Capítulo treinta y uno #3
Él le tomó la mano y se la apretó con fuerza.
—¿Qué pasó después de que perdí el conocimiento? ¿Loki se ha ido?
Alice se lo contó todo: la pelea, el tropiezo, la teletransportación, la espada en la garganta de Loki. Se le quebró la voz al admitir:
—Quería matarlo por lo que te hizo.
Beckett le escrutó el rostro con preocupación.
—Pareces agotada.
—Nada que un mes durmiendo no cure. —Alice esbozó una sonrisa cansada.
Él le apretó la mano con más fuerza, la vulnerabilidad tiñendo sus palabras.
—Por favor, no te vayas todavía.
Su franqueza la dejó sin aliento.
Alice se acomodó con cuidado en la pequeña cama del hospital; ella tampoco estaba lista para dejarlo.
—Gracias por todo lo que arriesgaste por mí —dijo.
Entrelazó los dedos con los de ella y le rozó los nudillos con el pulgar calloso.
—Tú harías lo mismo.
El pulso se le aceleró.
—Lo haría —confirmó sin vacilar.
Él se volvió hacia ella con la mirada tierna.
—Quiero que sepas que siempre vendré a buscarte, Alice. Yo... yo te a...
Alice le posó suavemente los dedos en los labios para interrumpirlo. El pecho se le contrajo ante el peso de aquellas palabras no pronunciadas, la calidez del aliento de él contra las yemas de los dedos.
—Yo... Beck —susurró con un nudo en la garganta—. Me importas... mucho. —La pesadez en el pecho le creció mientras se adentraba en aquel terreno—. Pero tanto de lo que creía cierto ha cambiado. Necesito tiempo.
Aspiró el aroma a jabón y a algo inconfundiblemente masculino que emanaba de su piel. Amarlo le resultaba tan natural como respirar, pero volver a confiar tras la traición exigía reconstruir una montaña piedra a piedra.
La expresión de Beckett se ensombreció ligeramente. Asintió, con comprensión en la mirada.
—Sé que la fastidié —admitió mientras le trazaba círculos en la palma con el pulgar, irradiando calidez por el brazo con cada roce—.
Creía que te estaba protegiendo, pero esa forma de pensar me llevó a cometer errores graves, ahora lo veo.
Lo que necesites, Alice, aquí estoy: tiempo, espacio, paciencia.
Podemos superar esto juntos, si quieres. Mereces la pena; lo mereces todo.
Una lágrima se le escapó a pesar de su determinación. La sinceridad de él resquebrajó los muros que había levantado con tanto cuidado.
—Gracias, Beckett. Me gustaría intentarlo —murmuró, y se inclinó hacia él hasta apoyar la cabeza en su hombro.
El silencio los envolvió; el calor que compartían tendió un puente frágil en el frío estéril de la habitación. Bajo la mejilla, Alice sintió subir y bajar el pecho de Beckett, cada respiración una certeza de que seguía allí, vivo. El latido constante de su corazón le palpitaba contra la sien.
—Lo siento —repitió, con voz suave pero cargada de significado.
Alice levantó la cabeza y le sostuvo la mirada.
La cercanía le encendió las mejillas; estaba tan cerca que podía contar las motas doradas en sus iris azules.
—Sé que pensabas que me estabas protegiendo, pero...
—Vaciló, buscando las palabras adecuadas—.
La confianza no se regala; se construye día a día.
Lo que pasó... rompió algo entre nosotros.
El pesar le ensombreció el rostro mientras le apretaba la mano. —Lo sé —susurró—. Haré todo lo posible por reconstruirla. No más secretos.
El pulgar de él trazaba círculos lentos sobre la piel sensible de su muñeca, y a ella se le cortó la respiración. ¿Sabía lo que le provocaba? ¿Cómo se le aceleraba el pulso con su contacto?
Alice exhaló un suspiro tembloroso; el alivio y la tristeza se mezclaban en su pecho. —Eso significa todo para mí, Beck. De verdad. —Sus dedos permanecieron entrelazados, ninguno dispuesto a romper el contacto—. Pero necesito espacio para aclararme, para entender qué siento con todo esto.
Una sombra de dolor le cruzó el rostro, pero asintió. —Lo entiendo. Tómate todo el tiempo que necesites. Estaré aquí cuando estés lista. Sin presiones, solo... esperanza.
—Me lo estás poniendo más difícil de lo necesario —murmuró ella, mientras una leve sonrisa le asomaba a los labios a pesar de todo.
—¿Por qué lo dices? —Una chispa familiar de picardía le curvó los labios.
—Tanta paciencia y comprensión. Sería más fácil si fueras insoportable.
—Siento decepcionarte —dijo con una sonrisa—. Intentaré ser más insoportable la próxima vez.
—Más te vale. —Las bromas surgían con más facilidad de lo esperado; su ritmo natural se reafirmaba en medio de la turbulencia emocional.
Sus dedos volvieron a encontrarse, buscando instintivamente el contacto. Con las frentes juntas, yacían en la estrecha cama del hospital, compartían la misma almohada, el mismo aliento, sin necesidad de palabras, sin espacio entre ellos, solo aquel momento de verdad.
Él le llevó la mano a la mejilla y con el pulgar le secó las lágrimas. —Vamos a estar bien, Alice. Pase lo que pase, vamos a estar bien.
Y mientras se quedaban dormidos, Alice comprendió algo profundo: hay lazos que solo el sacrificio puede poner a prueba, lazos que se fortalecen pero jamás se rompen.