Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 4
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—¡Por los dioses desterrados! Pero ¿qué te ha hecho?

Serel me tenía cogida por los hombros.

Yo no lo oía. Aún miraba los ojos sin vida de Esmaris, clavados en los míos, perdidos en la lejanía.

—Mírame, Tisaanah.

«Mírame. Mírame. Mírame».

Unos dedos calientes y callosos me giraron la cabeza. Los grandes ojos azules y llorosos de Serel eran lo contrario de los de Esmaris en todos los sentidos, y verlos fue como un soplo de aire fresco que me sacudió el alma.

Dije lo único que me vino a la cabeza:

—Está muerto.

Serel miró a Esmaris. No me preguntó qué había pasado.

Puede que la escena, el montón de monedas del escritorio, mi sangre, el látigo, el estallido que le había hecho irrumpir en la estancia...

ya le indicaran todo lo que necesitaba saber.

Pero ni se inmutó al ver el cadáver. A veces se me olvidaba que mi tierno y bondadoso amigo no era ajeno a la muerte.

—¿Puedes ponerte en pie?

Asentí, pero no me moví. Esmaris todavía me tenía agarrada del pelo. Con dedos temblorosos, me zafé de él. Tenía la mano tan caliente que pensé que todavía podía atraparme en cualquier momento.

Lo había matado.

Había matado a Esmaris.

Yo.

El pánico me azotó como una ola, robándome el aire de los pulmones.

Serel me ayudó a levantarme. El movimiento hizo que me ardiera la espalda y solté un gemido involuntario. Se me llenaron los ojos de lágrimas, que me negué a dejar escapar.

—Ya, ya... —me susurró Serel con la voz estrangulada.

—¿Qué va a ser de mí? —le dije en voz baja.

Yo siempre tenía un plan, un objetivo. Aun en los momentos más difíciles de mi vida, contaba con opciones. Aquella vez no era capaz ni de pensar. Ni siquiera de respirar.

Jamás conseguiría mi libertad.

Esmaris estaba muerto.

Sabrían que lo había matado yo.

Me ejecutarían.

Y también a...

Miré de pronto a Serel.

—No deberías estar aquí. Se van a enterar, van a...

—Shhh —murmuró; era un sonido pequeño y reconfortante.

Miraba a Esmaris, luego a mí, después el látigo, apretando mucho los labios.

«Piensa, Tisaanah —me dije—. Piensa. La cosa no acaba aquí. No puede ser».

Pero tenía el cerebro hecho puré. No paraba de ver los ojos de Esmaris al caer, de oír aquel susurro de traición.

Estaba tan ida que, cuando Serel desenvainó la espada y se la clavó en el pecho a Esmaris, no entendí lo que estaba pasando. El ruido que hizo me devolvió bruscamente a la realidad. Un crujido húmedo y nauseabundo que supe, ya entonces, que jamás olvidaría.

—Serel, pero ¿qué...?

—La sangre podría ser suya. Cualquiera podría haberlo matado. Ahora ya no sabrán quién.

Serel extrajo la espada del cuerpo de Esmaris. Brotó más sangre al suelo.

Me dio una arcada y tragué bilis. Serel cogió el látigo y lo enroscó fuerte; después lo colgó en su sitio, en el armario, como si nadie lo hubiera tocado.

Las piezas del rompecabezas empezaron a encajar en mi mente. Entonces vi lo que estaba haciendo. ¡Lo que estábamos haciendo!

Lo agarré de la muñeca, clavándole las uñas en la piel.

—Esto es peligroso. No deberías estar aquí.

—Pues claro que sí, porque lo vamos a arreglar —me dijo, y me dedicó una sonrisa que, a pesar de mi espalda ensangrentada y del cadáver que teníamos a los pies, me pareció tan natural, tan auténtica, que me desconcertó.

Después me miró de arriba abajo—. Tu ropa.

Necesitas otra cosa. Quédate aquí, que voy a tu alcoba...

Me observé y caí en la cuenta de que iba prácticamente desnuda. La seda hecha jirones del vestido apenas me tapaba. Me corría la sangre por detrás de las piernas.

—Tengo cosas aquí, en su armario.

Por no decirle: «Por favor, por favor, por favor, no me dejes aquí con él».

Serel asintió. Se acercó al armario y eligió un abrigo lo bastante largo como para que me tapase casi todo el cuerpo y, por suerte, lo bastante grueso y oscuro como para ocultar la sangre.

Esmaris tenía mi ropa en su despacho, junto a la suya. Otro extraño signo de intimidad. Me costó no vomitar de nuevo.

Serel se plantó detrás de mí, sosteniendo el abrigo, y me inspeccionó.

—Voy a tener que vendarte la espalda, Tisaanah, y luego te pongo esto.

El tono triste y de disculpa de su voz me indicó que conocía perfectamente la envergadura de lo que me estaba pidiendo.

¡Por los dioses!

Solo el movimiento de echar los brazos hacia atrás me dejó sin aliento y me nubló la visión. Y eso moviéndome un poquito... No quería ni imaginar lo que iba a ser deslizar aquella tela recia por lo que me quedara de piel, o ponerle encima un vendaje.

«No puedo, no puedo, no puedo». Jamás pronuncié estas palabras, pero el condenado tejido estaba a punto de acabar conmigo.

—Hazlo —mascullé, en cambio, y me agarré al borde del escritorio de Esmaris.

—Lo siento —dijo Serel en un susurro marcado con el desgarro de la tela.

Luego vino el dolor.

Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no gritar. Me flojeaban las piernas, pero me aferré a la estabilidad del escritorio mientras Serel improvisaba un vendaje alrededor de mi torso.

«Ara —me recordé—. Las Órdenes. Libertad. Lo vas a conseguir. No te queda otra».

El dolor era tan insoportable que casi no oí a Serel cuando me dijo una eternidad después —o eso me pareció— que me irguiera. Tambaleándome, extendí los brazos para que pudiera deslizarme la tela rígida del abrigo por la piel.

Iba a vomitar. Me iba a desplomar. Tenía claro que iba a hacer una de las dos cosas, si no eran las dos.

Pero, milagrosamente, no fue así.

—Lo has logrado —musitó Serel por fin—. Lo has logrado.

Si había podido con aquello, podía con cualquier cosa.

Seguía pensando que me iba a desmayar, pero procuré centrarme en mantenerme derecha. Vi de pronto las monedas, todavía sobre el escritorio.

—Vamos a necesitar unas cuantas de esas —dije con voz ronca.

Al menos servirían para algo.

Serel me hizo caso: agarró un par de puñados de monedas de oro y las metió en mi bolsa de seda. Luego se arrodilló junto al cadáver de Esmaris y le soltó el broche que llevaba en la solapa: una azucena de plata, su sello.

—Muy listo —dije con un hilo de voz, tambaleándome.

Aquel sello era una suerte de autorización de Esmaris en su ausencia. Se lo daba a los esclavos o los sirvientes como prueba de su favor cuando necesitaban mayor acceso.

Me miró preocupado.

—¿Estás bien?

—Sí —contesté. Tal vez, si me lo creía, se haría realidad.

—Aguanta un poco más.

Se incorporó, pero permaneció inmóvil un momento, contemplando el cadáver de Esmaris.

—Serel...

—Solo una cosa... —Con un súbito gesto de desprecio, bajó la cabeza y escupió. El escupitajo rodó por la mejilla fría e inerte de nuestro dueño..., nuestro antiguo dueño—. Ya nos podemos ir —dijo, y salimos juntos por la puerta.

No acostumbro a seguir a nadie a ciegas, pero, cuando Serel empezó a llevarme por aquellos pasillos de la hacienda de Esmaris que tan bien conocíamos, tuve que confiar en que sabía lo que se hacía. El hecho de mantenerme en pie ya requería toda mi concentración.

—¿Se me ve normal? —le susurré después de que saludáramos con la cabeza a otro esclavo con el que nos cruzamos.

—Lo estás haciendo de maravilla.

Noté que me corría la sangre por detrás de las piernas y me pregunté cuánto tardaría en formarse un charco a mis pies.

—Rápido —le dije, y aceleramos todo lo que pudimos.

No tardé en caer en la cuenta de adónde me llevaba: a los establos.

Otro guardaespaldas, Vos, estaba apostado a la puerta.

Nos sonrió a modo de saludo al vernos llegar y yo le devolví la sonrisa con todo el entusiasmo del que fui capaz.

Vos era amigo y recé para que nuestra relación bastara para distraerlo del aspecto tan sospechoso que yo debía de tener.

—Hoy tenemos una noticia extraordinaria, Vos —anunció Serel con orgullo—. Tisaanah nos deja. Acaba de comprar su libertad.

¡Qué buen actor era! Yo, en cambio, apenas me acordaba de mantener la sonrisa.

A Vos se le iluminó el rostro. Siempre había sido así: las emociones se apoderaban de todos sus rasgos con una intensidad arrebatadora.

—¿En serio? ¿Por fin lo has conseguido?

Asentí, fingiéndome eufórica.

—Ya te dije que lo lograría.

—Así es, sí. ¡Vaya! —exclamó Vos, asombrado. La felicidad que sentía por mí me revolvió las tripas. ¿Lo castigarían cuando se descubriera que Esmaris había muerto... y que Serel había desaparecido?—. ¡Qué gran noticia! Te voy a echar de menos.

—Y yo a ti —contesté, de corazón.

Perdí de pronto el equilibrio. Los dedos de Serel me agarraron con fuerza por el hombro, fingiendo una palmada afectuosa.

Una brisa me pegó la ropa al cuerpo y noté que la sangre me chorreaba por las pantorrillas. No podía quedarme allí mucho más tiempo.

—Debo marcharme antes de que se ponga el sol —le dije a Serel, que entendió la indirecta.

—Sí, ahora es demasiado buena para nosotros —contestó. Luego, enseñándole a Vos el lirio de plata de Esmaris, añadió—: Con un caballo corriente bastará. No hace falta que sea de pura raza, claro.

Vos apenas miró el sello.

—Claro, claro, hablad con el caballerizo —respondió. Después me miró y sonrió—. ¡Enhorabuena, Tisaanah! Buena suerte ahí fuera.

—Buena suerte para ti también, Vos.

La iba a necesitar. Procuré no pensar en cómo le iban a dejar la espalda a Vos si lo castigaban por dejarnos marchar, ni era capaz de imaginar su cuerpo colgando de la horca.

«Recomponte —me reprendí furiosa—. Así no ayudas a nadie».

No fuimos a ver al caballerizo, por supuesto, sino que nos dirigimos a las cuadras donde guardaban a los caballos de faena, animales desatendidos a los que no vigilaban de cerca.

No había nadie. Ya era demasiado tarde para que hubiera mozos de cuadra por allí.

Resultaba que, por azares de la vida, había elegido el momento perfecto para asesinar sin querer a mi amo.

Me apoyé en la pared para no perder el equilibrio mientras Serel escogía un caballo y le echaba una silla de montar al lomo. En cuanto bridó al animal y abrió con sigilo la puerta de la cuadra, le tendí la mano.

—Trae, que lo sujeto mientras buscas uno para ti —le susurré.

Serel hizo una breve pausa y luego me apartó del camino.

—No puedo ir, Tisaanah —contestó como el que rechaza una invitación a comer.

El caballo y él avanzaron por el pasillo, pero yo me quedé paralizada.

—¿Qué?

—Shhh. —Serel se volvió a mirarme—. No hay tiempo que perder.

—Pues claro que vienes.

No iba a dejarlo allí. Ni hablar.

Lo seguí cojeando, esforzándome por alcanzarlo hasta que llegamos a la puerta trasera de los establos.

Me asomé a las palmeras y los helechos, que daban paso a un infinito cielo azul, teñido de las primeras luces del ocaso.

Entre las hojas de los árboles se vislumbraba una hierba dorada y ondulante: la célebre llanura de Threll.

Mucho más allá, al otro lado de la pradera, estaba el mar, y al otro lado del mar, Ara.

Las Órdenes.

Me volví de nuevo hacia Serel, que estaba apretándole la cincha sobre las orejas al caballo.

—Pues claro que vienes —repetí, rotunda.

—Todo el mundo sabe que querías comprar tu libertad, pero yo tengo entrenamiento dentro de una hora.

Si no me presento, me buscarán. No hay tiempo suficiente.

Además, ya ha quedado patente que te he acompañado hasta aquí y he dejado a Esmaris temporalmente desprotegido.

Ahora, cuando vuelva, lo encontraré muerto.

Tenía muchos enemigos. Puedo asegurar que he visto cualquier cosa.

—No va a funcionar.

—Saldrá mejor que si nos escapamos los dos. En cuestión de horas, alguien se daría cuenta de lo que ha pasado. De esta forma, puede que ni siquiera te busquen a ti. Y, si lo hacen, puedo conseguirte por lo menos un día de ventaja.

Un día de ventaja. ¿A qué precio? Típico de Serel, derrochar optimismo, incluso ante una realidad mucho más cruda.

—Deja de hacerte el mártir y súbete al puto caballo.

—No pierdas tiempo con esto.

—Pues no me hagas perder tiempo.

—Te mereces conseguirlo. No quiero estropear tus opciones. Yo me las apañaré bien aquí. Te lo prometo.

Merecer. ¡Cómo odiaba esa palabra!

Serel no era de los que levantan la voz. Siempre hablaba en voz baja y serena, y aquel día no fue distinto, pero yo sentí su determinación, como si fuera un muro macizo entre los dos.

—Por favor —le supliqué, cogiéndole las manos, aferrándome a ellas, sin querer soltarlas.

«No puedo, no puedo, no puedo».

—Te voy a subir al caballo. ¿Preparada?

No lo estaba, pero lo hizo de todos modos, levantándome con delicadeza por la cintura. Me noté la mano fría donde antes había piel y el cuerpo se me retorció de dolor con el movimiento. Ya a lomos del caballo, el mundo entero empezó a darme vueltas.

—Toma —dijo, dándome un puñal enfundado cuya correa me sujetó a la cintura. Luego me estrujó la mano—. Como me entere de que has muerto en esa llanura, te mato.

Contemplé desde arriba aquellos ojos claros, más impresionantes que nunca, ahora que brillaban con unas lágrimas que no terminaban de rebosar. Recordé el día en que lo conocí. Ahora sabía lo que aquella pequeña esclava debió de sentir. ¡Qué valioso regalo de dulce y amargo consuelo!

Quería decirle tantas cosas..., tantísimas que las palabras sin pronunciar me estrangulaban.

—Tienes que irte —me dijo, y, volviéndome la cara hacia él, me besó en la mejilla—. Saluda a Ara de mi parte.

«No puedo».

Puso al galope el caballo, alejándome bruscamente antes de que estuviera lista.

El nudo que tenía en la garganta se me deshizo lo justo para poder decirle un «te quiero», pero las palabras se disolvieron en el traqueteo de los cascos del caballo, el viento y los amagos de llanto que yo ahogaba en mis pulmones.

Después me preguntaría a menudo si llegó a oírme, si él, mi amigo, ¡mi hermano! , sabía lo importante que era para mí.

Su beso me ardía en la mejilla. Un beso que se sumaba al que mi madre me había dejado en la frente hacía muchos años. Eran dos cicatrices que me marcaban como alguien que había dejado atrás a las personas que más le importaban.

Me abrí paso entre los helechos y las praderas que se extendían ante mi vista, borrosa por la pérdida de sangre.

No miré atrás. No pude. De haberlo hecho, habría dado media vuelta.

Aun así, buena parte de mí se aferraba a la tierra, queriendo regresar a toda costa con Serel y gritándome por dentro: «No lo abandones, vuelve, no lo abandones».

Pero el caballo apretó el paso.

Merecería la pena. Haría que mereciera la pena el sacrificio, no solo por Serel, sino por todos. Y me tragué las lágrimas que me asaltaban, antes de que llegaran a la superficie.

Tenía todo lo que necesitaba. Llevaba un puñado de monedas de oro en la bolsa, suficientes para comprar o sobornar con el fin de lograr el acceso a Ara; un poder lo bastante grande en mi interior como para matar a uno de los hombres más temidos de Threll; veintisiete heridas —futuras cicatrices—, que me recordarían siempre que era capaz de sobrevivir. Y que lo haría, que sobreviviría.

Pero, sobre todo, tenía una deuda que saldar y, para eso, estaba dispuesta a cualquier cosa, menos a llorar.