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Ocho años después.
«Uno, dos, tres...».
Cuando bailaba, siempre iba contando.
Lo cierto era que se me daba fatal. No tenía claro si existía eso del talento, pero, si era así, dudaba de que yo tuviera alguno, por lo menos para el baile.
Solo que ya había descubierto que el talento era algo accesorio, porque podía compensarse con noches y madrugadas de destrozarse los pies y memorizar obsesivamente los pasos.
El talento estaba de más si se disponía de fuerza bruta y, a pesar de mi cuerpo delgado y de mi sonrisa cándida e inocente, yo tenía más fuerza bruta que nadie.
«... cuatro, cinco, seis...».
Giro.
Y... fuego.
Sonreí al comerciante que estaba sentado delante de mí y, abriendo los puños, dejé que se desplegase entre mis dedos una llama azulada.
Los invitados a la fiesta de Esmaris hicieron aspavientos de admiración.
Habría varios centenares de personas pululando por el gran salón de mármol, todas ellas ataviadas con sus mejores galas.
Mucho hilo de oro y gasa transparente y vaporosa.
Mucho blanco. A los ricos les encantaba el blanco, a lo mejor porque demostraba que contaban con el dinero necesario para tener un pequeño ejército de esclavos que lo mantuvieran inmaculado.
En ese instante, aquellos seres vestidos de blanco se inclinaron hacia mí, embelesados, mientras soltaba una bandada de mis célebres mariposas traslúcidas.
Más de cuarenta aletearon hacia el techo alto y se esfumaron, deshaciéndose en ráfagas de humo azul.
Todas salvo tres, que revolotearon hasta tres hombres del público, dibujaron círculos alrededor de su cuello, rondaron sus mejillas y después desaparecieron.
Los hombres se estremecieron al ver acercarse las mariposas, pero luego rieron con mayor o menor entusiasmo al descubrir que no parecían sino aire.
No me habían quitado los ojos de encima en todo el rato y, si el instinto no me fallaba, estaban deseando tirarme alguna moneda.
Me centré primero en el más joven, un comerciante quizá solo unos años mayor que yo.
Parecía querer demostrar algo. Un nuevo rico.
Me acerqué bailando a él, alargué la mano y le acaricié el hombro con coquetería a la vez que le asaltaba la mente, curioseando en sus pensamientos y sus preferencias.
El joven, por lo visto, no tenía interés alguno en mí.
De hecho, noté como su atención se desviaba constantemente hacia Serel, uno de los guardaespaldas más guapos de Esmaris, que vigilaba el rincón más alejado de la sala.
Muy bien. Tampoco hacía falta que quisiera liarse conmigo para servir a mis propósitos.
Al contrario, me facilitaba las cosas: se empeñaría en demostrar su interés viril en una bailarina ligera de ropa como yo, más que en un guardia ligero de ropa como Serel, y no querría tenerme a solas cuando acabara el baile.
Seguían sonando las cuerdas del arpa, pero bien podría no haber habido música en absoluto. Me sabía el baile de memoria. Sin dejar de mover los pies, enrosqué los brazos en el cuello del comerciante.
—Me he dejado una cosita por aquí —ronroneé, sacando los dedos por detrás de su mandíbula para mostrar una de mis centelleantes mariposas—. Le has caído bien. ¿Te la quieres quedar?
El joven comerciante me sonrió. Era guapo, de pelo castaño rizado y grandes ojos ambarinos enmarcados por unas pestañas tan largas que me daban envidia.
Serel y él iban a hacer muy buena pareja.
—Sí —contestó, mirándome muy fijamente, a pesar de que su cabeza me dijera que no tenía interés alguno en quedarse la mariposa, que lo único que quería era mantener el tipo en medio de tanto ricachón y triunfador aunque para ello tuviera que enfrentarse al mismísimo Esmaris.
Levantó la mano como si fuera a coger de la mía la mariposa resplandeciente, pero yo me aparté dando un giro y le sonreí coqueta.
—¿Cuánto me das por ella?
Entonces vislumbré a Esmaris por encima del hombro del joven.
Vestía de un color llamativo, un rojo intenso, que destacaba en aquel mar blanco.
A fin de cuentas, él no tenía necesidad de demostrar con su atuendo ni su riqueza ni su posición.
Sin embargo, más allá del color de su camisa, había algo que lo distinguía de la multitud: una especie de aire frío y autoritario, como el de quien se mueve esperando que el mundo se incline ante él; algo que, de hecho, solía suceder.
Hablaba con uno de sus invitados y parecía aburrido.
Llevaba el pelo negro aunque entrecano recogido en una coleta, con un mechón rebelde que no paraba de meterse por detrás de la oreja.
Y eso hacía cuando, de pronto, alzó la vista un instante y me miró a los ojos, para luego volverse de nuevo hacia su invitado, despreocupado.
Bien. No solía mostrarse posesivo, pero mejor curarse en salud.
—¿Qué quieres que te dé? Ya cuentas con mi admiración —contestó el joven, y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano por no poner los ojos en blanco.
—Muy valiosa, desde luego —respondí juguetona—, pero ella también, ¿no?
—Las alas de la mariposa me vibraron en las yemas de los dedos.
Apreté el puño para ocultar la ilusión óptica y, cuando abrí la mano, tenía en la palma una reproducción en cristal.
No pude evitar admirarla un instante, orgullosa de mí misma.
Aquello era una novedad en mi rutina. El comerciante enarcó las cejas y yo sentí ondear su asombro—. Para ti —le dije.
—Es increíble —observó, ensanchando su sonrisa de complacencia. En aquella mirada de estupefacción, me pareció ver a un crío embobado por un acróbata circense o por el resplandor de una bagatela reluciente.
Entonces se llevó la mano al bolsillo.
—Para ti —dijo.
Cogió la mariposa de cristal y, en su lugar, me dejó cinco monedas de oro.
Cinco.
¡De oro!
Me las quedé mirando asombrada, momentáneamente sin palabras.
Sin embargo, no era estúpida: sabía que me había dejado las monedas en la mano tan ruidosamente por algo mientras todos los ojos estaban puestos en nosotros.
Había sido una osadía, y hasta una grosería, que me diera dinero sin tantear siquiera a Esmaris con la mirada primero, ¡y menos aún semejante cantidad!
A muchos no les gustaba que sus esclavos tuvieran dinero y les parecía peor todavía que ese dinero proviniera de otros hombres.
Esmaris era bastante liberal en ambos aspectos, pero ¡cinco monedas de oro!
Eso rozaba los límites de la respetabilidad se mirara por donde se mirase.
«Mil dos».
No esperaba llegar a esa cifra aquella noche, ni la siguiente, ni la otra. Con suerte, salía de una de las fiestas de Esmaris con diez monedas de plata.
«Mil dos. Mil dos».
—Gracias —conseguí decir, olvidándome de la coquetería. Cerré la mano y disfruté del peso de las monedas mientras las metía en la bolsita de seda que llevaba en la cadera—. Gracias.
El hombre sonrió y asintió con la cabeza, ajeno a lo que acababa de hacer por mí.
La euforia me bullía por dentro y por un momento me perdí en ella. Luego volvió a bramar el arpa y me di cuenta de que casi había perdido el ritmo.
Estaba a punto de dar brincos y giros de alegría, de echarme a reír a carcajadas, pero aún me quedaban horas de actuación, así que empecé a contar otra vez.
«Uno, dos, tres, cuatro...».
Antes de alejarme dando vueltas, le acaricié la mejilla al comerciante con las yemas de los dedos y luego los enterré en sus rizos densos.
Y sonreí, sonreí, sonreí. Mientras me deslizaba por el suelo de mármol, Serel me miró desde el otro lado de la sala y ladeó la cabeza, como haciéndome una pregunta velada.
Yo me limité a sonreír. Quizá él me entendiera.
Mil dos.
Mil dos monedas de oro eran el precio de mi libertad.