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La planta baja de la torre era más diáfana que los pasillos en espiral de las otras plantas y tan deslumbrantemente luminosa que tuve que guiñar los ojos.
El vestíbulo hervía de actividad, atestado de personas que parecían ocupadas en asuntos de gran importancia: valtainos, de pelo blanco y piel albina, y solaris, que eran como cualquier otro humano, pero llevaban el emblema del sol propio de la Orden del Alba.
Miré al otro lado de la estancia y me quedé pasmada.
El mural que decoraba la pared del fondo me resultaba tremendamente familiar, aunque era muy distinto de la versión que yo conocía.
La pintura gigantesca de Araich y Rosira Shelaene era como el dibujo a plumilla de mi manido libro: en ella, los enmarcaban el sol y la luna, y las manos de ambos se tocaban.
Y justo ahí, en el punto de contacto de aquellas manos, el propio edificio cambiaba y los detalles se volvían plateados en el lado de Rosira y dorados en el de Araich.
La Torre de la Medianoche y la Torre del Alba compartían la planta baja y allí era donde convergían.
No me di cuenta de que me había parado hasta que Nura se detuvo a mi lado.
—¿Conoces la historia de nuestra fundación? —me preguntó.
—Sí, perfectamente.
Observé sus rostros: el de Araich ladeado, mirando directamente a quien contemplaba el muro, y el de Rosira oteando el mar a través de aquellos ventanales.
Me pregunté si ella habría soñado con mi mundo como yo había soñado con el suyo.
Si lo había hecho, quizá nunca había llegado a verlo.
Hacía quinientos años, no había magia en el mundo y su resurgimiento había sido tan caótico e impredecible que amenazó con destruirlo todo.
Según contaban, Araich y ella donaron partes de su alma para convertir la magia en algo sostenible y luego fundaron las Órdenes para que fueran un punto de referencia estable en un nuevo mundo de poderes peligrosos y grandes posibilidades.
Tragué saliva, emocionada de repente.
Al menos eso era lo que siempre me habían contado. Una promesa tentadora.
Estaba tan embobada que casi ni me di cuenta de que Nura había empezado a alejarse a grandes zancadas.
—Ven —me dijo, indicándome el camino con la mano.
La seguí hasta una estancia más pequeña forrada de escritorios y librerías que desprendían un fuerte y reconfortante aroma a papel.
Willa estaba sentada a una de aquellas mesas, en un rincón.
Al otro lado de la sala, una mujer y un hombre hojeaban unos documentos.
Llevaban la insignia dorada del sol en la solapa, luego eran solaris.
—¡Qué bien te mueves! —me dijo Willa, dedicándome una sonrisa que no pude evitar devolverle.
—Willa, necesitamos un instructor para Tisaanah.
En cuanto Nura abrió la boca, Willa cerró la suya y le dedicó toda su atención.
Sí, Nura debía de ser alguien importante. Quizá no la comandante jefa, la líder de las Órdenes, pero desde luego sí algún alto mando.
Willa frunció el ceño y hurgó entre los papeles de su escritorio.
—Me temo que ahora mismo ninguno de los que aceptan aprendices está libre, porque se asignaron todos hace meses... —Me miró con los ojos entornados—. ¿Cuántos años tienes, cielo?
—Veintiuno.
—¿Veintiuno? —repitió, mirando espantada a Nura—. Tienes tres más que los aprendices cuando terminan el...
—La edad es irrelevante. Si quiere entrar en las Órdenes, debe hacer al menos un cursillo.
La ley es clara en ese sentido. —Nura cruzó los brazos y, nerviosa, empezó a darse golpecitos con el dedo índice—.
Sé que debemos prescindir de convencionalismos...
—A Willa se le formó una arruga en la frente.
Luego sacó unos pergaminos encuadernados y empezó a pasar páginas—.
Mira a ver dónde vive ahora Maxantarius Farlione —propuso Nura.
Willa se quedó de piedra.
—¿En serio?
—Ya te he dicho que íbamos a prescindir de convencionalismos.
—Pero ¿estás segura de que es la persona adecu...?
—Míralo, por favor.
Se hizo un breve silencio. Me pareció que Willa iba a replicar, pero, en cambio, buscó entre sus libros, sacó un papelito y se lo pasó a Nura.
—Gracias —dijo ella, mirándolo—. ¿Cuánto crees que va a tardar Tisaanah en terminar de recuperarse y poder empezar?
¿Recuperarme? Ya no necesitaba recuperarme más ni iba a permitir que me obligaran a entrenar durante seis años nada menos, eso lo tenía claro, lo que significaba que no tenía tiempo que perder.
Si había podido llegar hasta allí estando al borde de la muerte, también podía enfrentarme sin problemas a lo que fuera que ese tal Maxanosequé quisiera proponerme.
—Quiero empezar ya.
Willa me miró sobresaltada.
—Tisaanah, cielo, aún estás...
—He esperado ocho años para poder venir aquí. Estoy recuperada. Y quiero empezar.
—Pero...
—No vamos a reprocharle su impaciencia —terció Nura, esbozando una sonrisa—. Es una joven con iniciativa, y eso lo respeto.
No era precisamente respeto lo que yo veía en el brillo risueño de sus ojos claros, pero me valía. Se me había concedido la posibilidad de ganármelo y con eso me bastaba.
—Vamos, pues —dijo Nura, mirando el papelito que Willa le había dado. Luego le dio la vuelta y cogió una pluma del escritorio—. Agárrate a mi brazo.
Obedecí mientras la veía dibujar un círculo en el papel y luego añadir líneas y formas que se unían en el centro...
Y, de pronto, ya no estaba en la Torre de la Medianoche, sino mirando, deslumbrada, al sol cegador del mediodía.
—Nura... —Oí una voz tensa de hombre—. ¿Qué quieres ahora?