Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 6 #2
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—Me alegra verte despierta —dijo la mujer, cerrando la puerta al entrar. Cuando lo hizo, le vi un emblema de una luna de color gris oscuro en la espalda—. Nos tenías preocupados.

—Estoy mucho mejor.

—Bien, bien.

Se adentró en la estancia y se echó el pelo por detrás del hombro. Lo llevaba largo, casi por la cintura, recogido en muchas trencitas. Me estudiaba con una mirada gélida, inquisitiva. ¡Por los dioses, cómo me desconcertaban aquellos ojos blancos! Parecía que me estuviera atravesando con ellos.

La miré con la misma intensidad.

—Necesito hablar de... —«Hablar con», me corregí—. Necesito hablar con Zeryth Aldris.

—¿Puedo preguntar de qué?

Titubeé.

—Si me lo traes, os lo cuento a los dos.

Una sonrisa asomó tímidamente a sus labios, como si algo de lo que yo había dicho le resultara divertido.

No sabía qué y ella no me daba ninguna pista: no percibía ni un indicio de sus pensamientos ni de sus emociones, ni siquiera la forma nebulosa de su aura.

Cuando traté de asaltar su mente con la mía en busca de algo que me ayudase a ajustar mi estrategia, me encontré con la nada. Una pared en blanco.

—Zeryth no está aquí ahora —me dijo—. De hecho, está en Threll. Quizá hasta os hayáis cruzado por el camino.

¿En Threll? Se me secó la boca. ¿Habría pasado Zeryth por la hacienda de Esmaris como hacía siempre que visitaba la zona?

—La semana pasada me llegó esta carta suya —continuó la mujer.

Levantó la mano y vi un pergamino entre sus dedos.

Lo sostuvo en alto y leyó—: «Como tenía previsto, hice una parada en la residencia de Esmaris Mikov y me encontré con que estaba muerto.

Lo asesinaron apenas unas semanas antes de mi llegada.

La ciudad, huelga decirlo, es presa de los disturbios».

—Me miró y enarcó las cejas—. ¿Te lo traduzco?

Vamos, que hablaba mi idioma, pero prefería no hacerlo.

Yo sabía reconocer un juego de poder cuando lo tenía delante.

Además, entendía lo suficiente, lo justo para disgustarme al escuchar la palabra disturbios.

Esa la conocía: la había leído en las descripciones de guerra y brutalidad de los libros que Zeryth me había regalado.

—Lo entiendo.

—¿Entiendes también lo sospechoso que resulta que una chica de Threll con la espalda azotada se derrumbara ante nuestra puerta justo después de que asesinaran a Esmaris Mikov?

Se me erizó el vello.

—Me fui porque compré mi libertad —contesté—. Era lo justo.

La verdad, aunque muy sesgada.

—No es asunto mío si lo mataste o no. Te vi la espalda.

No te lo reprocharía si lo hubieras hecho.

No obstante... —Soltó la carta, que se desvaneció en una lenta espiral de humo, y luego cruzó los brazos.

Curiosamente, me recordó a Esmaris, con aquellos movimientos tan controlados y comedidos—.

Las Órdenes son políticamente neutrales.

Si los threllianos se enteran de que hemos dado asilo a una fugitiva a sabiendas de que lo era, podría echarse a perder nuestra relación con ellos. O, peor aún, iniciarse una guerra.

Neutrales. Asilo.

Tomé nota de estos dos términos, junto con mi precario entendimiento de su significado.

—Debemos devolverte a Threll —sentenció la mujer, despacio, como si fuera consciente de lo que me costaba asimilar aquello.

Apreté los puños junto a los costados.

Con lo mal que lo había pasado, lo que me había costado llegar allí, ¿y ahora me decía que me iban a mandar de vuelta? A pesar de haber visto lo que me habían hecho en aquel sitio, ¿pretendía devolverme?

No. La cosa no iba así.

—Yo no soy de Threll —dije. La valtaina abrió la boca para replicar, pero me adelanté—: No soy threlliana, sino nyzerense.

Los señores de Threll destruyeron mi nación cuando yo era pequeña; masacraron y esclavizaron a mi pueblo.

Y hace ocho años me capturaron a mí también.

Asesinaron a mi familia y me llevaron con ellos.

Me apalearon, me fustigaron y me violaron.

Otros sufrieron peor destino. ¡Venir hasta aquí casi me ha costado la vida!

Me había preparado para aquel momento. Había aprendido las palabras concretas en arano para relatar todas aquellas cosas horribles, había condensado mi vida en palabras cortas y terribles, porque sabía que terminaría necesitándolas.

Abrí las manos y lancé al aire un torrente de mariposas plateadas que ascendieron al techo.

—Si me devolvéis, me enviáis a la muerte. Zeryth me dijo que podría entrar en las Órdenes aunque sea fragmentada.

Convertí en cristal las mariposas, que cayeron y se hicieron añicos en el suelo de mármol. La mujer ni se inmutó.

—Muy bien —dijo impasible, contemplando los cristales del suelo.

—Por eso he venido, porque mi gente me necesita y, para ayudarla, necesito a las Órdenes.

La mujer y yo nos miramos, su rostro siempre indescifrable.

—Le hablé de tu llegada a Zeryth en mi última carta —dijo al fin.

Y abriendo la mano hizo aparecer otra carta, que leyó en voz alta—: «Me he reunido muchas veces con la chiquilla fragmentada.

Es inteligente y resuelta. Puede que esté mal entrenada y carezca de experiencia, pero su potencial es innegable y sería una verdadera lástima desperdiciarlo».

—Me miró de reojo—. Te aseguro que Zeryth no acostumbra a elogiar de ese modo a las jóvenes que caen desplomadas a las puertas de las Órdenes mascullando su nombre.

Una enorme satisfacción se desplegó en mi pecho. Puede que no necesitara la ayuda de Zeryth para cruzar el mar, pero sí en aquella estancia. Le di las gracias para mis adentros.

—Entregaré a las Órdenes todo lo que tengo —dije—. Seré la mejor maga que hayan conocido.

Abrí las manos y susurré a los fragmentos de cristal para atraerlos hacia mí. Se deslizaron por el suelo y se elevaron hasta mis manos. Las cerré. Cuando las abrí de nuevo, los cristales se habían convertido en una esfera escarchada y moteada: la Luna.

Por primera vez desde el inicio de nuestra conversación, detecté un cambio en el semblante de la mujer, una sonrisa risueña se había adherido a sus comisuras.

—Eso es mucho compromiso para una fragmentada, pero se agradece el sentimiento. —Abrió la puerta—. Ven conmigo. Por cierto, no me he presentado: me llamo Nura.

Nura caminaba rápido y parecía darle igual si la seguía o no. Aun así, le seguí el ritmo, paso a paso. Era agradable poder moverme otra vez pese a las punzadas de dolor que sentía en la espalda. Los remedios de Willa habían funcionado.

—Lo que te dijo Zeryth es cierto: no hay regla que prohíba que una valtaina fragmentada entre en la Orden de la Medianoche. No es habitual, pero... —dijo Nura, encogiéndose de hombros y levantando despacio las manos—. Yo no me opongo.

Aquello pintaba bien.

Mientras recorríamos los pasillos yo iba mirando los techos altos, los suelos blancos, los detalles plateados bañados por la luz del sol que dejaban pasar a raudales las enormes ventanas.

Nos cruzamos con otros valtainos, algunos me miraron intrigados.

Yo procuré no quedarme pasmada al verlos.

Aunque la mayoría llevaba algún tipo de insignia con la luna en alguna parte de la chaqueta, ninguna era tan grande como la de la espalda de Nura, y nadie más vestía completamente de blanco como ella. ¿Sería de un rango superior?

—Pero tenemos un problema...

Giramos de pronto una esquina y llegamos a un círculo de azul cielo tallado en el suelo, cercado por una delicada verja de plata. Nura se situó en el centro y me instó a que la imitara. Cuando lo hice, puso las manos en la barandilla. La plataforma se estremeció.

Solté un minúsculo suspiro al notar que el suelo empezaba a desplazarse bajo mis pies y tuve que contenerme para no subir de un salto al borde. Nura me miró divertida.

—Nuestra magia tiene múltiples usos. Imagina lo que tardaríamos en subir todas esas escaleras.

O sea, que ¿aquello lo estaba haciendo ella? ¿Estaba haciendo bajar el suelo, y a nosotras con él?

Vi pasar un piso tras otro de la torre mientras descendíamos, apenas captando aquel hervidero de actividad.

—Tú, en cambio, tienes un problema —me dijo Nura—: los aprendices se asignaron hace seis meses. No hay tantos valtainos como solaris. Creo que no tenemos a nadie que te pueda entrenar.

Aprendices .

No había entendido esa palabra, pero sí su última frase.

—No necesito entrenamiento.

A Nura se le escapó una risa, como si yo acabara de decir un disparate.

—Pues claro que sí. Todos los magos, valtainos o solaris, deben completar el aprendizaje para poder entrar en las Órdenes. Sin excepción.

—Aprendiz...

—Aprendizaje. Los magos jóvenes entrenan con un profesor durante seis años.

«¡Seis años!».

—No dispongo de tanto tiempo. Los habitantes de Threll no pueden pasarse seis años esperando mi ayuda.

Nura me miró de reojo, entornando los ojos, pensativa. Ansiaba con desesperación poder percibir sus pensamientos.

—¿Y qué clase de ayuda quieres que les proporcionemos exactamente?

—Quiero que mandéis a Threll a un grupito de magos, incluida yo —le dije sin dudarlo.

Lo había meditado mucho—. Dadme veinte soldados y la protección de la Orden para ir a la ciudad de Esmaris Mikov y...

—Por más vueltas que le daba a la cabeza, no me salía la palabra en arano para negociar —.

Y hablar de la libertad de los esclavos de allí.

Dadme dinero o poder para hacer tratos para su liberación.

Y, si sale bien, podemos hacerlo en todo Threll.

Pero, de momento, solo os pido una veintena.

La plataforma se detuvo de repente al llegar al suelo, pero ninguna de las dos se movió ni abrió la boca. Se hizo un silencio angustioso.

—Eres ambiciosa —me dijo Nura—. No sé si tu plan es realista, pero a ver qué podemos hacer, igual cuando completes un pequeño entrenamiento.

Ese es un requisito que no voy a poder eludir de ningún modo.

—Bajó de la plataforma y enfiló el pasillo—.

Ven conmigo —añadió, haciéndome una seña para que la siguiera.