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—Mil —dijo Serel, haciéndose eco de la cifra que me había rondado el pensamiento toda la noche, y la acompañó de un silbido de asombro. Con la mano, se apartó el pelo rubio de la cara—. Lo has conseguido. ¿Cómo lo has hecho?
—Ocho años —respondí yo, sobre todo para mí, porque casi no me lo creía—. Ocho años de trabajo.
Crucé las manos sobre el vientre y miré al techo parpadeando.
Serel y yo estábamos tumbados en el suelo de mi modesta alcoba, agotados.
La fiesta se había alargado hasta altas horas de la madrugada y, aunque él estaba deseando retirarse a su propio cuarto y meterse en la cama, lo arrastré al mío.
Se lo tenía que contar a alguien y solo me fiaba de él.
Sabía que no iba a pegar ojo. Estaba tan emocionada que, horas después, aún me temblaban las manos.
Me fastidiaba no poder reunirme con Esmaris esa misma noche, soltarle el montón de oro en la mesa y largarme.
Seguramente tardaría uno o dos días más en encontrar un momento para recibirme en privado.
—A mí nunca me dijo que podía comprar mi libertad —protestó Serel.
—Yo se lo pregunté.
—No esperaba menos de ti.
—Bueno..., creo que se lo exigí, más bien.
—¡Lo que te digo!
Solté una risita. Por entonces, hacía como un año que yo era propiedad de Esmaris, y recuerdo que ya me había sentido rica la primera vez que había actuado en una de sus fiestas, en las que los invitados me lanzaban monedas de plata de vez en cuando.
A lo largo del año, fui juntándolas hasta conseguir un total de cincuenta piezas de plata, o sea, media moneda de oro.
Para mí, una chiquilla de un pueblo que se dedicaba sobre todo al comercio, aquella era una cantidad exorbitante.
En cuanto conseguí las cincuenta monedas, me dirigí a Esmaris, se las planté en las manos y lo informé de que pretendía comprarle mi libertad.
—Con esto bastará, supongo —le dije, procurando sonar más segura de lo que me sentía, porque ya había tenido tiempo de aprender que todo en la vida es teatro.
Tuve suerte. Con otro dueño, aquel numerito me habría costado unos latigazos.
Luego me estremecía al pensar en lo poco consciente que era entonces de mi suerte, de la suerte de que Esmaris siempre me hubiera tenido un cariño sincero.
Aquel día me miró con un asomo de sonrisa, aun cuando sus ojos oscuros siguieran siendo tan penetrantes como siempre.
—Vales más de cincuenta monedas de plata, Tisaanah —me contestó.
—Pues setenta y cinco —contraataqué, y él se recostó en el asiento y cruzó los brazos.
—Vales mil monedas de oro —me dijo al fin—. Ese puede ser el precio de tu libertad.
En aquel momento, se me hacía inconcebible semejante riqueza. Años después todavía era una lucha aunque ya la tuviera en mi poder.
Desde entonces, estudié atentamente el comercio de esclavos y ahora sabía que mil monedas de oro eran mucho más de lo que yo valía.
Vi pagar novecientas por auténticas valtainas de piel completamente albina y pelo blanco puro.
Por mucho que ensayara mi magia o mis bailes, seguía siendo una fragmentada.
El ojo verde y las manchas de piel dorada reducían considerablemente mi valor.
Solo que yo ansiaba mi libertad más que nada.
Si Esmaris quería mil monedas por ella, eso iba a tener.
Y así fue. De algún modo, lo había conseguido.
—Era guapo —musitó Serel—. El invitado. Tendrías que haberlo buscado después para darle las gracias —añadió y, mirándome sonriente, me guiñó un ojo.
Resoplé.
—Era todo teatro. Tú le interesabas más que yo.
—¿En serio? —Serel se incorporó de pronto, sorprendido—. ¿Por qué no me lo has dicho antes? Eso no pasa nunca.
—Dudo que quieras enredarte en algo así.
—¡Sí que quiero!
—Vale, perdona. Me he despistado. —Me volví para mirar aquellos ojos azules cansados—. Al menos ahora ya lo sabes para la próxima vez que venga.
—No creo que lo vuelvan a invitar, después de semejante exhibición —suspiró.
Los dos sabíamos, aunque no lo dijéramos en voz alta, que probablemente era mejor así.
Los devaneos con los ricos eran peligrosísimos para la gente como nosotros.
Yo lo aprendí por las malas una vez y me llevé de regalo un corazón partido y diez latigazos en la parte trasera de los muslos. Aún podía contar las cicatrices.
Si a Serel lo pillaban en alguna ocasión con una persona rica —y hombre—, lo matarían. Sin duda.
Se hizo un silencio largo. Pensé que mi amigo se había quedado traspuesto por fin, hasta que me preguntó en voz baja:
—Y ahora, ¿qué? ¿Las Órdenes?
Asentí.
—Las Órdenes.
—Si te soy sincero, jamás pensé que fuera a ocurrir —susurró.
«Ni yo», me dieron ganas de decirle, solo que no acostumbraba a reconocer en voz alta mis incertidumbres.
—Me llenas de orgullo, Ti. Si alguien se merece...
—Tú te lo mereces. Todos nos lo merecemos.
Merecer. Cómo odiaba ese verbo aunque me hubiera pasado la vida aferrada a él.
—Ya llegará nuestro momento —dijo sin más, como si nada.
Me incorporé y me quedé sentada sobre las piernas.
Observé a Serel, allí tumbado, con las manos bajo la cabeza.
A él no le costaba nada ver lo mejor de cada persona, de la vida.
Al principio, me parecía que era una máscara que se ponía, igual que yo me ocultaba tras el coqueteo de mis bailes y ensayaba la seguridad en mí misma hasta que, a la fuerza, se convertía en parte de mí.
Pero no tardé en descubrir que Serel lo pensaba de verdad, ¡lo creía así!
Detecté esa bondad en él la primera vez que lo vi.
Yo había hecho con Esmaris un viaje corto de negocios a una ciudad vecina y, sentada detrás de él, había visto desfilar a los esclavos por el mercado.
Me pareció horrible. La tristeza y el pánico que impregnaban el aire resultaban insufribles, me desgarraban la cabeza y los músculos como si estuviera viviendo el peor día de la vida de montones de personas a la vez y, para colmo, reviviendo con todo detalle el mío también.
Pero, incluso en medio de aquella maraña de emociones, me fijé en Serel.
Se había parado a consolar a la chiquilla que llevaba al lado, más pequeña incluso de lo que era yo cuando había estado en su lugar y, aunque aquello le costó un grito y un fuerte latigazo del esclavista, le había dedicado a la niña una sonrisa auténtica.
Serel era alto y musculoso, pero yo entonces no vi más que aquellos enormes ojos azules, llorosos, unos rasgos tan tiernos y delicados que le hacían parecer un crío.
Si Esmaris no lo compraba, lo haría cualquier facción de mercenarios y se convertiría en uno de aquellos hombres que habían sacado de la cama a mi familia aquella noche, hacía años. La idea me horrorizaba.
—¿Y aquel? —le susurré a Esmaris—. Es justo lo que buscas.
Si Esmaris se planteó siquiera a qué se debía mi interés en aquel joven tan guapo o albergaba alguna sospecha sobre mis motivos, lo disimuló bien. Se lo pensó un segundo, levantó la mano y Serel fue suyo.
Esa noche pasé mucho rato en la cama de Esmaris, como si él esperara una compensación por ceder a mi solicitud, pero mereció la pena, porque Serel no tardó en convertirse en el mejor amigo que había tenido antes y después de la esclavitud.
De pronto, miré a mi amigo con un nudo cada vez mayor en la garganta, conmovida por razones que no sabía explicar. Se me pasó por la cabeza la idea de darle mi dinero, de comprar su libertad en vez de la mía. Él era mejor que yo. Lo merecía más.
—Volveré, ¿sabes? —le susurré—. A por todos vosotros. Buscaré contactos, recursos...
Alargó la mano y me dio una palmadita en la rodilla, como si entendiera el remordimiento que me bullía en las tripas.
—Sé que lo harás.
Al final, el pobre Serel, que no aguantaba más, volvió a su cuarto en busca del descanso que tanto necesitaba y me dejó sola en mi alcoba.
Estaba agotada, pero sabía que era inútil intentar siquiera descansar, así que me puse a dar vueltas por la estancia.
Aquello me mareó un poco, porque mi cuarto no era mucho mayor que mi cama.
Aun así, estaba limpio y bien conservado, con muebles bonitos y algunos elementos decorativos.
Esmaris a veces me traía de sus viajes regalitos que llenaban las estanterías, pero mis posesiones más preciadas eran las que venían de Ara.
Ara era una islita lejana, conocida sobre todo por ser la sede de las Órdenes Gemelas: la Orden de la Medianoche y la Orden del Alba.
La isla a la que me marcharía en cuanto comprase mi libertad.
La idea —o los paseos por la alcoba, o el agotamiento, o quizá las tres cosas— me produjo náuseas.
Me tiré al suelo y saqué del estante inferior de la estantería una caja de madera desgastada.
Allí guardaba un montón de cachivaches, como una piedra de las playas de Ara, unos papelotes con círculos garabateados y varios libros.
Extraje el que tenía la cubierta azul lisa, sin marcas salvo las insignias grabadas de una luna plateada y un sol dorado.
Los símbolos de las Órdenes.
Lo abrí y pasé las páginas. Recorrí con las yemas de los dedos las imágenes, la tinta en relieve, el texto con el que aún no estaba familiarizada, mientras practicaba por lo bajo mi arano.
Me detuve en una ilustración desplegable que ocupaba varias páginas: un retrato de los fundadores de la Orden de la Medianoche y la Orden del Alba, Rosira y Araich Shelaene.
Los azules y los morados envolvían la figura de Rosira, enmarcando su pelo blanco en la silueta de una luna, mientras que Araich estaba rodeado de fuego.
Sus manos se tocaban por encima de la costura del encuadernado.
Rosira representaba a los magos valtainos, con su piel albina y su pelo blanco, que constituían la Orden de la Medianoche.
Y Araich representaba a los magos solaris, no valtainos, que formaban la Orden del Alba.
Sus magias se complementaban aunque fueran contrarias, como dos lados de la misma moneda.
El libro, igual que todos los cachivaches de Ara, era un obsequio de Zeryth Aldris, viajero de Ara y miembro destacado de las Órdenes, que en una ocasión se alojó unos días en la hacienda de Esmaris.
A mí me fascinó de inmediato. Nunca había conocido a nadie que se me pareciera pese a que, a diferencia de mí, él tenía una piel incolora y un pelo totalmente blanco, porque era valtaino de verdad.
Lo estuve siguiendo por ahí como un perrillo faldero, pero se mostró muy amable conmigo y parecía disfrutar satisfaciendo mi curiosidad.
Yo lo escuchaba durante horas y él me contaba, en un thereni algo precario, cosas de las Órdenes y de su historia.
Luego, por el día, veía a Zeryth socializar con Esmaris y sus nobles. Reparaba en cómo le sonreía la gente, en las deferencias que tenían con él, en que lo miraban con el mismo respeto temeroso que muchos otorgaban solo al propio Esmaris.
De pronto lo tuve claro: como miembro de la Orden de la Medianoche, Zeryth disponía de recursos; contaba con apoyo y protección y, lo más importante, tenía poder.
Justo lo que yo necesitaba para que mi supervivencia compensara lo que le había costado a mi familia, lo que precisaba para convertirme en alguien.
—¿Yo podría ser miembro de las Órdenes? —le pregunté a Zeryth más adelante, mirándome las manos y las manchas de color arena que se extendían por dos dedos.
—Desde luego —me contestó, dedicándome una sonrisa radiante que hizo que se derritiera mi yo de catorce años—. Fragmentada o no, sigues siendo valtaina.
Era todo el incentivo que necesitaba.
A partir de aquel día, me puse manos a la obra.
Investigué a las Órdenes obsesivamente. Por las noches, practicaba en susurros el arano para aprender por mi cuenta todo lo posible de aquella lengua tan rara y frustrante.
Zeryth vino de visita varias veces a lo largo de los años y, cada vez que regresaba, me traía regalitos de las Órdenes y aguantaba con estoicismo mis incesantes preguntas.
Me había prometido que, si llegaba a Ara, me presentaría a los miembros de las Órdenes.
Y yo confiaba en que cumpliera su promesa.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo y, al mirarme las manos, vi que me temblaban sobre las páginas.
No, esa noche no iba a pegar ojo, eso estaba claro.
Estuve despierta hasta que las primeras luces del día se colaron entre las cortinas.
Me leí de cabo a rabo todos los libros que Zeryth me había regalado.
Ensayé todas las frases que me sabía en arano y repetí las que no me sabía hasta familiarizarme con ellas.
Me llené la cabeza de planes hasta que no quedó sitio para el miedo ni la incertidumbre.
Horas. Solo faltaban horas para que todo mi mundo cambiara de pronto.
Ojalá estuvieran preparados para mí.
Ojalá yo estuviera preparada para ellos.