3
Lo lógico habría sido que, después de tanto tiempo, Esmaris hubiera dejado de intimidarme tanto como al principio.
Llevaba siete años viviendo con él y seguramente lo había visto en circunstancias, digamos, más comprometedoras que ninguna otra persona.
Aun así, a veces, al entrar en algún sitio, durante unos segundos me pasmaba su presencia, la forma en que parecía absorber todo el aire de la estancia.
Aquel fue uno de esos momentos.
Me quedé mirando la silueta de su espalda, recortada contra la ventana de su despacho.
Como la noche de la fiesta, vestía de rojo, pero la chaqueta era de un brocado burdeos oscuro.
Tenía las manos cruzadas a la espalda y el contorno de sus hombros era ancho y completamente recto. Aquel hombre jamás se encorvaba.
No me miró.
Me dije para mis adentros que no había nada que temer, que se trataba de una operación comercial sencilla, ni más ni menos.
Serel estaba plantado en la puerta, como guardaespaldas favorito de Esmaris, y yo me aferré al recuerdo de la breve sonrisa de ánimo que me había dedicado antes de entrar allí.
No obstante, me sudaban las manos.
«Di algo», insté mentalmente a Esmaris.
—Mil —espetó como si me hubiera oído, aún de espaldas—. Una cifra considerable.
—Más que las cincuenta monedas de plata que te ofrecí la primera vez —repliqué con desenfado, dejando que calara en mi voz la sonrisa, pero, para alivio mío, no la angustia.
—Ciertamente.
Esmaris se volvió por fin y me recorrió de arriba abajo con su mirada fija, oscura y penetrante.
Por delante de un ojo, le colgaba un mechón rebelde de pelo negro entrecano, el único elemento díscolo de su imagen.
Todo lo demás, desde el ajuste de la ropa hasta el recorte de la barba, pasando por la tersura de su pelo recogido, era impecable.
Debía de rondar ya los sesenta, pero su porte era el de un hombre mucho más joven.
Intenté atrapar las palabras no pronunciadas entre los dos, percibir su reacción, sus pensamientos. Siempre me costaba leerlo, porque era frío e inflexible. Aun con todo, a veces lograba vislumbrar algo, sobre todo cuando se mostraba complacido conmigo.
Esa vez, en cambio, nada.
—En realidad, tengo mil dos, pero estoy dispuesta a regalarte las que sobran, por todo lo que has hecho por mí —añadí, entre la broma y la verdad, entre el coqueteo y la gratitud, dorándole la píldora y recordándole, de paso, por qué me tenía cariño.
No hubo reacción. Me bulló por dentro un resquemor que no me apetecía analizar demasiado: muy en el fondo, por la razón que fuera, deseaba impresionarlo.
—¿Lo tienes? —me preguntó, señalando con la cabeza la bolsa que descansaba a mis pies. Pesaba una barbaridad, porque, claro, mil monedas de oro eran mucho metal.
—Sí.
—Enséñamelo.
Hice lo que me pedía: subí la bolsa a su escritorio y la abrí.
En cuanto la deposité, él la volvió bocabajo de un solo movimiento y la vació en la mesa.
De haber tenido los ojos cerrados, me habría parecido el tañido de unas campanas.
Algunas monedas cayeron al suelo. Guardamos un silencio angustioso hasta que cesó, por fin, aquel tintineo.
—¿Te hago contarlas? —me dijo.
—Si quieres, las cuento. Está todo ahí.
—Esto es mucho dinero. ¿Cómo lo has ganado?
¿Que cómo lo había ganado? Haciendo de todo, lo que hiciera falta, lo que pudiera.
—Me he ofrecido a colaborar en todo lo que he podido —contesté.
Y mira lo que había conseguido. Hasta los momentos de los que no me sentía orgullosa habían merecido la pena. Asomó a mis labios una sonrisa.
—¿Y eso qué significa? —susurró furioso.
Se me evaporó la sonrisa.
Mierda.
—He aprendido de ti —le dije serena, acercándome despacio—. Los negocios son solo cosa de...
—Te has prostituido por este dinero.
Su repulsión y su rabia cortaron el aire con tal violencia que me sentí como si me hubiera soltado un bofetón. La fealdad de la palabra y la forma en que la pronunció me dejaron muda un instante.
Ni siquiera yo me lo había planteado así. Me dolió más de lo que pensé que me dolería aunque no me arrepintiera de nada de lo que había hecho.
—No, yo...
—Los dos sabemos que no soy imbécil. No has podido conseguir tanto dinero de ninguna otra forma.
—Lo he ganado trabajando para quien quisiera contratarme: bailando, haciendo conjuros, fregando suelos...
Era la verdad. Lo había ganado con mi trabajo. Una parte procedía de pasar la noche con otros hombres, sí, pero también de horas y horas de sudores.
—Unas monedas de cobre puede, pero ¿todo esto? —Lo dijo con tal desdén que me salpicó saliva a la mejilla—. Yo te he permitido que te ganaras unas monedas de plata bailando, pero jamás te he autorizado a prostituirte, a que me avergonzaras de ese modo.
—Nunca te haría algo así —repliqué, mostrándome ofendida por la insinuación.
—Conseguir mil monedas de oro tendría que haberte costado quince años —repuso—. Veinte, incluso.
Quince años.
Entonces caí en la cuenta de que Esmaris no pensaba que yo pudiera conseguir aquella cantidad disparatada, al menos hasta que fuera o demasiado vieja para sus gustos o él demasiado viejo para servirse de mí.
Su rabia me resonaba en los oídos, en la cabeza, bajo el mentón, pero la mía iba reemplazándola poco a poco.
—He reunido el dinero que me pedías. Con él puedes comprarte una valtaina de verdad si quieres, una más hermosa y con más talento que yo.
—Los esclavos no pueden permitirse el lujo de negociar. Además, no necesito tu dinero —respondió iracundo—. Has olvidado lo que eres. —Se me cayó el alma a los pies—. ¿No eres consciente de lo bien que te trato?
Se irguió, entornó los ojos.
Silencio. Esperaba una respuesta, pero de pronto no me atrevía a abrir la boca.
«No necesito tu dinero».
Yo tenía un plan, un objetivo. Él me había tumbado los cimientos de una patada y me daba la impresión de que, en cualquier instante, se me iba a desplomar el alma.
—¿Eh?
—Sí, Esmaris.
—Y aun así... —Bajó la voz, tan poco que la diferencia apenas fue perceptible—. Mira las molestias que te has tomado para marcharte.
De pronto lo vi claro. El aire apestaba a ello, a aquel sentimiento escondido que subyacía bajo la rabia de Esmaris...
Estaba dolido.
Nos miramos. Observé la arruga de su entrecejo, signo indiscutible de una vulnerabilidad encubierta.
Aquel era el hombre que me había llenado el cuerpo de cicatrices, que me había arrebatado la libertad, me había aplastado, doblegado y apaleado, pero también el que recordaba mi color favorito, el que había velado horas a mi lado después de una pesadilla.
El mismo que me había mirado con una suerte de extraño orgullo el día en que le exigí mi liberación.
Me incliné hacia delante y puse las manos en su escritorio, donde las monedas frías de oro se me adhirieron a la piel sudada.
Solo dije dos palabras:
—Por favor.
Se me quedó mirando un buen rato. Yo casi no podía ni respirar.
«Por favor, hazlo por mí. Si alguna vez te he importado aunque solo sea un poquito, por favor».
Entonces oí un portazo y un manto de hielo silenció el conflicto interior apenas perceptible de Esmaris.
—Aparta de mi escritorio. Arrodíllate.
«No necesito tu dinero».
Por los dioses, ¿qué iba a ser de mí?
«Arrodíllate».
Me dejé caer tan fuerte que el suelo de madera bruñida me magulló la piel.
«No necesito tu dinero».
Su voz y mi sueño hecho pedazos me atronaban de tal forma en la cabeza que apenas oía nada más. Por eso no lo oí cruzar la estancia, ni volverse y plantarse a mi espalda.
«No necesito tu dinero».
Tampoco oí el chasquido letal quebrar el aire.
Pero, aun en medio de la turbación, sentí plenamente el dolor que me desgarró la espalda, como si me estuviera partiendo en dos. Se me escapó un jadeo, un sollozo.
¡Zas!
Dos.
¡Zas!
Tres.
Y más, y más, y más.
Zas. Zas. Zas.
Cinco. Diez. Doce. Dieciséis.
«No necesito tu dinero».
¿Qué iba a ser de mí?
Me negaba a sucumbir a los gritos, al llanto, aunque para eso tuviera que morderme el labio hasta hacerme sangre. Igual que aquella noche de hacía años, la noche en que había abandonado a mi familia, a mi madre, porque ella creía que podía irme mejor, ¡que podía ser algo más!
¡Zas!
Veinte.
Pero se equivocaba, porque Esmaris me iba a matar.
Aquel pensamiento fue consolidándose despacio en medio de la bruma de mi consciencia casi perdida.
Me iba a matar porque yo había cometido un error de cálculo fundamental: había sido una ingenua al pensar que su afecto difuso y retorcido me ayudaría a escapar. En cambio, iba a aplastarme, porque Esmaris solo poseía o destruía. Y, si no podía hacer lo uno, haría lo otro.
Me pregunté si Serel lo estaría oyendo desde el otro lado de la recia puerta, si intentaría ayudarme. Ojalá no, porque lo castigarían por ello.
¡Zas!
Veinticinco.
Esmaris me iba a matar.
¡El muy desgraciado!
Brotó un fuego en mi interior. Al oír el silbido del brazo de Esmaris levantándose por encima de su cabeza, me volví bocarriba, haciendo caso omiso del dolor insufrible que sentí al contacto de mi espalda con el suelo.
—Si quieres asesinarme —le dije—, vas a tener que hacerlo mirándome a los ojos.
Esmaris tenía el brazo por encima de la cabeza, cortando el aire con el látigo a su espalda, con la nariz fruncida por un desdén cruel. Mi sangre le salpicaba la camisa y se fundía con el brocado de color burdeos. Detecté una expresión fugaz en su rostro. Apartó los ojos de mí.
—¡Mírame!
No había llegado tan lejos para apagarme como una vela en la noche. ¡Lo iba a atormentar!
«Mírame, cobarde. Mírame a los ojos, a los ojos de la niña a la que conociste hace ocho años, la pequeña a la que salvaste y luego destruiste».
Su gesto de desprecio se convirtió en uno de rabia casi animal, como si hubiera decidido silenciarme borrándome del mapa para siempre.
¡Zas!
Veintiséis. Me tapé la cara con los brazos, pero apenas pestañeé, ni siquiera cuando aquella púa estuvo a punto de arrancarme la nariz.
—¡Mí-ra-me!
«Vas a ver mis ojos en la oscuridad todas las noches, cada vez que parpadees, siempre que mires a la que me reemplace...».
Veintisiete. Me ardían los antebrazos. Empezaba a perder la visión.
«¡MÍ-RA-ME!».
Y entonces todo se detuvo.
Esmaris se volvió de pronto hacia mí. El brazo se le quedó paralizado. Aquellos ojos oscuros se clavaron en los míos en un movimiento brusco, como arrastrados por un hilo que yo llevase enroscado en un dedo, como si hubiera alargado unas manos invisibles y lo hubiera obligado a mirarme.
Perpleja, caí en la cuenta de que me había apoderado de su pensamiento y, por un segundo, vi algo crudo, sentí algo crudo en su mirada.
Había un millón de instantes que podía haber visto en sus ojos, instantes que podría haber compartido con un captor, o un amante, o un padre, o una extraña combinación de los tres.
Hasta podría haber sentido algo.
En cambio, no pensé más que en lo frágil que parecía bajo mi yugo invisible, en lo dulce que me sabía su miedo en la lengua cuando entendió —los dos entendimos— que yo era capaz de algo más que hacer brotar pequeñas mariposas.
Su miedo se transformó en ira. Se zafó de mí con violencia, levantó el látigo, cortó el aire...
Y, sin darme cuenta siquiera de lo que hacía, tiré todo lo fuerte que pude de aquel hilo que nos unía.
Un chasquido ensordecedor. Me estremecí, pensando que era el látigo, pero el dolor no llegaba.
Un estallido. Abrí los ojos y vi a Esmaris tropezar con una silla y caer de rodillas ante mí.
Yo me levanté mientras se desmoronaba, casi chocando con él. Su mano tendida me rozó la mejilla, pero en su lugar me agarró un largo mechón de pelo platino, al que se aferró con una fuerza que había abandonado el resto de su cuerpo.
No sentí nada cuando me arrastró al suelo con él y, con la mano, me apoyé instintivamente en su pecho.
«Mírame», tronó mi orden.
Obedecimos los dos. No pestañeé, no miré a otro lado. Vi brotar de su rostro la rabia y dejar tras de sí una tristeza cruda que me desolló con una violencia aún mayor que la de aquellos veintisiete latigazos.
—¡Tisaanah...!
Apenas oí el grito de Serel. Cuando alcé la cabeza, mi amigo estaba plantado en el umbral, con la mano en la empuñadura de la espada, boquiabierto de horror.
El cuadro debía de ser espantoso: yo empapada en sangre, con la espalda hecha jirones y sosteniendo el cuerpo sin vida del hombre más poderoso de Threll.