Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1)
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PRÓLOGO
Comienza con dos almas que se encuentran, de pronto, completamente solas.
«Evalúa. Juzga. Actúa».
El joven dejó que aquellas palabras le resonaran por dentro como un segundo pulso.
No quiso reconocer que iba a morir allí, ni siquiera mientras resbalaba con la sangre, tropezaba con los cadáveres, hacía un recuento mental de los hombres y las mujeres que habían entrado con él en la ciudad, pero no lo acompañarían a la salida.
Ni siquiera cuando la posibilidad iba acercándose, rastrera, a la certidumbre.
Tenía veintiún años. Había perdido la cuenta de las batallas libradas, pero ¿aquello? Aquello no era una batalla. Aquello era una masacre.
«Evalúa. Juzga. Actúa».
Con la espalda pegada al muro de una casa, se asomó por la esquina a una callejuela de la ciudad.
Las calles estaban llenas de casitas torcidas, apretujadas unas contra otras.
En su interior, se adivinaban rostros aterrados.
Las madres apartaban bruscamente a sus hijos de las ventanas, para evitar que vieran cómo el acero, la magia y el fuego se mezclaban en una danza terrible y letal.
En lo más hondo de los pensamientos de aquel joven, una vocecilla rio.
«¡Calla!», le ordenó, y volvió enseguida a la lucha.
Voló por las calles, susurrando a las llamas que acariciaban su aliento, atrayéndolas hacia sí.
Le obedecieron encantadas, enredándose en sus manos y trepándole por los brazos haciendo espirales.
Las extrajo de las casas y de las calles, las apartó de las pieles delicadas y de los huesos frágiles.
Pero eran demasiadas. Le agotaban y le descentraban. Tanto que ni siquiera le dio tiempo a eludir aquella punzada que le partió la espalda. La sangre caliente se mezcló con un sudor salado.
«Actúa, actúa, actúa».
Apretando los dientes, se dio la vuelta en un contraataque que tenía muy ensayado antes de que la rebelde le asestara otro golpe. El cuerpo de su rival cayó al suelo hecho un revoltijo de extremidades. No le vio la cara, que, por suerte, la tapaba una masa de pelo castaño rizado.
— ¡Mátala! —le susurró furiosa por dentro aquella vocecilla, como alertada por el olor a sangre fresca, arrojándose contra la superficie de sus pensamientos como el que rasca una puerta con las garras.
«No...».
Se lo pensó un segundo más de la cuenta y sintió una embestida que lo lanzó de vuelta al callejón. Eso despertó su instinto. Ya había desenvainado el acero y apuntaba con él al cuello de su asaltante cuando, al girar la cabeza, vio...
—No te atrevas a matarme —le susurró al oído una voz cálida que conocía bien—. Aquí ya hay cientos de rebeldes a los que les encantaría hacerlo por ti.
Aquella voz era, en esos momentos, lo más hermoso que el joven había oído en su vida.
Soltó un suspiro de alivio y dejó caer el cuchillo mientras se volvía.
—¿Dónde cojones te habías metido?
La joven lo saludó con una mirada fría y dura como el acero.
Sus iris eran tan claros que se diluían en el blanco de los ojos, solo los puntitos de sus pupilas lo escudriñaban.
El hollín y la sangre le pintaban las mejillas, y tenía las trenzas platino sucias y enredadas.
Llevaba por los hombros una chaqueta que en su día había sido azul, pero estaba tan salpicada de sangre, cuyas manchas trepaban por la insignia de la media luna que lucía en la solapa, que casi parecía morada.
Al verlo le dio un brinco el corazón.
—¿Cuánto de eso es tuyo?
—¿Cuánto de eso es tuyo? —replicó ella, señalándolo a él.
—¿Tan mal lo ves?
—Muy mal.
—Genial —protestó él, porque había albergado la esperanza de que la herida no fuese tan profunda como le parecía.
Ella le hizo darse la vuelta, agarrándolo por los brazos, con la cara a escasos centímetros de la suya.
—Estás sangrando mucho. ¿No lo notas?
«Ya no». Meneó la cabeza y, al hacerlo, el suelo se inclinó, como si el mundo fuese un barco a punto de naufragar. Se imaginó el sol que llevaba en la espalda de la chaqueta partido en dos por el acero con el que lo habían atacado y las mitades deslizándose, separándose en el cielo...
—¡Eh! —le dijo ella, chascando los dedos delante de sus ojos.
Parecía enfadada, pero él la conocía lo bastante bien para saber que solo era una forma de ocultar su miedo, como le pasó cuando, de niños, se adentraron por primera vez en el bosque y él estuvo horas perdido hasta que...
—. ¡Des-pier-ta! —Ahora lo zarandeó también—. No te vayas.
Él notó que algo intentaba colarse en sus pensamientos.
—No hagas eso —protestó.
La voz, risueña, le dijo algo asqueroso que él sintió lejano.
—Solo me aseguro de que estás bien —contestó ella, retirándose con el ceño fruncido—. He ido al oeste de la ciudad. Muchísimos muertos.
«Muchísimos muertos».
El joven parpadeó para quitarse de la retina la imagen de aquellas caritas asomadas a las ventanas rotas.
—Debemos retirarnos —dijo—. Aquí hay demasiados inocentes. Puedo llevarme el fuego cuando nos vayamos.
—Los jefes están aquí. Retirarse no es una opción. La oportunidad es demasiado buena.
A él casi le dio la risa, una risa amarga, fea y desganada.
—¿«Oportunidad»? No, esto es...
—Ellos han decidido empezar esto aquí, en una de sus ciudades —le espetó ella—. Si quieren cagarse en su propia cama, allá ellos.
Aquellas palabras le cayeron como un puñetazo en el estómago, aunque no tuvo claro si era la crueldad de la chica o la pérdida de sangre lo que le producía las náuseas.
—Sigue habiendo ciudadanos —replicó él—, con rebelión o sin ella. ¡Son personas!
—Tenemos opciones.
—Por lo que he visto, no.
—Te tenemos a ti —susurró ella y, llevándole una mano a la cara, le acarició los músculos tensos de la mandíbula—. ¡Te tenemos a ti!
Un escalofrío recorrió lo más hondo de su ser. Se quedó allí plantado, con la boca abierta, pero incapaz de conjurar palabras que pudieran expresar su grado de repulsión.
—¡Ni de coña! —Fue lo que terminó diciendo.
Ella apretó los labios. Si hubiera estado atento, habría detectado que la chica trasladaba la caricia a su sien y le apartaba de la cara el pelo negro.
—No nos queda otra —musitó—. Por favor.
—No. Estamos en medio de una ciudad. Además...
Además, ¿qué? Además, muchísimas cosas, demasiadas para encapsularlas en palabras. Solo de pensarlo sentía alfilerazos de terror en las venas.
—Lo siento —dijo en voz baja—, pero la destrucción sería... Y yo...
Probablemente era la primera vez que no favorecía los intereses de la Orden, pero no se quitaba de la cabeza aquellas caritas asomadas a las ventanas.
Por un momento, pareció que ella iba a seguir insistiendo, pero entonces su gesto cambió, se ablandó, y una sonrisa triste se le dibujó en los labios.
—Esa sensiblería tuya te va a matar un día, ¿sabes?
«Puede», se dijo el joven.
— Seguramente —susurró la vocecilla en su interior.
Se hizo un silencio largo y luego, por fin, ella dijo sin más:
—Soy tu comandante.
Él casi dudó de su propia cordura y se preguntó si había oído bien.
—¿Que eres qué?
Una carcajada sobrevoló su pensamiento, burlándose del temor que le encogía el corazón.
—Targis ha muerto, lo he visto —le dijo ella, con un brillo en los ojos. Las llamas se reflejaban en aquel destello húmedo, el único indicio de sentimiento—. Si él no está, yo soy tu superior y te ordeno que te emplees a fondo.
Sus palabras le hicieron trizas y le produjeron un dolor tan agudo como si le hubieran arrancado de cuajo la columna vertebral.
—¡Nura...!
—Te ordeno que lo hagas.
Y entonces fue cuando percibió la mano de la chica en su sien, cuando notó que su magia se le colaba más allá, en el pensamiento, que llegaba a aquella puerta que él había cerrado de golpe, a cal y canto, ¡con tablones claveteados!
—¡No!
Fue lo único que consiguió decir en un jadeo entrecortado; el resto murió en su garganta mientras Nura se adentraba aún más en su mente.
Era lo único que le había jurado que jamás haría.
Invirtió las fuerzas que le quedaban en reforzar sus barreras mentales, pero, en ese sentido, nunca iba a ser tan fuerte como ella.
La magia de Nura brotaba del mundo de los pensamientos y de las sombras; la de él, en cambio, obedecía a fuerzas más visibles, más inmediatas.
Sobre todo entonces, con toda la sangre que le corría por la espalda y aquella criatura luchando desesperada por escapar de su interior.
—¡Para...!
Una súbita punzada de dolor lo cegó. Notó que ella se colaba por aquella puerta, que la hacía pedazos y se la quitaba de en medio.
En sus labios se formó la palabra perdona , pero, si la dijo en voz alta, él no la oyó.
— ¡Qué tierno! —susurró la vocecilla, tan cercana y tan real que le erizó el vello de la oreja—. Hay que ver el empeño que le pones.
«¡Que te den!».
Se soltó de los brazos de Nura. Extendió los dedos y apretó los puños, soltando una batería de chasquidos.
Si hubiera podido hablar, le habría dicho que nunca —¡jamás!
— se lo iba a perdonar. Pero no pudo, no pudo más que abalanzarse sobre sus propias barreras mentales, una y otra vez, en un intento desesperado de recobrar el control, aun teniéndolo cada vez más perdido.
Incluso mientras abría los puños y de pronto lo cegaba fuego, fuego y más fuego.
Al otro lado del mar
La pequeña estaba asombrada de lo tranquilo que estaba todo.
Los esclavistas habían llegado en plena noche y habían sacado a su pueblecito de un sueño profundo.
Como les ocurría a casi todos los suyos, muchas de sus pesadillas rondaban en torno a aquel suceso.
En algún momento, se había convertido en un peligro omnipresente que acechaba de forma constante su pensamiento.
Pero la realidad era distinta de las pesadillas.