6
Parloteo.
El sonido me rodeaba, como campanas que tintinearan al ritmo de la música.
Al abrir los ojos, vi brocado de color plata entre haces de luz. Tardé un momento en enfocar lo suficiente como para entender que se trababa del entelado de una pared.
¡Por los dioses, cómo me dolía el cuello!
Estaba tumbada, por suerte, bocabajo, con el cuerpo acunado por mantas blancas más gruesas y suaves de lo que hubiera visto jamás en Threll, claro que allí hacía tanto calor que ese tipo de cosas no eran necesarias.
Parpadeé. Brotó de mis labios un gruñido.
Luego cesó el sonido. Hasta que no vi el torso de una mujer rolliza, vestida con una sencilla blusa azul y una falda larga de vuelo, no caí en la cuenta de que lo que había estado oyendo era una voz.
Alcé la cabeza, sin hacer caso de la rigidez de mi cuello, justo cuando la mujer se agachaba a mirarme. Tendría treinta y tantos años y lucía una piel blanca y un pelo de color plata recogido en un moño desordenado, con algunos mechones rizados colgándole por las orondas mejillas.
Una valtaina.
De pronto, entendí que debía de estar en Ara.
En la Orden de la Medianoche.
La mujer me dijo algo en arano, pero hablaba tan rápido y yo estaba tan aturdida que sus palabras se esfumaron sin que pudiera interpretarlas. Ella me sonrió, frunciendo los ojos de preocupación.
—¿Tisaanah? —me dijo con una voz aguda y ligera. No era de extrañar que sus palabras me hubieran parecido campanillas—. ¿Tu nombre?
Ahora hablaba despacio, haciendo hincapié en cada palabra de una forma que podría haber parecido condescendiente de no ser por lo amable que resultaba.
Asentí.
—Sí.
Se ensanchó su sonrisa.
—Willa —dijo, llevándose la mano al pecho.
—Hola —susurré.
—Hola, cielo.
«Cielo. Cielo». Me devané los sesos repasando todas las palabras aranas que había leído. Por escrito era mucho más fácil.
Poco a poco, lo entendí. Cielo era un apelativo cariñoso.
Podía conseguirlo. Asomó a mis labios una sonrisa.
Aquel pequeño indicio de comprensión fue, al parecer, el único incentivo que Willa necesitaba para desatar sobre mí otra avalancha entusiasta de palabras. Tuve que hacer un esfuerzo por seguir sus frases.
—Has estado inconsciente bastante tiempo. He tenido que hacerte curas tres veces al día. Tenías infección. —Meneó la cabeza—. Muy grave.
Infección. Se trataba de una palabra nueva, aunque era fácil adivinar lo que significaba.
Moví los brazos y apoyé las manos para incorporarme. Esperaba que aquel movimiento me produjera un dolor insoportable, pero no fue así. Un malestar, sí, pero nada comparado con lo que había tenido que soportar en las últimas semanas.
Increíble.
—Seguro que te duele —me dijo Willa, y, cuando alcé la vista, la vi mirándome con el ceño fruncido de angustia.
—No tanto. Gracias.
Ella hizo un ruidito, como si succionara algo entre los dientes, una especie de mezcla de tristeza y desaprobación.
—Pobrecilla, tenías la espalda fatal.
Un aire frío hizo que volviera la vista hacia la derecha de la estancia, donde había una serie de ventanas que ocupaban la pared de arriba abajo, algunas cubiertas con varias cortinas de gasa azul grisáceo. Una estaba ligeramente abierta y por ella se colaba la brisa marina.
La habitación, pequeña, estaba impecablemente limpia.
No había más muebles que la cama, un espejo grande y un armario.
Todos ellos eran de construcción sencilla, pero se notaba que eran caros, hechos a mano con madera de caoba y herrajes de plata.
Aquellos herrajes, de hecho, eran la única decoración.
Cada pieza, cada pomo, cada tirador era una pequeña luna de plata.
Entró otro soplo de aire. Me estremecí y me abracé el cuerpo. Solo entonces caí en la cuenta, para bochorno mío, de que no llevaba camisa. Willa debió de notar mi vergüenza.
—Tranquila, no es la primera vez que veo un cuerpo desnudo —me dijo—. Pero tengo ropa para ti, porque supongo que ya no quieres eso... —añadió, señalando el armario, en uno de cuyos laterales colgaba mi abrigo de un gancho.
Mi abrigo destrozado y ensangrentado. Un abrigo que solo podía haber llevado alguien cercano a la muerte, alguien que había visto y vivido cosas terribles, que había cerrado los ojos todas las noches preguntándose si volvería a abrirlos por la mañana.
Me estremecí.
No, no lo quería. Ni siquiera quería volver a verlo.
Pero entonces aquel abrigo me recordó, con un nudo fuerte en la boca del estómago, a qué había ido allí y me hizo preguntarme qué habría sido de Serel.
Si conseguía hablar con Zeryth, quizá él pudiera ayudarme a recabar el apoyo de las Órdenes para acudir en su auxilio.
Imaginaba que no iban a tolerar algo así, y con el armamento de que disponían...
—Necesito hablar con Zeryth Aldris —le dije a Willa, que había abierto el armario y hurgaba en él. Sacó un vestido de algodón azul y me lo enseñó.
Apretó los labios.
—Ah, sí —contestó, como para sí—. Ya me lo dijeron, sí... —Colgó el vestido a un lado del armario, tapando mi abrigo sucio—. Mira, no es muy elegante, pero es preferible que la ropa no te apriete para no irritarte las heridas.
Solo entendí por encima la mitad de la frase, pero, con los nervios, me importó más bien poco.
—¿Zeryth está...?
—Sí, sí. Mientras te vistes, voy a buscar a una persona que quiere hablar contigo.
Willa se acercó a la puerta, con la falda rozándole los pies.
Aun siendo bajita y más bien regordeta, se movía con una elegancia que yo observaba con cierta envidia.
Mis bailes me habían costado muchos ensayos y muchísima fuerza de voluntad.
En cambio, los movimientos de Willa poseían una gracia natural.
—Willa... —le dije al verla agarrar el pomo de la puerta. Ella se detuvo para mirarme—. Gracias.
Me dedicó una sonrisita cariñosa.
—De nada, cielo. Seguro que volvemos a vernos pronto.
Y se fue como un suspiro, dejándome sola en la torre de la Orden de la Medianoche, un lugar con el que llevaba años soñando.
Aún no sabía cómo, pero lo había conseguido.
Salí de la cama y deambulé en círculo por la estancia, tomándome un momento para asomarme, entre las cortinas, a una de las ventanas.
Al mirar abajo, me pareció que se ladeaba el suelo que pisaba y solté un jadeo involuntario.
Estaba altísima, a una distancia angustiosa del suelo. Solo el cristal me separaba del cielo.
La ventana daba a los famosos acantilados de Ara y a la mar brava que se encontraba tras ellos.
Si inclinaba la cabeza y pegaba la mejilla al cristal, podía vislumbrar la Torre del Alba, sede de la orden homónima, que estaba al lado de la mía.
Eran idénticas, solo que aquella estaba revestida de oro bruñido, en vez de plata. Muy propio.
Un poco más allá, se alzaba imponente el palacio, con los acantilados de fondo.
No era tan alto como las torres, pero se extendía por la curvatura de la tierra.
El oro que revestía hasta el último de sus ángulos relucía bajo los nubarrones teñidos por el mar.
Los chapiteles, rematados por unas agujas afiladísimas, apuñalaban el cielo.
Se me hizo un nudo en la garganta.
Los dibujos a tinta de mis libros y las descripciones de Zeryth no les hacían justicia.
Di media vuelta, me dirigí al armario y cogí el vestido que Willa me había sacado. Tres capas de algodón liso y holgado, azul grisáceo, como las cortinas, con mangas vaporosas que me llegaban hasta el codo.
Arrugué la nariz. ¿Así vestían las mujeres de Ara? ¿Les gustaba esconder la cintura o...? Bueno, yo no había ido allí a ponerme guapa.
Desabroché el vestido y me di la vuelta; al hacerlo, me vi de refilón en el espejo de cuerpo entero.
Casi se me cae la percha.
¡Por los dioses! ¿Esa era yo?
El pelo me caía enmarañado y sucio por los hombros, tenía las mejillas hundidas y se me notaban todas las costillas.
Dos cicatrices de un rosa furioso me cruzaban el pecho y el abdomen y también me seccionaban los antebrazos.
Si colocaba los brazos de la forma correcta, veía perfectamente el recorrido que el látigo había hecho por mi cuerpo cuando me había protegido.
Sin embargo, al volverme, la espalda... La tenía repleta de surcos profundos y atroces.
Algunos aún sangraban, otros ya habían perdido la costra y otros estaban cosidos como si se tratara de una espantosa colcha de retales.
No era de extrañar que me hubiera dolido tantísimo: prácticamente no me quedaba piel.
Además, estaba claro que, con sanación mágica o sin ella, aquellas cicatrices me señalarían para siempre.
«¡Zas!».
«Veintisiete».
La imagen del rostro moribundo de Esmaris me vino de pronto a la cabeza y, por primera vez, no sentí ni una pizca de remordimiento al recordarlo. Me alegraba. Me alegraba de que estuviera muerto. Y de haber sido yo quien lo matara.
Luego pensé en la tristeza que le había atravesado el semblante, en aquel murmullo de traición, y el remordimiento me sobrevino como una ola que rompe en la orilla.
Estremecida, me aparté del espejo y me puse aquel vestido vaporoso y sin entallar. Sentí en la muñeca un dolor que no tenía localizado y me la miré extrañada.
Qué raro. Allí, en la cara interna de la muñeca, llevaba un apósito manchado de rojo. Sin duda era más reciente que el resto de las heridas, pequeña, limpia y de aspecto completamente deliberado. ¿Cómo me la había...?
Se abrió la puerta a mi espalda y se interrumpieron mis cavilaciones.
Al volverme, vi en el umbral a otra valtaina, algo más joven que Willa y mucho más delgada y alta.
Vestía toda de blanco, un blanco que se confundía con su piel y su pelo, y la convertía en una silueta plana e incolora.
Llevaba unos pantalones ajustados y un abrigo rígido, abotonado de arriba abajo, que recorría su cuerpo flexible hasta tocar el suelo.
Me miré el vestido, aliviada de ver que aquello no era, por lo visto, lo único que se ponían las mujeres de Ara.