Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) PRÓLOGO #2
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PRÓLOGO #2

Siempre había supuesto que habría más ruido: más gritos, más aullidos, una lucha más larga.

Pero los hombres del sombrero de ala ancha y sus mercenarios habían atacado primero a los más jóvenes y fuertes, asaltándolos en la cama, para que no tuvieran ocasión de causar problemas.

Y hasta los que se habían defendido lo habían hecho en silencio.

Sus batallas habían sido poco más que gruñidos ahogados y acero romo, y habían terminado rápido con trémulos estertores.

La madre de la niña, la cabecilla, no le había dicho nada cuando las despertaron el ruido de los cascos de los caballos y el llanto de las esposas.

Al salir de la casa, había echado un vistazo al pueblo, a su gente, o lo que quedaba de ella tras aquella súbita destrucción, y había presentado sus condiciones a los esclavistas.

La niña no tenía ni trece años, pero sabía que su madre intentaba salvar a su pueblo de lo inevitable.

También sabía que no iba a funcionar. Aparte de las órdenes breves y quedas de su madre, nadie más dijo una palabra, hasta que la pequeña dio un paso al frente, levantó sus brillantes ojos hacia uno de los esclavistas y dijo:

—Yo os puedo salir más rentable.

Las palabras se le escaparon de la boca antes de que cayera en la cuenta de lo que estaba haciendo.

El esclavista la intimidaba menos de lo que había supuesto.

Era bajito y gordo. Su largo abrigo de cuero, arrugado y tenso a la altura de los hombros —donde apenas podía contener su anchura rolliza—, se dio aún más de sí cuando el tipo se dio la vuelta para mirarla.

La niña vio que estudiaba su inusual apariencia: la piel y el pelo casi blancos, con manchas de la que habría sido su coloración natural, más intensa, trepándole por la piel; un ojo verde y otro blanco; mechones negros entre otros plateados...

A su espalda, oyó a su madre acercarse, como para detenerla, pero la niña no se volvió.

—Yo os puedo salir más rentable —repitió, haciendo un sobresfuerzo para que la voz no se le quebrara ni le temblase.

Se centró en el bamboleo de la papada del esclavista. Una pequeña parte de su mente asaltó la del hombre en busca de algún destello de sus pensamientos. El hedor de la avaricia de aquel tipo se mezclaba con el de su sudor.

—Igual si estuvieras entera —protestó él, al cabo de un momento. Le cogió un mechón de pelo blanco y luego le levantó la barbilla y le examinó la franja de piel bronceada que le invadía el lado derecho de la cara—. Pero esto...

—¿Qué? —intervino otro esclavista, con el sombrero negro arrugado en una mano mientras se limpiaba el sudor de la frente.

Era delgado, todo articulaciones huesudas y mejillas enjutas. La niña no pudo evitar que le hiciera gracia verlos juntos: el gordo y el flaco, el alto y el bajo, un par de payasos, más que de monstruos.

—Mira esta...

—Está fragmentada. No es una valtaina de verdad. Además, es demasiado joven para prostituirla.

—Según y cómo —replicó el gordo, encogiéndose de hombros.

Aun con su magia, la niña rara vez sentía siquiera una pizca de las emociones siempre contenidas de su madre, pero, al oír aquello, una oleada de pánico furioso la recorrió como un escalofrío.

Pese a todo, permaneció sin moverse.

—No vale nada —dijo el flaco—. A lo mejor si estuviera completa..., tal vez.

A la cría se le enredaron las palabras en la garganta.

Los hombres le daban ya la espalda, se habían vuelto hacia sus soldados, que estaban poniendo grilletes a los hombres que tenían a la entrada del pueblo.

Presa del pánico, abrió los puños y una mariposilla de luz salió volando de sus manos, aleteando por el aire hasta chocar con la cara del esclavista gordo.

—Mirad —dijo desesperada, y brotó de ella otra mariposa, y otra—. Soy maga. Puedo actuar. Os puedo salir rentable. Más que los que enviáis a las minas.

Los dos esclavistas vieron alzarse las mariposas al cielo y desaparecer contra la luna plateada. Luego se miraron el uno al otro.

—Será guapa algún día —dijo despacio el gordo—. Es joven, pero... ¿tú nunca compras fruta verde en el mercado?

El esclavista delgado se cruzó de brazos y la examinó de un modo que la hizo sentir un hormigueo por la espalda.

—Además, sabe cocinar y limpiar y es muy obediente —oyó decir a su madre a su espalda, y de pronto le costó muchísimo más mantener la compostura.

Entonces los dos esclavistas se cruzaron de brazos y la cría miró a uno y a otro alternativamente.

—Muy bien —dijo el flaco, que descruzó los brazos y volvió a plantarse el sombrero en la cabeza—. Llévatela. Iremos a En-Zaheer y se la venderemos a uno de esos pavos reales.

—¡Un momento! —gritó la niña mientras la agarraba del brazo—. Mi madre se viene también. —El hombre soltó un resoplido desdeñoso, como si aquello no mereciese siquiera respuesta—. Por favor. La necesito. Ella...

Al flaco le brillaron los ojos y la chica notó que la rabia de aquel tipo se agriaba en el aire como leche cortada. El esclavista abrió la boca, pero no dijo nada. La madre se acercó a su hija y la agarró fuerte por los hombros.

—Es joven y tiene miedo —dijo enseguida—. No sabe lo que dice. Yo entiendo que no puedo ir con ella.

Luego, sin soltarle los hombros, le hizo darse la vuelta y mirarla.

Por primera vez desde que había empezado aquella horrible pesadilla, la niña se permitió mirar a su madre directamente a los ojos.

Eran de un intenso verde ambarino, idénticos a su ojo derecho, el que tenía color.

En esa décima de segundo, se empapó del rostro familiar de su madre: los pómulos prominentes y regios, las cejas oscuras, que enmarcaban una mirada penetrante y serena...

Nunca había visto a su madre tan asustada ni conmocionada. Y aquel día no fue una excepción.

—Ninguno de nosotros puede acompañarte adonde vas, Tisaanah, pero cuentas con lo necesario para sobrevivir y, escúchame bien, ¡úsalo! —La niña asintió. Le ardían los ojos—. Nunca mires atrás ni dudes antes de dar un paso al frente para afirmar: «Merezco vivir».

—¡Tú también mereces vivir! —lloriqueó la niña, porque las minas eran una sentencia de muerte, eso lo sabía todo el mundo.

Un destello de triste incertidumbre recorrió el rostro de su madre.

—Olvídate de eso —le dijo, limpiándole las lágrimas antes de que cayeran, y, sin más, le plantó un último beso de despedida en la frente.

Luego se irguió y, con la cabeza bien alta, miró a un esclavista y luego al otro, y después a los suyos, que formaban filas, atados con sogas y cadenas. Nunca había tenido más aspecto de reina que en aquel instante, noble y arrebatadora aun mientras extendía las manos para que la apresaran.

El esclavista gordo se llevó a la pequeña y la metió a rastras en la parte trasera de su carromato mientras el flaco se llevaba al resto del pueblo.

La niña se sentó entre los sacos de grano y las cajas horribles de mercancía, con la espalda pegada a los tablones astillados.

Sus amigos y familiares no tardaron en convertirse en siluetas lejanas bañadas por la luz de la luna: una fila larga, con la espalda recta y la cabeza bien alta, y la figura inconfundible de su madre al frente de todas ellas.

Tras ellos, el pueblo ardía en llamas de un naranja intenso.

Nunca pensó que fuera a ser tan rápido, tan silencioso. Bastó con menos de una hora para que su vida entera cambiara y se desintegrara en la noche como una de sus resplandecientes mariposas.

—No lloras por tu madre, ¿eh? —le soltó con desdén uno de los mercenarios, volviéndose a mirarla—. Qué fría.

—Esta gente es así —terció el esclavista como si nada—. Carecen de sentimientos.

«¡Es culpa vuestra! —le dieron ganas de gritar a la pequeña—.

¡No la habéis dejado venir conmigo!». Quería berrear, llorar, derrumbarse en el suelo sucio de aquel carro, aporrear inútilmente la madera con los puños, deshacerse en lágrimas hasta vomitar.

Sin embargo, se quedó quieta, con la espalda recta y la cabeza erguida, imitando la pétrea fortaleza de su progenitora.

Se mordió el labio por dentro tan fuerte que se notó en la lengua el sabor metálico de la sangre caliente.

El recuerdo del beso de su madre le quemaba la frente.

«Cuentas con lo necesario para sobrevivir», le había dicho.

La cría no tenía otra cosa que su camisón sudado, pero sabía que disponía de herramientas.

Durante aquel trayecto largo y oscuro a la ciudad, fue enumerándolas, una y otra vez.

Tenía su apariencia inusual y un físico que algún día podría llegar a ser deseable.

Sabía escuchar y aprendía rápido. Hacía magia, mariposas plateadas y hermosas ilusiones ópticas, sí, pero, sobre todo, poseía la habilidad de percibir lo que los demás querían de ella.

Y lo más valioso de todo, el regalo que le había hecho su madre: darle permiso para que hiciera lo que fuese con tal de sobrevivir, sin disculpas ni remordimientos. Y eso iba a hacer: lo que fuera menos llorar.