Capítulo diecinueve
Teletranspórtame, Scotty
El día siguiente despuntó con un espléndido amanecer otoñal. Alice se levantó con las primeras luces, cuando Miffy saltó sobre ella para exigir el desayuno.
—De acuerdo, gata malvada. Te daré de comer.
Se puso una sudadera sobre el pijama y se calzó las zapatillas de conejito para protegerse del frío. Alice y su gatita aún tenían mucho que investigar. Llenó el cuenco de Miffy, que había insistido con maullidos lastimeros en que estaba lista para comer.
Alice miró por la ventana de la cocina, hipnotizada por el bosque convertido en una explosión de dorados, rojos, naranjas y verdes. No podía apartar la vista mientras varios ciervos emergían de entre los árboles para pastar. Era un espectáculo impresionante, y todo suyo si lo quería.
Disfrutó preparando un desayuno de tortitas, beicon y fruta; cocinar la entusiasmaba, pero solo cuando era para el desayuno, su comida favorita.
El aroma irresistible del café hizo bajar a Beckett hasta la cocina.
Su mirada se posó en Alice, de pie junto a la encimera, absorta en sus pensamientos.
—Buenos días —la voz de Beckett, ronca de sueño, delataba lo temprano de la hora. Tomó la taza que ella le ofrecía y sus dedos le rozaron los suyos, provocándole un escalofrío.
Comieron entre risas y conversación ligera que llenaban la casa.
—Si seguimos comiendo así, tendremos que reponer provisiones antes del fin de semana —dijo Beckett con una risita mientras cargaba el lavavajillas.
La sonrisa traviesa de Alice le arrancó otra a él.
—Será el aire del campo.
—¿Practicamos primero o buscamos pistas? —preguntó Beckett mientras limpiaba la encimera.
—¿No tenemos que esperar treinta minutos después de comer antes de practicar?
—Eso es para nadar, Alice. No me apetece hacer esfuerzo con el estómago lleno. Busquemos un par de horas y luego practicamos.
—De acuerdo.
Después del desayuno, fueron directamente a la biblioteca y pasaron varias horas examinando los libros, papeles y páginas cubiertas de runas. Descifrar el significado de los símbolos resultó difícil, incluso entre los dos.
Beckett frunció el ceño.
—Debería haber alguna aplicación para traducir esto.
—No hay mucha demanda de aplicaciones de traducción del nórdico antiguo al inglés; no quedan hablantes.
—Excepto tú, Alice. Oh, no. ¿Demasiado pronto? —preguntó Beckett con una sonrisa burlona.
Alice le lanzó un papel arrugado.
Numerosos volúmenes sobre mitología llenaban los estantes: mitos romanos, nórdicos, celtas, egipcios, hindúes, mayas y sumerios, todos con anotaciones en los márgenes. Alice recordó los comentarios de Graves sobre los múltiples portadores de amuletos.
—¿Crees que los portadores pueden identificarse entre sí? —preguntó—. No he visto el colgante de Loki, y él no sabía que yo llevaba el mío. Matt no lo vio cuando intentaba convertirme en un acerico, pero claro, se vuelven invisibles cuando se llevan puestos.
Beckett hizo una mueca.
—Deja de tomarte a broma lo de tu apuñalamiento. Podrías haber muerto.
—El humor es un mecanismo de defensa, ¿recuerdas? No puedo imaginármelo sin ver la hoja sobresaliendo de mi... —Alice se estremeció—. No quiero que esto se convierta en mi nueva normalidad.
Beckett mostró los dientes en un gruñido casi silencioso.
—De acuerdo. Espléndida transición a la práctica de combate.
Alice le lanzó una mirada de reojo. Esta práctica sería diferente de las otras. La charla desenfadada del desayuno había desaparecido.
Se arrepintió de haber mencionado su encuentro con Matt.
Llevar el medallón la ponía nerviosa, pero intentó confiar en las palabras de Graves: una breve exposición a su poder no la afectaría.
No lo habían dañado con su experimento de fundición, así que después de unos momentos, desapareció.
Incluso con el bracteato capaz de repeler los ataques más formidables de Beckett, la tarea resultó ardua. Él dominaba tal variedad de estilos de lucha y lanzaba asaltos tan diversos que la respuesta natural de Alice era mantenerlo a distancia.
Practicaron con espadas de entrenamiento y bastones. Beckett la atacó sin descanso. Alice luchó por mantenerse en pie.
Beckett la rodeó con el bastón en alto.
—Loki no te dará un tiempo muerto para recuperarte.
Alice apretó la mandíbula. El pie le resbaló de nuevo y trastabilló hacia atrás. El sudor le picaba en los ojos mientras Beckett avanzaba con el bastón silbando junto a su oreja. Entre asaltos, lo fulminó con la mirada, el pecho agitado.
Tres horas después, le ardían los músculos. Sus bloqueos se volvieron más rápidos, el crujido de madera contra madera más seco, pero Beckett seguía encontrando huecos en su defensa.
Sin la protección del colgante, ya estaría tendida de espaldas, con los pulmones a punto de estallar.
Beckett la acorraló en una esquina. Su bastón presionaba contra el de ella y la forzaba hacia abajo centímetro a centímetro.
—¡Basta!
La palabra le desgarró la garganta y la presión desapareció. Beckett estaba a seis metros de distancia, su figura diminuta en la extensión de suelo de madera.
—¡Vaya! —el bastón de Beckett cayó al suelo con estrépito y se quedó boquiabierto—. ¿Cómo has llegado ahí? Ni siquiera te he visto moverte.
—¡No lo sé! —Alice giró sobre sí misma, palpándose el cuerpo como para comprobar que estaba entera. El colgante se enfrió rápidamente contra su pecho, como metal apartado de una llama.
—¿En qué estabas pensando justo antes de que sucediera? —Beckett cruzó la habitación a grandes zancadas.
—En que estabas siendo un completo imbécil y en que necesitaba espacio.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Beckett estalló en carcajadas, una risa profunda e inesperada. Los labios de Alice temblaron y luego ella también se echó a reír. Le dio un empujón en el hombro y se desplomaron sobre la colchoneta, un enredo de extremidades y risitas entrecortadas.
—Acabas de teletransportarte a través de la habitación —dijo Beckett, tumbado junto a ella—. Como el capitán Kirk.
—Yo prefiero a McCoy, sin duda —Alice cerró los ojos; la habitación aún le daba vueltas—. Tengo el estómago como si lo hubiera dejado atrás. ¿Y si la próxima vez acabo en medio del tráfico? ¿O atravesada en una pared?
—Olvida eso —el hombro de Beckett chocó con el de ella, la voz vibrante de asombro—. Puedes teletransportarte, Alice. Es increíble.
Tomaron un descanso de cinco minutos y luego reanudaron la práctica. Beckett intentaba sin descanso provocar el poder recién descubierto de Alice.
Al cabo de una hora, Alice era capaz de moverse por la zona de entrenamiento dando pequeños saltos cuando la acorralaban. Sus aterrizajes distaban mucho de ser elegantes, y el estómago se le revolvía casi cada vez que saltaba, pero menuda ventaja en un combate.
En su último salto, Alice tropezó con el borde de la colchoneta del fondo y cayó. Decidieron dejarlo ahí.
Beckett ayudó a Alice a levantarse y se quedó mirando al suelo mientras se retorcía las manos.
—Alice, yo... —Se detuvo. Apretó la mandíbula y la relajó—. Hoy te he presionado demasiado.
Al ver cómo se le encorvaban los hombros, cómo desaparecía su postura erguida, Alice sintió una punzada en el pecho.
Las yemas de sus dedos encontraron el antebrazo de Beckett, y el contacto le envió una descarga por la muñeca que se extendió por toda la palma.
A Beckett se le entrecortó la respiración. El músculo bajo los dedos de Alice se tensó. Él se inclinó hacia ella, tan cerca que el aroma a menta y cedro le inundó las fosas nasales.
—Si Loki o Matt fueran a por ti... —Su voz se volvió ronca, áspera—. No podría...
—B-Beckett, yo...
—Tienes que estar preparada. —Alzó la mirada, y Alice vio algo titilar en sus ojos: una grieta en la armadura que no había notado antes—. Necesito que sobrevivas a esto.
El aire entre ellos parecía zumbar, vibrar.
Los dedos de Alice se deslizaron hasta el hombro de él. El calor traspasaba el algodón húmedo y le llegaba a la piel, y Beckett se estremeció.
Ella frunció el ceño.
—Nadie tiene garantías. Si pasa algo, no será culpa tuya.
Los ojos azul tormenta de Beckett se clavaron en los suyos, y a Alice se le olvidó cómo respirar. En lo más hondo de su vientre, las mariposas alzaron el vuelo, inoportunas e imparables.
Alice se pasó la lengua por el labio inferior. Los ojos de Beckett siguieron el movimiento.
—Aprecio toda tu ayuda.
Las puntas de las orejas le ardían.
—Siempre supe que eras fuerte. —Su voz subió una octava—. Detrás de toda esa... —sus manos revolotearon entre ellos, dibujando el contorno de él en el aire—... fachada sexy.
La palabra quedó suspendida en el aire. Alice se mordió el interior del labio y abrió mucho los ojos. Se llevó los dedos al pelo para alisárselo hacia atrás, pero se le engancharon en un nudo que no cedía.
Beckett salvó la distancia entre ellos en dos zancadas.
El aroma a menta le acarició la mejilla. Las yemas de los dedos de Beckett le rozaron la piel —sien, pómulo, mandíbula— ligeras como alas de polilla.
Ella no retrocedió, no pudo. El muro del pecho de él, el calor que emanaba de su camisa, el azul de sus ojos: se habían convertido en todo su mundo.
—¿Te parezco atractivo? —La comisura de su boca se curvó, dejando entrever el borde de un colmillo.
Las palabras se le atascaron en la garganta. De todos modos, ya no servían de nada. Alice se abandonó a su caricia mientras él le acunaba el rostro con ternura, y eso la deshizo.
El pulgar de él le rozó el labio inferior y una chispa se encendió; su cuerpo lo sintió antes de que su cerebro lo procesara.
—Seguro que te lo han dicho antes. —Alice intentó sonar despreocupada, pero fracasó. Sus mejillas la traicionaron, tiñéndose de rubor.
—No de ti... no cuando importaba —respondió él con voz ronca.
Sus ojos se encontraron; la mirada de él persistía, pesada e implacable. Los ojos de Alice bajaron a sus labios, demasiado cerca, o quizás no lo bastante. Besarlo: el pensamiento se retorció dentro de ella, encendiendo un rastro caótico de fuego.
Los dedos de Alice se crisparon. Alzó una mano para rozarle la mejilla, para recorrer la textura áspera de su barbilla. Necesitaba eliminar la distancia entre ellos, entregarse a la fuerza magnética que había crecido desde su primer encuentro. Fuera buena idea o no, lo necesitaba.
—Yo también —susurró Beckett, y sus palabras sonaron como una promesa. El pecho le subía y bajaba como si acabara de correr un maratón.
Se movió y cerró el espacio entre ellos. Sus dedos recorrieron la mandíbula de Alice, piel cálida contra piel, y a ella se le erizó el vello.
—¿Qué? —preguntó ella, con la mente debatiéndose entre el deseo y la confusión. ¿Qué intentaba decirle?
Él la miró con dulzura, con reverencia.
—Me pareces tan hermosa...
Sus palabras se estrellaron contra Alice como una ola gigante, dejándola tambaleante, completamente suya.
Sus labios se curvaron en una sonrisa tierna, una que reservaba solo para ella.
—No tienes que decir nada. —Sus palabras fueron como una caricia.
Aferrada a él, se sintió desconectada del mundo.
Existían en un instante en el que solo sus corazones colisionaban, en el que los muros caían para revelar algo salvaje e imparable que florecía entre ellos.
Él acercó el rostro, y su cálido aliento le rozó la mejilla.
Y entonces la besó.
No fue un beso suave ni vacilante.
Fue feroz, hambriento, posesivo.
Deslizó la lengua en la boca de ella como si le perteneciera, y le arrancó un gemido indefenso de la garganta.
Alice enredó los dedos en el pelo de él y lo atrajo más. Necesitaba más, ansiaba más.
Las manos de él le rodearon la cintura, y los pulgares trazaron círculos lentos y deliberados que la encendían.
Un calor electrizante le recorrió el cuerpo; cada caricia intensificaba su anhelo.
Alice chocó contra la pared antes de darse cuenta de lo que pasaba; el cuerpo de él la aprisionó allí como si nunca fuera a soltarla.
El cuerpo de Beckett era sólido, inflexible.
Todo su cuerpo presionaba contra ella, duro y exigente, embriagador.
Las caderas de Alice se movieron instintivamente contra él; sus jadeos revelaron su deseo, y el gemido profundo de Beckett le llegó al corazón. Bajo la camisa de él, los dedos tentativos de ella se deslizaron por los músculos tensos de su espalda.
Él rompió el beso y sus labios trazaron un camino hacia el cuello de Alice. Sus dientes le rasparon ligeramente la piel y le enviaron una descarga electrizante de placer por todo el cuerpo.
Alice inclinó la cabeza, rindiéndose, ofreciéndole más.
La lengua de él trazó un sendero ardiente por la garganta de Alice y le encendió los sentidos. Las uñas de ella se clavaron en los hombros de Beckett mientras susurraba su nombre como una desesperada...
...plegaria, un sonido que desató los instintos salvajes de él.
Él le agarró las caderas y la atrajo hacia sí. Encajaban a la perfección.
Una fricción divina chispeó en cada nervio.
Y entonces la boca de él encontró la de ella de nuevo. Ese beso la deshizo por completo.
Se separaron poco a poco, pero la separación dolió, como arrancarse de la gravedad misma.
El pulgar de él le rozó los labios. Sus alientos se mezclaron. Aquel contacto era cálido, suave y peligroso. Ella se aferró al frágil abrazo del momento, saboreando cada segundo fugaz como si fuera a desvanecerse.
Sus frentes se encontraron. El aire crepitaba.
—Estás temblando —susurró él con la voz espesa de deseo.
Ella esbozó una sonrisa tímida, pero le sostuvo la mirada.
—Tú también —susurró, sintiendo el temblor en las manos de él mientras le sujetaban el rostro.
Ambos ardían, y ninguno quería extinguir las llamas.