con la mente al espacio que había entre los dos en busca de algún indicio de sus emociones, sus pensamientos, sus preferencias...

Sentí de pronto un dolor de cabeza intenso y asombroso, parecido al que sufres cuando te pillas los dedos con una puerta. Maxantarius se volvió de pronto, furibundo.

—Ni se te ocurra volver a hacer eso —me susurró con rabia—. ¡Jamás!

Cerré la boca de golpe y me tragué el bochorno.

Estaba claro que Nura se había blindado la mente para protegerla de mis habilidades.

Siendo valtaina, poseía un dominio del pensamiento que le permitía hacer esas cosas, pero no se me había ocurrido que un solari pudiese hacer lo mismo, aunque ahora me parecía obvio que aquel tipo de protección era necesaria en el mundo en que vivíamos...

—Disculpa... —empecé a decir—. Yo solo...

Pero Maxantarius se levantó sin mirarme siquiera.