Capítulo 3 La victoria de la gratitud y los caminos misteriosos
Sentada en un rincón de ese restaurante, con las lágrimas ya secas y una profunda calma gobernando mi pecho, miro la mesa frente a mí y no puedo evitar sonreír.
Dios obra por caminos misteriosos y perfectos.
Muchas veces, mientras acompañaba a mi esposo en sus extenuantes jornadas de trabajo repartiendo comida, entraba a estos lugares y observaba con cierta nostalgia a las personas sentadas tranquilamente con sus laptops, escribiendo sin que nadie las molestara.
En mi corazón admito que anhelaba un instante así.
Como madre, esposa y pilar del hogar, siempre me necesitan y el tiempo para sentarme a plasmar mis ideas casi no existía.
Hoy, el Padre Celestial utilizó una tormenta para cumplir el deseo más íntimo de mi alma.
Tuve que salir llorando de casa y caminar cuadras enteras para que Él me sentara en esta misma mesa, en el mismo silencio protector que tanto le había pedido.
Este establecimiento dejó de ser un simple restaurante de comida rápida para convertirse en un santuario bendecido, en mi oficina de escritora, donde nadie me interrumpe y donde mi alma ha encontrado su medicina.
He decidido que la última palabra de este día no la tendrán las ofensas, ni el miedo a la renta, ni el cansancio del cuerpo.
La última palabra la tiene la gratitud. Estoy viva, tengo mi familia cerca, mi madre leyó su libro con alegría y tengo un Dios vivo que transforma el llanto en literatura de esperanza.
Nota de fe para ti, querido lector: Si hoy estás sentado en un lugar público, con el corazón destrozado, escondiendo tus lágrimas para que el mundo no las vea, quiero decirte que no estás solo.
Ese rincón donde te encuentras no es un accidente; es el refugio que Dios preparó para ti desde antes.
Usa ese momento a solas para hablar con ÉL.
Deja que limpie tu rostro y te devuelva la dignidad.
La renta se va a pagar, los problemas se van a resolver y las palabras feas se las llevará el viento.
Levántate con la frente en alto, sonríe para los tuyos y agradece por la prueba, porque mañana verás el milagro completo de tu victoria.
Yo me puedo caer mil veces, pero con la mano de Dios, mil veces más me levanto y con más fuerza, ¡y tú también te levantarás conmigo!