Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 5
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«Me llamo Tisaanah Vytezic. Soy de Threll. Soy amiga de Zeryth Aldris y debo hablar con él».

Ensayaba estas palabras obsesivamente, repitiendo los sonidos nítidos del arano una y otra vez.

Las susurraba mientras cruzaba al galope la llanura en un intento desesperado de adelantarme al alba, a mi desangramiento y al miedo constante ante la posibilidad de que el ejército de Esmaris partiera en mi busca.

Las mascullaba al tiempo que me enfrentaba a los desvaríos de la fiebre, cuando corría el riesgo de desplomarme y quedarme agazapada debajo de las piedras o en cuevas minúsculas en las que apenas cabría.

«Me llamo Tisaanah Vytezic. Soy de Threll. Soy amiga de Zeryth Aldris y debo hablar con él».

Las palabras resonaban por los llanos y se adentraban en los bosques, donde el pobre caballo tropezó y se rompió una pata. Me vi obligada a evitarle más sufrimiento y esa noche me comí lo que pude del animal, disculpándome todo el tiempo.

Las palabras me rondaban la cabeza mientras avanzaba dando tumbos por el bosque, pegándome a los árboles cada vez que oía voces o pasos.

Me las repetía para distraerme y a modo de recordatorio en esas noches, en que me miraba la sangre de los dedos con preocupación y me apretaba los vendajes todo lo posible para detener la hemorragia.

Y las solté en un grito triunfal cuando por fin, días o semanas después, salí a rastras del bosque y me encontré por primera vez con el mar, bello, inmenso y poderoso. Después, las palabras quedaron acalladas momentáneamente cuando la vista lo silenció todo en mi interior.

«Soy amiga de Zeryth Aldris y debo hablar con él».

Aquellas palabras permanecieron en mi cabeza mientras, dando tumbos, me dirigía como podía a casi todos los marineros del muelle en busca de alguien que me llevase a Ara.

Hablaban un dialecto de thereni distinto al mío.

De no haberme resultado tan frustrante, hasta me habría hecho gracia entenderlos mejor cuando hablaban arano.

«Me llamo Tisaanah Vytezic».

Luego, las palabras danzaron como al son de una canción cuando, por fin, subí a bordo de un barco y vi las orillas de Threll perderse a lo lejos y dejé que el aire salado me peinara el pelo.

Las ensayé entre vómitos cuando la mar me revolvió, implacable, las tripas.

Me consolaba con ellas cuando soñaba con Serel, con el sentimiento de traición en los ojos moribundos de Esmaris, y despertaba empapada en sudor. Cuando aquellos sudores se volvieron febriles. Cuando la fiebre se apoderó de mis pensamientos y me llevó al delirio.

«Me llamo Tisaanah y he abandonado a todas las personas a las que quiero».

«Y soy una asesina».

«Y voy a morir antes de llegar a Ara».

Pero no morí.

Poco me faltaba cuando aquel barco atracó en el puerto de Ara. Recuerdo vagamente haber desembarcado a trompicones y haber alzado la vista, admirada, hacia aquellas torres de cristal resplandeciente, una plateada y otra dorada.

Debí de llegar a duras penas a las puertas de las Órdenes.

Por lo visto, me derrumbé cuando se abrió la puerta y solté en un arano precario: «Me llamo Tisaanah. Soy de Threll, amiga de Zeryth Aldris. Debo hablar con él».

Recuerdo cómo se reflejaba la tenue luz del sol en el pelo plateado de aquella mujer y que solté un grito tembloroso y débil cuando me tocó la espalda.

Pero nada más.